La Campana de la Verdad (Power of Five 7) 44. Lera #2
85%

44. Lera #2

—Creo que obedecerás las mías . —La voz regia de Katita es suave y pulida junto a la mía.

Con el vestido roto y mojado, cojea mientras camina desde la tienda de mando, pasando junto a los soberanos de Fothom como si ni siquiera estuvieran allí.

Al llegar a mi pedestal improvisado, Katita ignora mi ofrecimiento de ayuda para subir, aunque dar el paso es claramente un esfuerzo doloroso.

—Soy la princesa heredera de Ckridel —anuncia Katita a la multitud—. Con mi padre cautivo, estoy al cargo del trono. Y no permitiré que ningún fae o herrero me niegue la verdad. Traed al prisionero y que hable.

Volviéndome hacia Katita, busco algo que decir, pero encuentro la mirada de la joven tan llena de acero que no me salen las palabras.

—Mi deber es para con mi gente, no para con mi orgullo —dice Katita sin ninguna calidez, dándose la vuelta.

Los minutos pasan en una espera angustiosa que me hace dudar de la sensatez de mi plan con cada latido que pasa.

Para cuando Thad y varios guardias escoltan a Zake al estrado, estoy a punto de vaciar el estómago en el seto más cercano y tengo que tragar saliva varias veces solo para mantenerme en pie.

Cuando me obligo a enderezar la espalda, me encuentro a Katita observándome con una mirada curiosa.

Casi no la reconozco sin el habitual desdén que retuerce sus impresionantes rasgos.

La amenaza de Owalin a su reino ha revelado su verdadera naturaleza; las crisis suelen hacer eso.

—¿Le tienes miedo? —pregunta en voz lo bastante baja como para que el viento no se lleve sus palabras—. A este humano. ¿Por qué?

—¡Mentirosa inmunda! —Las palabras de Zake atraviesan a la multitud desde donde camina, ahorrándome tener que responder a la pregunta de Katita—. Sabía que llegaría el momento de la verdad. Y ahora ha llegado, con todo el mundo viendo la criatura que eres.

La princesa levanta la barbilla y señala un punto en el suelo justo debajo de ella. —Parece saber bastante sobre esta fae. Si tiene sangre noble como afirma, espero que nos complazca con una explicación que sea apropiada para mis oídos.

Zake se estremece ante el tono de mando de Katita; su cuerpo magullado se endereza ante la princesa. Cuando vuelve a hablar, su tono es el más civilizado que le he oído nunca.

—Por supuesto, Alteza. Me he olvidado de mis modales por un momento.

—Zake se estira el bajo de la camisa, que sigue siendo el sencillo uniforme marrón de sirviente que llevaba cuando lo encarcelaron.

Una fina capa de barba incipiente le cubre ahora el rostro, a juego con el pelo oscuro y áspero de su cabeza—.

Hace muchos años, dejé entrar a una niña huérfana en mi casa.

Le di a la desdichada un lecho y un cuenco.

Le enseñé un oficio. Le enseñé disciplina y honradez.

O eso creía. —Zake niega con la cabeza, la decepción colgando a su alrededor como una pesada capa—.

A la primera oportunidad, la tipeja cambió su doncellez por la corrupción.

Más que eso, cogió todo lo que yo había tardado décadas en crear y se lo negoció a los fae a cambio de convertirse en una de ellos.

Esa huérfana convertida en ladrona traidora está ahora a su lado, Alteza.

Y juro por mi vida que, si se le da la oportunidad, le quitará lo que es suyo igual que me quitó lo que era mío.

Aprieto las manos a los costados; ni siquiera la firme mirada gris de River puede salvarme del escozor de cada una de las mentiras de Zake.

Katita entrecierra los ojos mirando al hombre. —¿Quiere decir que Leralynn fue humana? ¿Una sirvienta en su establo y bajo su autoridad?

—Eso es exactamente lo que estoy diciendo. —Zake levanta la barbilla triunfante mientras un murmullo recorre a la multitud. Muchos pares de ojos se vuelven hacia mí, llenos de preguntas, antes de abrirse de par en par al encontrar la mirada de asco de Katita.

—Mantened callado a ese inmundo —ordena Katita a los guardias, fulminando con la mirada a Zake mientras empieza a balbucear.

Volviéndose hacia mí, la princesa compone el rostro, aunque la curiosidad que baila en sus ojos es evidente—.

¿Puedo suponer que el precio de la inmortalidad fue ligeramente superior a una doncellez? —me pregunta.

—El precio fue la muerte. —Intento sonreír, pero no lo consigo—. No lo recomiendo.

Una risa sin humor asoma al rostro de la princesa. —Así que eras una de los nuestros. Y ahora has vuelto. ¿Por qué?

La atención de la multitud se centra en mí; los murmullos se acallan. Esperan mi respuesta. Por el rabillo del ojo, veo a River arquear una ceja. He conseguido el estrado y el público por los que he luchado, parece decir su mirada. ¿Y ahora qué? ¿Qué discurso he preparado para ellos?

Solo que, a diferencia de River, no tengo ningún discurso que dar. Todo lo que tengo es la verdad.

Respiro hondo, dejando que el aire me llene el pecho.

—Porque cometí un error. Todos lo hicimos.

Hace siglos, nuestros antepasados establecieron protecciones para asegurar que ninguna magia entrara en el mundo mortal.

Hace unos meses, el Consejo de Ancianos de Lunos recibió informes de que esas protecciones se estaban agrietando y envió a mi quinto —bajo el disfraz de un velo mágico— para corregir el problema.

Vinimos a protegeros en secreto de nosotros, sin intención de contaros nunca la verdad. Pero eso fue una necedad.

—¿Porque los mortales no merecen vuestra protección? —El sarcasmo en la voz de Katita gotea como la miel.

—Porque los mortales pueden protegerse a sí mismos —digo, girándome hacia ella; el resto del patio se disuelve de repente en la irrelevancia.

En el fondo de mi mente, me pregunto qué estará pensando Owalin de todo esto, si es que se molesta en escuchar el parloteo de formas de vida inferiores.

Pero no importa. La verdad es la verdad por muy ciego que esté el cabrón a ella—.

Podemos ser vuestros aliados, Katita, pero no podemos ser vuestros titiriteros.

La verdad es que, a pesar de toda la magia e inmortalidad de los fae, el mundo humano es tan inmensamente más grande que los tres reinos de Lunos que una batalla nos aniquilaría a todos por igual.

Miro la puerta del Gran Salón, que se alza tras la multitud y un muro de valientes guardias humanos.

El lugar que mi quinto no puede asaltar sin destruirlo, no por nosotros mismos.

Como la lluvia ha amainado por fin hasta convenirse en una ligera neblina, antorchas y faroles se han encendido por todo el patio, proyectando sombras dramáticas sobre la imponente piedra.

Las nubes empiezan a despejarse, revelando un cielo azul plateado, apenas teñido de naranja en los bordes.

Volviendo mi atención al patio, continúo.

—De camino aquí, mi quinto y yo llevábamos amuletos para engañar a vuestras mentes y haceros creer que éramos humanos.

Pero entonces tropecé accidentalmente con algo de magia perdida, lo que hizo que los fae se creyeran las mentiras del velo durante mucho tiempo.

Pensé que todo era culpa mía por ser descuidada.

Por tropezar con esa magia. Pero ese no fue el verdadero problema; el verdadero problema empezó cuando nos pusimos los amuletos.

Cuando decidimos arrebataros la capacidad de elegir.

Me detengo, dándome cuenta de repente de que el patio se ha quedado en silencio, de que las palabras que brotan de mi alma llenan el aire con una tensión embriagadora. Por un segundo, todo lo que puedo hacer es parpadear mientras recuerdo dónde estoy. Con quién estoy hablando.

Katita asiente hacia mí, y ese diminuto gesto es como una nueva sacudida de fuerza que rodea mi centro.

—Hay fae dentro del Gran Salón que retienen a vuestros seres queridos como rehenes —le digo a la multitud—.

Nosotros no los trajimos aquí. Llegaron mucho antes que nosotros.

Y no vamos a asaltar vuestra fortaleza, librando una batalla que no queréis que se libre.

Estos son vuestros reinos, vuestras tierras, vuestras decisiones.

Así como nuestros reinos nunca podrían luchar sin reducir a nuestros dos pueblos a polvo, mi quinto no puede luchar contra la Guardia Nocturna sin matar a todos en el Gran Salón.

No habría victoria para ninguno de los dos bandos.

Este punto muerto no terminará con magia, sino con vuestro acero.

O con vuestra rendición. La elección es solo vuestra.

Llevando la mano a la espalda, desenvaino la espada que llevo allí, el acero susurra al quedar libre en el aire fresco.

El aliento colectivo de la multitud se detiene mientras levanto la hoja por encima de mi cabeza, dejando que los primeros rayos de sol después de la tormenta se reflejen en ella.

—Mis compañeros y yo estamos aquí para ayudar, si así lo deseáis.

Pero no os equivoquéis, el verdadero poder está en vosotros.

Al igual que vuestra victoria. —Girando el arma, se la entrego por la empuñadura a Katita—.

Los fae de Lunos estamos en su reino por su beneplácito, Alteza. Y esperamos sus órdenes.