30. Lera
LERA
L a áspera lana del abrigo de River me raspa la mejilla mientras aprieto la cara contra su poderoso hombro, aferrándome a él con fuerza mientras sus caderas golpean las mías a un ritmo furioso y electrizante.
Con una respiración entrecortada, lleno mis aguzados sentidos feéricos con el aroma a bosque de River.
Ahora que me he quitado el amuleto por primera vez en su presencia —y con el vínculo de apareamiento retorciéndose en mis venas con toda su fuerza—, River se ha vuelto abrumador, llevando mi hambre por él al frenesí.
Mientras la gruesa cabeza de su polla se desliza sobre mis pliegues internos, el creciente crecendo de la sensación sube y sube, y se detiene justo antes de llevarme al límite. Otra vez. Aprieto los dientes.
Embestida. Embestida. Embestida.
Fuera de estas paredes, la vida en la Academia sigue su curso.
Los sirvientes maldicen al encontrar la puerta de esta escalera cerrada con llave y buscan otro camino para llevar los refrescos al Gran Salón.
Cada traqueteo de la cerradura en el piso de abajo aviva mi excitación y hace que se me encojan los dedos de los pies.
Hundo la cara en el cuello de River para ahogar mejor mis gemidos…
y le clavo los dientes en la piel. Probándolo… y animándolo a que me dé lo que quiero.
River ruge y embiste con más fuerza, agarrándome el trasero con tanta fuerza que sé que me dejará moratones.
Su erecto miembro me llena de una sensación que se dispara desde mi sexo hasta mis doloridos pechos, cuyos pezones fruncidos rozan la suave seda de mi vestido.
Como si me leyera la mente, River cambia de postura para sujetarme con una mano y utiliza la otra para bajarme la parte delantera del vestido hasta que mis pechos se derraman fuera.
Desliza la palma de la mano sobre un pezón dolorido, de un lado a otro, haciéndome jadear y apretarme contra él.
Tan, tan cerca. Estrellas. Estoy a un suspiro de suplicar. Más. Necesito más. Más rápido.
Y el cabrón lo sabe.
Por el palpitar de su polla dentro de mí, ella es de la misma opinión.
Echándose hacia atrás, River vuelve a penetrarme, enviando oleadas de placer fundido a través de mi sexo. Me hormiguean las manos, mis uñas se clavan en el abrigo de lana que cubre la poderosa espalda del macho.
Apartando mi cabeza de su cuello, River me toma la boca mientras continúa masajeándome los pechos y embistiéndome.
Profundo y duro, arrasando conmigo por arriba y por abajo hasta que no puedo hacer otra cosa que recibir lo que me da.
Lo cual debería molestarme, pero en cambio magnifica cada sensación.
La humedad que fluye de mí, la traición definitiva de mi cuerpo a mi mente, no deja lugar a dudas del efecto que River está teniendo en mí. Y… y quizá no esté tan mal.
Mientras la lengua de River recorre mi boca con otra potente pasada, me rindo a él.
Me permito concentrarme en la conexión, en su deslizamiento dentro de mí que llena un vacío.
Puedes tener mis verdades, River. Puedes tenerme entera.
Se me llenan los ojos de lágrimas al darme cuenta de lo mucho que he echado de menos esto.
La confianza. La franqueza. El apareamiento que hace que mi cuerpo exulte en respuesta a las magistrales embestidas de River.
River raspa la parte superior de sus dientes a lo largo de mi labio, dejando un rastro de dolor hormigueante que se transforma en placer ardiente. Un momento después, el dedo que River usaba para provocar los lados de mi ápice traza un círculo firme directamente sobre él.
—Ahora, Lera —ordena.
Mi cuerpo se contrae, la ola de placer que asciende por mi interior se extiende desde mi ápice.
Más y más, hasta que cada músculo se contrae en una mezcla de placer y dolor incontrolables que me hace tener espasmos alrededor de la gran polla de River con una intensidad vertiginosa.
El mundo parpadea, las olas espasmódicas arañan mis entrañas una y otra y otra vez hasta que quedo como una muñeca de trapo en los brazos del macho.
La cabeza me da vueltas mientras la habitación se solidifica de nuevo a mi alrededor; abajo vuelve el zumbido preocupado de los sirvientes y mi respiración es corta y rápida.
Una gota de sudor se desliza por mi cuello antes de gotear impertinentemente entre mis pechos.
Por primera vez, siento la fría piedra del muro contra mi espalda.
Siento las caderas calientes y poderosas del macho que todavía agarro con mis muslos.
Su mano callosa bajo mi trasero desnudo.
Su polla todavía dentro de mí. Todavía palpitando.
Abro los ojos de par en par.
River sonríe con malicia, mostrando los dientes.
En el siguiente latido, el macho se retira y vuelve a clavarse en mí, su dedo resbaladizo entrando en mi agujero trasero en el mismo instante.
La doble sensación me recorre como una explosión, magnificando todo lo anterior.
Jadeo desesperadamente, una y otra vez, cayendo en el abismo del placer sin poder elegir.
River gime. Al sentir su calor derramarse dentro de mí, las últimas fuerzas me abandonan.
Mi sexo pulsa con las réplicas de las contracciones, las pequeñas descargas de energía a lo largo de mis nervios que me hacen temblar en sus brazos, y nos dejamos caer al suelo juntos, con mi cabeza en el pecho de River.
Estrellas. Oh, malditas estrellas.
Me levanto y me apoyo sobre River, trazando su fuerte mandíbula, la incipiente barba rascándome la piel. Las palabras que necesito decirle de nuevo me hormiguean en la lengua. Quizá ahora sí las oiga de verdad.
—Te quiero, River.
Las comisuras de la boca del macho se elevan, sus ojos grises bailan con un placer febril que parece provenir tanto de mis palabras como de la liberación que acaba de encontrar. Levantando la mano, River traza con el pulgar la punta afilada de mi oreja izquierda.
—Leralynn. —Traga saliva y aprieta la mandíbula por un instante, antes de volver a centrarse solo en mí con un esfuerzo visible—.
Yo también te quiero. Nunca podría dejar de hacerlo.
No importa… —Vuelve a tragar saliva y cierra los ojos por un momento.
Ahora que ya no estamos en medio de una acción febril, la piel del macho parece pálida.
Y se está volviendo más pálida con cada latido.
—¿River? —Se me encoge el estómago—. River, ¿qué pasa?
Se sacude y me lanza esa mirada tranquilizadora y calmada que sé que ha perfeccionado a lo largo de los siglos.
—Aparte del hecho de que nos escondemos en un pasadizo de servicio mientras la mitad de la Academia está en llamas y un pequeño ejército de guerreros inmortales probablemente trama un ataque contra Great Falls…
—Me dedica una sonrisa torcida que no llega a reflejarse en sus preciosos ojos grises a pesar de un esfuerzo descomunal—. Aparte de eso, mi señora, todo va bien.
No, no, no es verdad.
Apartándome, examino a River con la mirada… y encuentro una gran mancha húmeda que empapa el pecho de su abrigo de lana. Roja, cobriza y creciendo ante mis ojos. Aquella sangre que olí en él antes y que descarté por no tener importancia.
—¿Hasta qué punto estás herido, River? —le exijo.
—Un arañazo profundo, nada más —dice…, y se dobla de dolor.