45. Owalin
OWALIN
— P or las malditas estrellas, ¿qué es eso? —preguntó Owalin, mirando por el ventanal donde un oscuro y arremolinado muro de algo se estaba formando ante sus propios ojos.
A sus espaldas, los doscientos rehenes habían sido sometidos y puestos en orden, y los escribanos de los reyes redactaban contratos en las mesas dispuestas contra la pared del fondo.
Su gente había preparado comida en el lado derecho del salón, adonde se permitía ir a las familias de los nobles menores que habían firmado un juramento de lealtad a la Guardia Nocturna mientras los demás observaban hambrientos.
Los cinco monarcas aún se estaban pensando las cosas, pero era solo cuestión de tiempo.
Mientras la fulana de River se dedicaba a dar discursos a hámsteres, el rey de Fothom y los escribanos se habían escabullido justo cuando la campana anunció el fin del plazo, todos ellos colorados y temblando al contemplar al príncipe cuya garganta estaba a un segundo de ser rebanada.
Owalin era un varón de palabra, al fin y al cabo; y los hámsteres debían saberlo con cada fibra de su ser.
A fin de cuentas, Owalin necesitaba más que las firmas de los reyes: necesitaba su sumisión.
El mundo mortal era demasiado grande para que la Guardia Nocturna lo mantuviera bajo la amenaza constante de la espada, y cultivar a los intermediarios adecuados requería una mezcla apropiada de palo y zanahoria.
También requería establecer reglas firmes y atenerse a ellas durante el tiempo que fuera necesario para que aquellas criaturas de mente débil aprendieran a no dudar de los decretos de Owalin.
Domar a un buen caballo de tiro llevaba su tiempo.
Tiempo que se suponía que Owalin debía tener de sobra. —Krum —le espetó al forjaguardas de pelo plateado—. Le he preguntado qué es eso.
—Una pantalla de privacidad. —Se acercó por detrás Krum, haciendo rodar las dos esferas que siempre llevaba en la mano y con una expresión cargada de desdén—. Su propósito es impedir que veamos y oigamos los planes que el rey de Slait y su calaña están urdiendo ahí fuera.
—¿Planes? No hay planes. O me entregan los reinos, o ven morir a sus vástagos uno por uno. ¿Cree que no lo he dejado lo suficientemente claro?
—Clarísimo, mi señor —se burló Krum—. No importa. Es un trabajo burdo. Un esfuerzo de fuerza bruta sin atisbo de maestría. River siempre ha preferido la fuerza bruta a la delicadeza.
Owalin gruñó. Dejando a un lado el esnobismo de Krum por la artesanía, era sabido que River de Slait lideraba uno de los quintetos más poderosos de Lunos, incluso décadas atrás, cuando Owalin todavía estaba en el reino inmortal.
En la época en la que Owalin había colaborado con el padre de River, Griorgi, para forjar una alianza con los reinos oscuros.
Habían tomado caminos separados cuando Griorgi se negó a ver el potencial de recolección que había en los humanos, y esa alianza rota le había costado a Owalin tiempo y recursos.
Ahora, el maldito hijo de Griorgi había vuelto para echar a perder los planes de la Guardia Nocturna.
Malditas estrellas sombrías.
Owalin no creía que el niñato y sus secuaces fueran tan estúpidos como para atacar, pero si lo hacían, no tendría más remedio que derramar sangre humana, lo que posiblemente arruinaría el valioso terreno que había ganado con la realeza o, peor aún, perdería sus elementos de presión de mayor valor sin obtener nada a cambio.
Al fin y al cabo, el número de niños de la realeza era limitado.
Para colmo de males, Owalin podría haber neutralizado a River fácilmente esa misma mañana.
¿Cómo diablos no se había dado cuenta de que era a un varón inmortal a quien le había hundido la espada?
Un giro de muñeca más, un tajo en el cuello, y todo el problema de River y su quinteto se habría resuelto antes de empezar.
A Owalin se le tensó la mandíbula. Sí, la presencia del nuevo rey de Slait y su quinteto en la Academia, en conjunto, le daba un nuevo giro a la situación. Owalin necesitaba a sus humanos sometidos, no muertos, maldita sea.
—¿Puede derribar esta pantalla de privacidad ? —le preguntó Owalin a Krum—. Veamos qué opinan los humanos de sus fae domesticados cuando hagamos trizas su creación.
Krum frunció el ceño, mirando las esferas que tenía en la mano. —Desde luego. El efecto visual se parecerá más a una disolución que a un desgarro, pero sí, creo que puedo disolverla.
—¿Cuánto tardará? —preguntó Owalin.
—Treinta minutos, más o menos.
Owalin gruñó, descontento. —Eso es más de lo que me gustaría.
—Puede que sepa algo que sirva de ayuda. —La voz dolorida de Han tiró del dobladillo de la capa de Owalin, como una respuesta espeluznante—. Algo que podría ser mejor que derribar el escudo.
Girando sobre sus talones, Owalin se dirigió a grandes zancadas hacia donde Han estaba colgado de una viga del techo, con la cuerda obligándolo a mantenerse de puntillas.
El guerrero de pelo oscuro, normalmente demasiado taimado para su propio bien, estaba pálido y flácido por el dolor, con sus ojos claros vidriosos.
A Owalin se le podría perdonar que no se hubiera fijado en un detalle en el fragor del momento, pero identificar a cualquier fae en los terrenos de la Academia había sido la tarea específica de Han.
Una en la que había fracasado estrepitosamente, como su espalda en carne viva dejaba ahora claro a todos en el Gran Salón.
—Hable —le concedió Owalin.
—Gracias. —Han tragó saliva e inclinó la barbilla hacia la esquina del fondo a la izquierda del salón, donde habían arrastrado al último de los rehenes rezagados, los irrelevantes acobardados en la parte de atrás—.
La última chica que ha traído, la que encontramos escondida en el armario de las escobas…
se llama Arisha de Tallie. Compartía habitación con Leralynn, la mujer que incendió la arena y que parece ser la pareja de River. Podría ser de utilidad.
—Gracias, Han —dijo Owalin, observando cómo el varón castigado se encogía incluso ante las educadas palabras.
Lo bajaría después de unas horas más colgado de los brazos.
La negligencia de Han al no haber identificado a los fae en los terrenos de la Academia merecía un castigo, pero había una delgada línea entre infundir miedo y arrepentimiento y sembrar resentimiento.
Que Han estuviera intentando activamente recuperar el favor de Owalin era una señal prometedora.
Al igual que la información. Esta tal Arisha podría saber más de lo que creía.
—Traédmela —ordenó Owalin a dos de sus varones, señalándoles a una chica un poco rellenita con el vestido más espantoso que había visto en su vida.
Ese feo girasolillo hizo un débil intento de resistirse a los inmortales, pero se calmó fácilmente con una bofetada casual.
Para cuando los varones depositaron a la temblorosa criatura a los pies de Owalin, estaba tan dócil como un ratoncillo asustado.
Poniéndose en cuclillas para quedar al nivel de su presa, Owalin suavizó la voz. —Parece que su día se ha vuelto afortunado, Arisha de Tallie. ¿Sabe por qué?
El girasol negó con su despeinada cabeza castaña con tanta violencia que sus gafas casi se cayeron al suelo.
Owalin sonrió. —Porque va a contarme todo sobre Leralynn y, al hacerlo, se asegurará de que todos podamos terminar este asunto de una manera en la que nadie más salga herido.
El girasol lo fulminó con la mirada a través de sus gafas torcidas.
—Leralynn es la que incendió una arena llena de gente —continuó—. ¿No cree que es prudente detener sus payasadas antes de que más inocentes salgan heridos? Yo, por mi parte, creo que la seguridad de los humanos debe tener prioridad sobre todo lo demás.
—¡Que los cuervos le saquen los ojos! —Las palabras sonaron con bastante claridad a pesar de su voz temblorosa, aunque su fuerza se desinfló rápidamente cuando uno de los guardias levantó una mano para administrarle una corrección.
Owalin detuvo al guardia y observó a la chica desde arriba. —Parece ser una amiga leal de Leralynn. ¿Es así? Una amiga muy leal.
La chica frunció el ceño, tratando a todas luces de desentrañar la trampa de la pregunta, sin darse cuenta de que su vacilación ya le había dado a Owalin toda la información que necesitaba.