La campaña de los difuntos 4. El bar Avenida
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4. El bar Avenida

El Bar Avenida es bar, tienda, estanco, papelería, punto de recogida de paquetes, sucursal de la caja rural los martes de once a una y farmacia de urgencia en el sentido de que Rufo tiene una caja de ibuprofenos detrás de las anchoas y no cobra el margen.

Rodeadas a boli. Eso también lo entendí más tarde.

Doce chavales en dos filas, con el escudo del pueblo cosido a mano en la camiseta, y siete círculos de bolígrafo azul alrededor de siete caras. Yo aquel día pensé que serían los que metieron goles. Los pueblos hacen esas cosas: se ríen de un partido durante veinte años.

El cordero estaba, efectivamente, para acordarse.

Comimos en la mesa del rincón, la de las autoridades, que se distingue de las otras en que tiene un mantel de tela y en que nadie se sienta ahí aunque esté libre.

El alcalde, Herminia, Gabino —el médico, jubilado y en activo a la vez, que es una figura que aquí no le extraña a nadie— y yo.

—Rufo —dijo Terio, con la servilleta metida en el cuello—, esto está de Michelín.

—Esto está de cordero —dijo Rufo desde la barra.

Rufo Peinado es un hombre de sesenta años, ancho, con las manos limpias hasta un punto que impresiona en alguien que ha estado despiezando toda la mañana.

Habla poco y habla en precios. En las tres horas que estuve allí aquel mediodía le oí poner el mismo importe tres veces, y las tres significaban cosas distintas: una era un café con leche y un chupito, otra era una manera fina de decirle a un parroquiano que se dejara de conversación, y la tercera fue la respuesta a una pregunta que no era de dinero.

—¿Cómo va lo del autobús, Rufo? —le preguntó uno desde la mesa de al lado.

—Eso son dos con veinte —dijo Rufo, y le puso el café.

Todos se rieron menos yo. Tardé dos días en enterarme de que la línea de autobús se mantenía porque el número de viajeros con bono superaba un mínimo, y que el mínimo salía por dos euros y veinte céntimos de subvención por plaza y trayecto, y que Rufo lo sabía porque de las cuentas de este pueblo sabía él más que el interventor.

Aquel día pensé que era un chiste local sin gracia.

Los chistes locales sin gracia son casi siempre contabilidad.

Detrás de la barra, apoyada en la caja registradora, estaba la libreta.

De hule, cuadriculada, con el lomo forrado con esparadrapo.

Rufo apuntaba en ella sin mirarla mientras hablaba de otra cosa, con el bolígrafo colgado de un cordel para que nadie se lo llevara.

Cada vez que alguien se iba sin pagar —y se fue sin pagar mucha gente— la mano de Rufo bajaba sola, apuntaba dos rayas y volvía a subir.

—Aquí se fía —dije.

—Aquí se apunta —dijo él.

—¿Y se cobra?

—Se cobra el día veintisiete.

El día veintisiete es cuando entra la pensión.

Eso lo sabe todo el mundo en toda España, y sin embargo hay que estar sentada en una barra de un pueblo de doscientos y pico habitantes para entender que el día veintisiete no es una fecha: es la única fecha.

Que el bar, la tienda, la peluquería que va los jueves desde Villar, el del butano y la funeraria comarcal cobran todos el mismo día del mes, del mismo dinero, que viene del mismo sitio y llega, invariablemente, esté el titular donde esté.

Sobre la barra, sujeto con un vaso de tubo, había un papel cuadriculado con nombres y una columna de cruces. Me acerqué con la excusa del hielo.

—¿Y esto?

—La quiniela —dijo Rufo.

—¿De fútbol?

—De Anselmo.

Levanté la vista. Media docena de hombres me miraban con esa expectación educada de los pueblos, la de a ver si la de la tele lo pilla.

—¿Y qué es Anselmo?

—Anselmo Quijada —dijo uno de la mesa del dominó—. Que no dice a quién vota.

—Ni lo ha dicho nunca —dijo otro.

—Ni lo dirá —dijo el primero, y hubo una risa corta, redonda, de esas que se acaban a la vez porque el pueblo entero sabe dónde se acaban.

Miré el papel. Doce nombres apuntados, dos columnas, AIVE y FR, y al lado las iniciales de los apostantes y las cantidades: uno, dos, cinco euros.

Alguien había apostado veinte, lo que en aquella barra era una barbaridad y en aquel juego, como supe el domingo, una manera de decir algo que no se podía decir de otra forma.

—¿Y cuándo se sabe quién gana la apuesta? —pregunté.

Silencio de tres segundos. De los buenos. De los que en mi programa costaban dinero.

—Se sabe —dijo Rufo, y cambió el paño de sitio.

Volví a mirar el papel. En una barra de bar, un papel cuadriculado con doce nombres y una columna de cruces puede ser dos cosas: una broma que lleva años repitiéndose o un censo. La diferencia se nota en la letra. Las bromas se apuntan de cualquier manera; los censos se apuntan con regla.

Aquel tenía regla.

Fue en ese momento cuando entró Lodares.

Entró como entra un hombre que ha estudiado fuera: sin tocar la cortina de tiras con las manos, apartándola con el hombro.

Cuarenta y pocos, chaqueta de media estación, esas botas de campo caras que no han pisado campo, y una carpeta rígida bajo el brazo.

Buenos días a la barra. Buenos días al dominó.

Y luego, sin apresurarse, a la mesa del mantel de tela.

—Señor alcalde.

—Óscar —dijo Terio, sin levantarse—. ¿Tú comes?

—He comido en Villar.

—Se come mejor aquí.

—Se come distinto —dijo Lodares.

Y ahí estaba: la primera cuchillada del pueblo, envuelta en papel de regalo, y los dos sonriendo. Aquello, en un plató, se llama entrada en frío y se ensaya. Estos dos no lo habían ensayado nunca porque llevaban toda la vida haciéndolo.

Pidió permiso para poner su cartel en el corcho. Es lo que hay que hacer: el corcho es municipal aunque esté en un bar privado, y en la práctica manda quien tenga la chincheta. Rufo le dio la chincheta sin decir nada, que es la manera que tiene un tendero de no perder ni un cliente ni un vecino.

Clavó el cartel encima del anuncio de la casa que se vende desde 2011. FUTURO RURAL, letras azules sobre blanco, y una foto suya con un campo detrás y un lema: LO QUE VIENE, LO TRAEMOS NOSOTROS.

—Muy bonito —dijo Herminia.

—Gracias.

—Muy bonito para Cuenca —dijo Herminia.

Lodares se rio con ganas, y fue una risa de verdad, y por eso me fijé en él. Los tontos se ofenden. Este apuntó.

Cuando se giró para irse me miró un segundo de más. No de hombre: de profesional. Fue una mirada rápida y completa, de las que se echan encima de una cosa que aparece en el inventario y no estaba en la lista.

—Señora Salcedo —dijo—. La vi en la plaza esta mañana.

—Y yo a usted no.

—Estaba en el coche.

—Pues eso —dije—. En la plaza estaba yo.

Se fue con media sonrisa. En la mesa nadie comentó nada durante un rato, que es la manera que tienen los pueblos de comentarlo todo.

En la punta de la barra, solo, con una copa de anís y el codo en la madera, había un hombre de sesenta y muchos con pana y con la gorra puesta dentro del bar, como hacen aquí los que están enfadados desde hace años.

Sacó del bolsillo un fajo de papeles doblados y los puso encima de la barra sin que nadie se los pidiera.

—Aquí —dijo, al aire—. Del ochenta y siete. Doce mil quinientas pesetas la fanega y firmado delante de notario en Villar.

Nadie contestó.

—Y a los Lodares se las compró a tres mil.

Nadie contestó tampoco. Rufo le llenó la copa hasta arriba y anotó dos rayas en la libreta.

—Ese es Torcuato —me dijo Gabino por lo bajo, echándose vino—. No le des cuerda.

—¿Y qué le pasa?

—Que tiene razón —dijo el médico—. Que es lo peor que le puede pasar a un hombre en un pueblo pequeño.

Me lo explicó por lo bajo, mojando pan, con esa maldad tranquila que tienen los médicos rurales cuando se jubilan y descubren que ya no tienen que ser amables con nadie.

Que las tierras de la parte del molino habían sido de una familia que se fue en los ochenta, los Lodares.

Que las vendieron a la desbandada, en dos semanas, porque el padre se quedó sin trabajo y sin fiado.

Que el alcalde —que entonces no era alcalde, era el que llevaba la báscula de la cooperativa— compró la mitad a tres mil pesetas la fanega.

Y que la otra mitad la compró Torcuato, y la pagó a doce mil quinientas, delante de notario, porque le dio vergüenza.

—Y treinta años después —dijo Gabino—, el que pagó de más está solo en la punta de la barra, y el que pagó de menos tiene banda.

—¿Y el hijo de aquella familia?

Gabino se limpió la boca con la servilleta y no contestó, porque el hijo de aquella familia acababa de entrar por la puerta y estaba sacudiéndose la cortina de tiras del hombro.

Antes de irnos, cuando ya el bar se había quedado en cuatro y en la tele de la pared ponían un concurso sin sonido, se habló del asunto que llevaba toda la comida rondando la mesa sin sentarse: los del monte.

—Han vuelto a venir —dijo Rufo—. Dos coches. Midiendo por la parte del Cerro Bermejo.

—¿Quién? —pregunté.

—Los del monte —dijo Gabino, y con eso creyó que me lo había explicado todo.

Me lo explicaron a trozos, entre los cuatro, como se explica aquí lo importante: una sociedad de Madrid con oficina en Cuenca que lleva tres años comprando fincas por la zona de la sierra baja.

Compran a buen precio, pagan al contado y no discuten.

Quieren juntar tres mil hectáreas para hacer un coto de caza mayor con casa club, guardas y clientes que vienen en furgonetas grandes desde el aeropuerto.

Del pueblo de al lado ya tienen la mitad.

—¿Y eso es malo? —dije, porque a mí, de entrada, tres mil hectáreas con clientes de aeropuerto me sonaban a nómina.

Se hizo una de esas pausas de bar en que todo el mundo mira su vaso.

—Es que un coto no necesita médico —dijo Consuelo, que había entrado a por tabaco y se quedó de pie con el bolso colgado del brazo—. Ni residencia, ni autobús, ni tienda. Un coto necesita cuatro guardas y una valla.

—Y los guardas los traen ellos —dijo Rufo.

—Que midan —dijo Terio.

—Es que ya no miden, Terio. Ya vienen con la cinta y la gente delante.

—Que vengan con lo que quieran. Sin ayuntamiento no hay coto, y ayuntamiento hay.

Y ahí, por primera vez, oí el nombre de la sociedad que iba a comprar el paisaje entero, dicho por Rufo con el tono con que en este pueblo se habla del pedrisco, del lobo y de la Diputación: sin miedo, sin drama, como se habla de las cosas que llevan cien años viniendo y llegan siempre.

Nos levantamos. Terio pagó, es decir, no pagó: dijo «apunta» y Rufo bajó la mano.

En el zinc, al pasar yo por detrás de la barra para coger el bolso, alcancé a ver la libreta abierta. Dos columnas de nombres y cifras, con la letra pequeña y apretada de los que escriben mucho.

Vi tres nombres seguidos con una raya vertical al lado, hecha con regla, y una anotación arriba que decía «27».

No pregunté. Uno no pregunta el primer día por los números de otro. Y además yo estaba pensando en otra cosa, en el saldo de mi cuenta y en cómo se pide un adelanto a un pueblo sin que parezca lo que es.

Porque esa era mi situación aquel mediodía, y conviene decirla clara para que después nadie se sorprenda de nada: yo tenía en la cuenta ciento cuarenta euros, un billete de vuelta que no había comprado, una deuda con Hacienda que iba por su séptimo aplazamiento y un teléfono con la línea a punto de cortarse por segunda vez en el año.

La gente cree que a una la arruina un vicio.

A mí me arruinó firmar donde me decían, que es un vicio más caro y no lo cubre el seguro.

Así que miré aquella libreta de hule como se mira el bolso abierto de una desconocida en el autobús: sin tocarlo, midiéndolo, calculando cuánto de lo que hay ahí dentro podría acabar siendo mío por vías legales.

Rufo cerró la libreta con la palma, sin prisa.

—Aquí no se muere nadie debiendo —dijo.