9. El flemón
El parte médico lo redactó don Gabino a las siete y media de la mañana del viernes, en la mesa de formica de su cocina, con dos dedos de café con leche al lado y las gafas en la punta de la nariz.
Escribió con letra de receta, que es una letra que no se lee y que por eso mismo no se discute:
Lo leyó en alto dos veces. La segunda, se paró.
—Le voy a quitar «de origen dentario» —dijo—. Que si viene alguno listo, un flemón dentario se ve por fuera y hay que enseñar la cara.
—¿Y qué pones?
—Nada. Flemonoso agudo y ya está. Cuanto menos se explica una cosa, más se la cree la gente.
Puso el sello, que es un tampón de esos redondos con el nombre y el número, y lo puso torcido a propósito.
—Derecho no vale —dijo—. Los partes de verdad nunca están derechos.
Yo llevaba tres horas durmiendo y llevaba encima el vestido azul noche todavía, porque cuando llegué a casa de Herminia a las tres y cuarto de la mañana me tumbé encima de la colcha y no me lo quité. A las siete estaba en aquella cocina porque no tenía ningún otro sitio en el mundo donde estar.
—Gabino.
—Dime.
—¿Usted lleva veinte años haciendo esto?
El médico echó el resto del café en el fregadero, como hacen los hombres de esa edad con el último dedo de café: tirarlo.
—Yo llevo veinte años firmando lo que hay que firmar —dijo—.
Y me he jubilado dos veces y las dos he vuelto, porque si yo no vengo aquí no viene nadie.
La plaza está sin cubrir desde 2009. Lo que hay es un médico de área que sube los martes y los jueves si no se le complica la mañana en Villar.
Los otros cinco días de la semana, en este pueblo, la sanidad pública soy yo con un maletín y sin cobrar.
—Cerró el grifo—. Y sí. También firmo lo otro.
—¿Y duerme?
—Como un santo. Yo receto insulina para vivos con nombres de muertos. El día que alguien me demuestre que eso está peor que dejar a Aquilino sin taller, se lo agradezco.
—Otra cosa —dijo, ya con el abrigo puesto—. Que hoy va a venir gente a interesarse. Y a los que vengan hay que decirles algo que no sea «está mejor», porque «está mejor» es lo que se dice de los que están peor y aquí lo sabe todo el mundo.
—¿Y qué se dice?
—Se dice una molestia concreta —dijo Gabino—. Que no puede tragar. Que le duele al hablar. Cuanto más pequeño el detalle, menos preguntan. Si tú dices «grave», te preguntan diez cosas. Si dices «no puede tomar más que caldo», te dicen que le mandan caldo.
Y aquella mañana, en efecto, en la puerta del ayuntamiento aparecieron tres tarteras.
En la puerta del bar, a las nueve menos cuarto, ya estaba el comunicado.
Lo había redactado Cefe desde Villar y lo había mandado por WhatsApp; Herminia lo había corregido, lo había impreso en el ordenador del ayuntamiento y lo había clavado en el corcho con cuatro chinchetas, una en cada esquina.
AYUNTAMIENTO DE VALDESTRELLA — AVISO A LOS VECINOS
Se comunica que el Sr. Alcalde-Presidente, D.
Eleuterio Pastrana Ruiz, se encuentra aquejado de un proceso agudo que le impide atender sus obligaciones de manera presencial, así como recibir visitas por prescripción facultativa.
Los asuntos urgentes se canalizarán a través de esta Alcaldía. Se ruega comprensión.
Adjunto: parte facultativo.
—«Se canalizarán» —dije, leyéndolo.
—Lo ha puesto Ceferino —dijo Herminia.
—¿Sabe lo que significa canalizar en mi profesión?
—No, y no me lo digas.
He visto de todo en veinte años de televisión de madrugada, pero no había visto nunca a un pueblo entero fingir sorpresa a la vez. Aquello, técnicamente, fue una obra maestra.
A lo largo de la mañana pasaron por el corcho unas ochenta personas.
Se paraban, leían despacio, algunos moviendo los labios, y luego decían alguna de estas tres frases: «pues vaya», «con lo fuerte que está» o «eso duele mucho».
Uno pidió las gafas prestadas a otro para leerlo, y el otro se las dejó, y los dos las llevaban colgadas del cuello.
Todos, absolutamente todos, sabían desde la noche anterior que el alcalde estaba muerto.
Porque en un municipio pequeño, cuatro hombres llevan una mesa por un callejón y a las tres de la mañana lo sabe todo el mundo.
No hizo falta contarlo. Hizo falta lo contrario: hizo falta un papel que le diera a cada uno permiso para no saberlo.
Eso es lo que yo no había entendido en la cámara y entendí en el corcho: no estábamos engañando al pueblo. Estábamos dándole al pueblo la coartada que necesitaba.
Una coartada, para que funcione, tiene que ser mediocre.
Si el papel hubiera dicho que el alcalde estaba en un hospital de Madrid, alguien habría preguntado en qué hospital.
Un flemón no lo pregunta nadie. Un flemón es la clase de desgracia que le da pereza a la gente.
Ceferino, que en su vida ha escrito una línea con intención literaria, escribió el mejor texto de aquella semana porque escribió el más aburrido.
La única que se me quedó mirando fue una mujer mayor con dos bolsas de la compra, que leyó el parte, se volvió hacia mí —yo estaba sentada en el poyo del bar— y me dijo:
—Dile que se ponga bueno.
—Se lo diré.
—Que se ponga bueno hasta el domingo —dijo—, que después ya se pondrá lo que él quiera.
Y se fue con sus dos bolsas.
A media mañana, en la trastienda del multiservicio, se hizo el reparto.
Yo esperaba una reunión y aquello fue una tómbola al revés: cada uno se llevó el riesgo que le convenía llevarse, y el reparto duró once minutos porque nadie discutió lo que le tocaba, ya que lo que le tocaba a cada uno era exactamente lo que había venido a proteger.
Consuelo se hizo cargo de los mayores de la residencia: quién sale, quién no sale, quién habla con quién.
—Y que quede claro que yo colaboro por los abuelos —dijo—. Que si mañana esto se destapa, los primeros que se van a la calle son los míos, y a Basilisa la sacan de su cama para meter a un contribuyente de Tarancón. Yo estoy aquí para el pueblo, pero sobre todo estoy por mis tres plazas.
Lo dijo entero, sin bajar la voz, y nadie se escandalizó, porque en aquella trastienda todo el mundo tenía sus tres plazas.
Puri se hizo cargo del correo y de que ningún sobre con membrete llegara a manos equivocadas antes del lunes.
Rufo, del abastecimiento, de la cámara y de los horarios de la fiesta.
Gabino, de los papeles y de las visitas: si alguien se empeñaba en ver al alcalde, él era la puerta.
Herminia, de todo lo demás.
Y hubo un punto que se debatió tres minutos, que fue el de las visitas de la tarde.
—Si viene alguien de Villar —dijo Rufo—, no lo podemos mandar a la puerta de su casa, porque su casa está vacía y se ve desde la calle que está vacía.
—Se le manda al ayuntamiento —dijo Herminia.
—El ayuntamiento cierra a las dos.
—El ayuntamiento cierra cuando yo cierre.
Y esa es la primera vez que oí a Herminia Requena hablar como se habla cuando se manda de verdad, sin permiso de nadie, y me di cuenta de que llevaba treinta años esperando a decir una frase así en voz alta y de que la había dicho, por fin, por un asunto de horarios.
Nadie se lo discutió. Consuelo, incluso, la llamó Herminia dos veces seguidas, que en este pueblo es un tratamiento.
—¿Y yo? —dije.
Herminia se limpió las manos en el mandil, aunque no tenía nada en las manos.
—Tú, de la voz.
Ahí es donde debería haber dicho que no.
Tenía el cuaderno de los veintisiete en el bolso, tenía cinco meses de agravio, tenía una madre enterrada sin nombre en la parte de atrás de un cementerio y tenía, sobre todo, un billete de coche de línea a las siete y cuarto de la tarde que podía haber cogido perfectamente.
Y dije que sí.
Antes pregunté una cosa, eso sí, porque una es de la profesión.
—¿La voz para qué? El audio se lo puede montar el chaval.
—El audio, sí —dijo Herminia—. Pero el audio dura tres días.
¿Y el lunes? ¿Y cuando haya que decir dónde está la llave del depósito, o qué se firmó con los del autobús, o por qué el Cerro Bermejo no se puede vender?
Eso lo sabía él y no lo sabe nadie más. Aquí no hay archivo, Macarena. Aquí había un hombre.
—Eso no es una voz. Eso es un médium.
—Eso es lo que tú pones en tu tarjeta —dijo Herminia—. Yo te estoy pidiendo que contestes preguntas.
Ahí, sin ceremonia, en la trastienda de un multiservicio, entre cajas de leche y un expositor de mecheros, se fundó todo lo demás.
Dije que sí porque me lo pidieron, porque hacía seis años que no me pedía nadie nada y porque en aquel pueblo, aquella mañana, yo era la única persona que sabía hacer una cosa que hacía falta.
Lo otro —lo de mi madre, lo del cuaderno que llevaba en el bolso, lo de que me debían un entierro— también estaba, y estaba entero, y no se me había pasado ni un minuto.
Pero quien crea que las dos cosas se estorban es que no ha trabajado nunca.
Se puede estar hundida a las nueve de la mañana y dirigir un montaje a las siete de la tarde.
De hecho es lo normal. Lo raro es lo otro.
A la una y media subí a casa de Terio con Herminia a por ropa.
La casa del alcalde tenía el olor de las casas de los hombres viudos: cerrado, jabón y algo de puchero de hace tres días.
En el dormitorio, la cama estaba deshecha del jueves por la mañana.
Herminia se paró en la puerta un segundo, entró, y estiró la sábana de un tirón antes de abrir el armario, sin comentarlo.
Sacó un traje gris marengo de invierno.
—Este no —dije—. Estamos en mayo.
—Este es el bueno.
—Es de invierno, Herminia. Si alguien lo ve…
—No lo va a ver nadie —dijo—. Y él en las fotos importantes salía con este.
Lo bajó a su casa, lo colgó en el cuarto de la plancha y lo estuvo planchando cuarenta minutos.
Yo entré una vez a llevarle un café y no lo cogió.
Estaba con la raya del pantalón, pasando la plancha y volviendo atrás, pasando y volviendo, y tenía la cara mojada y la boca cerrada, y no levantó la vista.
Salí y cerré la puerta.
Bajé a la cocina y me senté a esperar, porque no tenía otra cosa que hacer y porque quería ver cuánto duraba.
Duró cuarenta minutos. Yo he planchado trajes en camerinos de doce provincias y sé lo que se tarda: un traje de caballero, con paciencia, son quince minutos. Con muchísima paciencia, veinte.
Cuando salió del cuarto, Herminia llevaba el traje en la percha con las dos manos, en alto, para que no rozara nada, y lo colgó del marco de la puerta del pasillo. Luego se quedó mirándolo un momento, le dio un tirón a la manga para cuadrar el hombro y dijo, sin volverse:
—Se le hacía bolsa en la sisa. Y no había manera.
Y se fue a fregar.
Por la tarde, a eso de las seis, se le acercaron a Herminia en la plaza dos vecinas de las de misa diaria. Una le cogió las dos manos y le dijo, con la voz que se pone para eso:
—Herminia, lo que tú necesites.
Y Herminia contestó:
—Pues necesito cuarenta sillas recogidas antes de las ocho.
Las dos mujeres se fueron a recoger sillas, y se llevaron a otras cuatro, y a las ocho menos veinte la plaza estaba limpia como si allí no hubiera pasado nada la noche anterior.
Ese fue el primer pésame de Valdestrella. Y se pagó en sillas.