49. Lera
LERA
P op. Pop. Pop.
En cuestión de instantes, casi todos los guardias de la noche se han transformado en sus formas aladas y han alzado el vuelo entre chillidos a través de las puertas abiertas de la entreplanta.
Serán malvados, pero no son estúpidos ni por asomo.
Sin Owalin, no son más que meros soldados de a pie en un salón de reyes.
Algunos sobrevuelan en círculos como si estuvieran indecisos, casi majestuosos bajo la cálida luz, con sus plumas de un color oro bruñido, negras y canela captando el brillo del sol poniente.
Pero una andanada de flechas de algunos de los guerreros humanos de abajo les obliga a cambiar de opinión rápidamente.
—¿No te advirtió Gavriel que no jugaras con artefactos mágicos rotos, muchacha?
—dice Tye, acercándose a mí con aire fanfarrón a través de la desconcertada multitud, mientras River apoya las manos en los muslos con la respiración agitada.
La mía no es mucho mejor; la oleada de alivio que me invade es tan intensa que me hace tambalear.
El aroma a pino y cítricos de Tye me envuelve un instante antes que sus brazos, y me atrae hacia su pecho con una desesperación que delata la tensión que aún le corroe—.
Por lo que parece, los recuerdos de Owalin sobre sí mismo han quedado completamente destruidos. Puede que ya no se recupere nunca.
A pocos pasos de nosotros, Coal ya tiene sujeto en su agarre de acero a un Owalin que no para de balbucear, y sus musculosos brazos desnudos se tensan al ponerlo en pie.
Por encima de la cabeza rubia plateada del hombre, Coal me lanza una mirada de una furia tan desesperada —mezclada con una ternura que me detiene el corazón— que sé que más tarde me espera algún tipo de ajuste de cuentas con él.
Shade se inclina sobre varios de los heridos, y su magia plateada destella mientras Katita ordena en voz baja a sus fuerzas que aseguren el perímetro por si a algún guardia de la noche se le ocurre regresar.
Se ha acabado. Casi se ha acabado. Vuelvo mi rostro hacia River y me encuentro con su atormentada mirada gris. —¿Estás bien? —pregunto.
—No sé si quiero besarte o matarte ahora mismo —susurra River, pasándose ambas manos por el pelo, que se le eriza en oscuras púas—. ¿Tienes la más remota idea de lo aterrador que ha sido eso?
—Me hago una buena idea —digo con voz somnolienta, con las manos de Tye, anchas y reconfortantes, rodeándome la cintura.
Con la adrenalina desvanecida, todo lo que siento es el agotamiento que ha dejado atrás, tirando de mi cuerpo y de mis palabras—.
¿Cuándo te diste cuenta de lo que estaba haciendo?
—No me di cuenta. —River se frota la cara—.
No sabía qué demonios estabas haciendo hasta que lo hiciste…
, pero confiaba en que tenías algo en mente.
Confié en ti. —Se endereza, y la fuerza de su atención centrada en mí bloquea el zumbido que crece lentamente en el Gran Salón al soltar este el aire contenido.
Por el rabillo del ojo, veo cómo las puertas se abren de par en par y los seres queridos se lanzan a los brazos de los demás.
Al parecer, Katita ha decidido que la amenaza de la guardia de la noche ha terminado de verdad.
Los sollozos y los gritos de alegría chocan contra el techo de vigas altas del Gran Salón, haciendo que mi cansado corazón se reanime.
Sé que River, Tye y yo deberíamos ir a ayudar, a hablar con los rehenes más traumatizados, a organizar la comida, las camas y los suministros médicos, pero no soy capaz de moverme.
Por mucho que River diga que confió en que yo tenía un plan desde el principio, el terror que vi en sus ojos cuando me puse al lado de Owalin fue lo bastante real como para herirnos a ambos. Para seguir doliendo.
River extiende los brazos hacia mí, un gesto tan vulnerable y desesperado como las bocanadas de aire que aún inhalo con demasiada rapidez. Tye me suelta con un suave empujón y me observa mientras me lanzo a los brazos de River, mi cuerpo saboreando su aroma a bosque tras la sangrienta farsa.
Cuando levanto el rostro hacia él, River presiona su boca sobre la mía y su lengua se abre paso con una sola caricia hechicera que hace añicos todas las inhibiciones.
Enroscando mis manos en su pelo, empujo al hombre hacia atrás hasta que tengo al rey de Slait acorralado contra una columna de mármol, su cuerpo rindiendo voluntariamente todo al vínculo que nos une.
En algún lugar más allá del momento, alguien silba, y los aplausos llenan el aire abrasador. No me sonrojo. No me importa. Ni el lloriqueante Owalin, ni la guardia de la noche que ha escapado, ni la totalidad de los reinos inmortales.
—No es que no esté disfrutando del espectáculo —dice Tye con su deje pausado, interrumpiendo el beso justo cuando los dedos de River empiezan a deslizarse por mi cintura—, pero ¿la rata de las bolas giratorias es alguien importante?
—Es Krum. —Echo la cabeza hacia atrás lo justo para musitar las palabras—. El guardián de Owalin. ¿Por qué?
—Porque en estos momentos está saliendo por la puerta de atrás —aporta Tye.
—Pues ve a por él —dice River, volviendo a besarme—. Estoy ocupado.
* * *
—Ha estado usted ocupado. —River coge la silla de enfrente de Krum, apoya los antebrazos en la mesa y ladea la cabeza como si tuviera todo el tiempo del mundo para esta conversación. Y, para ser justos, es inmortal, así que eso es cierto.
Alrededor de la elegante suite, que era el salón de recepciones de Sage apenas un día antes, los otros hombres de mi quint, así como Arisha, Gavriel, Katita y los reyes mortales, escuchan en un silencio atento.
Los rostros de los humanos muestran toda la gama de emociones, desde la curiosidad morbosa de Arisha y Gavriel, hasta la furia de Katita, pasando por el miedo y la confusión absolutos; esto último es especialmente frecuente en los invitados de reinos del otro lado del continente, que nunca han estado lo bastante cerca de Mystwood y Lunos como para prestarle mucha atención al reino inmortal.
—Nunca he sido de los que se quedan de brazos cruzados, es cierto.
—Krum intenta abrir las palmas de las manos en un gesto irreverente, pero las cadenas que Thad forjó para encadenar al guardián fae no le permiten el movimiento.
Con su pelo gris plateado peinado hacia atrás y sus ojos sonrientes y desenfadados, sigue causando una impresión más que notable—.
Hay pocas cosas más tentadoras para un erudito de la magia que trabajar con barreras antiguas.
—Entonces tenemos una buena noticia —digo, cruzando los muslos y sonriéndole.
Como River, Krum y yo somos los únicos sentados a la mesa de interrogatorios, me siento como un pez revoloteando en una pecera para el entretenimiento de los demás, pero River insistió en que me sentara a su lado—.
Ahora tendrá el placer de volver a cerrar las barreras.
Krum me lanza una mirada condescendiente, toda una hazaña para un hombre encadenado y con el labio partido. —Eso no se puede hacer.
Se me encoge el estómago y un escalofrío desagradable me recorre la piel. Por alguna razón, le creo. Esto, las barreras, era la única razón por la que habíamos venido aquí. Por todo lo que pasamos en el mundo mortal. Y oír que no se puede hacer…
La mano de River se aplana sobre la superficie de madera de la mesa. —No me gusta nada lo que oigo, Krum. —Sus palabras, aunque tranquilas, resuenan con suficiente amenaza como para desollar un alma—. Fue usted quien abrió una brecha en las barreras.
—He dicho la verdad, Su Majestad. —Krum se encoge de hombros, sin que tiemble ni un ápice su pálida mirada—.
Su disgusto puede ciertamente desfigurarme la cara y romperme los huesos, pero no hará nada por las barreras.
—Frunce los labios, mirándonos a River y a mí como si fuéramos un par de alumnos lerdos a los que no tiene tiempo de enseñar—.
Oh, que me lleven las estrellas. La única razón por la que pude abrir una brecha en las barreras es porque ya se estaban resquebrajando.
—Somos conscientes de la fisura —dice River—. Arreglarla es la razón por la que vinimos al reino mortal en primer lugar.
Krum se ríe. —¿ Arreglarla ? ¿Llegaron ustedes pavoneándose desde Lunos a los reinos mortales pensando que iban a, qué, remendar una magia antigua creada en un tiempo en que cualquier docena de guerreros fae era más poderosa que todo el mundo de Lunos de hoy en día combinado?
¿Cómo pensaban exactamente llevar a cabo esta hazaña?
¿Un poco de masilla, tal vez? ¿Una aguja y un hilo?
Aprieto la mandíbula. Necesitábamos encontrar la fuga antes de poder evaluar cómo cerrarla, pero decir eso en voz alta ahora mismo suena más a la defensiva que a otra cosa.
—Descubrí la fuga en las barreras hace docenas de años —continúa Krum—.
Así fue como convencí a Owalin de traer a la guardia de la noche aquí, para vivir en la montaña a la espera de que la brecha se abriera lo suficiente para ser útil.
Quizás entonces, si ustedes hubieran sido más listos, si hubieran estudiado y prestado atención como yo, podrían haber sido capaces de ralentizar la ruptura de la barrera.
¿Pero ahora? Ahora no hay nada que hacer.
—Pero usted abrió una brecha —digo, y mi mente vuela al momento en que la magia parpadeó en mi sangre un instante antes de desaparecer de nuevo—. Puede cerrarla. Ya lo ha hecho antes.
—Estaré encantado de animarle a ello. —Coal da un paso adelante, los ángulos tallados de su rostro tan letales que hasta yo quiero encogerme.