47. River
RIVER
E n el tejado del torreón, River se detuvo al borde del tosco parapeto de piedra.
La Academia y las Grandes Cascadas se extendían ante él, teñidas de un rosa polvoriento bajo el sol poniente.
Se dio la vuelta y examinó a los guerreros por última vez.
Un centenar de rostros le devolvieron la mirada; sus olores iban de la emoción a la desesperación, del acero al sudor.
No envidiaba a los mortales que tenían a sus seres queridos dentro, que librarían dos batallas a la vez: una con la espada y otra con el corazón.
Solo la fortuna de las estrellas quiso que Leralynn no estuviera ahora a su lado. Que estuviera a salvo.
Con las manos a la espalda, River se movió con lentitud al volverse de nuevo hacia el muro…
y hacia el Gran Salón que había debajo. Lo lento es fluido, y lo fluido es rápido.
La batalla consistía en ser lento con rapidez, y los pocos momentos extra que le llevara inculcar eso en el heterogéneo ejército mortal que tenía ante sí merecían la pena.
La distribución del Gran Salón era tanto una ventaja como un inconveniente para la posición de Owalin.
Por un lado, las cinco puertas que daban al interior —incluida la entrada principal y los diversos pasadizos de servicio— proporcionaban cinco puntos de entrada que los secuestradores debían vigilar.
Por otro lado, cada uno de esos puntos de entrada era un embudo mortal que permitía a uno o dos guerreros de Owalin contener todo un flujo de combatientes de River que intentaran entrar.
Por eso la fuerza inicial entraría por el amplio balcón, bajando en rápel desde el tejado con cuerdas que Coal y Tye habían colado y preparado antes.
A River le inquietaba un poco hacer pasar a humanos sin experiencia por una entrada tan difícil.
Los necesitaba aquí, sobre todo porque tenía la intención de zafarse de la lucha en el entresuelo para ir a la caza de Owalin.
Con la esperanza de que el descenso en rápel no dejara ningún cuello roto, River empezó a levantar la mano para dar la señal de entrada cuando su mirada se posó en una chica guapa que se suponía que debía estar en otra parte.
Tragándose una maldición, le hizo un gesto a Katita. La chica seguía cojeando mientras se acercaba. Ahora llevaba su uniforme gris de cadete, con el pelo rubio recogido en un moño alto para la batalla.
—Alteza…
—Si las próximas palabras que salgan de su boca tienen algo que ver con enviarme de vuelta a controlar a los curiosos, mejor ahórrese el aliento para la lucha, señor.
Soy una guerrera entrenada, con más experiencia que muchos de los hombres que hay aquí.
—Katita se cruzó de brazos y estudió la estructura.
Genial. Que mataran a la única persona capaz de hacer que los humanos entraran en razón sería un gran comienzo para la empresa.
—No es necesario que se dirija a mí como «señor», alteza —dijo River cortésmente—. Y tampoco es muy necesaria su ayuda aquí. Contener a las masas puede no sonar glorioso, pero le aseguro que es primordial. Es donde más la necesitamos, y no porque no confíe en usted con una espada.
Katita se giró hacia él, levantando el rostro.
Las emociones que lo surcaban estaban lo bastante ocultas como para que un humano no las viera, pero eran evidentes para River, que había pasado siglos en la corte ocultando las suyas.
Desesperación. Miedo. Valentía. La necesidad de proteger lo que era suyo.
—He elegido mi tratamiento por una razón.
Como dejó claro con su pareja, solo puede haber un comandante en el campo de batalla, y le cedo esa bandera.
Si me ordena ir al patio, obedeceré. Pero ¿es ese realmente el mensaje que quiere enviar a mi gente después de todo el esfuerzo que hizo Leralynn para otorgarles la propiedad del problema?
River frunció el ceño y se frotó la cara con las manos.
—Bien. Pero no te separes de Coal —dijo finalmente, volviéndose para dar la señal de entrada antes de que le llegaran más noticias.
Las cuerdas se deslizaron con facilidad bajo los guantes de River mientras bajaba en rápel junto a Tye, con Coal, Shade y una docena de humanos bajando justo detrás de ellos.
—Ahora —dijo River en voz baja. Él y Tye soltaron la cuerda a pesar de estar a varios metros del suelo.
Las manos de Tye se alzaron con una magia trémula antes de que aterrizaran, calentando el aire, aún húmedo por la lluvia reciente.
Cuando las botas de River tocaron el balcón, una espesa nube de niebla los ocultó a él y a los demás; su corazón latía con golpes fuertes y constantes que agudizaban todos sus sentidos.
El ligero toc, toc, toc de otros aterrizando a salvo tras él hizo que River asintiera con aprobación, aunque nadie podía verlo; lo que no significaba que los arqueros de la Guardia Nocturna no fueran a disparar sus flechas, solo que no podrían apuntar.
No sabrían cuántos había allí para causar problemas.
Como en respuesta a sus pensamientos, la punta de una flecha amartillada brilló con la luz reflejada.
—¡Escudos! —espetó River, y su propia magia reaccionó por instinto.
Un momento después, el clanc, clanc, clanc de los astiles cayendo inofensivamente sobre la piedra reflejó los suaves golpes de los pies de los guerreros que aterrizaban a la ancha espalda de River.
La segunda docena de luchadores había bajado por las cuerdas, entonces. Bien.
—¡Arcos! —ordenó River, y los arqueros salieron de la niebla para apuntar a la Guardia Nocturna de abajo.
A diferencia de los arqueros de Owalin, que disparaban en horizontal sobre el entresuelo, la gente de River tenía la ventaja de disparar hacia abajo—.
Apuntad. —Contuvo la respiración, dándoles a los humanos un segundo extra para fijar sus objetivos antes de bajar el escudo—. ¡Fuego!
Las cuerdas de los arcos se destensaron; las flechas silbaron al cortar el aire.
En el Gran Salón de abajo, Owalin gritó órdenes, enviando fuerzas al entresuelo. El escudo mágico que lo rodeaba lo mantenía a salvo de las flechas disparadas.
—Recuérdame que felicite a Owalin por esa voz estentórea suya —le murmuró River a Coal.
El guerrero oscuro desenvainó una de las espadas que llevaba a la espalda.
Si los humanos contaban correctamente, entrarían dentro de treinta latidos, mientras la mayor parte de la Guardia estaba distraída con el asalto al entresuelo.
Con el corazón latiendo a un ritmo constante, River desenvainó su propia espada justo a tiempo para detener un golpe descendente de un varón de pelo oscuro recién llegado, cuyos ojos ardían de furia asesina.
El acero chocó contra el acero con un sonido rotundo que envió unas gratas vibraciones a través de los huesos de River. Estrellas, cómo había echado de menos esto. La sensación de la espada en su mano, la forma en que la batalla hacía que cada uno de sus sentidos estuviera vivo y hambriento.
Veinte segundos, y entonces tendría que irse.
El dolor persistente en su pecho se desvaneció hasta convertirse en una punzada lejana e irrelevante mientras el olor del ahora llenaba sus pulmones.
Apartando al varón de una patada, River agarró al siguiente asaltante y lo usó como escudo contra un guerrero fae delgado como una paja, cuyos ojos se abrieron de par en par al darse cuenta de que había hundido su espada en su propio camarada.
Diez segundos.
Sintiendo la lucha, la magia dentro de River rugió por la libertad que se le había negado durante tanto tiempo, dándole coces como un semental enloquecido decidido a escapar del establo.
Apretando la mandíbula, River no le dio rienda suelta a la magia mientras se asomaba por encima de la barandilla para examinar el Gran Salón de abajo.
El lugar bullía con un caos predecible, rehenes acobardados y guardias que se apresuraban de un lado a otro. Owalin estaba ahora en la esquina, con un escudo mágico oblicuo a su alrededor que impedía que los arqueros acertaran un disparo.
—River —llamó Coal a su espalda—. Tres, dos, ya.
River saltó por encima de la barandilla del entresuelo justo cuando el segundo contingente de sus fuerzas mortales derribaba una puerta lateral y entraba en tropel.
River absorbió el aterrizaje y se levantó en una posición defensiva, con los sonidos del tumulto alzándose a su alrededor en una cadencia familiar.
Choque de espadas. Gruñidos de los luchadores.
Gritos de los heridos. Estos últimos eran intensos pero sorprendentemente escasos para el número de implicados.
Por el rabillo del ojo, River vio a Coal enfrentarse a varios de los esbirros de Owalin a la vez. La espada del guerrero rubio se movía con una precisión indolente mientras cortaba el aire, recordando al mundo por qué su quinteto era temido en todo Lunos.
Al otro lado de River, Katita dirigía otro asalto. Los guerreros que la acompañaban hacían todo lo posible por interponerse entre la princesa y sus atacantes.
Iba bien.
Iba demasiado bien. River parpadeó cuando uno de los guerreros de la Guardia Nocturna se retorció en el aire para evitar herir a un rehén en lugar de ensartar a la joven princesa, mientras que otro de los guerreros de Owalin apartó a un noble confundido con la advertencia de que se quedara en el puto suelo.
El corazón de River empezó a acelerarse.
Si Owalin daba órdenes de proteger a los rehenes, significaba que estaba seguro de que los seguiría necesitando después de este asalto.
Owalin estaba seguro de que ganaría.
Maldiciendo en voz baja, River se abrió paso hacia donde había visto a Owalin por última vez; la capa rojo sangre del líder de la Guardia Nocturna era como un faro en medio de la niebla.
Tenía que acabar con Owalin. Fuera lo que fuera lo que estaba ocurriendo realmente —y algo ocurría—, no se detendría hasta que River tuviera la rendición del líder de la Guardia Nocturna… , o su cabeza.
River se abrió paso a cuchilladas, haciendo chocar las espadas solo lo suficiente para apartar a los demás de su camino.
Más cerca. Más cerca. El corazón de River golpeaba contra sus costillas, los sonidos a su alrededor se apagaban a medida que se acercaba a su presa.
Ahora podía ver el alto cuerpo que se alzaba por encima del resto, de espaldas a él.
Dos pasos más y Owalin estaría al alcance de la espada.
River ya podía ver el rostro bajo la profunda capucha, afilado y… ¿complacido? Un paso.
—River. —Su nombre, pronunciado con una inhalación aguda y desesperada, provenía de una voz tan familiar que le detuvo el corazón.
Lo paralizó tan por completo que la espada de alguien logró dejarle un largo tajo en el hombro antes de que fuera siquiera consciente del ataque.
Porque, de repente, el ataque, los rehenes, la batalla, todo dejó de importar.
Porque allí, en medio del círculo en el que River acababa de penetrar para llegar a Owalin, no solo estaba el líder de la Guardia Nocturna, sino también la propia Leralynn.