La Campana de la Verdad (Power of Five 7) 31. Lera
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31. Lera

LERA

—¡ R iver! —Le paso el brazo por la cintura al fae y lo ayudo a sentarse en el suelo de piedra—. ¿Qué...? No, olvida el qué. ¿Dónde?

River se pelea con los botones de su chaqueta.

Le aparto las manos, desabrocho las piezas de metal pulido a través de la gruesa tela y le quito la chaqueta rojo real de los musculosos hombros.

Se me tensa la mandíbula cuando, en lugar de una camisa, descubro el torso duro y desnudo del fae envuelto en vendajes improvisados.

Unos vendajes completamente empapados de sangre fresca.

—¡Lo sabías! —le siseo, viendo mi propia expresión furiosa reflejada en sus ojos grises—. Sabías que estabas herido. De gravedad.

—Estaba allí cuando ocurrió, así que sí.

—River aprieta los dientes, con la piel cada vez más fría y pegajosa a cada latido.

Se frota la cara con las manos—. El prisionero.

He ido a hablar con él esta mañana. Y entonces me he encontrado con el fae llamado Owalin. No ha terminado tan bien como esperaba.

River descubrió a los fae de la Guardia Nocturna en los terrenos de la Academia, lo apuñalaron y luego, al verme prenderle fuego a la arena, sacó sus propias conclusiones.

Y vino a detenerme, herido o no. Por desgracia, como nuestro encuentro no ha puesto mi vida en peligro, River sigue bajo el hechizo de velo del amuleto.

Aspiro el olor de su sangre y gruño. —¿Entiendo por qué has venido a por mí, pero por qué creíste que era buena idea que nos liáramos mientras estabas apuñalado?

—La verdad, no estaba pensando mucho en ese momento. Agh. —River gruñe de dolor cuando le despego los vendajes empapados para contemplar una herida abierta en su pectoral derecho que sangra a borbotones. Por cómo mana, estoy bastante segura de que la herida se ha vuelto a abrir hace poco.

Debería haberlo evitado. Debería haber olido la sangre de River y haberlo llevado de inmediato con Shade.

Pero mis instintos estaban demasiado distraídos con el propio fae: su ira, su rechazo.

Siento que mi mente quiere caer en una espiral de oscuridad, cubrirme la cabeza con las manos y esperar a que todo esto acabe.

Como en una irónica respuesta, la magia de mi interior se agita y el nexo del poder curativo de Shade percibe la oportunidad de escapar al mundo.

La reprimo. Con fuerza.

La curación es mucho más peligrosa que el fuego, ya que requiere no solo precisión y control, sino también el conocimiento de unas estructuras internas que no podría dibujar en una pizarra y mucho menos en mi mente.

Con la herida de River en el pecho, tan cerca de su corazón, una pizca de magia mal empleada podría matarlo con la misma facilidad que curarlo.

Y después de lo que acabo de hacer en la arena, no tengo ningún deseo de acercar mi magia ni a una vela.

.. y desde luego no a un compañero. Ya he causado suficiente daño.

Pero ahora la sangre se acumula bajo River, espesa y brillante, entumeciendo mi mente de pánico.

Me aprieto contra el suelo de piedra mientras respiro a través del rugido de la magia, hasta que el poder plateado se convierte en un pequeño goteo que recorre mi mano.

El corazón me martillea. —Para ser un comandante militar de leyenda, eres un completo idiota.

Una de las cejas de River se alza en señal de reconocimiento. Incluso pálido y demacrado por el dolor, el fae es hermoso. Injustamente hermoso.

Coloco la palma de la mano sobre la herida sangrante y dejo que la magia gotee dentro como si llenara el corte con gotas de cera derretida.

River se estremece con cada toque, su rostro aún más pálido, pero no intenta apartarse ni me pide que pare mientras la carne se une con una lentitud agónica.

No sé cómo puede soportarlo Shade, herir a la gente que quiere cuando los cura.

—Qué oportuno. —River sonríe débilmente cuando me aparto. La herida está en carne viva, pero ya no se desangra—. Gracias.

Niego con la cabeza. —Solo he detenido la hemorragia. Tenemos que traer a un sanador. A Shade. —Rasgo el bajo de mi vestido y lo envuelvo con fuerza sobre la herida como refuerzo de mi apaño. River hace una mueca cuando aprieto la tela—. ¿Estarás bien mientras voy a por él?

Apoyando una mano en la pared, se pone en pie. —Necesito mi chaqueta. No puedo salir con esta pinta. Y a la enfermería tampoco. Nadie puede saber que estoy herido. Debemos prepararnos para un ataque y no puedo dirigir la Academia desde el lecho de enfermo.

—Tampoco puedes hacerlo desde el lecho de muerte. Así que... —me interrumpo cuando el constante estruendo procedente del Gran Salón cambia sutilmente. La mirada de River, de repente alerta, me dice que él también ha oído la diferencia.

Apretándole el hombro una vez, me apresuro hacia la rendija cercana a la puerta y miro hacia fuera.

El entresuelo está como antes y, abajo, el Gran Salón está ahora abarrotado de invitados que disfrutan del festín de comida y vino que los sirvientes han sacado mientras River y yo estábamos ocupados.

En general, los invitados más distinguidos de Sabio parecen relativamente ilesos; cuento media docena de reyes rodeados de sus familias, con un aspecto solo un poco contrariado y manchados de hollín.

Un alivio atronador me recorre ante la idea de que quizá mi recuento de heridos —o algo peor— no sea tan grande como temía.

Con otro rápido vistazo, confirmo que Coal, Tye y Shade no están entre ellos y parte de mi alivio se desvanece y da paso a la preocupación de nuevo.

¿Estará herido alguno de mis otros faes?

¿Mi fuego...? Estrellas. De todas las cosas que podrían darme náuseas en este momento, la ansiedad por la reacción de los guerreros de élite cuando descubran mi incompetencia detrás del incendio no debería estar en la lista. Pero lo está.

Una sección del salón está acordonada, los sanadores de la Academia —con la notable ausencia de Shade— atienden a los heridos.

Y luego está... Frunzo el ceño al ver un gran cuervo que sobrevuela a la ansiosa multitud, batiendo las alas mientras se posa en la barandilla del entresuelo, y sus plumas iridiscentes reflejan la luz de la lámpara de araña.

Más pájaros se unen al primero, entrando por las puertas abiertas del balcón.

Graznido, graznido. Las llamadas de los pájaros resuenan en las paredes, sus patas con garras se posan en los salientes mientras la gente del Gran Salón se calla con una creciente inquietud. Hay algo que no les cuadra. A mí tampoco.

River maldice, mirando hacia las escaleras. —Tengo que ir con los guardias. Esos pájaros...

Un destello de luz que atraviesa los ventanucos detiene a River en seco.

Parpadeando para recuperar la vista, me quedo boquiabierta al ver cómo un pájaro tras otro se transforma en un guerrero fae.

Cuatro. Ocho. Una docena. Más. Inmortales de todas las tallas y edades aterrizan suavemente en cuclillas en el suelo del Gran Salón, con espadas y arcos preparados, mientras la magia crepita en el aire en oleadas de poder.

Con sus elegantes armaduras negras, sus orejas puntiagudas y sus rostros tersos y hermosos, forman una visión aterradora que siembra el pánico entre los invitados y los sirvientes.

Con sus gritos y alaridos resonando contra el alto techo de vigas, los humanos se abalanzan en estampida hacia la puerta del Gran Salón, aplastándose contra ella como hicieron en la arena, pero esta vez, la puerta no se abre. Se oyen gritos de dolor de los que están delante.

Entre todo esto, mis oídos inmortales captan una voz profunda y tranquila de algún lugar en medio de la multitud.

—Su atención, por favor —dice el que habla, sin hacer ningún esfuerzo por hacerse oír por encima del pandemonio.

Nadie parece oír la voz; los hombres más fuertes intentan ahora abrir la puerta del salón a empellones, que debe de estar atrancada por el otro lado o cerrada con magia.

—He dicho que os calléis —repite la voz casi con amabilidad, y sus palabras se ahogan entre los gritos de los humanos.

—Leralynn. —El tono de horror en la voz de River me hace buscar la fuente en el Gran Salón, para descubrir pequeñas llamas danzando a lo largo de las gruesas cuerdas que conectan un candelabro de hierro del tamaño de un hombre con el alto techo del salón.

Los hilos de la cuerda crepitan al ser consumidos, chasquido a chasquido.

Siento que el pecho me oprime las costillas.

Pero no puedo hacer otra cosa que mirar, paralizada, mientras la última atadura que sujetaba la gran construcción de metal se parte en dos y la libera del techo.

Los invitados se apartan de la trayectoria del candelabro, pero las gruesas bandas de hierro aplastan a dos hombres que no pudieron apartarse a tiempo.

El crujido de los huesos me sube la bilis a la garganta.

El grito de agonía de las víctimas resulta tan eficaz para llamar la atención del salón como la propia caída del candelabro.

Caminando hacia los restos, un fae alto con una larga túnica rojo sangre aparta los escombros de su camino a patadas.

Su largo pelo rubio platino le cae por la espalda en una elaborada trenza, resaltando una frente alta y unos ojos azules casi tan penetrantes como los de Coal.

.. y mucho más terroríficos en su desapegado disfrute de la escena que tiene ante sí.

A la luz del sol que entra por las ventanas, las orejas enjoyadas del fae son una clara señal de su inmortalidad.

Como lo son las chispas de fuego que danzan como luciérnagas en sus manos.

—Silencio —ordena el fae, esta vez con resultados inmediatos—.

Mejor. Si hacen falta unos cuantos gritos de agonía cada vez que reclame vuestra atención, será un precio módico a pagar.

—Se detiene frente a una joven yulti acurrucada, la estudia como si hubiera visto una criatura exótica en el bosque y luego sigue caminando entre la multitud hasta situarse en las escaleras que conducen al entresuelo—.

Bien, permitidme que me presente. Soy Owalin, vuestro futuro emperador continental.

—Owalin espera varios latidos para dejar que la noticia cale antes de sonreír benévolamente—.

Os despediré del Gran Salón por reinos..

. tan pronto como cada trono me sea cedido por escrito.