10. Audios
El cuarto de Jandro está encima de la cochera de su abuela y tiene un póster de un futbolista, un póster de un coche y un flexo de arquitecto comprado de segunda mano en Villar.
Encima de la mesa, el ordenador, dos móviles y un micrófono de espuma negra montado sobre un brazo articulado, de esos que se venden por treinta euros y que en manos de un chaval de diecisiete años en un pueblo de la Mancha Baja valen exactamente lo mismo que un estudio.
—¿Y esto quién te lo ha pagado? —dije.
—Yo. De los vídeos.
—¿Se gana dinero con eso?
—Se gana poco —dijo—. Pero se gana antes que con lo otro.
Lo otro, en Valdestrella, es todo lo demás.
Le pedí el archivo del grupo. Todos los audios del alcalde desde que existía el grupo, que era desde 2019. Los descargó en tres minutos y salieron cuatrocientos once.
Cuatrocientos once audios. Casi once horas de un hombre hablando solo delante de un teléfono.
—¿Los quiere todos?
—Ponlos por orden y déjame sola dos horas.
Aquello, para mi oficio, era una biblioteca. Yo he trabajado en la radio de madrugada, en verbenas y en televisión de tarifa, y la materia prima de los tres sitios es la misma: la voz de alguien que no sabe que lo están estudiando.
Empecé con los cascos puestos y una libreta al lado, y a la media hora tenía la ficha entera.
Terio Pastrana respiraba antes de hablar, no después.
Arrancaba siempre con «a ver», y ese «a ver» no significaba nada: era como el chasquido de la aguja antes del surco.
Cerraba con «ea», siempre, y a veces con «ea, pues» cuando el asunto le había salido mal.
Decía «me explico» dos veces por audio, una en mitad y otra al final, y no lo decía como pregunta ni como duda: lo decía como quien pone un cuño en un papel.
Tenía un carraspeo corto, de tres cuartos de segundo, que le salía siempre antes de pedir algo que no le apetecía pedir.
Hablaba a ciento veinte palabras por minuto, que es lento, y con pausas larguísimas en mitad de las frases, de dos y tres segundos, porque estaba pensando y le daba igual que se le notara.
Una cosa más, la más importante, la que no está en ninguna ficha y que solo se aprende oyendo a la gente ocho horas seguidas: aquel hombre nunca daba una orden.
Nunca. En todo el archivo no hay una sola orden directa.
Lo que hay son cuatrocientas once explicaciones.
Explicaba por qué había que mover la furgoneta, por qué convenía dejar lo del contrato para septiembre, por qué el de los toldos venía el jueves.
Y al final de la explicación no decía «hazlo»: decía «me explico», y colgaba, y la gente lo hacía.
También aprendí, de paso, cómo se había gobernado aquel pueblo durante veintiocho años.
Porque en ese archivo está todo. Está el hombre pidiéndole a Consuelo que le guarde una plaza a alguien «hasta que se arregle lo del papeleo».
Está diciéndole a Rufo que «lo del cupo lo miramos en septiembre, que ahora no interesa mover nada».
Está avisando, en marzo de hace dos años, de que «el que llame preguntando por el padrón, que llame los martes, que los martes está Ceferino y Ceferino sabe lo que hay que decir».
Ninguna frase, por sí sola, dice nada. Todas juntas dicen un pueblo.
Y hay un audio, el número trescientos y pico, de abril, en el que se le oye hablar mientras conduce, con el intermitente de fondo, y dice: «A ver, que no es por el dinero, que aquí no se ha hecho rico nadie. Es que si esto se para, esto se para del todo. Me explico. Ea.»
Lo escuché tres veces seguidas aquella tarde y me pareció una frase decente. Ocho días después, con una libreta de tapas de plástico en las manos, me pareció la mejor mentira que le he oído a nadie en toda mi vida, y eso que yo he trabajado en la radio.
A las siete y media de la tarde llamé a Jandro y le dije que se sentara.
—Vamos a hacer un audio.
Se quedó mirándome.
—¿Un audio de él?
—Un audio de él.
—¿Y eso se puede?
—Eso se puede hacer, que es distinto —dije—. Trae los cuatrocientos once y una cosa que corte y pegue.
Tenía un programa gratis de esos con la onda dibujada en la pantalla. Yo no sé usarlo. Pero yo sé otra cosa, que es más difícil de aprender: sé lo que hay que oír.
Estuvimos hora y cuarto. Y no fue lo que la gente se imagina, que es una máquina haciendo la voz de un muerto. Fue un trabajo de sastre: buscar en once horas de grabaciones las palabras exactas que hacían falta y coserlas por las costuras que ya tenían.
Lo primero, la frase madre. La saqué de un audio de octubre de 2022 sobre unas obras en la calle del Pozo.
—«A ver.» Corta ahí. Y ahora búscame «vecinos», que lo dice mucho.
Salieron dieciocho «vecinos». Elegimos el noveno, porque en los otros la voz sube al final y en aquel no.
—Ahora «estoy bien».
—No dice «estoy bien» —dijo Jandro, después de buscar.
—Pues busca «bien» solo. Y busca «estoy».
Cinco minutos.
—«Estoy» hay siete. «Bien», treinta y cuatro.
—Del «estoy» quédate con el del audio del butano, que lo dice bajito. Y del «bien» me das el de la fiesta del año pasado.
Cuando lo pegamos, la costura se oía. Se oía un salto pequeño, como un tropezón.
—Métele el carraspeo delante —dije.
—¿El carraspeo?
—El de tres cuartos de segundo. Búscame uno de los del final de los audios largos. Pégalo antes del «estoy bien».
Y Jandro lo pegó, y el tropezón desapareció.
—¿Y esto no es delito? —dijo Jandro, sin dejar de mover la rueda del ratón.
Lo preguntó como preguntan los de su edad las cosas serias: sin levantar la vista y en el momento más inoportuno.
—Esto es un delito desde la primera letra —dije.
—Ah.
—¿Y?
—Nada —dijo—. Es que me lo preguntaba.
Siguió cortando. Aquella conversación duró once segundos y es la única conversación moral que tuvo lugar en Valdestrella en toda aquella semana. Que quede constancia de quién la abrió, que tenía diecisiete años, y de quién la cerró.
Ahí está todo mi oficio, y lo explico una vez y no lo vuelvo a explicar: la gente no distingue una voz por la voz.
La distingue por la basura. Por el carraspeo, por la respiración, por el ruido de la silla.
Si le pones a alguien la basura correcta, se cree cualquier cosa que le pongas en medio.
En la centralita no acertábamos nunca los nombres: acertábamos el silencio.
Callas tres segundos donde la clienta espera que hables y ya te ha contado ella sola lo que necesitabas saber.
El audio final duraba cuarenta y un segundos y decía esto:
— A ver. Vecinos. [carraspeo] Estoy bien, no hagáis caso de lo que se diga por ahí.
Que esto es cosa de tres o cuatro días. Que Gabino me tiene aquí a base de pastillas y no me deja ni asomarme.
Que os atienda Herminia en el ayuntamiento, que ella sabe.
Y el domingo… el domingo cada uno que vote lo que le dé la gana, faltaría más. Me explico. Ea.
El «faltaría más» lo saqué de un audio de una discusión de linderos y encajó como si lo hubiera dicho aquella misma tarde.
Lo escuchamos enteros los dos, con los cascos partidos, uno cada uno.
—Falta una cosa —dije.
—¿Cuál?
—Que no ha dicho «vosotros».
—¿Y eso qué más da?
—Da todo —dije—. Un alcalde que graba desde la cama no dice «que os atienda Herminia». Dice «que os atienda Herminia, que ya sabéis vosotros cómo es». La gente no se cree las frases: se cree las coletillas.
Tardamos veinte minutos en encontrar un «que ya sabéis vosotros cómo es» limpio, y estaba, cómo no, en un audio quejándose del de los toldos.
Se lo mandamos a Herminia. Herminia lo escuchó tres veces y contestó con un audio suyo de nueve segundos:
—Me ha dado un vuelco. Mándalo.
Lo mandó Jandro al grupo VALDESTRELLA INFORMA a las nueve menos veinte de la noche del viernes, desde el teléfono del alcalde, que estaba encima de la mesa de la cocina de Herminia con el cargador puesto porque llevaba veinticuatro horas sin cargarse y no se lo había cargado nadie hasta esa tarde.
Yo bajé al bar a ver lo que pasaba, porque una cosa es hacer el trabajo y otra es verlo emitido, y a mí de eso no me han curado.
Estaban unos quince. En la tele, un partido sin sonido.
Sonó primero un teléfono. Luego dos. Luego cinco a la vez, con esa cacofonía de tonos distintos que hay siempre en un bar de pueblo. Y entonces uno de los del dominó dijo «es Terio», y lo puso en alto y lo dejó encima de la mesa.
Cuarenta y un segundos de la voz del alcalde en el Bar Avenida, con el volumen a tope, entre el humo y el partido sin sonido.
Yo miraba a la gente, que es lo único que me interesa mirar.
Lo que vi fue esto: nadie se sorprendió, nadie lloró y nadie dijo «pobre hombre». Lo que hicieron fue escuchar con muchísima atención, como se escucha una previsión meteorológica en época de siembra, y cuando terminó, el del dominó cogió el teléfono, se lo acercó a la boca y contestó al audio:
—Que se mejore, Terio.
Y le dio a enviar.
Y volvieron a la partida.
Aquello no lo he visto en ningún plató, en ninguna emisora y en ninguna verbena.
Doce hombres y tres mujeres, todos ellos sabedores desde la noche anterior de que el alcalde estaba muerto en la cámara de aquel mismo bar, seis metros hacia allá, contestándole por WhatsApp a un audio fabricado por una vidente arruinada y un chaval de diecisiete años. Y contestándole en serio.
En la puerta del bar, al salir, me crucé con Sagrario, que volvía de la iglesia con la bolsa de las flores viejas. Se paró. Fue la primera vez que me habló.
—¿Ha sido usted? —dijo.
—¿El qué?
—Lo del teléfono. La voz.
No contesté ni que sí ni que no, como se contesta en mi profesión.
Sagrario se cambió la bolsa de mano.
—Yo por él rezo igual —dijo—. Y por usted también, ya que estamos.
Siguió calle arriba, y yo me quedé con la puerta del bar entreabierta y con la sensación clarísima, muy poco agradable, de que en aquel pueblo había exactamente una persona a la que no le hacía falta que le contaran nada.
Subí otra vez al cuarto de Jandro a por mis cosas. Él estaba mirando el móvil.
—Han contestado catorce —dijo—. Y dos han puesto el pulgar.
—¿Y tú qué tal?
Se encogió de hombros, con el móvil todavía en la mano.
—Usted de esto sabe —dijo.
Y no me lo dijo con la boca abierta, ni como los que dicen «qué guay». Me lo dijo como se le dice a un albañil que ha levantado un tabique recto. Como se dice un oficio.
Bajé la escalera de la cochera despacio, agarrándome a la barandilla, porque llevaba treinta y ocho horas sin dormir y se me iba un poco el suelo.
Yo tenía cincuenta y ocho años, ciento cuarenta euros en el banco, una deuda con Hacienda, una madre enterrada sin nombre en el corralillo y el vestido azul noche todavía sin quitar del respaldo de una silla ajena.
Y me fui de aquel cuarto contenta. Que se sepa. Contenta.
Fuera, en la calle, los teléfonos de Valdestrella se iban encendiendo de dos en dos y de tres en tres detrás de las persianas, como se encienden las luces de un pueblo al anochecer, sin que se vea la mano que las da.
COFRADÍA DE LA ESTRELLA (11)
23:04 · Herminia: Mañana a las 8 en el multiservicio. Los que no vengan que no opinen luego.
23:04 · Rufo Bar: Yo a las 8 estoy despiezando. A las 8 y media.
23:05 · Herminia: 8 y media.
23:07 · Cefe MARTES: Buenas noches a todos. Confirmo que el parte facultativo ha quedado unido al expediente y que la comunicación a los vecinos consta en el tablón desde las 09:00 h de hoy, con testigo (Melchor). Salvo error u omisión.
23:07 · Rufo Bar: Ceferino son las 11 de la noche
23:08 · Cefe MARTES: Y aún así consta.
23:11 · Puri Correos: El sobre de la Junta que llegaba mañana lo he mirado y no es de la Junta, es de la mutua del tractor. Aviso porque me habéis dejado mala noche.
23:12 · Consuelo: Yo he dicho a las chicas que el sábado a los abuelos los saco por la puerta de atrás como siempre. Nadie ha preguntado nada.
23:14 · Jandro: [Vídeo · 0:12]
23:14 · Jandro: ha llegado a 4mil visualizaciones el de la ventana
23:15 · Herminia: ¿Qué ventana?
23:15 · Jandro: la del ayuntamiento, la de esta tarde
23:16 · Herminia: ¿Quién estaba en esa ventana?
23:16 · Jandro: rufo
23:17 · Rufo Bar: Estaba yo cerrando el postigo que entraban vencejos.
23:17 · Rufo Bar: Con la chaqueta puesta porque hacía fresco.
23:18 · Gabino: [Audio · 0:22] [«A ver, yo lo único que digo es que si mañana a alguno le da por venir a interesarse, que se le diga que estoy yo dentro y que no puede pasar. Que como entre alguno y me lo vea de cerca, aquí el que tiene el problema soy yo, que soy el que ha firmado. Ea.»]
23:19 · Herminia: Nadie va a entrar.
23:24 · Otilia: No me consta que haya nada que constar. Buenas noches, hijos.
23:31 · Nicasio: Dejo dicho que yo tengo el género preparado por si acaso y que no cobro nada hasta que se pueda. Es un decir.
23:32 · Herminia: Nicasio.
23:32 · Nicasio: Perdón.
23:47 · Melchor: oye una pregunta
23:47 · Melchor: ¿quién ha metido aquí a Torcuato?
23:48 · Melchor: que sale en la lista de participantes
23:52 · Herminia: Ya está fuera.
23:52 · Herminia: Mañana 8 y media. Nadie escribe nada más por aquí.
23:53 · Rufo Bar: 👍
23:53 · Consuelo: 👍
23:54 · Cefe MARTES: Conforme.