La campaña de los difuntos 1. El homenaje
2%
La campaña de los difuntos

La campaña de los difuntos

Por Amparo Masegosa

© inepub.com

1. El homenaje

Parte I — La hija predilecta

✝

ROGAD A DIOS EN CARIDAD POR EL ALMA DE

LA SEÑORA DOÑA ROSARIO SALCEDO VELA

que falleció en Valdestrella el 6 de marzo de 2023

a los 74 años de edad

habiendo recibido los Santos Sacramentos y la visita del practicante

Modista. Cosió para medio pueblo y descosió lo que hizo falta, sin que se le conociera queja, deuda ni puntada floja.

Sus desconsolados: su hija, Macarena Salcedo Vela, «Maca de España», ausente por compromisos profesionales; su vecindario en pleno, que la acompaña como puede; y las tres generaciones que vistió, dos de las cuales todavía le deben arreglos.

Ruegan una oración por su alma y comunican que el sepelio se celebró en la más estricta intimidad, a petición del padrón.

D. E. P.

— Pendiente de publicación —

1. El homenaje

Volví a Valdestrella por un homenaje y me quedé por un muerto. las dos cosas se cobran a 1,45 el minuto.

El coche de línea salía de Cuenca a las diez y veinte y tardaba hora y media en hacer cuarenta minutos de camino, porque paraba en todos los sitios donde alguna vez había vivido alguien.

Lo cogimos cuatro: una señora con un bizcocho en una caja de zapatos, dos rumanos de la resinera y yo.

El conductor me miró por el retrovisor tres pueblos seguidos antes de decidirse.

—Usted salía en la tele.

—Salgo —dije.

Me miró otro pueblo entero y no me llevó la contraria, que es la forma más barata de llevársela a alguien.

La señora del bizcocho viajaba con la caja de zapatos en el regazo, sujetándola por las esquinas como se sujeta lo único que va a salir bien esa semana.

En Villar del Záncara se apearon los rumanos y subió un señor con boina que la saludó por el nombre, Engracia, y le preguntó por el bizcocho antes que por la familia, que en esta tierra las preguntas llevan su orden, y ella contestó primero lo del bizcocho y luego dijo que la familia tirando.

Yo llevaba una maleta con ruedas que había conocido aeropuertos y ahora conocía andenes, y dentro, entre otras derrotas dobladas, el vestido azul noche de la preselección.

No lo traía por nostalgia. Lo traía porque un vestido así, puesto en el momento justo, vale más que un contrato, y a los homenajes hay que ir vestida de deuda saldada aunque una deba hasta el aire.

Eso en la tele lo aprende cualquiera el primer año. Lo difícil es desaprenderlo.

La vega se acabó pronto y empezó lo nuestro: viña baja, almendro torcido y rastrojo, y de cuando en cuando una casilla de aperos con la puerta caída, enseñando la oscuridad como una boca sin dentadura.

No es que el campo se muera, es que deja de cerrar con llave.

Conté siete. De cría eran siete casillas con siete candados.

Valdestrella apareció donde siempre, agachada detrás del cerro como si debiera dinero.

El campanario, el depósito del agua y el frontón: el perfil completo de mi infancia cabía en un billete de lotería.

El coche de línea entró por la carretera de Villar y frenó en la plaza con un resoplido de animal viejo, y entonces la vi.

La pancarta.

Ocupaba de balcón a balcón del ayuntamiento, letras rojas sobre sábana blanca: BIENVENIDA MACA DE ESPAÑA. La eñe la habían hecho con cinta aislante negra sobre una ene, con la virgulilla despegándose por un lado. Una eñe de luto, pensé, y no supe la razón que tenía.

Debajo de la pancarta estaba el pueblo. Lo conté por costumbre, como contaba las llamadas en cola las noches buenas de la centralita: veintitrés personas, dos perros, un tractor con el motor en marcha y un chaval grabando en vertical con el móvil, apoyado en la farola como si la farola fuera suya.

En mis buenos tiempos, con ese aforo, el regidor no me dejaba ni asomarme al plató.

Aquí me habían puesto pasodoble. Salía de un altavoz de bingo colgado de la reja del consultorio con una cadena de perro, y era el «Suspiros de España», como ponen los pueblos cuando quieren decir algo importante y no saben el qué.

El alcalde me esperaba al pie de la puerta del coche con la banda puesta. Fue lo primero que le vi: la banda, tricolor de pueblo, cruzándole la barriga como una faja con opiniones, y encima la cara, ancha, colorada, de una alegría tan en su sitio que daba hasta apuro no corresponderla.

—Macarena —dijo, con los brazos abiertos—. Macarena, hija, que has venido.

—Me han invitado —dije yo, por dejar las cosas claras desde el andén.

Me abrazó igual. Olía a puro de después de misa y a cera, una mezcla rara en martes, y me plantó dos besos de esos que suenan.

El público aplaudió lo que aplaude la gente que se conoce toda: poco y mirándose.

Los dos perros se pelearon por algo detrás del tractor y se llevaron la mitad de la atención, que en un pueblo es el orden natural de las cosas y no me ofendió.

En televisión he perdido audiencias contra sorteos de jamones. Sé perder contra un perro.

—Eleuterio Pastrana —dijo el alcalde, presentándose con las dos manos alrededor de la mía, como quien tapa una apuesta—. Terio. Tu madre y mi difunta, gloria tengan las dos horas que se pasaban al teléfono, ya no te acordarás.

—Me acuerdo de usted más delgado.

—Y yo de ti más rubia, y aquí estamos —dijo, y se rio él primero, fuerte, para que los demás supieran que se podía.

Detrás de él había una mujer de sesenta y muchos con una carpeta contra el pecho, sujeta como se sujetan las carpetas que mandan más que quien las lleva. Herminia, aunque entonces todavía era para mí la señora de la carpeta. No aplaudía. Repasaba.

—El acto de bienvenida estaba previsto a las doce —le dijo al alcalde, sin mirarme—. Son y veinte.

—Pues empieza a las y veinte —dijo Terio—. Aquí la puntualidad la ponemos nosotros.

El acto de bienvenida fueron los mismos veintitrés más los que fueron saliendo del bar al oír el pasodoble por segunda vez, que un pasodoble repetido en día de diario es señal de que pasa algo.

Terio habló sin papel y sin micrófono, las dos cosas con soltura de siete mandatos.

Dijo hija de este pueblo, dijo orgullo de la comarca, dijo la voz que llevó el nombre de Valdestrella adonde nunca había llegado, y ahí un señor mayor de la primera fila le apuntó que a Torrevieja, que él la había visto con la orquesta en Torrevieja el año del pantano, y Terio dijo que a Torrevieja y adonde hiciera falta.

Dijo también, sin que viniera de nada, que Valdestrella eran doscientos cincuenta y tres vecinos, que se dice pronto, y lo dijo con el pecho, como se dicen los tantos de un partido, y a mí me extrañó que un pueblo se supiera su número con esa exactitud de báscula.

Los pueblos normales se redondean. Anunció el homenaje para el jueves, con pregón a mi cargo, descubrimiento de placa y vino español.

—Hija predilecta —remató, señalándome con las dos manos, y bajó la voz un escalón para el matiz—: a expensas de que lo apruebe el pleno, que lo aprobará, porque el pleno soy yo y cuatro más.

Aplauso. Esta vez de verdad. La palabra predilecta funciona en todos los formatos.

Yo dije cuatro cosas de cantante: que si el corazón, que si las raíces, que si una no es de donde nace sino de donde la esperan.

Mentira ensayada, de las de abrir gala benéfica, pero la dije mirando a la señora del bizcocho, que había hecho el viaje entero conmigo sin reconocerme y ahora lloraba, y las mentiras que hacen llorar a una señora con bizcocho ya no son del todo mentiras. Son repertorio.

Luego vino lo de estrecharme uno a uno. El chaval del móvil se acercó el último, grabando todavía.

—¿Le puedo hacer una pregunta? —dijo.

—Depende del programa.

—¿Cuánto mide?

Metro sesenta y siete, le dije, uno setenta y tres con tacón de directo. Lo grabó como quien recoge una declaración institucional y se fue andando de espaldas, encuadrándome hasta la esquina. Me cayó bien. Es el único del pueblo que aquella mañana me preguntó algo cuya respuesta no supiera ya.

La plaza se deshizo sola, como se deshacen: hacia el bar los hombres, hacia las casas las mujeres, y en medio quedó el tractor, que resultó no ser de nadie de la bienvenida sino de uno que pasaba y se había parado a ver.

Quedó también, aparcado en mitad de la plaza ocupando plaza y media, un Land Rover corto color verde lagarto con una multa debajo del limpiaparabrisas, tan blanqueada por el sol que ya era más recuerdo que sanción.

—¿Y ese coche? —pregunté.

—Del Contradiós —dijo Terio, sin más señas, como se contesta lo evidente.

Nadie tenía prisa por moverlo ni por cobrarla. Tomé nota sin saber de qué tomaba nota. Es un tic de la profesión: en la centralita, el dato que la clienta suelta como si nada en el minuto dos es el que sostiene la llamada entera en el minuto veinte.

—Te acompaño a la casa —dijo entonces Terio, frotándose las manos—, que querrás dejar la maleta y adecentarte, y a la una y media comemos en el Avenida, que ha matado Rufo un cordero que te vas a acordar del pueblo para siempre.

—A la casa de mi madre —dije.

Fue medio segundo. Menos. La señora de la carpeta levantó la vista de la carpeta, el alcalde no.

Pero yo he trabajado doce años en un negocio donde el género era ese medio segundo: la pausa antes de contestar de la mujer que pregunta si su marido la quiere.

Sé lo que pesa y sé lo que cuesta. Aquella pausa, en mi centralita, habría sido dinero.

—A la de tu madre vamos luego, mujer —dijo Terio, echando a andar—, que está la calle levantada.

La calle de la Tercia no estaba levantada.

Estaba, si acaso, más hundida que el resto, con la hierba naciéndole entre los adoquines con esa mala educación de la hierba cuando nadie la pisa.

La casa de mi madre era la tercera, la de la parra.

Encalada de siempre, ahora con la cal cuarteándose en las esquinas como una permanente vieja, y las dos persianas de la planta baja echadas hasta abajo y atadas.

Me fijé porque no se me olvidará: atadas con alambre. Por fuera.

En la fachada, junto a la puerta, habían puesto un cartel de obra de la Diputación, de esos con el dibujito del casco y el logotipo, con el plástico ya comido de soles. Detrás del cartel no había un ladrillo, ni un saco, ni una herramienta. Era el cartel más descansado de España.

Y luego estaba el buzón. De latón, junto a la puerta, con el nombre de mi madre en una tira de esparadrapo escrita a boli.

Vacío y sin polvo. El único metal reluciente de toda la fachada.

Una casa cerrada con alambre y el buzón al día es una casa donde alguien sigue recogiendo el correo, y eso, en cualquier formato, es información de pago.

—¿Qué obras son? —pregunté.

—La techumbre —dijo Terio.

—El saneamiento —dijo la señora de la carpeta, exactamente a la vez.

Se miraron un segundo de más. En un dúo, a eso lo llamamos entrar cada uno por su lado, y se arregla ensayando.

—La techumbre y el saneamiento —resolvió el alcalde, abriendo los brazos—, que en estas casas antiguas tocas una cosa y se te viene la otra.

—¿Y mi madre dónde está, mientras?

Lo pregunté ya sabiendo que la respuesta iba a venir redonda, porque las respuestas redondas se conocen desde antes de oírlas: llegan con medio cuerpo de ventaja, como los estribillos.

—Tu madre está en Cuenca, en el especialista —dijo Terio.

—¿Qué especialista?

—Del corazón —dijo él.

—De la vista —dijo ella, otra vez a la vez.

Esta vez ni se miraron. El alcalde me pasó el brazo por los hombros con una suavidad de maestro de ceremonias, de los buenos, de los que te sacan del escenario sin que el público note que te están sacando.

—Del corazón y de la vista —dijo—, que a esas edades ya lo revisan todo junto, que para un viaje que hace la ambulancia lo aprovechan.

Está estupendamente. Mejor que tú y que yo.

Esta semana la llamas y lo hablas con ella, que la línea de aquí, hija, es la que es.

Y ahora vamos al Avenida, haz el favor, que como se pase el cordero me lo como yo solo y me tienes que enterrar a mí también.

Allá que fuimos, calle abajo, el alcalde, la carpeta y yo, con el pasodoble sonando otra vez a lo lejos porque el chaval le había cogido el gusto al altavoz.

Yo iba callada, echando cuentas. No de dinero, que también, sino de las otras: la eñe de luto, el alambre por fuera, el buzón sin polvo, la multa que nadie cobra, el dúo que no ensaya. Cinco datos del minuto dos.

El coche de línea de vuelta salía a las siete y cuarto. Desde la puerta del Avenida lo oí arrancar y lo dejé irse con las luces dadas, vacío del todo, camino de Cuenca.

En mi oficio, a eso lo llamamos quedarse con la llamada.