38. Lera
LERA
S e me encoge el estómago al darme cuenta de que el varón no va a dejarlo pasar.
—Le he hecho una pregunta —espeta River, con una voz que restalla en el aire con una dureza que hace que los humanos que observan se estremezcan igual que yo.
A mi espalda, Coal, Shade y Tye permanecen en silencio, inmóviles.
La atención de todo el patio se ciñe a mi alrededor como una soga mientras me arrodillo ante un hombre que se supone que debería estrecharme entre sus brazos.
Trago saliva, o lo intento, pues tengo la boca demasiado seca incluso para esa nimiedad.
Como si fuera una burla del destino, la hierba sobre la que estoy arrodillada está empapada con el agua que han arrastrado por el patio para apagar las llamas.
La humedad de la tierra se filtra a través de los restos de mi vestido rojo y me enfría las rodillas.
Obligándome a levantar la cara, le devuelvo la mirada a River como si el varón y yo estuviéramos charlando durante la cena.
Como si a River simplemente se le hubiera ido la mano con una broma.
—Si se acostumbra a hacer preguntas cuya respuesta ya conoce, descubrirá que las conversaciones se vuelven aburridas enseguida.
Una risita recorre la multitud, eclipsada por una sensación mucho mayor de curiosidad morbosa. Cientos de personas se inclinan un poco más para no perderse nada.
River le sostiene la mirada, con la mandíbula apretada.
Las manchas de sangre seca en su torso musculoso le dan el aspecto espeluznante de un guerrero en plena batalla.
—Leralynn de Slait, le he preguntado si fue usted quien prendió fuego a la arena.
Oblígueme a repetirlo una vez más y lo haré con un látigo.
Se me para el corazón. También lo hacen todos los murmullos y susurros que recorren el patio, y la tensión del ambiente se transforma en algo nuevo. Una densa y farisaica satisfacción. Todavía anhelan justicia por la arena. Venganza por su dolor. Quieren que sufra como sufrieron ellos.
Y, de repente, lo entiendo. Si River no imparte esa justicia antes de que expire este alto el fuego temporal, la turba se la tomará por su propia mano.
River cree que me está protegiendo. Lo que no entiende es que esto, todo esto, es mil veces peor viniendo de él.
Yo incendié la arena y aceptaré el castigo que merezca, pero no de él .
No de mi compañero, que acaba de recuperar sus recuerdos, que se supone que debería abrazarme fuerte y mandar a la porra a las estrellas.
—¡Hacedlo! ¡Castigadla! —grita alguien. El clamor se apaga rápidamente mientras el férreo control que River tiene sobre el patio reprime de algún modo a los cientos de humanos que observan.
River me enarca una ceja, con un mensaje que me revuelve las tripas de lo claro que es. No quiero llevar esto más lejos de lo necesario. Pero lo haré. No te equivoques.
A mi espalda suena un gruñido, que debe de ser de Coal, por un instante, antes de que la mirada de River silencie al varón con la misma eficacia cortante con la que había hecho callar al patio.
Si Coal cree que la amenaza es real, sería una necia si lo dudara.
La cara me arde; la humillación que crece en mi interior da paso a un miedo que me sacude el cuerpo.
—Sí —digo, apresurándome a hablar antes de que River, que ya está abriendo la boca, pronuncie otra palabra—. Perdí el control de mi magia. ¿Es eso lo que tan desesperadamente quiere oírme decir?
—Quiero la verdad —dice River.
—Perdí el control —repito. Apartando la mirada del rostro de River, examino las caras tensas y silenciosas, que observan y esperan, dándome la oportunidad de hablar.
Así que lo hago. Ignorando a River, me dirijo a la gente que, a diferencia del varón, tiene derecho a exigir una explicación.
—Cuando la magia irrumpió en el mundo mortal, vi a Han preparándose para clavarle un cuchillo en el corazón a mi compañero.
En el corazón de Tye. —Un escalofrío me recorre al recordarlo—.
En ese momento, no pensé en nada más que en detenerlo.
Mi intención era que la magia de fuego golpeara solo a Han, pero el poder se me escapó de las manos.
Se me oprime el pecho al ver el hollín y las quemaduras que manchan la piel de tanta gente, y me tiembla la voz.
Cuando vuelvo a hablar, mis palabras son más suaves, aunque siguen resonando mientras me arañan el alma.
—Esa es una explicación, no una excusa. Sin importar la intención, mi error os ha hecho daño, a la misma gente que vine a proteger.
Se os debe algo más que una disculpa, pero, de todos modos, la tenéis.
—Trago saliva; mi corazón desbocado acaba de darse cuenta de lo mucho que anhela hacer las paces.
Paseo la mirada por la multitud, sin saber qué busco hasta que lo encuentro.
Encuentro a la princesa que una vez se tragó todo su orgullo para arrodillarse ante mí por el bien de su pueblo.
El pelo rubio de Katita, normalmente perfecto, está revuelto, y sus hermosos ojos azul verdoso, inyectados en sangre y ensombrecidos, a pesar de toda la fuerza que invierte en mantenerse erguida.
—Lamento haber puesto en peligro a su pueblo —le digo solo a ella, con la piel tan caliente que el viento gélido es como esquirla de hielo sobre mis mejillas—. Me someto a su juicio.
Los ojos de Katita se abren un poco, y en su mirada agotada relampaguean la sorpresa, la inteligencia y la responsabilidad. Cuando da un paso adelante, tiene la mandíbula tan apretada que puedo ver el músculo temblar por el esfuerzo, pero su voz es tan regia y clara como siempre.
—Leralynn de Slait, usted inició el fuego de la arena —dice la princesa, y aunque me mira a mí, sus palabras van claramente dirigidas a los cientos de personas congregadas en el patio—.
Pero ahora veo que eso es todo lo que hizo.
El ataque al Gran Salón, las acciones de la Guardia Nocturna que retiene a mi padre y a mi hermana como rehenes, no son obra suya. Acepto sus disculpas sin reservas.
Por un momento, lo único que puedo hacer es mirar fijamente a Katita, convencida de que la he oído mal, de que seguramente a continuación vendrá algo degradante, pero no es así.
De pie, a unos pasos de la princesa, River cambia el peso de su cuerpo y sus hombros se relajan una minúscula fracción, el equivalente a un suspiro de alivio en ese varón.
—Comandante River. —Katita levanta la cara para mirar por encima de mi hombro—.
En nombre de mi pueblo, considero que el fuego de la arena es un asunto zanjado.
En cuanto a la crisis actual, y a la noticia de sus orígenes, le pido que haga lo que ofreció y nos conceda algo de espacio mientras decidimos cuál es la mejor manera de proceder.
—Por supuesto, Alteza. Estaremos en la biblioteca si nos necesitáis —dice River. Dándose la vuelta, hace una reverencia a Katita antes de extenderme la mano para ayudarme a levantarme, con la palma callosa abierta.
La ignoro. Me pongo en pie y me dedico a sacudirme el polvo de las rodillas solo para no tener que mirar a los varones.
Mientras River empieza a guiarnos a los varones y a mí de vuelta a la biblioteca, esperando claramente que lo siga como un perro bien adiestrado, hago todo lo que puedo para evitar que mis lágrimas de escozor se derramen por mis mejillas.
La pequeña medida de dignidad prestada se tensa hasta el límite mientras pasamos junto a la multitud conmocionada para entrar en la biblioteca, donde las campanillas familiares saludan nuestra llegada, y finalmente se rompe en dos, junto con el frágil control que tengo sobre mis sentimientos.