44. Lera
LERA
—¿ Q ué quieres decir con que no tienen ningún interés en colaborar con nosotros?
—le pregunta Tye a River cinco minutos después.
La lluvia que ha empezado antes con una violencia repentina por fin amaina hasta convertirse en una fina llovizna, y las gotas serpentean por el cristal como si fueran lágrimas—.
¿Es que los soberanos humanos han perdido el poco juicio que les quedaba?
River se quita la chaqueta, la cuelga en el respaldo de la silla junto al fuego para que se seque y se pasa una mano por su pelo corto y oscuro. Por lo que he visto a través de la ventana, a duras penas le han dejado entrar en la tienda de mando de los humanos, y mucho menos lo han escuchado.
—Temen quedar atrapados entre dos ejércitos inmortales en guerra.
—River se deja caer en una silla, tamborileando con el dedo sobre la madera—.
El rey de Fothom no paraba de señalar que Owalin ya está creando suficientes problemas como para que encima quieran preocuparse por nuestras intenciones ocultas.
—¿Como nuestra intención de protegerles el culo? —dice Tye—. Pues sí, a mí también me empieza a parecer sospechoso.
—¿Y cuál es su plan exactamente? —La voz de Coal es sombría—. ¿Ceder a las exigencias de Owalin como buenos perritos falderos y esperar que a partir de ahora les dé las sobras?
—Tiene a sus seres queridos atrapados —dice River, deteniéndose para mirar por la ventana, por donde la fila de asistentes y escribientes del rey de Fothom entra lentamente en el Gran Salón; estos últimos llevan bolsas enceradas llenas de papel y tinta necesarios para redactar los acuerdos que cederán todos los tronos a la Guardia Nocturna.
Detrás de los escribientes, varios sirvientes están preparados con bandejas de comida.
El propio rey de Fothom, una figura borrosa a través de la llovizna, se dispone a seguirlos.
River niega con la cabeza—. Han ganado algo de tiempo, pero es solo cuestión de tiempo que los cinco reyes restantes sigan su ejemplo.
—Bien. —Coal se cruza de brazos sobre el pecho, y sus ojos azules relampaguean—. Si los humanos no se ayudan a sí mismos, lo haremos nosotros por ellos. Entraremos al anochecer, eliminaremos a la cúpula de mando. Sin Owalin, el resto de las bestias serán más fáciles de matar.
River niega con la cabeza. —Hay dos docenas de fae y quién sabe cuántos simpatizantes humanos en la Guardia Nocturna.
Nosotros cinco no podemos enfrentarnos a eso sin recurrir a una magia considerable, y una batalla así probablemente derribaría toda la fortaleza.
No cuenta como victoria si matamos a todos los rehenes.
—¿No está la Guardia Nocturna sometida a la misma restricción? —pregunto—. Matar a un rehén aquí y allá es una cosa, pero si hacen estallar toda la fortaleza, ya no tienen ninguna baza.
—Exacto. —River asiente—. La magia no es la respuesta, ya que ese combate llevaría a la destrucción mutua. Y en lo que respecta al cuerpo a cuerpo, la Guardia Nocturna tiene demasiada gente como para que nos enfrentemos a ellos solos.
Mi mano se aprieta en el borde de la mesa; la conversación de los fae adquiere de repente matices que no había notado antes.
La magia no es la respuesta. Mi corazón se acelera y los incipientes hilos de la revelación me inyectan energía en los músculos.
Solo me doy cuenta de que he hablado en voz alta cuando los fae se vuelven para mirarme inquisitivamente.
—La magia no es la respuesta —repito, dirigiéndome ya hacia la puerta, con la piel hormigueando en anticipación del viento helado y la lluvia. De lo que estoy a punto de hacer—. Ser humana es la respuesta. Lo que significa que no es con River con quien tienen que hablar.
—¿Alguien ha entendido lo que ha dicho la chavala? —murmura Tye a los otros mientras yo salgo al patio, alzando el rostro hacia la tienda de mando.
De inmediato, siento el viento apartarme el pelo del cuello y azotar los mechones mientras los últimos vestigios de lluvia se aferran a mis mejillas.
Cruzo los adoquines con paso decidido, sin detenerme lo suficiente como para cuestionar la cordura de lo que estoy haciendo.
A mi espalda, el suave golpeteo de unos pies delata la presencia de los fae tras de mí, así como el repentino silencio de la multitud.
Miradas que van del odio al miedo y al asombro siguen cada uno de mis movimientos mientras examino el terreno exterior de la tienda en busca de algo sobre lo que ponerme de pie.
Como no encuentro nada mejor que un banco carbonizado que en su día formó parte de las orgullosas gradas de la arena, lo enderezo antes de subirme a él.
—Os dijeron que os largarais. —La voz de un hombre me golpea en el pecho antes de que encuentre del todo el equilibrio.
Saliendo de la tienda de mando, el rey de Fothom me apunta con una espada.
Aunque en su día fue alto y de hombros anchos, con el pelo rubio pálido aún espeso bajo su corona de oro y zafiros, su orgullosa figura parece haber envejecido veinte años por el dolor—.
No sois bien recibidos aquí. Ninguno de vosotros.
Con el corazón desbocado, levanto una mano vacilante hacia mis fae, que ya están echando mano a las armas.
El medio metro de más que me da el banco es suficiente para que se me vea, aunque la plataforma no es precisamente digna.
Trago saliva, con la boca de repente seca y el corazón acelerado.
Los discursos son la especialidad de River, no la mía. Pero esta multitud no necesita a River.
—Baje la espada, Majestad —le digo al rey, arrugando la nariz ante la ornamentada espada que tiene en las manos—. Le hace parecer un conejo con garras, cuando todos sabemos que no tiene ninguna.
—¿Cómo se atreve…? —El rey de Fothom da un paso adelante antes de que dos hombres se apresuren a agarrarlo por los hombros, reteniéndolo con murmullos desesperados sobre no provocar a los inmortales.
—Debería hacerles caso —le digo al rey, y mis palabras se oyen por todo el patio y por encima de la lluvia que cae suavemente—.
Al fin y al cabo, los conejos que se interponen entre dos lobos hambrientos solo están eligiendo en qué estómago acabarán.
Es mejor meter el rabo entre las piernas e ir a esconderse bajo la roca más grande que encuentre mientras los inmortales hacen lo que les place.
Realmente ya no le queda nada más que esperar y llorar a sus muertos, tanto presentes como futuros.
El rostro del rey se ensombrece y un murmullo de enfado empieza a extenderse entre la gente que queda. Unos pasos detrás de mí, Tye y Coal debaten sobre mi cordura, y la opinión de ninguno es demasiado halagadora.
River da un paso hacia mí. Niego con la cabeza y él retrocede, con los brazos cruzados sobre su ancho pecho.
Sombrío pero en silencio. Volviendo mi atención al patio, trago saliva y mantengo la barbilla alta mientras dejo que la recién despertada furia de la multitud se desperece. Mientras la absorbo.
Porque la ira es mejor que el miedo. Mejor que la apatía.
—¿Qué? ¿No os gusta lo que digo? —exijo, fijándome por primera vez en el único rostro que me escucha con arrebatada atención: el de la princesa Katita.
Me permito sostener su fría mirada turquesa un momento mientras continúo—.
Solo estoy poniendo voz a los murmullos que oigo —digo—. Esta no es mi historia. Es la vuestra.
—Habla como una verdadera inmortal en su pedestal —grita una voz.
La multitud se aparta para dejar paso a una mujer con los ojos hinchados, las trenzas rojas caídas y una corona torcida.
La reina de Fothom, que ha perdido a su hijo esta tarde, cuyo marido se prepara para entregarse a la Guardia Nocturna por el bien de los hijos que le quedan—.
No es su mundo el que se ha hecho añicos.
No se atreva a juzgar lo que nunca ha vivido.
¿Cree que sabe cómo son nuestras vidas porque fingió ser una estudiante humana durante unos meses?
¿Cree que entiende algo? Su gente ha traído el desastre sobre nuestras cabezas, así que no nos sermonee sobre cómo recibir una paliza con más elegancia.
Se me forma un nudo en la garganta ante el dolor desbocado en el rostro de la mujer, y me llevo la mano al vientre.
Solo he oído los latidos de mis cachorros y ya no puedo imaginarme ver a alguien hacerles daño; que esta reina se mantenga erguida después del dolor que ha afrontado, que mire a un inmortal a los ojos y se mantenga firme, es lo que hace a los humanos tan poderosos como a cualquier fae.
—Tiene toda la razón, Majestad —digo, y lo digo de corazón.
La reina, que ya tenía la boca abierta para lanzar un nuevo insulto, ladea la cabeza.
—Merece tomar sus propias decisiones y que se la respete por ellas.
También merece saber la verdad: sobre quién soy, sobre por qué vinimos aquí para empezar.
Le pido que me deje contársela, y luego tome la decisión que sea correcta para su gente.
Mejor aún, no me escuche a mí. Escuche a uno de los suyos.
Mirando por encima de la multitud —ahora una mezcla rala de cadetes de la Academia, atletas de Destreza, personal y aquellos visitantes de la realeza lo bastante resistentes o asustados como para permanecer fuera—, cruzo la mirada con el herrero que estaba dispuesto a golpearme la cabeza con un mazo esta mañana.
—Maestro Thad. Hay un prisionero llamado Zake en las mazmorras de la Academia.
Es el mismo maestro Zake que ha estado dirigiendo la inquisición para librar al mundo mortal de los fae.
¿Podría traerlo aquí y preguntarle por mí? Pregúntele quién soy y quién fui.
Thad escupe en el suelo. —Si crees que voy a obedecer tus órdenes…