39. River
RIVER
R iver se tambaleó y apoyó la mano en el borde de una mesa para mantenerse en pie, sin apenas percatarse de que los otros varones se habían retirado a un rincón alejado de la biblioteca.
El terror puro que lo había atenazado desde el momento en que vio a la turba abalanzarse sobre Leralynn empezaba a remitir ahora y lo dejó temblando.
Estrellas. La violencia de los humanos se había desatado por un pelo…
, y solo gracias a la bendita providencia de las estrellas Leralynn había salido de allí con la única herida en su orgullo.
Aunque ahora lo odiase.
River tragó saliva mientras veía a la joven darle la espalda y quedarse mirando por la ventana.
Los restos de su vestido rojo palabra de honor se le ceñían a las curvas, y las manchas de tierra y sangre que empapaban la tela sedosa lo hacían con la misma terquedad implacable que siempre corría por las venas de Lera.
Su espeso pelo cobrizo le caía suelto sobre los hombros y la gruesa trenza que solía llevar en el lado izquierdo seguía, de algún modo, intacta y elegante.
River se frotó el pecho. Todavía le dolía respirar; cada inhalación le provocaba una punzada en las costillas.
El cuchillo de Owalin le había hecho un corte profundo…
, pero la herida que se había infligido a sí mismo era aún más honda.
Los recuerdos que le anegaban la sangre desde que abrió los ojos y se encontró con la mirada amarilla de Shade y su magia plateada aferrándolo con fuerza bastaban para poner de rodillas a cualquier varón.
También pasaba algo más. Shade estaba fuera de sí cuando River recuperó la consciencia; el sanador, por lo general tan sereno, estaba medio loco por la ausencia de Leralynn en la biblioteca.
Fuera lo que fuese que había puesto al varón en ese estado mientras River estaba inconsciente, tendrían que ocuparse de ello.
Pero ahora no. Ahora, River ya tenía bastante con procesar todo lo que recordaba.
Había estado cabalgando con los demás; Leralynn, al galope corto, iba delante con su yegua.
Y entonces se produjo una gran explosión en su mente y se había olvidado de Lera por completo.
Su alma había encapsulado la esencia de su pareja de la única forma que pudo: inventándose el recuerdo de una esposa llamada Diana.
Sí, River había tropezado y se había perdido, pero su pareja había recogido el estandarte del quinteto y los había hecho avanzar a todos, sin importar los obstáculos que la vida, la magia y el propio River habían puesto en su camino.
Ahora, con el regreso de sus recuerdos —y la comprensión monumental de lo que Leralynn había logrado para mantener a salvo al quinteto y a la Academia mientras los varones permanecían bajo el hechizo de los amuletos—, el primer instinto de River había sido caer de rodillas a su lado.
Para decirle a la mujer que había renunciado a todo para proteger al quinteto cuánto valoraba lo que había hecho. Cuánto la amaba.
En cambio, la había obligado a arrodillarse.
Sí, lo había hecho para protegerla. Para controlar la narrativa y diferenciar el fuego accidental de Lera del ataque deliberado de la Guardia Nocturna.
Para evitar que los mortales intentaran descargar el odio que sentían por Owalin en su pareja.
Pero había tenido que hacerle daño para conseguirlo, como habría tenido que herir a cualquier miembro del quinteto.
Le había prendido fuego a una arena llena de gente; no había forma de pasarlo por alto.
Sin embargo, por mucho que la cabeza de River lo entendiera, lo único que su alma veía ahora era la lágrima solitaria que se derramaba por la mejilla de Lera, aunque todo su cuerpo temblaba por el esfuerzo de mantenerse entera.
Fingiendo una fuerza que se había agotado hacía mucho tiempo mientras mantenía unido al quinteto ella sola, sin desviarse del rumbo de su misión cuando el propio River no podía.
Apartándose de la mesa con un leve gemido, se acercó a donde Lera seguía de pie junto a la ventana.
La rodeó con los brazos y atrajo su cuerpo suave contra su pecho incluso mientras ella forcejeaba, con los músculos tensos por la angustia que él le había infligido.
El suave aroma a lilas de la joven se mezclaba con el toque salado de las lágrimas y el ligero olor a tierra mojada que aún se adhería al bajo de su vestido.
—Suéltame —espetó ella, empujándolo con toda la fuerza de su cuerpo pequeño y cansado—. Te odio, River.
—Ya lo sé. —Con eso ya eran dos. River la sujetó con más fuerza, apretando el rostro de Lera contra el hueco de su hombro mientras se sentaba en una silla.
Su herida en proceso de curación le dio una punzada al levantar a la joven forcejeante sobre su regazo y la abrazó con fuerza.
Los otros varones seguían escondidos en algún pasillo trasero hasta que la tormenta amainara, lo cual, en opinión de River, era un poco imprudente, dado que la tensión en los músculos de Leralynn casi le garantizaba que volvería a necesitar la ayuda de Shade en breve.
Como si le hubiera leído el pensamiento, Leralynn echó la mano hacia atrás y lo empujó con todas sus fuerzas; su posición sobre su regazo restó potencia —que no intención— al golpe.
Bueno, se merecía eso y más. Era muy consciente de que ningún consuelo que pudiera ofrecerle desharía el dolor que le había causado, pero lo ofreció de todos modos.
Pasó una mano por las costillas de Lera y usó la otra para acariciarle la espalda y su sedoso pelo mientras las lágrimas que había contenido al fin se derramaban por sus ojos, empapándole el pecho desnudo.
Un instante después, los sollozos sacudían su pequeño cuerpo; sollozos que no podía controlar, como tampoco podría haber contenido la humillación que River le había infligido en el patio.
—Tenía que parecer real —dijo él en voz baja cuando la respiración de ella por fin se ralentizó hasta convertirse en hipidos ahogados—.
Hubo heridos en esa arena. Los habría matado a todos antes de dejar que te pusieran un dedo encima, pero, aparte de eso, había que reconocer el error y pagar por él.
Tanto para demostrar que, a diferencia de la Guardia Nocturna, nos hacemos responsables, como por el bien de la sanación de todas las almas. Incluida la tuya.
—¿Y creíste que tú eras la persona adecuada para repartir el castigo?
—Alzó el rostro hacia él, con sus grandes ojos castaños rebosantes de dolor y furia—.
¿Que así debía ser nuestro primer encuentro después de que recuperaras la memoria?
Podrías haber encontrado otra manera, River.
Podrías haber encontrado a otra persona que lo hiciera.
Elegiste ser tú quien empuñara el látigo. ¿Sabes cuánto dolió eso?
River sintió que palidecía y el pecho se le oprimió sobre las costillas.
—No. Leralynn. Por supuesto que no. ¿Por qué pensarías…
? —River le tomó el rostro entre las manos y le recorrió los pómulos, fuertes y hermosos bajo una piel delicada.
Igual que el resto de ella. Había hecho tanto estos meses, luchando por el mundo mortal cuando él mismo no pudo…
, y, sin embargo, era tan suave y vulnerable en torno a su núcleo duro como el acero—.
Intentaba hacerte el menor daño posible, no aumentarlo. Y odié cada momento.
River tragó saliva al darse cuenta de cómo Lera había interpretado sus acciones, lo que hizo que le escocieran sus propios ojos.
Ella era todavía tan joven, tan nueva en el mundo fae.
Y él era un idiota cabrón por no haber pensado en eso.
—Soy el comandante del quinteto —susurró—.
En trescientos años, nunca he permitido que nadie más que yo castigue a uno de los nuestros.
Y cuando te vi… Cuando me di cuenta de lo que tenía que pasar…
Leralynn, no podía hacerme a un lado, porque si hubiera sido otro el que te arrodillara, le habría arrancado la lengua. Dime que lo entiendes. Por favor.
Leralynn se movió y la tensión de su cuerpo se relajó un ápice. —Podrías haberme hecho alguna… señal.
—Tenía que parecer real o nos arriesgábamos a perderlo todo, incluida a ti. —La voz de River era suave mientras secaba una lágrima rebelde que se deslizaba por la piel cremosa de Lera—. Además, eres tan mala mintiendo que hasta Tye ha desistido de enseñarte a hacer trampas a las cartas.
Ella resopló. —Y necesitabas demostrar a los mortales que podías controlar al perro rabioso bajo tu mando.
Las manos de River se detuvieron, apretándole los hombros.
—No un perro rabioso, Leralynn —dijo, con la voz más áspera de lo que pretendía—.
Una guerrera inmortal con más poder en la punta de sus dedos que cualquier criatura que el reino mortal haya visto jamás.
Incendiaste una arena por accidente , sin pensarlo un segundo.
Un poder que habría dejado en el suelo a casi cualquier fae, demasiado agotado para moverse durante días…
y que, sin embargo, para ti fue poco más que un tropiezo.
Estrellas, Lera… ¿es que no entiendes lo poderosa que eres? Porque yo sí. Y me muero de miedo.