37. Lera
LERA
Lera
—¡ A lto! —La voz autoritaria de River paraliza a todo el patio—. Poneos de rodillas. Todos y cada uno de vosotros.
Con el corazón aporreándome las costillas, me giro para ver al mismísimo varón saliendo de la entrada de la biblioteca para adentrarse en el patio, con el poder siguiéndole como una capa de luz solar.
River, vivo. Caminando. Como si las últimas horas no hubieran ocurrido.
Sus pasos firmes hacia el centro del patio no delatan nada de su roce con la muerte, aunque este se leía con demasiada claridad en el rostro de Shade.
El sanador camina unos pasos por detrás, sin hacer ningún esfuerzo por ocultar la furia depredadora que ruge en sus ojos amarillos.
Una furia dirigida tanto a la turba congregada como a mí. Un hilo de sangre serpentea desde la comisura de la boca de Shade, donde mi puño había impactado. El varón se la limpia con el dorso de la mano.
Se me encoge el pecho.
Con el pelo corto y oscuro peinado hacia atrás, las orejas puntiagudas de River quedan al descubierto en toda su gloria inmortal.
Si yo salí corriendo sin pensar en lo que mi aspecto provocaría en la Academia, River tomó su decisión deliberadamente.
Casi se me escapa un sollozo de alivio al verlas: la prueba de que este es el verdadero River, mi River, lo que significa que debe de haber recuperado la memoria cuando el quinteto se unió.
Espero que me mire, que me dé alguna señal de amor, de reconocimiento o de unión; cualquiera de las cosas que he anhelado con todo mi ser durante demasiados meses.
Pero mantiene los ojos fijos en la turba, sin mostrar el más mínimo indicio de lo que piensa.
Teniendo en cuenta la tensión que hace vibrar el aire del patio, mantener toda su atención en los humanos es probablemente algo bueno, por mucho que yo deseara que fuera a mí a quien River estuviera abrazando.
Todavía con el torso desnudo, con vetas de sangre seca aferradas a la piel tersa de sus costillas y su musculoso abdomen, se comporta como si estuviera entrando en un salón de baile; un efecto que no pasa desapercibido para nadie, y mucho menos para las familias reales reunidas fuera.
Sí, ven que es un feérico, pero también sienten el poder de su trono —todos lo sentimos—, lo sepan o no.
—¿Tú? —Al volverse hacia River, Thad levanta el mazo que tiene en la mano. El rostro del herrero es una mezcla de instinto asesino y terror, y la tenue luz que se filtra entre las nubes se refleja en su cabeza calva en puntos plateados—. Sabía que eras…
—¿El que está al mando? —pregunta River con frialdad—. Sí. Ese soy yo.
¡Entonces exijo justicia! —La voz quejumbrosa de la reina de Fothom se eleva hacia el cielo, señalándome con el dedo—. Prendedle fuego como ella nos hizo a nosotros.
—¡Quemadla! —grita Thad, apropiándose de la idea—. ¡Quemad a esa…!
Las palabras de Thad se interrumpen y se agarra la garganta, cayendo de rodillas mientras una banda de la magia plateada de Shade se le aprieta alrededor del cuello.
Nunca antes había visto a Shade usar su sanación para hacer daño, y el terror de aquello me recorre el cuerpo al igual que se extiende entre la multitud.
—Shade…
La furiosa mirada del varón se clava en mí, desgarrándome el alma con comprensión.
Lo odia. Odia cortarle el aire a un hombre en lugar de ayudarle a respirar, pero lo está haciendo de todos modos.
Utilizando la crueldad para desviar la ira de la turba de mí hacia él.
Para diluir sus gritos de que me arrastren al cadalso de la justicia.
River levanta la mano y la banda plateada desaparece de inmediato; la obediencia de Shade a las órdenes de su comandante es tan poderosa como lo había sido el estrangulamiento. —¿Alguien más necesita ayuda para hacer lo que pido? —pregunta River.
Como si estuviera de acuerdo, un trueno retumba de repente sobre nuestras cabezas, provocando gritos ahogados de algunos de los niños en el patio.
La multitud se arrodilla. Primero los guardias y los sirvientes, luego los estudiantes.
Después, la propia realeza. Puedo ver los muchos pensamientos que cruzan sus rostros, en especial las de los estudiantes y el personal de la Academia, que procesan que el subdirector, que ha mantenido un control tan firme y ordenado de la Academia todo este tiempo, es un feérico.
De la incredulidad a la ira por la traición, al miedo…
a raros y lentos destellos de comprensión.
River permanece inmóvil, dejando que los humanos asimilen su confusión. Que recuerden que los había mantenido a salvo durante todos estos meses. Que era duro pero justo. Digno de confianza.
Girándose lentamente, River se encara con el lugar donde Coal, Tye y yo estamos juntos, con nuestras armas y magia a punto.
—¿Sois duros de oído o tardos de entendederas? —pregunta River.
¿En serio? Enarco las cejas.
—Parece que River no solo ha encontrado la forma de volver en sí, sino también un nuevo palo que meterse por el culo —murmura Tye, arrodillándose como se le ha indicado. Un instante después, Coal hace lo mismo y me aprieta el brazo para instarme a obedecer.
Aprieto la mandíbula. Con el velo del amuleto desaparecido y la memoria recuperada, no tengo intención de acobardarme ante mi compañero como hice cuando fingía ser una estudiante.
No puedo. Levanto la barbilla y clavo la mirada en los duros ojos grises de River.
El viento ha arreciado, lanzándome ceniza a los ojos y azotándome el pelo contra la cara, pero no me muevo para impedirlo.
Hay una tensión contenida en el patio mientras los humanos arrodillados observan nuestro silencioso enfrentamiento.
Con sus ojos fuertes clavados en los míos, los hombros de River se ensanchan con la poderosa majestuosidad de un rey inmortal. Su hermoso rostro, desgarradoramente gris e inmóvil hace solo unos instantes, no revela nada. No está pidiendo obediencia. La está esperando.
Un suave gruñido hace vibrar el aire, y tardo un momento en darme cuenta de que el tono de advertencia no procede de River, sino de Shade, arrodillado junto al comandante.
Las fosas nasales del cambiante se ensanchan en un reflejo de las mías, el moratón que le dejé en la mandíbula floreciendo en un profundo color rojo púrpura.
River acalla a Shade con una mirada, y camina hacia mí hasta que se sitúa a menos de un paso de distancia.
Todo el patio guarda silencio mientras la dura mirada gris del varón se aferra a la mía.
Su fresco aroma a bosque me envuelve, casi mareándome, pero me niego a ceder.
Ahora no. No después de todos estos meses.
—Leralynn. —La voz de River se suaviza al pronunciar mi nombre—. Arrodíllate.
Levanto la barbilla mientras la brisa me alborota el pelo. —No me arrodillaré ante mi compañero.
Como un incendio forestal provocado por una chispa, mis palabras desatan una oleada de susurros que recorren la multitud, repitiéndose y transformándose al saltar entre cientos de humanos alterados.
— Le ha llamado compañero. La asesina de la arena es su compañera.
…nunca se hará justicia…
…¿qué esperabais de ellos?
El viento me eriza la piel y convierte las gotas de lluvia en esquirlas.
El rostro de River se endurece cada vez más con cada denuncia susurrada y la mezcla de pesar y resolución de sus ojos tormentosos se fusiona en un gran muro. Cuando vuelve a hablar, ya no hay ninguna suavidad en su voz.
—No te lo pido como tu compañero —dice River con frialdad, su voz lo bastante alta como para ser oída en toda la Academia—. Te lo ordeno como tu comandante. Obedece o te encontrarás con que tú y tu justa indignación os hacéis compañía en la celda de una mazmorra.
Aunque ya había empezado a arrodillarme, me incorporo de golpe ante ese giro de los acontecimientos.
No es solo una orden, sino una maldita amenaza.
La repentina afluencia de sangre a mis oídos ahoga todo pensamiento.
Mis labios se apartan de mis dientes y mis caninos destellan mientras otro trueno retumba sobre mi cabeza.
Mi corazón, que palpita contra mis costillas, es tan ruidoso que me pregunto cómo es que todo el patio no siente su ritmo lleno de furia. —No te atreverías.
River enarca una ceja. —¿De verdad quieres descubrirlo?
—pregunta con firmeza. Detrás de él, Shade mueve las piernas, listo para levantarse y cumplir las órdenes de River.
Queriendo hacerlo. Shade, que tuvo el descaro de prohibirme salir como si fuera una mascota adiestrada, y que ahora no está del todo disgustado por ver cómo recibo mi merecido.
Mis propios varones, mis propios compañeros, me miran con pleno reconocimiento… y sin ninguna calidez, sin ninguna amabilidad. Que quieren la obediencia más que a mí. Ni siquiera cuando habían perdido la memoria me sentí tan alejada de ellos como me siento ahora.
Se me cierra la garganta y, de repente, es una batalla solo para evitar que el escozor de mis ojos se convierta en un nuevo espectáculo para el patio.
Apartando la mirada, me arrodillo junto a los varones.
El ligero endurecimiento de la mandíbula de River es el único indicio de que se ha dado cuenta del cambio.
A través del velo de dolor punzante que ahora atenaza mi alma, veo a River darse la vuelta para inspeccionar el patio arrodillado, pero ahora silencioso.
—Sin duda ya os habréis dado cuenta de que yo, el hombre que creíais que era el subdirector de esta Academia, soy un inmortal de Lunos, al igual que mis cuatro compañeros de quinteto. Mi verdadero nombre es River…
—River, rey de Slait. —La voz de Owalin vuelve a sonar desde el balcón del entresuelo, seguida de un aplauso lento y burlón que, de alguna manera, es amplificado por el trueno en lugar de ahogado.
Ahora lleva la capucha echada hacia atrás y el efecto es aún más aterrador: el pelo rubio plateado trenzado y pegado al cráneo, su rostro afilado y elegante casi esquelético bajo la extraña y vívida luz de la tormenta.
Incluso desde aquí, sus pálidos ojos azules brillan con satisfacción y curiosidad—.
Bien jugado, Majestad. Habría hundido más el cuchillo si hubiera conocido los detalles de su linaje.
River se vuelve lentamente hacia el balcón, cruzando las manos a la espalda.
Incluso sin camisa y ensangrentado, su figura es igual de formidable.
—Maestro Owalin. Me doy cuenta de que tiene el control del Gran Salón en este momento.
¿Hay algún herido dentro? De su bando o de sus cautivos.
Me gustaría que se atendiera a los heridos, sean quienes sean.
—Qué amable —responde Owalin con despreocupación—.
Pero esta es mi gente ahora, y yo tomaré las decisiones por su bienestar.
—Una sonrisa parpadea en su rostro, sin llegar a sus ojos—.
Más exactamente, les dejaré tomar sus propias decisiones.
El destino de cada reino está en manos de su propia realeza: seguid mis órdenes y todo irá bien.
Os animo a ayudarles a entrar en razón rápidamente, River; en los próximos cuarenta y siete minutos, preferiblemente, no sea que me vea obligado a ejecutar a otro de mis invitados.
Antes de que River pueda responder, Owalin desaparece en un remolino de color rojo.
Dejando que la pausa se prolongue lo suficiente para que los humanos vuelvan a centrar su atención en él en lugar de en la fortaleza, River asiente a la multitud.
—Owalin tiene razón en un aspecto: soy el gobernante de Slait, uno de los tres reinos del mundo inmortal.
—Su voz resuena sobre los adoquines, mientras los restos humeantes de la arena perfilan su alta figura—.
Lamento la necesidad de los disfraces que mi quinteto y yo hemos llevado hasta ahora, pero nuestra misión original era asegurar que vuestras vidas continuaran sin ser perturbadas por fuerzas mágicas.
Por desgracia, la Guardia Nocturna, que ahora tiene cautivos a muchos de vuestros seres queridos, tenía otros planes.
River hace una pausa, dejando que las palabras calen en las miradas desconcertadas que ahora observan cada uno de sus movimientos.
Dejando que esta nueva realidad se asiente lentamente sobre ellos…
siempre y cuando crean lo que está diciendo.
A pesar de lo furiosa que estoy con él, casi siento una sensación de alivio al ver al poderoso varón hacer lo que se suponía que debía hacer hace tantos meses: guiarnos.
La tensión en el aire es tan feroz que la siento presionando mi piel, y crece con cada latido que pasa.
Cuando llega a lo que parece un punto de ruptura, River vuelve a alzar la voz.
—La Guardia Nocturna, y su líder Owalin, es un enemigo de mi reino, como lo es del vuestro.
Os ofrezco una alianza. Juntos, podemos hacer frente a Owalin y a la oscuridad que trae consigo.
La situación a la que nos enfrentamos es difícil, pero no insuperable, siempre que formemos un frente unificado.
Mi quinteto y yo estaremos en la biblioteca esperando vuestra decisión.
Girando sobre sus talones, River hace un gesto a los varones para que se levanten, pero me sujeta con una mano pesada en el hombro cuando empiezo a hacer lo mismo.
—Un asunto que atender antes de irnos —dice River, sus duros ojos grises aferrándome tan firmemente como su maldita mano—.
Leralynn de Slait. Hoy has perdido el control de tu magia, un accidente que ha destruido una parte vital de esta Academia y ha puesto en peligro cientos de vidas mortales. ¿Me equivoco?