40. Lera
LERA
L as palabras de River me oprimen el pecho.
Poderosa. De todas las palabras que River, el rey de todo un reino, podría haber usado para describirme, esa no era una de las que esperaba.
Deslizándome de su regazo, me pongo de pie entre sus muslos abiertos; el rostro de River se inclina un poco hacia arriba para mantener nuestras miradas clavadas. —¿Crees que soy poderosa?
River resopla suavemente, negando con la cabeza. —Estrellas, Leralynn. ¿Cómo es posible que aún no lo sepas?
—Pero…
—Podía sentir tu poder incluso cuando pensaba que eras una cadete —susurra—.
Incluso cuando no sabía quién eras, cuando no podía sentir nada del vínculo de pareja, sabía que podrías eclipsar el propio sol si te lo propusieras…
O, bueno, si tus emociones se lo propusieran.
—Sonríe con pesar—. Ya verás cuando tú seas responsable de alguien que podría destruir el universo por accidente.
Espero a que la mirada de River se deslice hacia mi vientre, y cuando no lo hace, me doy cuenta de que la referencia era para mí, no para los gemelos.
De hecho… Abro los ojos de par en par; las payasadas del patio se convierten de pronto en un recuerdo lejano.
River estaba inconsciente cuando el resto de nosotros sentimos los latidos.
Lo que significa que, además de despertarse para descubrir que el mundo mortal está al borde de la guerra, el varón aún no se ha enterado de que va a ser padre.
Genial.
Recomponiéndome, inspiro larga y tranquilizadoramente, llenando mis pulmones con el aroma a bosque y poder que emana del varón. Vale. Allá vamos. Levanto la barbilla. —River…
El varón me pone un dedo calloso en los labios.
—Me enamoré de ti cuando no sabía quién eras, Lera —susurra, sus ojos grises brillando con una desesperación desgarradora—.
Sin mis recuerdos, con todo a mi alrededor gritándome que debía mantenerme alejado, no pude evitarlo.
Eres dueña de mi alma. Siempre lo serás.
Le sujeto la muñeca, sintiendo el pulso acelerado latir contra la piel.
Mirando desde arriba, puedo ver la tensión que atenaza cada uno de los músculos de River, desde sus hombros increíblemente anchos y desnudos hasta los duros cuadrados de su abdomen y los pétreos cordones de sus muslos.
Cuando traga saliva, veo la agonía que se refleja en sus ojos, un terror desenfrenado a que lo que hizo en el patio —lo que tuvo que hacer en el patio— me hiciera marchar.
—River —digo, con voz suave—. River, no estoy enfadada contigo. Lo estuve, pero ya no. Hay algo que necesito decirte.
Se tensa, preparándose para un golpe. —Por favor, no lo hagas —susurra—. Por favor, no me dejes, Lera.
—No. —Me corrijo al ver que River se estremece—. Quiero decir, no, no voy a ir a ninguna parte. De ninguna manera. Es otra cosa. Y necesito que mantengas la calma. Y que no… — No te desmayes, ni te vuelvas salvaje, ni pierdas el juicio.
—Se acabó el tiempo. —La voz de Shade restalla entre River y yo mientras cruza la biblioteca—.
Lera y yo tenemos asuntos pendientes. —Solo tengo un momento para girarme y prepararme antes de que el varón esté frente a mí, agarrándome por los hombros, con los ojos dorados encendidos.
Sus músculos están tan tensos que parece que apenas ha respirado desde que salí de la biblioteca hace quince minutos—.
Vuelve a hacer una jugarreta como esa y te pondré un bozal.
—Quieto. —River se pone en pie de inmediato, con los labios retirados para mostrar los caninos.
De pie entre los dos varones, pongo una mano en el pecho de cada uno, empujando a River para que vuelva a sentarse en su silla mientras obligo a Shade a dar un paso atrás.
—No necesito ayuda para lidiar con este idiota, River —digo, girándome para encarar al cambiante, con la sangre encendida—.
Vuelve a hablarme de esa manera y te arrancaré las pelotas y se las daré de comer al primer cerdo que encuentre.
—¿Crees que soy yo el problema aquí? —pregunta Shade.
Dejando a River donde está, pellizco el brazo de Shade justo por encima del codo y tiro de él hacia el fondo de la biblioteca; Tye y Coal se apartan de mi camino sin decir una palabra.
El alto techo abovedado hace que incluso el suave susurro de las páginas al pasar parezca grandioso y sombrío.
Pero también hace que pueda oír cada sonido irritantemente magnificado: la rápida respiración de Shade a mi espalda, la pluma de Gavriel rasgando el papel en algún escritorio privado entre las estanterías, unos pequeños chirridos mientras el gato de Arisha, Minion, tortura a otro ratón.
Me pregunto adónde habrá ido Arisha para que Gavriel no la haya encontrado, qué podría resultarle a la chica más interesante que conspirar contra Owalin.
Un repentino estruendo de un trueno es tan fuerte en el silencio de rasguños y chirridos que doy un brinco, y luego tiro más fuerte del brazo de Shade para intentar disimularlo.
El tsunami de emociones que me golpea a cada paso me oscurece los bordes de la visión; el latido del pulso de Shade bajo mis dedos es como un golpeteo contra mi alma.
Nada de esto debía ser así. Al igual que la actuación de River en el patio, es una maldita burla de todas las veces que imaginé el regreso de los recuerdos de Shade, el varón rodeándome con sus musculosos brazos, sus labios de terciopelo rozando los míos. Y es una maldita injusticia.
Tras dar muchas vueltas por largos y estrechos pasillos, llegamos a un rincón de lectura que Arisha me enseñó una vez, en la esquina más alejada de la vasta biblioteca: lo más parecido a la privacidad que podemos conseguir sin salir fuera.
Unas altas estanterías semicirculares rodean un espacio cubierto de cojines en el suelo, con una única ventana curva recortada en el centro de las estanterías que proyecta luz para leer, aunque con la tormenta que se avecina, bien podría ser el crepúsculo aquí dentro.
Empujo al varón contra la pared. —¿Quieres decirme qué demonios te pasa, en nombre de todas las estrellas? —pregunto, apretando los dedos en la carne de Shade, mi tono duro es lo único que puedo hacer para luchar contra el escozor de mis ojos.
Shade me mira, a mí y a mi agarre en su brazo, con su mirada dorada, normalmente expresiva, tan indescifrable como la de River.
Su pecho desnudo sube y baja con respiraciones profundas y uniformes, cada intrincada línea de músculo proyectando sombras en la penumbra, un brillo de sudor reluciendo en sus abdominales a pesar del aire que se enfría rápidamente.
Unas líneas de tensión se extienden desde las comisuras de sus ojos.
Si no lo conociera, pensaría que me ha dejado empujarlo contra la pared porque necesita su apoyo para mantenerse en pie.
Sin embargo, dado que hace un momento ha amenazado con ponerme un bozal , no voy a subestimar al varón ni por un momento.
—¿Y bien? —le apuro, dándome cuenta de que Shade todavía no ha respondido a mi pregunta.
—He recordado quién soy —dice.
—¿Y ha ido algo mal en ese proceso? —Aún agarrando el codo de Shade, presiono la otra mano contra su esternón, enseñando mis caninos—. Porque el Shade que yo conocía era un varón razonable y amable, no un coyote cabezota que quiere conseguir lo que quiere a base de empujar, mear y gruñir.
La frente de Shade se crispa ante mi agarre, un atisbo de ironía destella antes de desaparecer tras esa maldita máscara de fría determinación.
—Lo que soy, cachorra, es un lobo. Y un guerrero.
Uno que te dejó desprotegida durante demasiados meses.
Eso se acaba ahora, te guste o no. Ya te lo he dicho antes, cuando tengo que elegir entre mantenerte feliz y mantenerte a salvo, lo segundo ganará siempre.
Me importa una mierda si te gusta esa respuesta.
Un calor hierve mi sangre; el tañido de la campana de la torre de la fortaleza me recuerda el poco tiempo que tenemos antes de que la gente muera.
—Así que puedo añadir mi felicidad a la larga lista de cosas que ya no te importan una mierda.
—Con un esfuerzo tan grande como encararme a Coal, reprimo el torrente de violencia que me recorre y me obligo a intentar razonar—.
De acuerdo, Shade. Vamos a analizarlo. Dos docenas de fae de la Guardia Nocturna tienen como rehenes a la mitad de los reyes del continente.
La magia campa a sus anchas en el mundo mortal.
¿Qué es exactamente lo que imaginas que pasaría ahora si te salieras con la tuya?
—Nos vamos a casa —dice Shade—. Una vez que esté seguro de que River está estable y de que podemos sacarte de aquí a salvo.
—¿Quieres abandonarlos? —Las palabras suenan extrañas en mi lengua—. A los humanos. ¿Quieres olvidar que estábamos aquí en una misión, que la Guardia Nocturna tiene a sus reyes como rehenes, y escabullirte por la puerta de atrás?
—No quiero abandonar a nadie —gruñe Shade, y finalmente agarra la mano con la que le sujeto el codo y se libra de mi agarre—.
¡Pero ya lo he hecho. No hay vuelta atrás en lo que he hecho!
—El pecho de Shade se agita como si acabara de correr kilómetros, sus pómulos y mandíbula tensos son afilados como cuchillas en las sombras, su largo pelo negro le da a su belleza un toque salvaje.
Su nuez sube y baja—. Ahora solo puedo intentar contener los daños.
Protegerte a ti y a los cachorros por encima de todo.
—Tú… —Me detengo, algo en las palabras de Shade se me queda clavado en el pecho.
Frunciendo el ceño, estudio su rostro tenso, las líneas que antes había confundido con fatiga ahora parecen más bien un profundo dolor.
Bajo la tersa piel bronceada, los músculos de Shade están tan tensos que es un milagro que el varón pueda moverse.
Ladeo la cabeza, atrapando su mirada antes de que pueda desviarse—.
¿A qué te refieres con lo que ya has hecho?
Shade se estremece.
Se me oprime el pecho. —¿Qué hiciste, Shade?