32. Lera #2
Al ver a River a mi lado, Rabbit se escabulle entre las estanterías.
—¡Leralynn! ¿Dónde te habías metido? ¿Está Arisha contigo?
—Saliendo cojeando de una hilera de estanterías, Gavriel recorre el suelo de la biblioteca, cojeando al ritmo de su propia e inconexa cadencia.
Su escaso pelo castaño apunta en todas direcciones—.
Primero, la arena se incendia; luego, Rabbit aparece con Shade, que se comporta de una forma tan demencial que Tye casi se queda sin garganta antes de encerrar a la bestia en el armario.
Mientras tanto, Coal regresa con cara de muerto, y los dos varones salen corriendo a buscarte…
—Gavriel deja de hablar, al parecer dándose cuenta por fin de la presencia de River…
y de mis frenéticos gestos con el brazo detrás de él.
Los ojos del bibliotecario se abren de par en par.
Se estira la túnica con un tirón nervioso y le hace una pequeña reverencia al comandante—.
Buenas tardes, señor. ¿Hay algo en lo que pueda ayudarle?
He sacado el texto más fidedigno que tenemos sobre la teoría de la gestión de crisis, que estoy seguro de que sería de gran ayuda.
Si me permitiera destacar varios pasajes de…
—Está bien, gracias. —River se sienta lentamente en una silla mientras yo llamo a Rabbit y lo envío —con bollo y todo— a buscar a los otros varones y a Arisha, a quien esperaba encontrar aquí.
Frotándose la cara, River se vuelve hacia Gavriel; sus ojos grises se concentran con esfuerzo—.
¿Ha dicho que Shade está en el armario? —River se sacude como si no estuviera seguro de si es su cerebro o el de Gavriel el que se ha vuelto confuso—.
Si pudiera hacerlo salir, necesito su ayuda.
Como si hubiera oído la conversación, se escucha un gruñido grave en la parte de atrás de la biblioteca, seguido por el sonido de un cuerpo corpulento lanzándose contra una puerta.
Agarrando a Gavriel del brazo, lo arrastro al otro lado de la habitación, lejos de River. —¿Me estás diciendo que Shade no ha cambiado de forma y ha girado el pomo en todo este tiempo?
—Sí. —Gavriel se ajusta las gafas—. Y te recomiendo encarecidamente que lo mantengas ahí dentro hasta que lo haga.
—No tengo tiempo para esperar a que a Shade le apetezca, Gavriel.
—De alguna manera, a pesar del pequeño ejército de inmortales que ahora retiene como rehenes a la mitad de la realeza del continente, no tenemos uno, sino dos desastres más que se anteponen al problema principal.
Caminando hacia el armario de los gruñidos, respiro hondo para calmar mis nervios deshilachados y abro la puerta para encontrarme con noventa kilos de lobo gris irritado.
Las patas de Shade aterrizan en mis hombros con fuerza suficiente para que me tambalee contra la estantería que tengo detrás.
Gavriel jadea mientras unos preciosos volúmenes caen en cascada al suelo.
Apenas me he recuperado cuando el lobo me mete el hocico en el abdomen, al parecer olfateando en busca de heridas, antes de apartarse para gruñirle al desastre recién creado, no fuera que a los antiguos tomos se les metiera entre las páginas agredirnos.
Más allá de los altos ventanales del otro lado de la biblioteca, el patio bulle de guardias y mensajeros; la noticia del ataque al Gran Salón se extiende por la ya chamuscada Academia.
Al ver la mata de pelo rojo de Tye alzarse sobre la multitud y moverse hacia nosotros, me permito saborear un impresionante momento de alivio antes de volver al monstruo que tengo entre manos.
Un compañero de quinto a salvo. Quedan tres.
—Shade. —Inclinándome para poner mi cara a la altura de la del lobo, miro los ojos dorados del depredador.
No tengo tiempo para preocuparme por lo que River pensará de esto.
Él no tiene tiempo—. Transfórmate. Ahora.
River está herido y necesita tu ayuda. —Me muerdo el labio, al recordar un pequeño detalle que me escuece.
A pesar del regreso de nuestra magia, la forma fae de Shade seguirá bajo el velo del amuleto; el sanador no será consciente de su propio poder.
Tomo aire. Shade es Shade. Ya se le ocurrirá algo. Tiene que hacerlo. Porque se nos han acabado las opciones. En cuanto se transforme.
El lobo me parpadea con incomprensión y rodea mis piernas como un tiburón de tierra firme.
Espero, dándole a Shade la oportunidad de procesar mis palabras. De oler el dolor y la sangre que impregnan el aroma de River. De sentir esa sensación corrosiva en lo más profundo de su alma que le advierte de que un compañero de quinto está en peligro.
Nada.
Agarrándole el hocico, obligo a Shade a fijar su atención en el lugar donde River está sentado en una silla, con las manos apoyadas en las rodillas como si fuera todo lo que puede hacer para mantenerse erguido.
El sudor le recorre el fuerte ángulo de la mandíbula, las venas de su cuello, gruesas y palpitantes, mientras me observa con total confusión.
Tiene la piel gris y pegajosa, y la respiración cada vez más dificultosa.
Si le alarma oírme llamar «Shade» a un lobo enorme, lo disimula bajo una neblina de dolor.
Todo mi ser anhela ir hacia él, pero sé que no soy yo a quien River necesita. —Shade, por favor. Por favor.
La mirada de Shade finalmente se dirige a River con aburrimiento lupino. Se libera de mi agarre, estira la espalda, eleva su tupida cola gris y… y da vueltas en un punto de la alfombra antes de tumbarse a mi lado con un suspiro de satisfacción.
No. No, no, no. Se me corta la respiración. —¿Shade? ¡Shade!
—¿Le has puesto Shade a tu perro? —pregunta River arrastrando un poco las palabras—. Es… —Se detiene, mirando hacia la ventana de la biblioteca que da al patio, como si observar a la gente pasar a toda prisa fuera de repente la tarea más importante del mundo.
—¿River? —pregunto.
No hay respuesta, aunque las manos del varón se aprietan en un agarre de nudillos blancos en el borde de una mesa cercana. Cuando repito su nombre, River vuelve lentamente su hermoso rostro lleno de dolor hacia mí, su piel cenicienta como la niebla.
—Leralynn, yo… —su voz se apaga mientras se tambalea en la silla, perdiendo la lucha por la conciencia a mitad de la frase, y se desliza al suelo.