3. Vidente en casa ajena
Dormí en casa de Herminia porque en casa de mi madre estaban las obras, y las obras eran un cartel.
Me lo dijo ella misma en la puerta, a las once de la noche, con una toalla doblada en las manos como quien entrega un pliego de condiciones.
—Arriba, la del fondo. El agua caliente tarda. Si oyes ruido a las seis, soy yo.
—¿Qué hace usted a las seis?
—Lo de las seis.
La habitación tenía una cama de hierro con la colcha de picos, un armario que olía a membrillo y una cómoda con tres cosas encima: un tapete, un despertador parado y una foto enmarcada de una mujer de unos setenta años, en blanco y negro coloreado a mano, con la misma barbilla que Herminia y una permanente de peluquería de las de sentarse debajo del casco.
—¿Su madre? —pregunté desde el rellano.
—Mi hermana —dijo Herminia, ya bajando—. Y no la muevas de sitio, que está bien ahí.
Esa fue toda la información que dio de sí misma en veinticuatro horas.
Bajé a cenar porque no bajar hubiera sido peor. Puso sopa de cocido con una nube de fideos, un plato de lomo de orza y pan. No preguntó si quería. En los pueblos, preguntar si quieres es una manera fina de decirte que sobras.
Y entonces empezó lo que ella creía que era una conversación y yo sabía que era otra cosa.
—Tú estuviste en Torrevieja con la orquesta —dijo.
—Estuve en muchos sitios.
—En Torrevieja en el noventa y cuatro. Y en el noventa y seis en Almansa, que había feria del mueble. —Partió el pan sin mirar el pan—. Y luego lo de la tele, lo de la canción, aquello de la preselección, que fue en enero, y quedaste la tercera.
—Fui la tercera —dije—. De doce.
—De doce —repitió ella, y en su boca «de doce» sonó a acta.
Yo llevo doce años ganándome la vida averiguando cosas de gente que ha llamado para que se las adivinen.
Sé cómo se hace: se lanza un dato ancho, se espera, se ve por dónde respira el otro y se estrecha.
Es un oficio de pescador. Y aquella mujer, que en su vida había pisado un plató, me estaba haciendo exactamente eso a mí, con la sopa de por medio, y lo peor es que lo hacía mejor que yo.
Porque ella no lanzaba datos anchos. Ella los tenía.
—¿Y usted cómo sabe lo de Almansa?
—Yo sé lo que pasa.
—Eso no es una respuesta.
—Es la que hay —dijo—. Come, que se enfría.
Comí. Y mientras comía fui haciendo el inventario de aquella casa, porque cuando una duerme fuera aprende a leer las casas ajenas deprisa.
Era una casa grande y limpia y sin un solo objeto de menos de veinte años.
La televisión estaba apagada y con el mando encima de un tapete.
En el aparador había una hilera de vasos de feria puestos por tamaño.
En la pared, un calendario de la parroquia, y en el calendario, escritas a boli en cuadros distintos, unas cuantas fechas con nombres: «Casimiro, análisis», «Balbina, cupo», «furgoneta».
La letra de una mujer que lleva la agenda de un pueblo entero desde su cocina.
Y en el escurridor, boca abajo, dos tazas.
Dos. Una para ella. Yo llevaba en la casa hora y media y no había bebido nada todavía.
—¿Vive alguien más aquí? —pregunté.
—Ya no —dijo Herminia.
A los postres me tiró el anzuelo de verdad, y lo tiró tan de refilón que estuve a punto de tragármelo entero.
—El tres da caché, dicen.
Lo dijo hacia el plato. Ni una sílaba de más. Ni una mirada. Treinta años de segunda de a bordo caben en cuatro palabras si las dices sin subrayar, y yo, que me dedicaba a subrayar cinco horas por noche en directo, me quedé sin saber qué contestar por primera vez desde el noventa y ocho.
—A mí me lo han puesto —dije al fin—. Yo no lo he pedido.
—Ya lo sé —dijo Herminia—. Eso es lo malo.
Y se levantó a fregar.
Salí al portal a que me diera el aire. Estaba el pueblo con esa oscuridad de sitio que apaga las farolas alternas para ahorrar, tres encendidas y tres no, y en el zaguán de enfrente, sentado en un bordillo, un chaval con dos móviles: uno para grabar y otro para mirarse mientras grababa.
—Usted es la del 806 —dijo, sin levantar la cabeza.
Yo no llevaba ni doce horas en el pueblo y ya era la tercera cosa distinta: la de la tele, la hija predilecta y ahora esto.
—¿Y tú qué sabes del 806, criatura?
—Está usted entera en internet. —Giró la pantalla hacia mí—. Hay un canal que sube programas viejos. «Maca de España, la vidente de la Estrella.» Doce mil visualizaciones el de la señora del perro.
Me acerqué. Era yo, con doce kilos menos y quince años más de futuro, con el fondo de terciopelo morado y el rótulo del teléfono parpadeando abajo.
Estaba diciéndole a una señora de Cartagena que su perro no había sufrido y que se había ido dormido, y la señora lloraba, y yo aguantaba el silencio los tres segundos justos antes de entrar otra vez.
Buen trabajo. Todavía hoy lo digo: aquello estaba bien hecho.
—Cómo llorabas —dijo el chaval, con admiración técnica.
—No lloraba yo, lloraba ella.
—Ya. Pero usted respiraba como si llorase.
Me quedé mirando a aquel crío de diecisiete años, en un pueblo de doscientos y pico, sentado en un bordillo a las once y media de la noche, y pensé que era la primera persona en seis años que me hablaba de mi trabajo como de un trabajo.
—¿Cómo te llamas?
—Jandro. Llevo la cuenta del pueblo. —Y aclaró, por si acaso—: De TikTok. Somos mil doscientos.
—¿Mil doscientos qué?
—Seguidores. Mil doscientos ocho.
—¿Y de qué van los vídeos? —dije.
—De cosas. —Se encogió de hombros—. Del tractor de Casimiro, que se le sale el humo. De cuando vino el circo a Villar. De la fiesta. El que más ha corrido fue uno de la matanza, que tuve que quitarlo.
—¿Por qué?
—Porque lo denunciaron unos de Barcelona.
Casi cinco veces el pueblo. Ahí estaba el dato que me llevaría, tres días después, a montar todo lo que monté, aunque aquella noche solo me sirvió para pensar que aquí ya no hay sitios pequeños, solo sitios mal grabados.
—Sáqueme un saludo —dijo.
—Cuánto pagas.
—Nada.
—Pues entonces no es un saludo, es un favor. —Me puse de perfil, que es mi lado, y le hice el saludo de la mano abierta y el guiño—. Ya está. Y me debes una.
Se fue tan contento, andando de espaldas, encuadrándome hasta la esquina, igual que por la mañana. Ese chico me encuadró en total, aquella semana, unas nueve horas de mi vida. Yo entonces creía que me estaba haciendo un favor él a mí.
Subí. Me lavé la cara con el agua que tardaba y me senté en la cama de hierro, y como no tenía sueño hice lo que hago siempre que no tengo sueño en una casa que no es mía: mirar por la ventana y contar.
Conté tres cosas.
La primera: la iglesia tenía luz. No la de la torre, que esa se ve desde la carretera, sino la de dentro, la de las capillas, un resplandor amarillo por los cristales bajos.
A las doce menos veinte de la noche de un miércoles cualquiera, sin misa, sin novena y sin difunto declarado, alguien estaba encendiendo velas en la iglesia de Valdestrella.
La segunda: cruzando la plaza, con una bolsa de tela colgada del hombro y sin prisa, iba Puri, la cartera.
La conocía de por la mañana, del corro de la pancarta.
Sacaba sobres de la bolsa y los iba metiendo en los buzones, uno, dos, tres, a la luz alterna de las farolas que sí funcionaban. A esa misma hora.
Yo he vivido en Usera, en Villaverde y en un piso de Móstoles con dos vecinos que traían a casa cosas que no eran suyas.
Sé lo que es un reparto a deshoras. Lo que no sabía, y tardé tres días en saber, es que hay pueblos donde el correo se reparte de noche no para esconderlo de la gente, sino para dárselo a las casas que no pueden salir a por él a plena luz porque no vive nadie.
Antes de eso conté a Puri entera, porque me quedé un rato en la ventana mirándola trabajar y hay cosas que solo se ven si aguantas.
Puri no repartía como reparte un cartero.
Un cartero va calle abajo y mete lo que le toca en cada buzón.
Puri iba con la lista en la cabeza y hacía eses: cruzaba la plaza, metía dos sobres en una casa, volvía atrás, metía otro en la de enfrente, se saltaba tres seguidas y luego se paraba en una donde no había ni luz ni persiana subida y estuvo allí más rato que en ninguna, con la bolsa apoyada en la rodilla, sacando sobres de uno en uno y mirándolos antes de meterlos, como quien reparte cartas de una baraja marcada.
En aquella casa no vivía nadie. Lo digo ahora y suena a que yo lo sabía. No lo sabía. Lo que vi fue a una mujer de cincuenta y tantos, casi a medianoche, dedicándole a un buzón oscuro más atención que a todos los demás buzones de la plaza.
La tercera cosa que conté fue una tontería, y es la que se me quedó clavada.
Fue esta: en toda la calle de la Tercia, con quince casas, solo tres tenían las persianas a medias, como las tiene la gente que duerme dentro.
Las otras doce estaban o abiertas del todo o cerradas del todo.
Abiertas del todo o cerradas del todo, que es como se dejan las casas cuando el que las deja no piensa volver a esa habitación por la mañana.
Me acosté con la ventana entornada y con el ruido de Herminia abajo, que a la una menos cuarto seguía fregando algo, y no era plato ni vaso: era un ruido de tela y agua, un chapoteo corto y regular, con pausas.
Estaba lavando a mano. Y no lavaba deprisa, como se lava una cosa que hay que quitar de en medio, sino despacio, con el cuidado con el que se lava lo que no se puede meter en la lavadora porque encogería, o porque se destiñe, o porque es de alguien.
Ya sé que estaba lavando a mano. Lo que tardé cuatro días en saber es qué lavaba, y para quién, y desde cuándo.
Bajé un momento a por agua, sobre la una, y desde el arranque de la escalera vi el cuarto de la plancha con la luz dada.
En la tabla, colgado de una percha de alambre, había un traje de hombre gris marengo, de invierno, con la chaqueta abotonada como se abotonan los trajes que no se van a poner mañana.
Herminia estaba de espaldas, con las manos en la pila.
No entré. Volví a subir sin el agua.
Antes de apagar la luz miré la foto de la cómoda.
La mujer de la barbilla igual y la permanente.
Le habían coloreado las mejillas de rosa y el fondo de un azul que no existe.
Debajo del marco, en el borde, había una etiqueta de precio despegada a medias, de esas de papel: 3,50.
Un marco de tres euros y medio, comprado deprisa, para una foto colocada sola en una cómoda que no tenía ninguna otra foto.
En la centralita, cuando llamaba una señora y en el minuto dos me soltaba un dato como quien no quiere la cosa, yo sabía que ese dato era el que sostenía la llamada entera. Los datos que la gente suelta sin querer son los caros. Los que traen preparados no valen nada.
Aquella noche me habían soltado cuatro sin querer, y yo, que llevaba doce años cobrando por saber de quién es cada silencio, me dormí pensando en lo bien que se estaba en una cama ajena y en lo mucho que me quedaba por cobrar.
Con una idea rara, además, dándome vueltas: que en aquella casa no había preguntado nadie por mi madre. Ni una vez. Ni la señora de la carpeta, ni el alcalde, ni el chaval de los mil doscientos ocho.
En un pueblo, cuando llega una hija, lo primero que se pregunta es por la madre.
En este pueblo, en cambio, la conversación entera de la noche había ido de Torrevieja, de Almansa y de doce concursantes.
Apagué la luz.
En la centralita, cuando la clienta sabe más que tú, la llamada la está haciendo ella.