6. El miguelito
A las nueve y veinte de la noche del jueves salí a la plaza de Valdestrella con el vestido azul noche de la preselección, que me estaba justo y me estuvo bien durante veintidós minutos.
Habían puesto doscientas sillas de plástico blancas y se llenaron.
Los que no cabían se quedaron de pie contra la pared del ayuntamiento, y en el balcón, apoyados en la barandilla con los codos, tres o cuatro chavales.
Al fondo, junto a la mesa del vino español, la bandeja tapada con papel de aluminio.
Hacía esa temperatura de mayo en la Mancha que engaña: fresco por abajo y seco por arriba. El Elvis estaba en el pie de mesa que Terio había enroscado la tarde anterior, y estaba derecho.
Antes de salir, en el portal del ayuntamiento, me pasó una cosa pequeña que he recordado mucho después.
Herminia me estiró la costura del hombro con dos dedos, sin pedir permiso, como se estira a una novia o a una hija.
—Ahí tienes el pueblo —dijo—. Los de las tres primeras filas votan lo que vote el de delante. Los del fondo no votan. Los del balcón todavía no pueden.
—¿Y los de los lados?
—Esos son de Villar y han venido a ver si te caes.
El alcalde presentó. Habló cuatro minutos, dijo dos veces «orgullo» y una vez «familia», leyó los nombres de los que habían puesto las horas del frontón —Casimiro el primero, que se levantó a saludar— y luego dijo mi nombre entero, Macarena Salcedo Vela, y hubo un aplauso de los de verdad, de los que se oyen en la garganta.
Yo me sé lo que pasa cuando te aplauden así. Pasa que la cabeza se te va sola a los sitios donde te aplaudieron antes, y esos sitios están casi todos en los años noventa.
Empecé por el papel.
Leí lo de la tierra noble y lo de la emigración que nos llevó lejos, y aguantaron.
Leí el párrafo del frontón entero, con la fecha, y aguantaron mejor, porque estaba Casimiro.
Y cuando llegué a la línea que decía «una hija que llevó nuestro nombre por toda España», hice lo que había ensayado: bajé la voz y adelanté medio paso.
—Y esa hija —dije— se va a poner esta noche delante de vosotros y os va a contar tres cosas que no sabéis.
Se hizo ese ruido que hace un público de doscientas personas cuando deja de mirar hacia dentro y mira hacia el escenario. Es un ruido de ropa. Es lo más bonito de este oficio, y en seis años no lo había vuelto a oír.
Y entonces me pasó algo con lo que no contaba.
Que me apeteció contarlas de verdad.
—La primera es de dinero —dije, y me salí del folio, y noté a Herminia removerse en la segunda fila—.
Yo he venido esta noche a vuestro pueblo en un coche de línea, porque no tengo coche.
Ni tengo casa. En febrero me quedé sin la de Madrid, y no me la quitó el juego ni la bebida: me la quitó una firma. La mía, en un papel que no leí.
Silencio. Del bueno. Del que se paga.
—Y la segunda es de un hombre —dije—, y ese hombre no está aquí, ni le voy a dar la publicidad de decir su nombre, pero fue mi marido y fue mi representante, que ya me diréis qué clase de tonta pone las dos cosas en la misma persona.
Alguna risa. Una mujer, en la cuarta fila, dijo «anda» en voz alta.
—Y la tercera es de esta plaza —dije—. Y la tercera es que yo…
Y ahí es donde ya no sé lo que iba a decir.
Lo he pensado muchas veces, en estos meses, y no lo sé.
He mentido bastante sobre esto. He dicho en dos entrevistas que iba a pedirle perdón al pueblo por veinte años sin venir.
He dicho en una que iba a hablar de mi madre.
Puede que fuera una de las dos cosas. Puede que fuera pedir trabajo, como llevaba haciendo cinco meses en todas partes.
La verdad es que en aquel medio segundo yo tenía la boca abierta y la cabeza vacía y estaba a punto de decir una cosa mía, una de las que se dicen una vez en la vida, delante del pueblo entero.
En la segunda fila, un poco a la derecha, alguien empezó a hacer un ruido.
No fue un grito. Al principio no fue nada: fue un carraspeo, uno de esos de tres cuartos de segundo. Yo lo conocía. Llevaba dos días clasificándolo.
Terio Pastrana estaba de pie, con la mano en la mesa de las sillas, y tenía en la cara una expresión educada, como de quien pide disculpas por interrumpir. Se llevó la servilleta a la boca. Se sentó otra vez. Se volvió a levantar.
Y la mano derecha se le fue al cuello.
La bandeja de los miguelitos estaba destapada desde hacía diez minutos, porque el alcalde de Valdestrella no había esperado al vino español para empezar con el vino español.
Lo que pasó a continuación no pasó como pasa en las películas, con la música apagándose y la gente apartándose despacio. Pasó como pasan las cosas: mal, encimadas, con todo el mundo hablando a la vez.
Gabino llegó desde la tercera fila con la servilleta todavía metida en el cuello de la camisa.
Alguien tiró dos sillas. Una mujer dijo «que le den agua» y otra dijo «agua no, agua no».
Gabino lo puso de pie, se le colocó detrás y le apretó por debajo de las costillas tres veces, cuatro veces, con esa violencia técnica que no se parece nada a lo que se ve en los carteles del bar.
Yo estaba en el escenario con el Elvis delante de la boca, y lo único que se me ocurrió fue apartarme del micro para que no se oyera lo que se estaba oyendo.
Los altavoces del bingo, que estaban conectados a otra cosa, arrancaron con el pasodoble. El de siempre. Alguien había dejado la lista de reproducción puesta en el móvil y el móvil hizo lo que hacen los móviles.
Y así, con «Suspiros de España» a todo volumen y la plaza entera de pie, se llevaron al alcalde a la sacristía entre cuatro hombres, uno por cada esquina, como se llevan las mesas grandes.
Yo fui detrás. No sé por qué fui detrás; nadie me llamó. Cuando llegué a la puerta lateral de la iglesia ya estaban dentro, y Sagrario tenía la luz dada y estaba apartando de la mesa un montón de casullas dobladas para hacer sitio.
Lo tumbaron ahí, encima de la mesa de las casullas, entre el olor a cera que yo había reconocido el primer día sin saber que lo iba a reconocer siempre.
Gabino le abrió la camisa, le sacó dos botones, se echó encima, le apretó el pecho con las dos manos treinta veces, otras treinta, otras treinta.
La sacristía tiene el techo bajo y las paredes de piedra y allí dentro aquello sonaba a obra.
Duró mucho. Eso es lo que nadie cuenta: que dura mucho, y que en algún momento el que lo está haciendo se para a mirar el reloj de la pared, y en la pared no hay reloj, y entonces mira su reloj de muñeca, y sigue.
Los cuatro hombres se habían quedado formando un semicírculo, con las manos por delante, y uno de ellos, sin que nadie se lo pidiera, se fue a la puerta y se puso de espaldas mirando afuera.
Le llevó cuatro segundos entender qué hacía falta.
En este pueblo, cuando pasa algo, alguien se pone en la puerta antes de que nadie lo diga.
Desde donde yo estaba se veían, colgadas del perchero de la pared, tres casullas: una verde, una morada y una blanca. Y en el suelo, un cubo con agua sucia y una fregona, porque Sagrario había estado limpiando la sacristía a las nueve de la noche de un jueves de fiesta.
Fuera seguía el pasodoble.
Terio tenía los zapatos apuntando al techo. Eran unos zapatos negros con la suela nueva y con el precio todavía pegado en un lado, un cartoncito redondo con un número que yo veía desde donde estaba y no conseguí leer. Se los debía de haber comprado para el homenaje.
Gabino se incorporó. Se pasó el antebrazo por la frente. Y negó con la cabeza una vez.
Una sola vez, hacia los cuatro hombres, no hacia mí.
Sagrario se puso de rodillas al lado de la mesa y empezó a rezar en voz baja, deprisa, con esa velocidad de las mujeres que llevan sesenta años rezando y ya no separan las palabras.
Sagrario rezaba mirándole la cara. Todos los demás mirábamos el pecho, las manos de Gabino, los zapatos, el suelo. Ella era la única persona de aquella sacristía que le estaba mirando a la cara, y siguió mirándosela mientras rezaba, sin parpadear mucho, como quien acompaña a alguien a una puerta.
Yo no recé, no lloré y no dije nada. Me quedé de pie contra la puerta con el vestido azul noche, oyendo el pasodoble por los altavoces de fuera, y lo que hice —y esto lo cuento porque si empiezo a maquillarme ahora no acabo nunca— fue mirar el reloj.
Las nueve y cuarenta y dos.
Es un tic del directo. Cuando pasa algo en antena, tú miras la hora. Da igual lo que pase. Miras la hora porque después va a haber que explicar la escaleta.
Entró Herminia. No corriendo. Entró como entra la gente que ya lo sabe todo antes de abrir la puerta, y desde el umbral vio la mesa, vio a Gabino, vio a Sagrario de rodillas, y estuvo tres segundos sin moverse.
Luego se volvió hacia los cuatro hombres.
—Que no salga nadie de aquí —dijo.
Y salió ella.
Desde dentro se oyó cómo cortaban la música a mitad de un compás, con ese chasquido feo de los altavoces baratos, y luego la voz de Herminia por el Elvis, mi micro, el micro de la Marabú, sonando en toda la plaza con una calma administrativa que no le he vuelto a oír a nadie en mi vida:
—Vecinos. Se suspende el vino español por indisposición del señor alcalde. Las sillas las recogen mañana los del ayuntamiento. Buenas noches y con cuidado al volver.
Doscientas cincuenta y tres personas dijeron «ay» a la vez y se levantaron. Se oyó el arrastre de las sillas de plástico contra el empedrado, un ruido largo, de rebaño.
Y luego, nada.
Un pueblo se vacía en cuatro minutos. Yo eso no lo sabía.
En la sacristía nos quedamos seis. Gabino se sentó en una silla de enea con las manos colgando entre las rodillas.
Los cuatro hombres se quedaron de pie, mirando al suelo, y uno de ellos, sin decir nada, le puso a Terio la chaqueta por encima del pecho abierto, que fue el primer gesto decente de aquella noche y el último en mucho tiempo.
Herminia volvió a entrar, cerró con llave por dentro y se quedó de espaldas a la puerta.
Nadie me miraba a mí. Y me di cuenta, con una claridad que todavía me da vergüenza, de que llevaba veinte segundos pensando en el pregón. En mi pregón. En que no lo había terminado. En que el pueblo se había ido a su casa antes de la tercera cosa.
El alcalde acababa de morirse y yo todavía no había cobrado.