43. Lera
LERA
U n cuarto de hora después, gracias a la habilidad de Tye para conseguir ropa en cualquier momento —había descubierto que la inoportuna desnudez era un riesgo habitual de su anterior estilo de vida—, estoy de pie junto a River en la ventana, vestida con unos suaves cueros de combate negros y una camisa cálida.
Me he recogido el espeso pelo en una larga trenza que me cae por la espalda y por fin vuelvo a sentirme como una versión de mi antiguo yo.
En no más de diez minutos, el primer plazo de Owalin expirará. Ni un solo humano ha aparecido por nuestra puerta desde la oferta de alianza de River.
Todavía faltan dos horas para el atardecer, pero con la tormenta, parece que el crepúsculo se ha adelantado.
A través de las grises cortinas de lluvia, observo a las familias reales apiñarse bajo una gran carpa blanca que el personal de la Academia ha levantado; probablemente reutilizada de alguna de las festividades previstas para la Proeza.
La han colocado lo más lejos posible del Gran Salón para intentar evitar los oídos indiscretos de Owalin, lo que los sitúa cerca de nosotros.
Muchas de las mujeres, niños e incluso profesores se han refugiado en los edificios académicos que rodean el patio, aunque todavía hay al menos un centenar de personas reunidas sobre los adoquines empapados.
Sin nada más que hacer que esperar, Tye y Shade han ido a la parte trasera de la biblioteca a limpiar el desorden, y su nerviosismo es evidente incluso desde aquí por sus maldiciones ahogadas.
Doy un respingo cuando la puerta de la biblioteca se abre de golpe y las campanillas rompen la pesada tensión con ridícula alegría. Coal da una patada en el suelo para sacudirse el agua de la ropa; su pelo, recogido hacia atrás, parece casi oscuro contra el cuero cabelludo.
—Van a ceder a la primera exigencia de Owalin. El rey de Fothom se dispone a entrar en el Gran Salón.
River se limita a asentir. Ha permanecido en silencio desde que se ha enterado de la noticia de nuestros cachorros, y la tensión a su alrededor hace que el aire vibre.
—Están entregando el mundo mortal a un loco, River —insiste Coal, mirándome con pura alarma en el rostro cuando el comandante no responde.
—Lo sé —dice River por fin. Sus ojos expertos examinan la situación con la tranquila firmeza que he llegado a dar por sentada, pero a las palabras les falta todo interés. Como si el resultado del enfrentamiento le importara poco ahora.
Me encojo de hombros ante Coal, y él levanta las manos en un gesto de «me rindo». Se acerca al fuego crepitante que Gavriel ha encendido en uno de los tres enormes hogares de la biblioteca para empezar a secarse la ropa.
—River —digo en voz baja—. ¿Estás…? —Busco la palabra adecuada que decir y el pecho se me oprime al decidirme por una—.
¿Disgustado? Por los cachorros. —Se me corta la respiración, no me atrevo a mirar a River a la cara.
Tras la conmoción inicial, el macho se ha retirado tras el muro de sus propios pensamientos con una rapidez que me ha dejado aturdida.
Me abrazo a mí misma cuando el macho no dice nada y aprieto la mandíbula.
—Estoy disgustado porque estamos en el mundo mortal sin forma de volver a casa, excepto a través de una batalla con la Guardia Nocturna —dice River finalmente.
Con un sobresalto, me doy cuenta de que está temblando.
El silencio sobre el tema, que yo he roto, parecía ser lo único que lo mantenía entero.
—Hemos elegido enfrentarnos a la Guardia Nocturna, River —digo—. Tenemos una forma de volver a casa. La llave de Mystwood que me quitaste a principios de año…
—La destruí. —Golpea la palma de la mano contra el alféizar de la ventana y el cristal tiembla—.
Katita te había visto con lo que era claramente un artefacto fae, y temía que se volviera contra ti.
Con cazadores de faes en las principales ciudades…
Si hubiera empezado algo, ya sería bastante malo enfrentar su palabra contra la tuya; no quería que hubiera pruebas para colmo.
Así que cuando te la quité, la rompí en pedazos y la tiré al fuego.
—River traga saliva y se vuelve lentamente hacia mí.
Su rostro, fuerte y liso, parece de mármol, cada plano duro esculpido a la perfección.
Pero sus arremolinados ojos grises son otra historia; la vulnerabilidad en ellos me golpea en lo más profundo de mi ser—.
Lo siento, Leralynn. Hace menos de una hora que soy padre y ya he fracasado.
—River. —Se me oprime el pecho mientras le presiono la mejilla con la palma de la mano—. River, es el razonamiento más estúpido que he… —Me interrumpo, al darme cuenta de la verdad un instante demasiado tarde.
—No es la llave lo que te disgusta —susurro—. No temes luchar contra la Guardia Nocturna. No temes luchar contra nadie. Estás… Estrellas. Escúchame, River. Vas a ser un buen padre. Te lo prometo.
El estremecimiento del macho delata la profundidad de la herida que mis palabras le han provocado, su hermosa y fuerte mandíbula se aprieta tanto que veo el músculo contraerse bajo la piel.
—Vas a ser un buen padre, River —repito—. Igual que eres un buen compañero. Y un buen comandante.
—No lo sabes —susurra él, el miedo que impregna su voz se derrama ahora en el aire entre nosotros y le da un matiz agudo al olor a polvo que suele haber en la biblioteca—. ¿Cómo puedes confiar en mí cuando sabes qué clase de monstruo me engendró?
—Porque te quiero —digo, sin más—. Porque nos enamoramos cuando no había nada que nos uniera y todo que nos separara. Y porque no dejaré que seas otra cosa.
River se ríe, un sonido que empieza forzado pero que se suaviza mientras me mira a los ojos. Sacudiendo la cabeza, me ahueca la nuca con la mano y se inclina para darme un beso lento y vacilante.
—No te merezco, Lera —susurra contra mi boca mientras mi mano descansa suavemente sobre su duro tríceps—. Pero te estoy agradecido con cada aliento.
Antes de que pueda responder, el beso se intensifica y River vierte tanto de sí mismo, su amor, su fuerza, en la conexión, que la magia enroscada en mi interior se despierta y ronronea hasta que me pregunto si uno de los gemelos no será un cambiante.
—¿A qué ha venido eso? —pregunto cuando por fin se aparta, mientras las yemas callosas de sus dedos se demoran en mi mejilla.
—Para darte las gracias —responde el macho, con una sonrisa que por fin, por fin , le llega a los ojos—.
Y para compensar el capullo que seguro que voy a ser dentro de poco.
—Me roza los labios con el pulgar—. Si crees que el embarazo es una intromisión, espera a descubrir cómo son cuatro compañeros sobreprotectores.
Resoplo y le aparto la mano de un manotazo.
—Claro. Bueno, antes de que descubramos todo eso, ¿cuánto tiempo vas a dejar que los humanos de ahí fuera den palos de ciego antes de ir a hacerles entrar en razón? No soy una experta, pero darle a Owalin todo lo que quiere no parece una estrategia ganadora.
River me aprieta el hombro y niega con la cabeza hacia la ventana.
—Tienes razón. Deja que coja el abrigo.