13. La Junta
El fijo del ayuntamiento de Valdestrella es un teléfono de los de rueda, gris, atornillado a una mesa del pasillo de arriba, y lleva sin cambiarse desde que lo pusieron. Suena poco. Cuando suena, suena en un pasillo vacío con tres puertas cerradas y hace un ruido que se oye desde la plaza.
Sonó el viernes a la una y veinte del mediodía.
Lo cogió Herminia, que estaba arriba con el ordenador y el libro de registro. Dijo dos veces «sí», una vez «soy la teniente de alcalde», una vez «ahora mismo no está», y luego dijo «un momento, por favor», tapó el auricular con la mano y se quedó mirando la pared cinco segundos.
Después dijo que sí a todo lo demás, apuntó una cosa en el margen de un papel, dio las gracias y colgó.
Bajó a la plaza, cruzó hasta el bar, entró, y desde la puerta le dijo a Rufo, sin saludar:
—Ha llamado Toledo.
Rufo dejó el paño en la barra. Fue todo lo que hizo, y bastó, porque cuando un hombre que ha estado despiezando toda la mañana deja el paño, en aquel bar se entera todo el mundo.
En Valdestrella «Toledo» no es una ciudad.
Es la palabra que se usa para nombrar todo lo que está por encima y que puede quitarte algo: la Junta, la consejería, los servicios centrales, el que firma las subvenciones.
La gente de aquí, cuando le sale un problema con la administración autonómica, no dice «me ha escrito la consejería».
Dice «me han llamado de Toledo», con el mismo tono con el que se dice que ha venido el pedrisco.
Lo que Herminia había apuntado en el margen era una hora y un nombre, y en la media hora siguiente el pueblo funcionó como funcionan estas cosas aquí: sin que nadie diera una orden.
Rufo cerró la cocina y puso el cartel de «solo bebidas».
Consuelo se fue a la residencia andando deprisa y con el bolso apretado contra el costado.
Un chaval salió en la moto hacia el olivar a buscar a Melchor.
Y Gabino, que estaba echándose la siesta, apareció en la plaza a los diez minutos con la camisa por fuera y las gafas en la mano.
En Valdestrella no hay sirena ni campana de rebato. Hay un hombre que deja el paño en la barra.
Ceferino llegó a las tres y media desde Fuentespín, con la carpeta de anillas y la corbata puesta, cosa que no se le había visto en dos días.
—Es una verificación —dijo, cuando estuvimos los seis en el salón de plenos con la puerta cerrada—. No es una inspección. Que quede claro, porque no es lo mismo y me interesa que nadie lo diga mal por ahí.
—¿Y qué diferencia hay? —dijo Consuelo.
—Que una inspección busca culpables y una verificación busca datos. —Cefe abrió la carpeta—. Vienen a comprobar la concordancia entre el padrón y la población residente. Van a pedir el fichero, van a coger una muestra de vecinos y van a querer verlos. En persona.
—¿A todos?
—Una muestra. Nunca son todos. Son entre el diez y el veinte por ciento.
—¿Y cuántos son?
Cefe se puso las gafas y miró un papel que ya se había escrito él solo, en el coche, aparcado en el arcén.
—Con doscientos cincuenta y tres, entre veinticinco y cincuenta personas.
Se hizo un silencio de esos en los que se oye el reloj de la pared, y en aquel salón hay reloj de pared.
—Y de los veintisiete, ¿cuántos caen? —dijo Herminia.
—En una muestra al azar, tres. Cuatro con mala suerte.
—¿Y si la muestra la eligen ellos con el listado delante?
—Entonces caen los que ellos quieran —dijo Cefe—. Y si el que les ha mandado el escrito les ha adjuntado una lista de casas cerradas, caen todos.
—¿La ha adjuntado?
—Yo no he visto el escrito.
—¿Y no lo puedes pedir? —dijo Rufo—. Que para eso eres el secretario.
—Puedo pedirlo —dijo Cefe, muy despacio—.
Y en el momento en que yo pida por escrito el escrito de un particular sobre el padrón de un municipio en el que soy fedatario, ese municipio pasa a tener un secretario que sabía.
—Cerró la carpeta con las dos manos—. Ahora mismo, este pueblo tiene un secretario que no sabe nada. Eso vale más que el papel.
Nadie replicó. Y ahí, en esa frase, está el hombre entero: en veintiséis años de servicio, don Ceferino Baixauli no ha firmado una sola cosa ilegal. Simplemente se ha organizado la vida para que las cosas ilegales ocurran los días que él está en Fuentespín.
—¿Y cuándo vienen? —dije yo.
Cefe miró el margen del papel de Herminia, donde ella había apuntado lo único que había apuntado en toda la llamada.
—Mañana. A las diez.
Aquello fue lo más cerca que estuvo aquella gente de romperse en cinco días.
Consuelo se sentó de golpe y dijo dos veces «madre mía».
Puri se puso a llorar sin ruido, de pie, con la bolsa del correo todavía cruzada.
Gabino se quitó las gafas y se las limpió con el faldón de la camisa durante un rato larguísimo, como hace ese hombre en vez de hablar.
Rufo se quedó mirando el retrato del rey de hace dos reinados.
Y Herminia, que estaba de pie junto a la ventana, dijo:
—Bueno. Pues a ver cómo se hace.
No dijo «no se puede». No dijo «se acabó». Dijo «a ver cómo se hace», y esa frase, en aquel salón de plenos, funcionó como funciona el interruptor de la luz.
Yo, mientras tanto, estaba pensando en otra cosa, y lo estaba pensando desde el minuto uno, y no lo dije hasta que se calmaron porque en mi profesión se aprende que las ideas hay que soltarlas cuando la sala está en silencio, no cuando está gritando.
—A ver si lo he entendido —dije—. Mañana viene una persona de Toledo con una lista de nombres y quiere ver caras. ¿Sí?
—Sí.
—¿Y quiere ver los papeles de las casas, o los enseres, o los recibos?
—No —dijo Cefe—. La verificación es sobre residencia efectiva. Documento de identidad y presencia física. Con eso ya cierra el acta.
—Entonces esto no es un censo —dije—. Esto es un casting.
Se me quedaron mirando los seis.
—Explícate —dijo Herminia.
—Yo he hecho casting para verbenas, para un concurso de televisión y para un anuncio de una casa de piensos —dije—.
Y esto es exactamente eso. Vienen a comprobar que hay una persona por cada nombre de una lista.
No vienen a comprobar que esa persona sea esa persona.
Nadie de fuera distingue a un hombre de setenta y ocho años del vecino que tiene su misma edad y su misma gorra, y menos si el que se lo enseña está tranquilo.
—Se les pide el documento —dijo Cefe—. Y se coteja.
—¿Lo coteja quién? ¿La de Toledo, con el listado delante, mirando a un señor de setenta y ocho años a la cara y luego a una foto?
—Sí.
—Pues eso lo he hecho yo cuatrocientas veces —dije—. En un casting entran doce chicas para un anuncio y salen doce fichas, y al final del día el que las ha visto no distingue a la número tres de la número nueve. Y eso mirando caras jóvenes y con luz.
—¿Y el documento tiene foto de cuándo?
Cefe se quedó con el bolígrafo en el aire.
—De los ochenta, muchos —dijo Gabino desde su silla—. Aquí se renueva el carné cuando toca y algunos ya no lo renuevan, porque a partir de cierta edad te lo dan permanente.
—Pues eso —dije—. Un documento con la foto de hace treinta años lo puede llevar cualquiera que tenga la edad.
Consuelo levantó la mano, blanca como el papel.
—¿Tú estás diciendo que la gente se haga pasar por los muertos?
Y ahí es donde toda esta historia se convirtió en la historia que es, porque nadie contestó que sí, y nadie contestó que no. Lo que hicieron fue empezar a hablar de logística.
—Los tres de la residencia los tengo —dijo Consuelo, como si le hubieran preguntado por unas sillas—. Filomena, Gumersindo y Basilisa. Yo pongo a Práxedes, a Julián y a la Anita, que son de la edad, y les cambio la rebeca. Pero les tengo que decir algo, porque la Anita pregunta.
—A la Anita se le dice que viene una revisión —dijo Gabino.
—Es que va a ser verdad.
—Pues mejor.
—De los de fuera —dijo Herminia, contando con los dedos—, tenemos a los primos de Sinesio en Villar, que son cuatro y vienen si se les llama. Tenemos al cuñado de Melchor. Tenemos a las dos hijas de Amancia, que viven en Cuenca y que hace tiempo que no vienen, pero vendrían.
—Eso son siete —dijo Cefe.
—Y hay diecinueve casas que hay que abrir esta noche y ventilar —dijo Rufo—, porque una casa cerrada tres años huele a casa cerrada tres años, y eso lo nota cualquiera desde la puerta.
—¿Y hay que abrirlas?
—Si preguntan por alguien y ese alguien vive en una casa con la persiana atada por fuera con alambre, ya me diréis.
Aquello lo dijo Rufo mirando la mesa, sin ninguna intención. Yo llevaba dos días con esa imagen clavada y me la volvió a poner delante sin querer. No dije nada. Apunté una cosa más en la columna que tenía abierta desde el miércoles.
Y así, en hora y media, en un salón de plenos con veintidós sillas y un retrato de un rey que ya no reina, se organizó lo de la mañana siguiente.
Yo dirigí el reparto. No lo pidió nadie: lo hice yo, me puse de pie con el listado en la mano y empecé a decir nombres, y nadie me lo discutió, y a los diez minutos Consuelo levantaba la mano para hablar.
Las reglas las dicté yo y son estas tres, que valen para un casting de una verbena y valían para lo de aquella mañana:
Una. Cada uno hace un solo papel. El que hace de Gumersindo no hace de nadie más, aunque sobren manos, porque el segundo papel siempre se le nota a alguien.
Dos. Nadie improvisa una historia. Si te preguntan algo que no sabes, no te lo inventas: contestas lo que contestaría un viejo de verdad, que es «eso lo lleva mi hija».
Y tres, que es la única que importa: no hay que engañar a la señora de Toledo. Hay que ponérselo fácil.
—¿Cómo que fácil? —dijo Consuelo.
—Fácil —dije—. Esa mujer viene de Toledo un sábado por la mañana a un pueblo de la Mancha a contar viejos. No viene a pillar a nadie. Viene a rellenar un acta y a volverse. Si mañana le ponemos las cosas complicadas, tendrá que fijarse. Si se las ponemos fáciles, no.
En el salón de plenos hubo un silencio raro, de los que solo pone la gente cuando le acabas de explicar cómo funciona el mundo en el que lleva toda la vida viviendo.
—¿Y eso te lo enseñaron en la tele? —dijo Herminia.
—Eso me lo enseñó una centralita de doce puestos —dije—.
Cuando llamaba una clienta, lo último que había que hacer era resistirse.
Si tú te resistes, la clienta se pone a examinarte.
En cambio, si le das enseguida una cosa pequeña y creíble, ya no examina nada: se dedica a llevar razón. Y la gente que lleva razón no mira.
—Eso es muy triste —dijo Puri.
—Eso es un oficio —dije yo.
Me quedé pensando, aquella tarde, que llevaba doce años cobrando a euro cuarenta y cinco el minuto por saber lo que sabía, y que lo iba a hacer gratis por primera vez en mi vida un sábado por la mañana en un pueblo que me debía una madre.
Herminia escribió en su papel la lista definitiva y la clavó donde se clavan aquí todas las cosas importantes: en la pizarra del menú del bar, en la parte de abajo, debajo de «hay lomo». En una columna, los nombres de los veintisiete. En la otra, a lápiz, quién.
Estuvo colgada allí desde las siete de la tarde del viernes hasta las ocho y media de la mañana del sábado, a la vista de todo el que entró a tomarse un vino.
No la miró nadie. Porque en un pueblo, lo que está clavado en la pared del bar es lo único que ya no lee nadie.
Aquella noche, a doscientos kilómetros, en un despacho de la primera planta de un edificio de Toledo, una funcionaria del Servicio de Administración Local llamada Milagros Turégano abrió el expediente que le habían pasado a las dos de la tarde con una nota amarilla pegada que decía «urgente por elecciones».
Leyó el escrito de Lodares.
Después abrió el histórico del municipio y vio las tres verificaciones anteriores de Valdestrella: 2019, 2022 y 2024. Concordancia satisfactoria las tres veces.
Y las tres actas estaban firmadas por ella.