La Campana de la Verdad (Power of Five 7) 32. Lera
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32. Lera

LERA

— N o puede estar hablando en serio —susurro, mientras la sangre me late con fuerza en las sienes.

Todo mi cuerpo me pide que salga corriendo y ataque al varón al que hemos venido a detener, que está ahí de pie, al descubierto, tan cerca que puedo verle las uñas largas y delicadamente pintadas.

—Pues lo está fingiendo de maravilla. —River me toca el brazo—. Sean cuales sean los pensamientos impulsivos que se te acaban de cruzar por la cabeza, frénalos antes de que consigas que te maten a ti y a muchos más.

—Pero él…

—Owalin tiene rehenes, Leralynn. Cualquier amenaza a su posición acabará con sus muertes.

Aún no ha cubierto las ventanas porque quiere que todo el mundo fuera sepa lo que está pasando, y las muertes que habrá si alguien intenta un rescate.

Puede que no sepa que tú y yo estamos observando, pero está apostando a que alguien lo está.

Abajo, en el Gran Salón, Owalin camina en un pequeño círculo mientras su túnica roja roza con elegancia el suelo de mármol y los rehenes se apartan de su camino.

Ahora cuento dos docenas de inmortales y otros tantos humanos aliados —todos todavía con el uniforme de sirvientes de la Academia— apostados por el Gran Salón.

Cincuenta captores para unos trescientos rehenes, seis de ellos reyes, cuyas miradas ahora saltan de unos a otros y a sus propias familias.

El hedor a terror y a triunfo impregna el aire con tal intensidad que consigue colarse por las grietas hasta la polvorienta antecámara en la que nos encontramos River y yo.

River saca un cuchillo de la bota, lo introduce en la rendija que hay bajo la puerta y la bloquea.

Asiento. Como el pasadizo de los sirvientes está diseñado para mimetizarse con la decoración, los fae que ahora patrullan el entresuelo aún no le han prestado atención; y, si lo hacen, encontrarlo cerrado debería disuadirlos aún más de investigar, salvo quizá para que un arquero vigile y se asegure de que nadie entre.

No es que alguien lo bastante estúpido como para entrar por aquí tenga muchas posibilidades de sobrevivir al encuentro en el entresuelo.

—¿Alguna idea? —le pregunto a River.

Levanta un dedo para que guarde silencio, con la atención fija en la mirilla. Un comandante que inspecciona el campo de batalla con serena intensidad. Una situación que me parecería mucho mejor si dicho comandante no se tambaleara sobre sus pies a causa de una herida a medio curar.

Echándose la capa por detrás de los hombros, Owalin se ajusta los gemelos de su camisa de seda negra, y el pequeño movimiento hipnotiza a los rehenes y los sume en un silencio aún más profundo.

—Antes de que a nadie se le ocurra una estupidez, pueden estar seguros de que descubrirán que todas las salidas del Gran Salón están ahora bloqueadas, con guerreros fae listos para silenciar a cualquier imbécil que decida poner a prueba mi palabra.

De hecho, cualquier señal de desobediencia o rebelión será castigada con la selección de un objetivo al azar por parte de los arqueros del entresuelo.

—Owalin chasquea los dedos y una flecha baja silbando hacia la multitud, la punta se entierra en el ojo del hombre que aún gimoteaba bajo el aplastante peso del candelabro caído.

El hombre grita una vez y luego se queda flácido, la sangre le corre por la cara mientras varios de los rehenes vomitan en el suelo.

Owalin arruga la nariz antes de volver a hablar. —Como pueden observar, a todos nos interesa resolver nuestros asuntos de forma civilizada y rápida. A menos que me obliguen a ello, no tengo intención de hacer daño a ninguno de mis leales súbditos.

Trago saliva. Cincuenta captores, al menos dos docenas de ellos fae; los demás, humanos reclutados.

Quizá más, si no confiamos en que Owalin revele el alcance total de sus fuerzas.

¿Por qué iba a sorprenderme? Owalin lleva meses, si no años, planeando este golpe de Estado: experimentando con la magia, trayendo fuerzas desde Lunos.

—Y bien —continúa Owalin amistosamente—, organicémonos. Todos los miembros de la realeza a la derecha, por favor. Las bestias inferiores a la izquierda. Maestro Han, un poco de ayuda, si es tan amable.

Acercándose a Owalin, Han —cuyas orejas son ahora tan puntiagudas como las de su señor— agarra del brazo a una chica que parece una versión más joven de Katita y la lanza contra la pared cubierta de frescos.

La joven princesa choca contra el arpa pintada con un grito ahogado; uno mucho mayor procede de su padre, el rey Zenith, que corre hacia ella.

Apoyo la frente en la fría piedra, esperando que mi agarre a la áspera pared impida que River note mi temblor. No sé en qué estaba pensando al imaginar que podría proteger el mundo mortal de la Guardia de la Noche.

—Hora de irse —me dice River, tambaleándose ligeramente al apartarse de la mirilla—. Poco más podemos averiguar desde aquí.

A pesar de que la herida ya no sangra, los movimientos del varón son forzados, sus músculos fibrosos están tensos y brillan bajo una fina capa de sudor. Se agacha y se pone el abrigo que se había quitado; sus ojos, algo vidriosos, ya examinan las escaleras.

Entre la magia, el instinto y la pura cabezonería, es posible que River pueda seguir moviéndose, pero no por mucho tiempo. No sin ayuda.

—Tienes que quedarte aquí. —Agarro al varón del brazo—. Te he parado la hemorragia, pero nada más. Espera aquí mientras voy a buscar ayuda.

River aparta mi mano con suavidad y niega con la cabeza, su rostro pálido y sombrío, duro como la piedra. —Tengo que bajar antes de que alguien de cualquiera de los dos bandos consiga que nos maten a todos —dice, forcejeando con el abrigo de lana roja.

Abro la boca para discutir, pero luego me lo pienso mejor y le cojo el abrigo para deslizarle las mangas por la pálida piel, cubriendo los vendajes improvisados.

No voy a conseguir retener a River aquí.

Si el idiota quiere una chaqueta, que se la ponga.

Puede tener lo que quiera con tal de que lo llevemos con Shade.

—Iremos a… —voy a decir la enfermería, pero rectifico—.

A la biblioteca. Traeré a Shade para que te atienda allí. ¿De acuerdo?

Un nudo en mi estómago se deshace cuando el varón asiente.

Sin esperar permiso, paso el brazo libre de River por mis hombros, sujetándolo tanto como me permite, que es hasta el pequeño rellano por el que entramos.

Aunque los escalones siguen bajando hacia la oscuridad de la fortaleza, River niega con la cabeza.

—Se supone que este pasadizo conecta con las cocinas y las bodegas del nivel inferior, pero las obras han bloqueado esa salida. Solo podemos salir al pasillo principal, por donde hemos entrado.

En otras palabras, River sabía que no había escapatoria cuando me trajo aquí.

Sin decir nada, cojo mi amuleto y me lo vuelvo a poner mientras River abre la puerta.

Ambos escuchamos lo que ocurre en el pasillo de fuera.

El ruido de pisadas y de gritos contradictorios de guardias y sirvientes que corren de un lado a otro intentando entender el caos hace que River suspire profundamente.

Su mano se cierra sobre la mía mientras me preparo para abrir la puerta.

El calor de su palma callosa se filtra a través de mi piel.

Me acaricia. Por un momento, el mundo deja de importar, el simple contacto eclipsa el caos.

Entonces River respira hondo y asiente, saliendo al descubierto como el rey —o el subdirector— que es. Alto. Confiado. Sin prisas.

Y gira en la dirección opuesta a la que habíamos acordado.

Parando a un sargento tras otro en plena carrera, River pregunta por los informes de bajas, da órdenes para establecer un perímetro de guardia y zonas de concentración, y jura que azotará a cualquiera que siquiera piense en organizar un asalto precipitado al Gran Salón.

—Esto no es un campo de batalla, es una toma de rehenes.

—River clava los dedos en el brazo de un joven oficial que lo mira con escepticismo—.

No solo te jugarás tu vida si te precipitas ahí dentro.

Serán las vidas de la realeza y de los inocentes que la Guardia de la Noche retiene.

—¿Así que quiere que no hagamos nada? —El joven levanta la barbilla en señal de desafío.

Agarrando el uniforme del oficial, River lo estampa contra un árbol cercano.

—Lo que tiene que hacer es seguir mis órdenes.

—La gélida voz de River hace que los brazos levantados del oficial caigan a sus costados—.

Establezca un perímetro completo. Consígame los planos de cada uno de los pasadizos de la fortaleza.

Un recuento completo de cada persona que creemos que está ahí dentro.

Quiero saber hasta cuántas malditas manzanas tienen para comer y cuántas sillas para sentarse.

Y si no está todo en una sala de mando para mí cuando termine de ocuparme de un asunto menor, no espere volver a lucir las hombreras de oficial. ¿He sido claro?

«Intentar no morirse no es un asunto menor, River», murmuro para mis adentros mientras el varón da otra palmada en el hombro y emite una quinta orden sobre los puestos de guardia.

Cada hombre y cada mujer con los que River habla reanuda la marcha con un paso más tranquilo, como si el aura de confianza del varón contagiara la suya propia.

No es hasta que River comprueba personalmente que las llamas ya no consumen la arena y observa su propio reflejo, espantosamente pálido, en uno de los espejos de la fortaleza, cuando consigo empujarlo a la biblioteca, donde el alegre tintineo de las campanillas contrasta por completo con el mundo exterior.

—¿Gavriel? ¿Arisha? —llamo, aliviada al ver a Rabbit acurrucado y a salvo en un gran sillón, a salvo salvo por unos pocos arañazos en los brazos —probablemente de los dientes de Shade al sacarlo—, aplicándose con esmero a un bollo con mantequilla.

Arena en llamas o no, el chico sabe cuáles son sus prioridades.