11. #EnCuenca
El clip lo grabó Jandro el viernes a las siete y diez de la tarde, lo subió a las siete y veinte y para las once de la noche del sábado lo habían visto cuatrocientas mil personas.
Duraba doce segundos.
En el primero se ve la fachada del ayuntamiento desde abajo, con la pancarta del homenaje todavía puesta y la eñe de cinta aislante colgando de un lado.
La cámara sube. En el cuatro aparece la ventana del primer piso, que es la del despacho de la Alcaldía, con el postigo entornado y el cristal sucio de mayo.
En el seis, detrás del cristal, se mueve un bulto oscuro.
En el ocho, el bulto levanta una mano y la deja quieta un momento, como se saluda desde lejos a alguien que ya se va. En el once, el postigo se cierra.
Y en el doce entra el rótulo que puso Jandro: «ÁNIMO ALCALDE» , con un corazón.
El bulto era Rufo, cerrando el postigo porque entraban vencejos.
La mano era la mano de Rufo, que saludó al chaval porque el chaval lo estaba grabando, como hace todo el mundo en este país cuando ve una cámara desde una ventana.
La chaqueta era la chaqueta buena de Terio, que llevaba colgada del respaldo de la silla desde el miércoles y que Rufo se había echado por encima porque en aquel piso hace fresco a las siete de la tarde aunque estemos en mayo.
Tres casualidades y ni una sola intención. Yo he montado en televisión cosas mucho más pensadas y no me ha funcionado ninguna.
Lo fui viendo por partes, porque yo entonces todavía creía que las cosas de internet pasaban en internet.
A las nueve de la noche del viernes el vídeo tenía cuatro mil visualizaciones y era un asunto de la comarca.
A las once tenía cuarenta mil. A la una de la madrugada lo compartió una de esas cuentas que recopilan pueblos vacíos, con un texto encima: «Un pueblo entero rezando por su alcalde.
El último saludo.» A las nueve de la mañana del sábado iba por doscientas mil.
El hashtag que Jandro le había puesto sin pensarlo —#EnCuenca, porque el pueblo está en Cuenca y porque él etiqueta así todos sus vídeos desde hace dos años— empezó a significar otra cosa.
Lo empezó un hombre de Jaén, según el orden de los comentarios, que escribió que en su casa, cuando alguien se moría, se decía que se había ido a la capital.
Le contestaron ochocientas personas en tres horas.
Que si «está en Zaragoza». Que si «se ha ido con las cabras».
Que si «anda de viaje». Que si una señora de Lugo lleva desde 2014 diciendo que su marido está en el pueblo de al lado.
Un país entero, en la madrugada de un sábado, explicándose unos a otros las palabras que usan sus familias para no decir muerto, debajo de un vídeo en el que un carnicero con la chaqueta de un cadáver espanta vencejos.
—Esto es una bomba —decía Jandro, dando saltos en la silla.
—Esto es un velatorio —dije yo—, y no se ha enterado nadie.
Lo era. Cuatrocientas mil personas de este país estaban pasándose la noche del sábado contándose cómo entierran a los suyos, y estaban de buen humor haciéndolo, y se daban las gracias unos a otros en los comentarios.
Hacía falta un pueblo pequeño con un muerto escondido para que a media España le entraran ganas de hablar de sus difuntos, y encima con gracia.
Eso, tiene nombre. Se llama dar permiso.
La gente no llama a un programa de madrugada para que le adivinen el futuro: llama porque a las tres y cuarto de la mañana no hay nadie más a quien contarle que echa de menos a su madre.
Tú lo único que tienes que hacer es dejar el hueco abierto y no ocuparlo tú.
Jandro había abierto un hueco de doce segundos y se le había metido dentro medio país.
Bajé al bar a media mañana y estaban dos hombres de la resinera viendo el vídeo en el móvil de un tercero. Ninguno de los tres era de Valdestrella.
—Vienen los sábados —me dijo Rufo, poniéndome el café.
—¿Y qué preguntan?
—Que si es verdad lo del alcalde.
—¿Y tú qué dices?
—Que está malo.
Se quedó tan ancho, porque era lo único de todo aquello que no era mentira.
Aquella mañana el pueblo se comportó de una manera que a mí me costó entender y que ahora, con el tiempo, me parece la más lógica del mundo: se puso digno.
Se barrieron las aceras. Casimiro sacó la manguera y regó la plaza a las nueve, cosa que no hace hasta junio.
Las mujeres de la puerta de la iglesia se pusieron la rebeca buena.
Y cuando a mediodía apareció el primer coche de fuera —una pareja joven de Tarancón que había visto el vídeo y venía a ver la fachada—, se les indicó el camino con una amabilidad de recepcionista de hotel.
Un pueblo al que llevan treinta años sin mirarle nadie no desaprovecha que lo miren, aunque lo miren por una mentira. Sobre todo si lo miran por una mentira.
La pareja de Tarancón estuvo veinte minutos en la plaza. Se hicieron una foto delante de la fachada, con la ventana detrás, y luego entraron al bar y se tomaron dos cervezas y un plato de lomo. Cuando fueron a pagar, el chico le preguntó a Rufo si el alcalde estaba mejor.
—Va tirando —dijo Rufo.
—Le hemos visto en el vídeo.
—Ya, ya.
—Se le veía animado —dijo la chica.
Rufo, que llevaba treinta y seis horas con un cadáver a seis metros de aquella barra, le contestó a la chica que sí, que animado siempre ha sido mucho, y le cobró las dos cervezas y el lomo.
Cuando se fueron, se quedó mirando el billete de veinte en la mano antes de meterlo en el cajón.
—Estos son los primeros que pagan por venir a ver esto —dijo, y lo dijo sin ninguna intención, como quien constata una lluvia.
Fue la primera vez que alguien en Valdestrella dijo en voz alta que aquello daba dinero. Yo lo oí y no le hice caso. Es de las pocas cosas de aquellos días que no supe leer, y era la más grande.
Lo que me dejó fría fue el comentario ciento y pico. Lo leí dos veces:
«Esa señora del final no es Maca de España, la de los programas de madrugada?? Yo la llamé en 2009 y me dijo una cosa que se cumplió.»
Nueve años sin trabajar. Cuatro sin que me parase nadie por la calle. Y una mujer, en algún sitio de este país, se acordaba de una llamada de un miércoles de madrugada de hace diecisiete años. Y se acordaba de que acerté.
Se lo enseñé a Jandro sin decir nada.
—¿Y usted acertó? —dijo.
—Yo qué sé.
—¿Pero se lo inventó?
—Claro que me lo inventé —dije—. Eso no quiere decir que no acertara.
Y el chaval se rio con esa risa de los diecisiete años que todavía no juzga nada.
A la una menos cuarto le sonó el teléfono. Número largo, de Madrid.
—No lo cojas —dije, sin saber por qué lo decía.
Lo cogió, claro. Estuvo tres minutos diciendo «sí», «sí», «no, del pueblo», «diecisiete», y luego dijo «espere» y me lo pasó con cara de circunstancias.
—Es de una tele.
Me puse el auricular en la oreja y ya me había cambiado la manera de respirar. Eso también conviene decirlo: cincuenta y ocho años, la ruina puesta, medio cadáver a mi cargo, y a mí una llamada de una productora me endereza la espalda como un latigazo.
—Buenas tardes —dijo un chico joven—. Llamo de Contenidos Alcores. Estamos preparando una pieza sobre comunidades rurales y hemos visto un vídeo…
Contenidos Alcores.
Yo trabajé nueve años para TeleAlcores. Tenían los estudios en un polígono de Getafe, con dos platós —uno de tarot y otro de subastas— y una centralita de doce puestos en la primera planta.
El número que salía debajo de mi cara en pantalla era de aquella centralita.
Y ese prefijo lo tuve guardado once años en la agenda del móvil con el nombre de PRODU.
—¿Con quién hablo? —dije.
—Álvaro, soy redactor. ¿Usted es la persona que sale…?
—Aquí no hay ninguna pieza —dije—. Hay un señor con un flemón. Buenas tardes.
Y colgué.
—¿Por qué ha colgado? —dijo Jandro, escandalizado.
—Porque a esa gente no se le contesta el primer día. Se le contesta el tercero, y con precio.
Lo dije de broma. Es decir: lo dije creyendo que era de broma. He pensado mucho en esa frase después y ya no me lo parece.
A las siete de la tarde nos juntamos seis en la trastienda del multiservicio, entre cajas de leche y un expositor de mecheros, para decidir qué se hacía con la fama.
—Hay que quitarlo —dijo Consuelo—. Que llama la atención.
—No se puede quitar —dijo Jandro—. Ya lo han guardado como quinientos.
—Pues que no se hable más del asunto.
—Eso tampoco se puede.
—A ver —dijo Rufo, apoyado en las cajas, contando con los dedos como quien repasa un pedido—.
Yo lo veo al revés. A mí ese vídeo me viene bien.
Aquí lo único que nos hunde es que alguien de fuera se ponga a mirar los papeles.
Y toda esa gente está mirando una ventana.
Mientras miren la ventana no miran el padrón.
Se hizo un silencio de los de dar la razón.
—Y otra cosa —añadió—. El domingo, con esto, va a venir gente. Y a la gente que viene se le da de comer.
—Rufo.
—Digo lo que hay.
Puri, que estaba de pie junto a la puerta con la bolsa del correo todavía colgada, levantó la mano un poco, como en el colegio.
—A mí lo que me preocupa es otra cosa —dijo—. Que si esto lo ve mucha gente, alguien va a escribir. Y lo que se escribe llega aquí.
—¿Y qué va a llegar?
—Cartas —dijo Puri—. Preguntas. Y las preguntas por escrito hay que contestarlas por escrito.
Nadie le hizo caso tampoco. En aquella trastienda se pasaron cuarenta minutos hablando de una ventana y de una tele de Madrid, y la única persona que estaba mirando el sitio por donde iba a entrar el peligro de verdad era la cartera, que llevaba tres años metiendo sobres en el buzón de una muerta y sabía perfectamente cómo se entra en un pueblo: por correo, en horario de mañana y con acuse de recibo.
—Y el de Villar también lo está viendo —dijo Herminia, que llevaba callada desde el principio—. Como todos.
—Eso no lo sabes —dijo Consuelo.
Sí lo sabía.
A esa hora, en un despacho alquilado en la plaza de Villar del Záncara, Óscar Lodares veía el vídeo por cuarta vez. Me lo contó él mismo meses después, con la exactitud de los hombres que archivan sus propios agravios.
No miraba la ventana. Miraba el fondo del plano, la esquina de abajo a la derecha, donde se ve un trozo de la puerta del ayuntamiento. Lo puso a cámara lenta y lo confirmó: el bando del tablón era el mismo del jueves, y la ranura del registro de entrada estaba tapada con cinta de embalar.
Un ayuntamiento que en día laborable tiene el registro cerrado con cinta es un ayuntamiento donde no hay nadie que firme.
Lo apuntó en su cuaderno con dos frases, sin adjetivos, y son la puntería más limpia de toda esta historia:
«Alcalde: no aparece desde el jueves.»
«Padrón: pedir certificación el lunes.»
Y luego tachó la segunda y escribió encima:
«El lunes es tarde.»
Yo aquella tarde hice una cosa que no le he contado a nadie hasta ahora.
Subí al cuarto de Jandro con la excusa de ver el contador y le pedí que me pusiera el vídeo otra vez.
Y luego otra. Y a la tercera le pedí que lo parase en el segundo diez, que es donde salgo yo, tres cuartos de segundo, de espaldas y en un lado, con la rebeca de Consuelo puesta y andando hacia la esquina.
Tres cuartos de segundo. De espaldas. En un vídeo que estaban viendo cuatrocientas mil personas.
Estuve un rato mirando aquel fotograma congelado, y lo que sentí no fue vergüenza, ni miedo, ni pena por el hombre que estaba en la cámara del bar. Lo que sentí fue una cosa caliente en el pecho que llevaba nueve años sin sentir y que se llama, y no hay otra palabra, alegría.
Después bajé a la calle y estuve fumando un cigarro que le pedí a un chaval, yo que no fumo desde el noventa y siete.
Aquella noche me dormí contenta por segundo día seguido, que era un récord de la temporada. Por la ventana se oía a cuatro chavales de Villar que habían venido en coche a hacerse un vídeo delante de la fachada. Uno imitaba el saludo con el brazo tieso y los demás se reían.
El contador seguía subiendo solo, a las dos de la mañana, sin nadie delante. Trabajando gratis, que es lo único que no le había visto hacer nunca a una pantalla.
#EnCuenca · 412.000 reproducciones
@laprima_deltoboso · 14 h
madre mía ese es mi pueblo, mi abuela vivía en la calle de la Tercia 😭 llevo 20 años sin ir
❤ 12,4 mil · Responder
@valdestrella_oficial (autor) · 13 h
la calle de la tercia sigue igual
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@mfernandez1971 · 12 h
"En Cuenca" dice. En mi pueblo cuando alguien se muere decimos que se ha ido a la capital. Y todos tan contentos.
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@raulll_88 · 12 h
espera. ESPERA. EN MI PUEBLO TAMBIÉN
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@carmenmm_ · 11 h
Mi suegra dice "está descansando" y una vez lo dijo delante del muerto
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@tecnico_admonlocal · 10 h
Aclaración: las bajas por defunción se comunican de oficio al padrón desde el Registro Civil. No es posible que figure como residente una persona fallecida. Lo digo porque veo mucha desinformación en este hilo.
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@raulll_88 · 10 h
tío que es un vídeo de un señor en una ventana
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@tecnico_admonlocal · 9 h
Lo sé. Aun así conviene precisarlo.
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@soniapdlc · 9 h
la señora del final no es Maca de España, la de la madrugada??
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@velasco.mari · 8 h
Es ella. Yo la llamé en 2009 y me dijo una cosa que se cumplió. Que iba a llegar una carta. Y llegó.
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@soniapdlc · 8 h
qué carta
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@velasco.mari · 7 h
La del piso
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@elcurademipueblo · 7 h
En mi pueblo igual pero con el párroco. 20 años diciendo que estaba de retiro espiritual.
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@josanto_caza · 6 h
Bonita zona. Se va a poner muy bien de aquí a nada. Hay gente comprando por ahí a buen precio, que lo sepáis.
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@laprima_deltoboso · 5 h
qué quiere decir con eso
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@rutasconencanto · 5 h
¿Alguien sabe si se puede visitar? ¿Hay casa rural? Somos 4 para el puente.
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@valdestrella_oficial (autor) · 4 h
hay bar
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