La campaña de los difuntos 7. La cámara
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7. La cámara

La primera decisión la tomaron a los once minutos, y no fue mentir. Fue mover el cuerpo.

—Aquí no se puede quedar —dijo Herminia—. Mañana a las nueve viene el cura de Villar a por los óleos.

—Pues que venga —dijo Gabino.

—Que venga, sí. Y entra y se lo encuentra en la mesa de las casullas, y a las diez lo sabe la comarca entera.

Yo estaba sentada en la silla de enea, con el vestido azul y los brazos cruzados, y en aquel momento pensé lo que habría pensado cualquiera: que estaban asustados y que decían tonterías.

Tardé cuarenta minutos en entender que en aquella sacristía no había ni una sola persona asustada. Estaban trabajando.

—A mi casa no —dijo Gabino—. Yo tengo el aire acondicionado roto desde el verano.

Fue el primero de los argumentos raros de aquella noche, y como se dijo con toda la normalidad del mundo, nadie se rio y yo tampoco.

—¿Y en la iglesia no puede quedarse? —dijo Melchor.

—En la iglesia hay que abrir a las siete y media para el rosario —dijo Sagrario desde la puerta, con la fregona todavía en la mano—. Y vienen once.

—Once.

—Once —repitió ella—. Y saben contarse.

—A la cámara —dijo Herminia.

Hubo un silencio corto. Uno de los cuatro hombres, un tal Melchor, se rascó la nuca.

—Habrá que hablarlo con Rufo.

—Pues se le llama.

Rufo llegó en nueve minutos con el mono de trabajo puesto encima del pijama. No preguntó qué había pasado. Entró, miró la mesa, se santiguó de una manera rápida y poco convencida, y luego dijo:

—La grande está a dos grados y hay dentro tres canales y media. La chica está vacía pero no enfría bien.

—La grande —dijo Herminia.

—La grande está a dos grados —repitió Rufo, por si no se había entendido lo importante—. Dos grados no es lo mismo que menos dieciocho. A dos grados esto no se conserva: se aguanta. Y se aguanta lo que se aguanta.

—¿Y cuánto se aguanta?

Rufo se lo pensó de verdad, como quien calcula un pedido.

—Con la puerta cerrada y sin abrirla más que lo justo, cuatro días. Cinco si hace fresco fuera.

—Con cuatro me sobran dos —dijo Herminia.

—La grande la necesito el sábado.

—El sábado ya veremos.

—El sábado hay fiesta, Herminia, y yo tengo comprometidos setenta kilos.

Y así, encima del cuerpo todavía caliente de un hombre al que aquella misma tarde le había estado ensayando el pregón, se abrió el primer debate de gobierno del nuevo régimen de Valdestrella, que no fue sobre la muerte, ni sobre la ley, ni sobre Dios: fue sobre los metros cúbicos.

El traslado en sí duró seis minutos y no se pareció en nada a lo que uno imagina.

Lo bajaron entre cuatro, con la mesa entera, que es un tablero suelto encima de dos caballetes, porque a Herminia se le ocurrió que era más fácil bajar el tablero que bajar al hombre.

Por la puerta lateral no cabía el tablero y hubo que sacar los caballetes primero.

Uno de los hombres se dio en la espinilla con un caballete y dijo una palabra que no repito, y luego pidió perdón mirando al techo, no a nosotros.

En la calle no había nadie. Y digo que no había nadie sabiendo lo que digo: en aquel callejón, a las once y cuarto de la noche de las fiestas, con un pueblo entero despierto, no había ni un alma en las ventanas.

Las persianas estaban bajadas todas a la vez y a la misma altura, que es una casualidad que no existe.

El pueblo llevaba media hora sin mirar. Ese fue el primer voto que se emitió aquella semana, y se emitió bajando persianas.

Lo trasladaron a las once y cuarto en la furgoneta del multiservicio, tapado con una manta de las de mudanza, por el callejón de atrás.

Nicasio, el de la funeraria comarcal, apareció a las once y veinte con su furgón, sin que nadie lo hubiera avisado que yo supiera, y se quedó en la puerta del bar con las manos cruzadas por delante.

—Yo he venido por si acaso —dijo.

—Pues por si acaso te quedas fuera —dijo Herminia.

Se quedó fuera, y no se fue, y estuvo allí hasta las tres de la mañana, apoyado en el furgón, como quien espera un turno que sabe que le va a llegar.

La cámara grande del Bar Avenida es un cuarto de dos metros y medio por tres, con la puerta de aluminio y la manilla de seguridad por dentro, las paredes de plancha blanca y un raíl en el techo del que cuelgan los ganchos.

Cuando entras se te mete el frío por debajo de la ropa antes de que te dé tiempo a cerrar.

Huele a limpio y a grasa fría, que es un olor que no se parece a ningún otro.

Lo pusieron encima de la mesa de despiece, que es de polietileno blanco y se friega con manguera, y Rufo la había fregado dos veces antes de que entrara nadie. Eso también cuenta.

Y ahí, de pie en la cámara, con los abrigos que habían ido a buscar a sus casas, se reunió por primera vez lo que después llamaríamos la Cofradía, aunque el nombre se lo puso Jandro tres días más tarde y para un grupo de WhatsApp.

Estaban Herminia, Gabino, Rufo, Consuelo con el abrigo encima del camisón, Puri, Nicasio en la puerta —que acabó entrando—, doña Otilia, que llegó la última andando desde su casa con un bastón que no usa, y don Ceferino, el secretario, que vino de Villar en su coche a las once y media, con pijama de rayas debajo del jersey y una carpeta de anillas bajo el brazo.

Que un hombre venga desde otro pueblo, a esa hora, con la carpeta de anillas, dice todo lo que hay que decir sobre lo que aquella gente entendía por urgencia.

Don Ceferino Baixauli lleva veintiséis años de secretario-interventor de cuatro municipios de la comarca.

Viene a Valdestrella los martes. Los lunes está en Villar, los miércoles en Torrubias, los jueves en Fuentespín y los viernes donde haga falta.

Le quedan dos años para jubilarse. Es un hombre alto, encorvado, con la cara de haber leído mucho reglamento, y tiene una manera de hablar que consiste en poner el verbo lo más lejos posible del sujeto para que dé tiempo a arrepentirse.

—Yo, que conste —dijo nada más entrar—, vengo en calidad de vecino.

—Ceferino, tú no eres vecino de aquí —dijo Rufo.

—Precisamente.

—Vamos a ver —dijo Cefe—. Punto primero. ¿Está certificado?

—No —dijo Gabino.

—¿No está certificado o no lo has certificado?

—No lo he certificado.

—Muy bien —dijo Cefe, y anotó algo—. Entonces, a efectos administrativos, en este momento, no consta.

Y eso fue todo. No hubo más discusión de fondo en toda la noche. No hubo un solo momento en que alguien dijera «hay que llamar a la Guardia Civil», ni «esto es un delito», ni «yo no me meto». Todos habían entendido a la vez, sin hablarlo, que la muerte de aquel hombre era un problema de calendario.

—Faltan tres días para las elecciones —dijo Herminia.

—Dos y medio —dijo Cefe.

—¿Y si se sabe?

Contestó Rufo, que hasta ese momento no había abierto la boca más que para lo de los setenta kilos.

—Si se sabe, la gente no vota a un muerto. Y si no votan al muerto, gana el otro. Y si gana el otro, en dos años esto es un coto.

—Eso no lo puede hacer él solo —dijo Consuelo.

—Lo hace con la Diputación —dijo Rufo—. Y con dinero. Y el que tiene dinero no tiene prisa: le basta con que aquí no quede nadie a quien preguntarle.

Nadie contestó a eso.

—Y hay otra cosa —dijo Cefe, pasando una hoja—. Si el fallecimiento se comunica ahora, la candidatura número uno queda vacante y hay que hacer una serie de trámites que yo, personalmente, con el calendario que tengo esta semana, no puedo garantizar que estén hechos antes del domingo.

—Habla en cristiano, Ceferino.

—Que si lo decimos, no da tiempo a arreglarlo —dijo Cefe—. Que la papeleta ya está impresa y ya está en los sobres. Que en la papeleta pone Eleuterio Pastrana Ruiz. Que el domingo la gente va a coger ese papel y lo va a meter en una urna, esté él como esté.

—Entonces —dijo Consuelo, muy despacio— es que ya no se puede hacer nada.

—Es que ya está hecho —dijo Cefe—. Es distinto.

Y ahí, aunque yo entonces no lo supe, se dijo la frase que ordenó los tres días siguientes. Ellos no decidieron mentir. Ellos comprobaron que la verdad llegaba tarde, que es una manera muchísimo más cómoda de decidir lo mismo.

—Bueno —dijo Gabino al rato—. Pues aguanta.

—¿Aguanta el qué? —dije yo, y fue la primera vez que hablé desde la sacristía.

Se volvieron todos a mirarme como si acabara de aparecerme.

—El proceso —dijo Gabino—. Un flemón.

—¿Un qué?

—Un flemón —repitió, y se lo estaba inventando ahí mismo, y se le veía disfrutar—.

Un proceso flemonoso agudo. Hinchazón, dolor irradiado, fiebre.

No puede hablar, no puede comer y no debe recibir visitas por el riesgo de contagio, que eso no es verdad, pero lo cree todo el mundo. Y da para tres o cuatro días.

—Y el domingo por la noche, ¿qué? —dijo Consuelo.

—El domingo por la noche se complica —dijo Gabino—. Los flemones se complican. Es lo suyo.

—A ver —dijo Cefe, con el bolígrafo levantado—. El viernes lo tenemos. El sábado, con la procesión, es delicado, pero lo tenemos. El domingo hay que llevarlo hasta las ocho de la tarde. A partir de las ocho de la tarde, a mí, personalmente, ya me da igual.

—El domingo ya sería mala praxis —dijo Gabino.

—El lunes.

—El lunes es mala praxis y encima es lunes.

—A ver si nos entendemos —dijo Otilia, y todos se callaron, porque cuando habla una mujer de ochenta y cuatro años que lleva desde el ochenta y siete firmando lo que se firma en este pueblo, se calla todo el mundo—.

Aquí no hay que aguantar hasta el domingo.

Aquí hay que aguantar hasta que alguien tenga que preguntar por escrito.

Y por escrito no pregunta nadie hasta el lunes, porque el sábado hay procesión y el domingo hay urnas.

—El de Villar puede preguntar —dijo Consuelo.

—El de Villar preguntará el lunes, con el resultado en la mano —dijo Otilia—. Los de fuera no preguntan cuando se enteran: preguntan cuando les conviene.

Rufo levantó una mano, como en el colegio.

—La cámara la necesito el sábado por la mañana para las canales de la fiesta.

Eso no es por nada. Es que tengo comprometidos setenta kilos y son para el pueblo, que la carne de la comida del domingo la pongo yo a precio de coste.

—Miró a Herminia—. Y el multiservicio, con todo esto, que no se toque.

Ahí está. En veinte segundos, y sin que a nadie le temblara la voz. La primera vez que en aquella semana alguien invocó al vecindario, la factura venía pegada detrás en la misma frase. Y así vendrían todas las demás.

Consuelo dijo que ella colaboraba, pero que quería que constara que se lo había pensado. Nadie preguntó dónde tenía que constar. Cefe, por si acaso, lo apuntó.

Puri no dijo nada en toda la reunión. Estuvo de pie junto a la puerta de aluminio con las manos en los bolsillos del abrigo, y cada vez que alguien nombraba el correo, o los sobres, o el domingo, bajaba un poco la cabeza. Yo entonces creí que tenía frío.

Y entonces yo dije que me iba.

Lo dije de pie, con los brazos cruzados, muerta de frío, y lo dije en serio: que a las siete y cuarto de la mañana pasaba el coche de línea para Cuenca, que yo era una mujer de Madrid que había venido a un homenaje, que en aquel cuarto había un cadáver y nueve personas discutiendo de kilos, y que hasta ahí llegaba yo.

Hubo un silencio de esos que no se llenan.

Y Herminia, sin mirarme, le dijo a Cefe:

—Enséñaselo.

—Herminia.

—Enséñaselo, Ceferino, que si no se va y en Cuenca cuenta lo que ha visto.

Cefe abrió la carpeta de anillas. De dentro sacó un cuaderno que no era suyo: uno de tapas de hule negro, de los de toda la vida, con el lomo forrado con esparadrapo.

Yo lo había visto veinticuatro horas antes, apoyado en la caja registradora de aquel mismo bar, seis metros por encima de donde estábamos.

Lo puso encima de la mesa de despiece, junto a la mano izquierda del alcalde, y lo abrió por el principio.

—Siéntate —me dijo—. Y no me interrumpas hasta el final, que es largo.