5. El pregón (ensayo)
El salón de plenos de Valdestrella tiene veintidós sillas, una mesa presidencial con faldón verde, un retrato del rey de hace dos reinados que nadie ha cambiado porque cambiarlo cuesta el marco, y un olor a cera y a papel guardado que yo, que he estado en camerinos de todo tipo, reconocí enseguida: es el mismo olor de los teatros municipales a las cinco de la tarde.
Allí me llevó el alcalde el jueves, después de comer, a ensayar el pregón.
—Tres folios —dijo, dándomelos—. Los ha hecho Herminia.
—Terio, esto no lo puedo leer.
—Es lo que hay que decir.
—Es lo que hay que decir en una inauguración de un depósito de agua. Yo salgo a una plaza con doscientas personas mirándome, y si les leo esto, a la tercera línea están hablando entre ellos y a la quinta se van a por hielo.
Me miró con el interés sincero del que oye hablar de un oficio que no es el suyo.
—¿Y qué hay que hacer?
—Hay que darles algo pronto. Un nombre, una fecha, una cosa suya. Y luego ya se les cuenta lo del frontón.
—Pues métele lo tuyo —dijo—. Total, vienen a verte a ti.
Herminia, desde la última fila, sin levantar la vista de sus papeles:
—El del frontón no se toca. Que va a estar Casimiro y puso él las horas.
Ese fue el reparto de poderes de aquella tarde y de todo lo que vino después: el alcalde daba permiso, yo daba espectáculo y Herminia iba detrás cuidando de que nadie se ofendiera. En una productora, a lo que hace Herminia se le llama continuidad y va en los créditos abajo del todo.
Estuvimos hora y media. Yo leía en alto, ellos escuchaban, y cada tres párrafos Terio se paraba a mandar un audio.
Porque el alcalde de Valdestrella gobernaba por audios de WhatsApp.
No es una manera de hablar. Aquella tarde le vi mandar seis, y ninguno bajaba de minuto y medio. Se apartaba dos pasos, se ponía el teléfono delante de la boca como quien va a soplar una sopa, y empezaba:
—A ver, Consuelo. Que me dice Herminia que lo de la furgoneta del jueves…
A ver. Que lo de la furgoneta lo dejamos para el otro jueves, porque el jueves este viene el de los toldos, y si viene el de los toldos no se puede meter la furgoneta por el arco, me explico.
Entonces, tú a los abuelos me los sacas por la puerta de atrás y no pasa nada. Que ya lo hablamos. Me explico. Ea.
Y le daba a enviar sin escucharlo.
Aquellos audios iban a un grupo que se llamaba, según me enseñó luego, «VALDESTRELLA INFORMA», con ciento y pico números dentro, y en aquel grupo no escribía nadie más que él.
Nadie contestaba por escrito. Contestaban con un pulgar, o no contestaban, y al día siguiente hacían lo que había dicho el audio.
Yo he trabajado en una emisora donde ocho personas se peleaban tres horas por el orden de un guion, y aquí un señor con la barriga apoyada en la mesa gobernaba doscientas y pico vidas soplándole a un teléfono.
Yo, que he escuchado más voces por teléfono que nadie en esta comarca, empecé a hacer lo que hago siempre sin querer: medirle el aire.
Este hombre respiraba antes de hablar, no después.
Metía «a ver» al principio y «ea» al final, siempre.
Decía «me explico» dos veces por audio, una en mitad y otra cerca del final, y no lo decía como pregunta: lo decía como sello, como quien pone el cuño en un papel.
Y tenía un carraspeo corto, de tres cuartos de segundo, que le salía cuando iba a pedir algo que no le apetecía pedir.
Se lo dije, por presumir.
—Usted carraspea cuando va a pedir un favor.
Terio bajó el teléfono despacio y me miró con una alegría nueva.
—Anda la madre.
—Es mi oficio.
—Pues menudo oficio —dijo—. Con eso, en esta comarca, te forras.
Siguió mandando audios, y yo seguí escuchándolos, y esa fue toda la preparación que tuvo mi carrera política.
Hubo uno, el cuarto o el quinto, que se me quedó dentro sin saber por qué. Era para la del multiservicio, y decía:
—A ver, Consuelo. Que lo de Rosario yo lo dejo como está hasta que pase lo del jueves, que ahora no es plan. Que ya lo hablamos tú y yo. Me explico. Ea.
Lo de Rosario. Mi madre se llamaba Rosario.
Pero en un sitio así vecinos hay cuatro Rosarios, dos Rosaritos y una Charito, y yo llevaba veinte años sin pisar aquello, y hay un momento en la vida de una mujer en que ya no se atreve a preguntar por su madre delante de gente porque la respuesta puede ser larga. Así que no pregunté.
Ese es el minuto exacto en que yo podría haberlo sabido todo. Lo digo aquí, y que cada uno haga con ello lo que quiera. Yo he hecho poco.
A las siete se fue al trastero de detrás del salón, que fue la escuela hasta que la cerraron, y volvió con una caja de cartón con las esquinas reventadas.
—Toma. Que esto es tuyo, en rigor.
Dentro, envuelto en una bayeta amarilla, estaba el micro.
Un Shure de cabeza redonda, cromado, de los que salen en las fotos de Elvis, con la rejilla un poco abollada por el lado izquierdo y el pie de mesa suelto en el fondo de la caja.
La Marabú lo compró en el noventa y uno en una tienda de Albacete y lo pagó a plazos entre los siete.
Cuando la orquesta se deshizo, en el noventa y nueve, el ayuntamiento compró tres cosas del inventario para las fiestas: dos focos, un carro de cables y el micro.
Lo saqué de la bayeta. Pesa. La gente no sabe lo que pesan estos micros: son de metal de verdad, tienen dentro un hierro y hay que cantarles de cerca porque si te apartas te castigan.
Aquel micro me ha oído cantar a los veintitrés años en Torrevieja, con el pelo cardado y una chaqueta de lentejuelas que picaba, delante de mil quinientas personas que no habían venido a verme a mí pero que se quedaron.
—¿Y esto ha estado aquí veinte años?
—Aquí no se tira nada —dijo Terio.
Ahí fue cuando le cogí cariño al hombre que me había timado, que es la cosa más incómoda que me ha pasado en la vida y de la que no me he curado todavía.
Porque hizo una cosa más, y la hizo sin público, que es cuando cuentan.
Sacó del fondo de la caja el pie de mesa del micro, se puso las gafas, y estuvo cinco minutos peleándose con la rosca para ponerlo derecho.
Sin hablar. Un alcalde de setenta y un años, tres días antes de unas elecciones, arreglando el pie de un micrófono que no era del ayuntamiento, en el suelo de un salón de plenos vacío, para que a una cantante retirada le quedara bien la foto del jueves.
—Ya está —dijo, y lo dejó en la mesa presidencial—. Ahí lo tienes. Que se vea.
Yo he conocido a muchos hombres que sabían halagar. Este sabía otra cosa mucho más cara: sabía qué objeto le importaba a cada persona.
Ensayamos con el Elvis, para probarlo. Herminia se puso en la última fila para hacer de público.
Yo leí el primer folio tal cual, y luego, en el sitio donde decía «una hija que llevó nuestro nombre por toda España», me salí.
Me salí como me salgo yo: sin avisar, bajando la voz y adelantando medio paso.
—Y esa hija —dije—, esa hija se va a poner esta noche delante de vosotros y os va a contar tres cosas que no sabéis. Una es de dinero, otra es de un hombre, y la tercera es de esta plaza.
Silencio en las veintidós sillas vacías.
—Eso no está en el papel —dijo Herminia.
—Eso es un anzuelo —dije yo—. Con eso los tengo veinte minutos.
—¿Y qué tres cosas son?
—Ninguna. Se va uno por otro lado y ya no se acuerdan.
Herminia dejó el bolígrafo en la mesa.
—Aquí sí se acuerdan —dijo.
—¿Y de qué se acuerdan? —dije yo, medio en broma.
Herminia levantó la vista por fin.
—De todo —dijo—. Aquí no hay otra cosa que hacer.
Volvió a sus papeles, y a mí me entró un frío raro, de esos que entran cuando alguien te informa sin querer de las reglas de un sitio en el que ya estás metida.
Terio se rio y la mandó callar con la mano, encantado.
—Déjala, mujer, que sabe. —Y a mí—: Tú métele de eso. Que la gente se emocione. Que este pueblo hace veinte años que no se emociona más que en los entierros.
Herminia recogió sus cosas y se fue a la puerta, y antes de salir dijo, sin volverse:
—Que se emocionen. Pero de la fecha del frontón no me quitéis nada, que Casimiro está muy mayor.
Nos quedamos solos. Terio se sentó en la primera fila con las manos en la barriga, mirando el techo.
—Macarena. El jueves, cuando termines, yo digo lo de la placa y te llamo aquí arriba. ¿Sabes lo que vas a hacer tú?
—¿Llorar?
—Llorar —dijo—. Pero poco. Que aquí en cuanto una llora mucho, dice la gente que ha bebido.
—¿Y usted qué va a hacer?
—Yo voy a estar en la segunda fila —dijo, y se rio solo—. Los alcaldes viejos ya no salimos en la foto. Salimos en el acta.
Se quedó un rato callado, mirando el faldón verde de la mesa.
—Macarena. El domingo, en esta plaza, se decide si dentro de dos años hay médico dos días o ninguno.
Y si el autobús sube o no sube. La gente de fuera se cree que en un pueblo se vota por simpatía.
Aquí se vota por lo que se pierde. —Se levantó, dándose una palmada en las rodillas—.
Anda, vámonos, que tengo que hablar con el cura de lo del vino.
Es la única frase seria que le oí decir en toda su vida, y me la dijo a mí, y a mí me sonó a discurso de campaña. Solo tres días después entendí que era, palabra por palabra, la contabilidad exacta de lo que aquel pueblo llevaba veinte años haciendo.
De vuelta pasamos por la iglesia porque él tenía que hablar con el cura de lo del vino español, y allí, en el pasillo lateral, había una mujer de unos setenta años cambiando las flores del altar de la Virgen.
Menuda, con rebeca gris y las manos rojas de agua fría.
Sacaba los claveles viejos, los sacudía, los envolvía en un papel de periódico y ponía los nuevos.
—Sagrario —dijo el alcalde al pasar—. Que el sábado vengo a ver lo del paso.
—El paso está —dijo ella, sin volverse.
—Ya sé que está. Vengo a verlo.
—Pues véalo cuando quiera, que la llave la tiene usted.
Ella dijo que sí con la cabeza y siguió con las flores. No me miró. Fue la única persona de aquel pueblo que en tres días no me miró ni una vez, y eso, para alguien de mi profesión, es un dato tan grande que no cabe en una libreta.
Y luego, cuando ya salíamos, se paró con los claveles viejos en la mano y dijo, a la Virgen y no a nosotros:
—Y las novenas de los ausentes las sigo poniendo yo los viernes, que aquí no las pone nadie.
El alcalde levantó la mano sin volverse, en un gesto que significaba «sí, mujer, sí», y salimos al sol.
Yo no pregunté qué eran las novenas de los ausentes. En un pueblo, la mitad de las palabras te suenan a devoción y son contabilidad.
En la puerta de la iglesia, Herminia había dejado una bandeja de cartón encima del banco de piedra, tapada con papel de aluminio, y estaba contando en voz alta.
—Doscientos cincuenta y tres —dijo—. Y diez de cortesía. Doscientos sesenta y tres miguelitos.
—¿Doscientos cincuenta y tres? —dije.
—Uno por vecino.
—¿Y si no vienen todos?
Herminia se quedó un segundo con el papel de aluminio levantado. Fue el mismo segundo del andén, el mismo del cartel de obras, el mismo de la techumbre y el saneamiento. Yo ya lo tenía fichado. Es medio segundo, y suena a nada, y es lo único que suena de verdad en toda esta historia.
—Vienen todos —dijo.
Y volvió a tapar la bandeja.
Aquella noche, mientras yo me vestía de azul noche en un cuarto que no era mío, el alcalde de Valdestrella probó el micro de mi orquesta en la plaza, dándole tres golpecitos con la uña delante de doscientas sillas de plástico vacías.
Lo oí desde la ventana. Pum, pum, pum. Y su voz, enorme, saliendo por los altavoces del bingo hacia una plaza donde no había nadie todavía:
—Funciona. Aquí no se tira nada.