2. La placa
El Bar Avenida está en la calle que no es avenida, y para llegar desde la casa de mi madre hay que pasar por delante del consultorio. Eso lo sabía. Lo que no sabía es que el consultorio iba a tener mi cara.
La tenía. Cuatro veces, en horizontal, encima del cartel de horarios de enfermería.
Un cartel de color crema con una banda morada abajo, mi foto a la izquierda —una que me hice hace nueve años para el catálogo de la productora, con el pelo de entonces y la papada de nunca, porque estaba retocada— y a la derecha, en letra gorda:
AGRUPACIÓN INDEPENDIENTE VECINOS DE VALDESTRELLA
Debajo, en letra flaca, la lista entera: Eleuterio Pastrana Ruiz, Herminia Requena Lillo, Macarena Salcedo Vela, Rufino Peinado, Consuelo Ballesteros, Gabino Utrera, Purificación Mansilla.
Siete nombres puestos por ese orden, que es el orden de los intereses de un pueblo si uno sabe leer, y yo llevo doce años leyendo listas de gente en peor estado que esta.
Me paré. El alcalde siguió dos pasos y también se paró, con las manos a la espalda y el aire del que enseña un caballo.
—Ha quedado bien, ¿eh? —dijo—. Los hicimos en Villar, en la imprenta de Antoñito, que nos dejó el ciento a mitad porque su padre era de aquí.
—Hay una señora en ese cartel que se parece mucho a mí.
—Es que eres tú, mujer.
—Ya. Digo que se parece.
Lo que yo estaba haciendo en ese momento, mientras miraba mi propia cara pegada con engrudo a la pared de un ambulatorio, era una cuenta.
No una cuenta moral, que esas las hago tarde y mal, sino la otra: la de cuánto vale mi imagen.
Y valía. Poco, pero valía. Yo he cobrado por abrir la caseta de una feria del ajo, y no diré el precio porque hay dignidades que se guardan como se guardan las facturas del gestor, pero cobré.
He cobrado por decir mi nombre en la boda de la hija de un concesionario.
He cobrado, tres años seguidos, por mandar un saludo grabado a una peña de Albacete que se llamaba como una canción mía.
Cobrar es lo único que he hecho siempre bien.
Cantar lo hice bien seis años; adivinar el futuro, doce; cobrar, treinta y cinco.
Cuando me preguntan a qué me dedico, yo digo que a la comunicación, pero la verdad es que me dedico a poner precio a cosas que no lo tienen: al consuelo, a la esperanza, a que una señora de Cartagena sepa que su perro se fue dormido.
Todo eso tiene precio. Lo único que no lo tenía, en aquel momento, era mi cara pegada con engrudo en la pared de un ambulatorio de Cuenca.
Y sin precio no se puede negociar. Eso lo sabe cualquiera que haya trabajado en esto.
—Terio —dije, y era la primera vez que lo llamaba así—. Yo esto no lo he firmado.
—Sí lo has firmado.
Lo dijo sin subir la voz y sin sonreír de más, que es como dicen las cosas verdaderas los que se dedican a decir mentiras todo el día.
Y entonces sacó del bolsillo interior de la americana una carpeta de plástico transparente, de esas de tres euros con el borde reforzado, doblada por la mitad para que le cupiera.
Se ve que la llevaba encima desde por la mañana.
Se ve que la llevaba encima desde hacía meses.
—Los papeles de la placa —dijo.
Nos sentamos en el poyo del consultorio, que es de piedra y está frío hasta en mayo, y allí me lo enseñó, hoja por hoja, con la paciencia de un hombre que ha explicado el mismo expediente a cuatro generaciones de vecinos analfabetos y a dos inspectores con carrera.
Primera hoja: una instancia de esas de encabezado con escudo.
Solicitud de inscripción en el Padrón Municipal de Habitantes.
Con mis apellidos, mi DNI, mi fecha de nacimiento equivocada en un año a mi favor —eso lo había puesto él, y todavía hoy no sé si por galantería o por descuido— y mi firma abajo.
Mi firma. La mía de verdad, la que hago cuando tengo prisa, con la eme grande y lo demás una raya que se cae hacia la derecha.
Segunda hoja: aceptación de candidatura. Mismo DNI, mismo nombre, misma raya que se cae hacia la derecha.
Tercera hoja: una fotocopia mal centrada de un acta de pleno donde el Ayuntamiento de Valdestrella acordaba, por unanimidad de sus siete miembros, iniciar expediente para el nombramiento de Hija Predilecta a favor de doña Macarena Salcedo Vela, «vecina de esta localidad».
Vecina de esta localidad. Ahí estaba todo, y yo lo había firmado en un bar de la calle Antonio López con el bolígrafo de él, hacía cinco meses, tomándome un cortado que también pagó él.
Me acuerdo perfectamente de aquella mañana, y me acuerdo mal, que es como se acuerda una de las mañanas en que la estaban timando.
Yo llevaba tres semanas sin coger el teléfono a un número de Cuenca porque los números de Cuenca, en mi vida, solo habían sido dos cosas: mi madre o un hombre al que le debía dinero.
Cuando por fin lo cogí y era un alcalde diciendo homenaje, placa, hija predilecta, colgué y me eché a llorar en el sofá de una casa que ya no era mía y de la que me quedaban cuarenta días.
Vino a Madrid él solo, en tren, y me esperó de pie en la puerta del bar aunque hacía frío, con la carpeta de plástico bajo el brazo.
Me dijo lo mismo que me diría después mil veces: que un pueblo tiene derecho a estar orgulloso de los suyos.
Me dijo que iban a poner una placa en la fachada de la casa de mi madre.
Me dijo, y esto es lo que me hundió, que mi madre le había dicho una vez, en la cola de la farmacia, que a ella lo que le hubiera gustado es que en el pueblo se supiera.
Después dijo: firma aquí, y aquí, y aquí, que esto es todo para la placa.
Firmé tres veces sin leer, con un bolígrafo de propaganda de una casa de piensos, y él sopló la tinta como se sopla la tinta cuando no hace falta.
Luego pagó los dos cortados, se guardó la carpeta y me preguntó si necesitaba algo para el viaje.
Y yo, que llevaba tres semanas comiendo lo que se come cuando quedan cuarenta días, le dije que no con una sonrisa de gala benéfica.
Él insistió una vez, la justa, y no insistió la segunda, que es la parte fina del oficio: los que insisten dos veces quieren tu dinero; los que insisten una quieren tu firma y ya la tienen.
Se fue a la estación andando. Me acuerdo de que llevaba una bolsa de plástico con algo dentro, y de que en la puerta se volvió y me dijo: «Descansa, Macarena, que ahora ya eres de un sitio.»
Estuve tres días llorando de agradecimiento por esa frase.
—Esto no es para la placa —dije, en el poyo frío, cinco meses después.
—Es todo lo mismo, Macarena.
—Esto es una candidatura.
—Y la placa. Las dos cosas van juntas. —Se apoyó en las rodillas, muy tranquilo, mirando la calle vacía—.
Para ser hija predilecta de un pueblo tienes que ser del pueblo.
Y para ser del pueblo tienes que estar en el padrón.
Y si estás en el padrón, y hay elecciones dentro de cinco meses, y resulta que eres la única persona nacida aquí que sale por la tele, pues dime tú qué clase de alcalde sería yo si no te pongo en la lista.
—Uno que avisa.
—Uno que se queda sin lista —dijo—. En este pueblo, para presentar candidatura hay que reunir siete firmas de gente que se preste, y prestarse aquí significa que tu vecino sabrá para siempre de qué lado estabas.
Yo he tardado veintiocho años en juntar siete personas que me firmen sin pedirme nada por escrito.
¿Y sabes por qué me firman? Porque cada uno tiene un motivo suyo, y no es el mismo, y no es bonito, y a mí no me importa.
—Se estiró la banda inexistente, por costumbre—.
Herminia iba de tres. La subí a dos y a ti te puse el tres.
Y la cara del cartel, mírala bien, es la tuya.
Ella lleva treinta años y sale en letra flaca.
Tú llevas tres días y sales en color. Anda y dime que no te he tratado bien.
Ahí entendí dos cosas a la vez, que es más de lo que suele entender una en un día entero.
La primera, que aquel hombre no me estaba pidiendo perdón ni disculpas ni permiso: me estaba enseñando la contabilidad.
Me estaba diciendo cuánto valía yo en su pueblo, con qué se pagaba y quién había perdido para que yo ganase.
En mi oficio a eso se le llama poner el precio delante.
Los que ponen el precio delante son los peligrosos; los otros, los que se andan con rodeos, solo son pesados.
La segunda, que ya me habían pagado. Que el homenaje era el pago.
Que yo llevaba cinco meses viviendo con la idea de que un pueblo entero se acordaba de mí, y esa idea me había sacado de la cama noventa mañanas seguidas, y eso, a precio de mercado, es carísimo.
Yo he pagado ciento veinte euros por una sesión con una señora de Vallecas que me dijo que iba a venir una carta buena. Y me duró seis días.
Aquello me había durado cinco meses.
Hice la cuenta entera, allí sentada, con el frío de la piedra subiéndome por la espalda.
Si iba a la Junta Electoral —si es que se va a la Junta Electoral, que yo entonces no sabía ni dónde estaba— y decía que me habían metido en una lista con engaño, tenía que explicar por qué había firmado tres papeles sin leerlos.
Y para explicar eso hay que contar que a una la habían desahuciado, que estaba tan hundida que un alcalde de pueblo con una carpeta de tres euros le había parecido un ángel, y que había llorado de agradecimiento en un bar de la calle Antonio López.
Eso, en Madrid, es un expediente. Aquí es una noticia.
Y en mi profesión, una noticia sin caché es una ruina con testigos.
Si me callaba, era candidata número tres de una agrupación de vecinos en un municipio de doscientos cincuenta y tres habitantes, lo cual no es nada. Lo cual, mirándolo con los ojos de la que había bajado del coche de línea aquella mañana, era exactamente el doble de nada que tenía a las nueve.
—¿Y qué hace un número tres? —pregunté.
—Nada —dijo el alcalde, encantado—. El tres da caché.
Lo dijo con las mismas palabras que había usado Herminia por dentro treinta años, aunque eso lo supe después.
Volvimos a andar. Él iba delante, saludando a las ventanas. Yo iba detrás, con la carpeta de plástico en la mano, mirándome la cara pegada en las paredes: en el consultorio, en el tablón de la iglesia, en la puerta cerrada de lo que fue la caja de ahorros y ahora es un almacén de sillas.
Cuatro carteles en doscientos metros. En Madrid, por cuatro carteles con mi cara en doscientos metros, yo habría matado. Con calma, además.
—El Boletín de la Provincia lo lee la gente, ¿verdad? —dije, por decir algo que sonara a que yo controlaba.
Terio se rio con toda la barriga.
—El Boletín lo leen dos personas en esta comarca: el que cobra por escribirlo y el que busca su esquela.
Siguió andando, y yo me quedé un paso atrás con esa frase, que entonces me pareció un chiste de pueblo y que era, aunque yo no podía saberlo, la clave de bóveda de todo el edificio.
lo que se publica donde no lee nadie está publicado igual.
Está más publicado, si me apuran. Los papeles que nadie mira son los únicos que no se discuten.
En la esquina del Avenida, antes de entrar, Terio se paró y me puso las dos manos en los hombros, como se sujeta a alguien que va a subir a un escenario.
—Macarena. Del papel de la lista no hablamos con nadie hasta el jueves, ¿estamos? Tú, el jueves, pregón, placa, hija predilecta y todo el mundo llorando. Y el domingo, si te apetece, votas. Y si no te apetece, no votas. Aquí no obligamos a nadie.
—Aquí solo se firma.
—Aquí se firma poco —dijo, y me abrió la puerta del bar—. Lo que pasa es que lo que se firma, se firma para siempre.
Me guardé la carpeta doblada donde me he guardado siempre los contratos malos: por dentro de la ropa, a la altura del pecho, que es el único sitio donde una no se los olvida.
Y entré a comerme el cordero.