8. La lista
Parte II — El flemón
✝
ROGAD A DIOS EN CARIDAD POR EL ALMA DE
LA SEÑORA DOÑA VISITACIÓN REQUENA LILLO
«Visi, la del horno»
que falleció en Valdestrella el 11 de noviembre de 2019
a los 77 años de edad
habiendo recibido los Santos Sacramentos y la bendición de su hermana
Presidenta de la Asociación de Amas de Casa Virgen de la Estrella durante cuarenta años ininterrumpidos, organizó treinta y nueve rifas, dos viajes a Lourdes y la restauración del manto. Se fue como vivió: sin avisar y con el bizcocho en el horno.
Sus desconsolados: su hermana, Herminia Requena Lillo; sus sobrinos ausentes; y las socias de la Asociación, que quedan sin presidenta y sin la receta.
Ruegan una oración por su alma y comunican que el sepelio ha tenido lugar en la intimidad más completa que cabe en este pueblo.
D. E. P.
— Pendiente de publicación —
8. La lista
El cuaderno tenía veintisiete líneas.
No lo digo como se dice una cifra en una novela, para que suene.
Lo digo porque conté las líneas antes de leer una sola palabra, como hago yo con cualquier lista desde que trabajo en esto: primero el volumen, después el contenido.
En la centralita, las noches malas, la cola de llamadas te aparecía así, en columna, y aprendías a saber por el largo si ibas a llegar a casa a las tres o a las cinco.
Veintisiete líneas, en cinco páginas, con la letra pequeña y de imprenta de don Ceferino.
Cada línea tenía un nombre, dos apellidos, una fecha en la primera columna, otra fecha en la segunda y unas siglas al final.
Y al margen, escrito a lápiz y con otra letra —la letra gorda del alcalde—, unas anotaciones cortas: «Consuelo», «Gabino», «R. », «pan», «autobús».
—Esto es la relación de bajas no comunicadas —dijo Cefe.
—Esto es un cementerio —dije yo.
Y fue Rufo el que contestó, sin ninguna maldad, con la naturalidad del que corrige un dato geográfico a un forastero:
—El cementerio aquí se llama Cuenca.
Yo tenía en ese momento el dedo encima de la tercera línea.
Me acuerdo del dedo, y me acuerdo de la línea, que era la de Eufrasio Machuca.
Y me acuerdo de que en los dos segundos siguientes se me cayeron encima, uno detrás de otro y a toda velocidad, todos los «está en Cuenca» que llevaba dos días oyendo en aquel pueblo.
El del alcalde en la puerta de la casa de mi madre.
El de la mujer del bar hablando de su Cecilio.
El de Gabino, en la comida, con lo de un tal Crisanto que llevaba «en Cuenca, en el especialista» desde no sé cuándo y por eso las recetas.
Yo llevaba cuarenta y ocho horas en un pueblo donde la gente me decía la verdad delante de la cara, en un idioma que yo no hablaba.
—Léelo entero —dijo Herminia—. Y luego preguntas.
Lo leí entero.
Argimiro Solana Peña. 1998. Juez de paz. Al margen: «el primero».
Escolástica Herrán. 2011. Al margen: «no tocar — dos errores».
Eufrasio Machuca, el Contradiós. 2011. Al margen: «coche».
Y así hasta abajo. Gente que se había muerto en 2012, en 2013, en 2016, en 2019, y que seguía figurando en el padrón municipal de habitantes del Ayuntamiento de Valdestrella, provincia de Cuenca, con su domicilio, su antigüedad y su derecho a voto.
Fui preguntando por las siglas y me las fueron traduciendo entre todos, cada uno la suya, con una precisión que no se improvisa.
Argimiro, Escolástica, Eufrasio, Hermenegildo, Leocadia, Custodia, Aquilino, Práxedes, Petra, Melitón, Máxima, Fulgencio, Álvaro, Balbina, Teodomiro, Amancia, Crisanto, Saturnino, Visitación, Cándido, Demetrio, Filomena, Anselmo, Gumersindo, Obdulia, Rosario, Basilisa.
Los leí todos, y de todos ellos hay dos que se me quedaron esa noche sin saber por qué.
Uno era Anselmo Quijada, línea veintitrés, muerto en 2021, y tardé unos segundos en colocarlo: era el de la quiniela del bar.
El indeciso. Doce hombres apostando dinero, con regla, a lo que iba a votar un muerto.
Y el otro era la línea trece.
—¿Álvaro Cifuentes? —dije—. ¿Once años?
Aquello fue lo único, en toda la noche, que cambió la temperatura del cuarto. Nadie contestó enseguida. Consuelo se ajustó el abrigo encima del camisón. Rufo miró los ganchos del techo.
—De eso ya hablaremos otro día —dijo Herminia.
—Es un niño.
—Es que de ese no se saca nada —dijo Cefe, y lo dijo mirándome a los ojos, muy serio, para que quedara claro que no era una manera de hablar—. De ese no entra un céntimo. Ese está ahí porque nadie ha querido quitarlo.
Pasaron a la línea siguiente, y yo no insistí, y no volví a acordarme de aquel nombre hasta que fue muy tarde para todo.
—Aquilino está apuntado en el taller de memoria —dijo Consuelo—. Diputación exige diez inscritos para pagar el taller. Vivos tenemos seis.
—Leocadia tiene bono de autobús. Dos viajes por semana —dijo Puri—. Los uso yo para la paquetería, y con eso la línea da los viajeros que tiene que dar.
—Crisanto es diabético —dijo Gabino—. Sus recetas surten el botiquín del consultorio. Ahí sale la insulina de dos vivos y las tiras de tres.
—Balbina es el cupo del pan —dijo Rufo—. Reparto comarcal. Si bajo de las barras que tengo asignadas, el de Villar deja de subir el camión y aquí no hay pan.
—Filomena, Gumersindo y Basilisa son plazas concertadas —dijo Consuelo—. Tres. Con catorce camas y once viejos, la residencia no sale. Con tres plazas más, sale.
—¿Y las pensiones? —dije, porque llevaba diez minutos esperando a que alguien dijera la palabra y nadie la decía.
Se miraron.
—Diecinueve —dijo Cefe.
—Diecinueve pensiones.
—Diecinueve pensiones que entran el día veinticinco en cuentas que se manejan desde aquí —dijo—.
Y con ese dinero se paga el gasóleo del tractor comunal, la luz de la iglesia, el fiado de los que no llegan, el seguro de dos coches, las fiestas y la parte que el ayuntamiento no puede poner porque el ayuntamiento no puede poner nada.
—Eso es un delito.
—Eso son diecinueve delitos —dijo Cefe, con una precisión que no era cinismo, sino oficio—. Y el que más papeles ha firmado de los diecinueve está encima de esa mesa.
Yo escuchaba y hacía la única cosa que sé hacer con la información: contarla.
La cuenta era esta. Veintisiete personas muertas mantenían en pie un consultorio médico dos días por semana, una línea de autobús, una residencia de ancianos, un botiquín, una tienda de alimentación, el cupo del pan, el taller de memoria, dos concejales de más y un pueblo entero por encima de la raya de los doscientos cincuenta y un habitantes.
—Doscientos cincuenta y tres —dije.
—Doscientos cincuenta y tres —repitió Cefe.
—Y si fuéramos doscientos cincuenta —dijo Herminia—, en vez de siete concejales seríamos cinco. Y con cinco, este ayuntamiento se fusiona con Villar en dos años. Y con Villar dentro, aquí no hay médico, ni autobús, ni residencia. Hay una calle con casas.
—¿Y esto desde cuándo?
—Desde Argimiro —dijo doña Otilia.
Doña Otilia tiene ochenta y cuatro años, es la jueza de paz de Valdestrella desde 1987 y no había abierto la boca en toda la noche.
Estaba sentada en un taburete de la cámara con el abrigo abrochado hasta arriba, las manos encima del bastón y las gafas de cerca puestas, que es como las lleva siempre aunque no esté leyendo.
—Mi marido murió en el noventa y ocho —dijo—.
Y yo no lo inscribí porque no fui capaz de escribir su nombre en ese libro.
No fue por dinero. Fue porque no fui capaz.
Y pasaron dos meses, y pasaron seis, y luego ya no se podía.
—Se colocó el bastón—. Y a los dos años vino la primera subvención de las que pagan por habitante, y el alcalde de entonces, que era el padre de este, vino a verme y me dijo: Otilia, tu Argimiro nos está dando de comer.
Nadie dijo nada durante unos segundos.
—Como siempre se ha hecho —dijo Cefe, cerrando el tema, y anotó otra cosa en su carpeta.
Fue entonces cuando llegué a la última línea.
La leí dos veces, primero deprisa y luego despacio, y la segunda vez la leí en voz alta porque no me salía otra cosa.
—«Rosario Salcedo Vela. 6 de marzo de 2023.»
En la cámara se oía el motor del compresor, que arranca cada cuatro o cinco minutos y hace un ruido de nevera grande.
Al margen, con la letra gorda del alcalde, ponía: «Puri — teléfono».
Nadie se disculpó. Eso es lo que quiero que quede claro.
Ninguna de las nueve personas que estaban en aquel cuarto me pidió perdón, ni me cogió la mano, ni me dijo que lo sentía mucho.
Herminia se levantó, cogió una silla de plástico de las que había apiladas junto a la puerta, la puso detrás de mí y me la acercó por detrás de las rodillas hasta que me senté.
Eso fue todo lo que hubo. Y fue lo mejor que podían haber hecho, y lo sé, y me sigue doliendo.
—¿De qué fue? —pregunté.
Gabino se aclaró la garganta.
—De corazón. Por la noche, en la cama. No sufrió y no estaba sola, porque yo llegué a los veinte minutos y estaba Balbina, la vecina, que la encontró.
—Balbina está muerta —dije, señalando la línea catorce.
—Balbina murió después —dijo Gabino—. En el dieciséis.
Miré la línea catorce. 2016. Miré la mía. 2023.
—Entonces no estaba Balbina.
Hubo un silencio distinto de los anteriores. Gabino se pasó la mano por la boca.
—Estaba Puri —dijo.
Puri llevaba media hora de pie junto a la puerta de la cámara, con el abrigo puesto y las manos metidas en los bolsillos. Habló mirando al suelo y habló mal, con las frases desordenadas, como hablan los que se han preparado un discurso durante tres años y descubren que no sirve.
—Yo se lo dije al alcalde. Que había que llamarte.
Y él dijo que sí, que a la semana. Y a la semana dijo que después del verano, que estaba lo de las subvenciones.
Y luego ya… —Se paró—. Yo le escribía a tu madre las cartas cuando le temblaba el pulso, desde hace años.
Las de tu tía Angelines y esas. Y el teléfono me lo dejaba a mí para escribir porque ella no veía las letras.
—Sigue.
—Y cuando pasó lo que pasó, tú escribiste al día siguiente preguntando si había ido al médico. —Puri levantó la cabeza por primera vez—. Y yo contesté que sí.
—¿Cuántas veces?
—No lo sé.
—¿Cuántas veces, Puri?
—Tres años —dijo.
—¿Y qué le contestabas?
—Lo que contestaba ella. —Se le fue la voz un momento y la recuperó—. Que estaba bien. Que hacía frío. Que no me preocupara. Que ya te llamaría cuando le funcionara el aparato.
—Mi madre no decía «aparato».
—Decía «el trasto» —dijo Puri.
Y ahí supe que aquella mujer se había pasado tres años intentando escribir como mi madre y equivocándose en las palabras pequeñas, que son las únicas que importan.
Y ahí es donde en las películas la mujer se echa a llorar, o le pega una bofetada a alguien, o se va dando un portazo, y yo hice las tres cosas por dentro y por fuera no hice ninguna, porque llevaba doce años cobrando por sostener la voz al otro lado de un teléfono mientras alguien me contaba lo peor de su vida.
Lo que hice fue seguir preguntando. Datos. Fechas. Dónde.
—¿Dónde está?
—En el corralillo —dijo Nicasio desde la puerta, muy bajito—. En la parte de atrás, a la izquierda según se entra. Está bien puesta. Yo la puse.
—¿Con nombre?
Nicasio no contestó.
Me levanté. Me dolía todo, del frío y de la silla, y tenía la piel de gallina desde hacía dos horas y no me había dado cuenta.
Herminia me estaba mirando. Es la única que me miraba a la cara: los demás miraban la mesa, el suelo o los ganchos del techo.
—Vais a tener un problema —dije.
—Ya lo tenemos —dijo ella.
—No. El vuestro es que tenéis a un alcalde muerto en una cámara frigorífica y unas elecciones el domingo.
El mío es distinto. —Me puse el abrigo de Consuelo, que me lo había echado por encima en algún momento de la noche y ya no se lo devolví—.
El mío es que en este pueblo me deben una madre. Y eso no se paga con una placa.
Cefe, que llevaba media hora sin escribir, cogió el bolígrafo.
—¿Qué quieres? —dijo Herminia.
Aquí es donde yo tendría que contar que pedí justicia, o la verdad, o que dijeran su nombre en voz alta delante de todo el mundo. Pedí tres cosas y las pedí seguidas, sin pensarlas, y las tres eran de trabajo.
—Uno. La casa de mi madre, abierta, hoy, con las llaves en mi mano.
Dos. Lo que haya suyo dentro, que nadie lo toque: la ropa, los papeles, la mantilla, todo.
—Miré el cuaderno, abierto todavía junto a la mano del alcalde—.
Y tres. Si a partir de mañana yo tengo que hacer de médium para que un muerto gane unas elecciones, se hace con mis normas, con mi guion y con una cámara delante.
Porque eso lo sé hacer yo, y aquí no lo sabe hacer nadie.
Rufo, que estaba apoyado en la puerta de aluminio, miró a Herminia. Herminia miró a Cefe. Cefe miró el reloj.
—Son las dos y diez —dijo—. Yo mañana tengo Villar a las nueve.
Cogí el cuaderno de la mesa de despiece, lo cerré y me lo puse debajo del brazo.
—Esto lo llevo yo —dije.
No hubo en toda aquella cámara nadie con los redaños suficientes para decirme que no.