La campaña de los difuntos 12. El vecino de enfrente
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12. El vecino de enfrente

Lo que voy a contar ahora no lo vi. Me lo contaron después, por partes y por turnos, que es como se cuenta todo en un pueblo, y lo cuento como me lo contaron, con las costuras a la vista.

Óscar Lodares presentó el escrito el viernes por la mañana, a las nueve y cuarenta, en el registro general del Ayuntamiento de Villar del Záncara, que hace de oficina para toda la comarca.

Iba solo. Llevaba dos copias, una para registrar y otra para llevarse sellada, como hace la gente que ha trabajado en una administración y sabe que el papel que vale es el que te llevas tú.

La funcionaria de Villar se llama Encarni y estuvo cuatro años en Valdestrella antes de que le dieran la plaza fija. Leyó el encabezado y levantó la vista.

—Óscar.

—Encarni.

—¿Esto va en serio?

—Esto va con dos copias —dijo él.

Ella lo selló, porque para eso está, y porque aquí las cosas más grandes empiezan siempre con una mujer que sella un papel a las nueve y cuarenta de la mañana sin tener ninguna gana.

El escrito tenía dos folios y era, conviene decirlo, impecable.

No denunciaba a nadie. No usaba la palabra fraude, ni la palabra delito, ni el nombre de ningún vecino.

Solicitaba, de acuerdo con no sé qué artículo de no sé qué ley que se citaba con dos puntos y coma, que los servicios competentes verificaran la concordancia entre el padrón municipal de habitantes del municipio de Valdestrella y la población efectivamente residente, «habida cuenta de las notorias discrepancias observadas entre los datos padronales y los indicadores objetivos de ocupación de vivienda, consumo de suministros y actividad escolar».

Traducido: aquí hay doscientos cincuenta y tres personas empadronadas, cero niños en el colegio, cuarenta contadores del agua con consumo cero y doce casas con el correo acumulado. Que vengan y los cuenten.

En la última línea, la puntilla, redactada con esa educación que hace más daño que un insulto: «Se hace constar que el firmante no dispone de indicio alguno de intencionalidad y que la presente solicitud responde a un interés estrictamente estadístico.»

Un interés estrictamente estadístico. Yo he leído esa frase muchas veces desde entonces y siempre me pasa lo mismo: me da la risa y luego me da frío.

Porque lo que estaba pidiendo aquel hombre era exactamente lo que había que pedir.

Ni una coma de más. Si Lodares llega a escribir «los vecinos de Valdestrella están cometiendo un fraude continuado con el padrón», el escrito se hubiera muerto en un cajón de Toledo por falta de pruebas, y con razón.

Al no acusar a nadie, no había nada que probar. Solo había que contar.

Contar es lo único que la administración de este país sabe hacer sin que se lo pidan dos veces.

Encarni, cuando Lodares salió por la puerta, hizo lo que habría hecho cualquiera. Cogió el teléfono y llamó a Valdestrella.

No contestó nadie, porque en Valdestrella no había nadie en el ayuntamiento aquel viernes por la mañana. Así que llamó al móvil de Ceferino, que estaba en Fuentespín, y le dijo:

—Cefe, que ha entrado uno.

—¿Uno de qué?

—Uno de padrón.

Ceferino Baixauli, secretario-interventor de cuatro municipios, con veintiséis años de servicio y dos para jubilarse, se sentó en el escalón de la puerta del ayuntamiento de Fuentespín con el teléfono en la oreja y estuvo callado tanto rato que Encarni le preguntó si seguía ahí.

—Sigo —dijo Cefe—. ¿Cuántas copias se ha llevado?

—Una.

—Entonces ya está en Toledo.

—Todavía no. Sale la valija a las dos.

—Encarni —dijo Cefe—, tú y yo llevamos veintitantos años en esto. Un papel con sello ya está en todas partes desde el momento en que se sella. Lo de la valija es un detalle de transporte.

Se quedaron los dos callados al teléfono, cada uno en el escalón de su ayuntamiento, como se quedan los funcionarios cuando ven venir una cosa que no van a poder parar y que además, en el fondo, les parece bien que no se pueda parar.

—¿Le aviso yo a Herminia? —dijo Encarni.

—No —dijo Cefe—. Que conste que aviso yo.

La segunda parte de la mañana la contó Torcuato, y la contó él mismo, sin que nadie se la sacara, en la barra del Avenida el domingo por la noche, cuando ya no tenía nada que perder porque ya lo había perdido.

Lodares fue a buscarlo al olivar de la parte de arriba, donde Torcuato tiene doce fanegas que lindan con el monte por la parte del Cerro Bermejo. Aparcó en el camino, se bajó con las botas de campo que no habían pisado campo y se acercó andando por el ribazo con las manos en los bolsillos.

Estuvieron hablando cuarenta minutos entre los olivos.

Empezaron por el agua, que es por donde se empieza aquí. Que si el pozo de arriba, que si la comunidad de regantes, que si el año que viene. Lodares sabía los nombres de las cuatro parcelas de alrededor y los años de las últimas concentraciones. Se lo había estudiado como se estudia una oposición.

—Usted se ha preparado esto —dijo Torcuato.

—Yo me preparo todo.

—Yo no le voy a decir a usted lo que tiene que hacer con su tierra —dijo Lodares.

—Pues ya me lo está diciendo.

—Le voy a decir lo que va a valer. Que es distinto.

Le dio una cifra. Torcuato no la ha dicho nunca, ni siquiera aquella noche en el bar cuando lo contó todo, y eso que contó cosas peores. La cifra se la ha guardado, y por lo poco que dejó caer, era una cifra de las que se piensan sentado.

—Y hay otra cosa —dijo Lodares—. Su tierra, ahora mismo, no vale nada.

Ni la suya ni la de nadie. Porque aquí, si mañana usted se muere, la casa se queda cerrada y el olivar se queda para las liebres, como ha pasado con las quince casas de la calle de la Tercia.

Yo no vengo a comprar barato. Yo vengo a que esto valga algo. Aunque sea para otros.

—Para otros —dijo Torcuato.

—Para otros —dijo Lodares—. Yo con eso duermo bien.

Y luego sacó el móvil, abrió una aplicación del catastro y se puso a medir en la pantalla, con el dedo, la parcela de Torcuato, la del vecino, la del monte, todo, moviendo el mapa como se mueve una foto de familia.

—¿Y usted por qué hace esto? —dijo Torcuato—. Que usted aquí no vive.

—Vivo desde marzo.

—Usted se empadronó en marzo, que no es lo mismo.

Y ahí, según Torcuato, Lodares se quedó quieto un momento, con el móvil en la mano.

—Mi padre murió en Cuenca, en una portería de la calle Colón, con setenta y un años y sin una fanega —dijo—.

Se fue de aquí en el ochenta y dos porque se quedó sin fiado en el bar.

No sin dinero. Sin fiado. Que le dijeron un día que hasta aquí.

—Se guardó el móvil—. Y el que le dijo eso ahora tiene banda y sale en las fotos.

Torcuato no contestó a eso, porque a Torcuato aquella historia se la sabía mejor que él: fue Torcuato el que le compró a los Lodares las seis fanegas de arriba, en el ochenta y dos, a doce mil quinientas pesetas la fanega y delante de notario, cuando el que iba a ser alcalde compró el resto a tres mil.

Fue el único de este pueblo que pagó lo que aquello valía. Y le costó treinta años de codo solo en la punta de la barra, porque en un sitio pequeño el que paga de más deja a los demás en evidencia para siempre.

A Torcuato, en este pueblo, no se le ha acusado nunca de nada.

No hace falta. Se le ha dejado hablar solo, que es una condena que no tiene recurso.

Cuando cuenta lo de las doce mil quinientas, la gente mira el vaso.

Cuando saca los recibos, alguien pide otra ronda.

Lleva cuarenta años enseñando un papel que nadie discute y que nadie mira.

Aquella mañana, en el olivar, apareció por fin un hombre que le pidió el papel, lo cogió, se puso las gafas y lo leyó entero.

Ese es el precio al que se compró a Torcuato. No fue la cifra. Fue que alguien leyera el recibo.

—Y a mí, ¿por qué me lo cuenta? —dijo.

—Porque usted fue el único decente —dijo Lodares—. Y mire dónde está.

—¿Y la gente? —dijo Torcuato—. Los abuelos de la residencia, esos. ¿Esos dónde van?

—A Tarancón —dijo Lodares—. Hay dos centros nuevos, con fisioterapeuta y con médico de guardia las veinticuatro horas. Aquí no hay ninguna de las dos cosas. Estarán mejor.

Lo dijo sin pestañear, mirando el olivar, con la misma voz con la que había hablado del agua y de las concentraciones parcelarias.

Y esa es la única frase de aquella mañana que a Torcuato le hizo daño, porque Torcuato tiene a su hermana en Los Almendros desde hace cuatro años, y su hermana ve desde la ventana el campanario que ha visto toda la vida y sabe de quién es cada coche que pasa.

—Mi hermana en Tarancón no conoce a nadie.

—Su hermana en Tarancón tendría médico —dijo Lodares.

Los dos hombres se quedaron un rato mirando el monte, que a esa hora de la mañana, con el sol de mayo, está amarillo y quieto y no parece que valga nada.

—Aquí siempre se ha hecho todo como siempre se ha hecho —dijo Torcuato al final, con un rencor de treinta años bien afilado—. Y a mí eso me ha costado doce fanegas.

Ahí es donde este pueblo perdió a Torcuato, y no lo perdió por dinero: lo perdió porque un hombre le dijo por fin, en voz alta y en su propio olivar, que había tenido razón.

Lo demás lo hizo solo. Aquella misma tarde le mandó a Lodares una foto por el móvil, y en la foto se veía la pantalla de otro teléfono, y en la pantalla se veía la lista de participantes de un grupo de WhatsApp llamado COFRADÍA DE LA ESTRELLA, con once nombres.

Torcuato había estado dentro de ese grupo cuatro horas, porque alguien lo metió por error el jueves por la noche cuando se hizo el grupo a toda prisa con los contactos del ayuntamiento. Cuatro horas. No leyó nada comprometido, porque los primeros mensajes eran de logística de sillas.

Pero se guardó la lista.

Once nombres. El médico, la teniente de alcalde, el secretario, la cartera, el del multiservicio, la de la residencia, la jueza de paz, el funerario, el chaval de los vídeos, Melchor y una mujer que no era de allí.

Que once personas de un pueblo de doscientos y pico, de las cuales cinco tienen firma y sello, hagan un grupo a las once de la noche del día en que el alcalde deja de aparecer, no demuestra nada.

Demuestra todo, pero no prueba nada. Y esa diferencia, que a Lodares le costó cuatro días entender, es exactamente el país en el que vivimos.

Él lo intentó igual. Aquella misma noche redactó un segundo escrito, más corto, para ampliar el primero, y en el borrador —que me enseñó después, con la fecha y la hora— había una frase que luego tachó:

«Existen indicios de que la ausencia del Alcalde-Presidente no obedece a causa médica.»

La tachó porque no la podía probar y porque, si la ponía y luego resultaba falsa, se quedaba fuera de la política de esta comarca para siempre.

Y no la puso.

De todas las cosas que pasaron aquella semana, esa es la que más me ha dado que pensar.

Aquel hombre tenía razón el viernes por la noche.

Tenía la razón entera, en la mano, escrita y con fecha.

Y se la quitó él mismo con una raya, porque era prudente y porque era honrado, que en su caso venía a ser lo mismo.

En este país no gana el que tiene razón. Gana el que la escribe sin que le tiemble el pulso. Y a Lodares, aquella noche, le tembló.

Aquella tarde, mientras yo montaba en el cuarto de Jandro la voz de un muerto con la basura de sus propios audios, el escrito de Óscar Lodares salía de Villar del Záncara en la valija de la correspondencia oficial, camino de los servicios centrales de Toledo, con su sello de las nueve y cuarenta y su interés estrictamente estadístico.

Puri, que estaba haciendo la ruta larga y no sabía nada todavía, echó en el buzón de la casa cerrada de la calle de la Tercia dos sobres a nombre de una mujer que llevaba tres años enterrada sin lápida en el corralillo.

Los echó como los echaba siempre. Mirándolos antes.