29. River
RIVER
R iver saltó con una velocidad de la que no se creía capaz y le estampó la mano a Leralynn contra la pared. El cuchillo cayó al suelo con un estrépito inofensivo. El costado le ardía, la herida era un pulso lejano ante la gravedad de lo que casi había ocurrido.
Apartó el cuchillo de una patada, agarró a Lera por la cintura y la alzó contra la piedra, dejando sus rostros a la misma altura. Su dulce aroma lo envolvió, teñido del áspero brillo metálico de la lucha y el miedo.
El pecho de Lera subía y bajaba con agitación y unas gotas de sudor le brillaban en las sienes mientras luchaba por alcanzar el cuchillo pese a la futilidad del esfuerzo.
A River le bastó una mirada profunda a la desesperación de sus ojos color chocolate para saber que no había estado jugando con él.
Había intentado de verdad clavarse el cuchillo en su propia carne, aunque estuviera muerta de miedo.
Un movimiento desesperado, de última oportunidad, hacia un fin que River no podía ni imaginar. Y eso lo volvía loco.
El aroma a lilas de Leralynn envolvió a River mientras los labios de él se contraían en un gruñido enfurecido que parecía más animal que humano. Su respiración se volvió una serie de jadeos cortos y superficiales que se hacían más desesperados cuanto más la miraba. Cuando la miraba de verdad.
Las orejas. Fue lo primero que vio. Unas delicadas puntas alargadas que pusieron a River duro con una sola mirada.
El rostro de Leralynn era el suyo, pero de algún modo aún más hermoso; los huesos ligeramente alargados, esculpidos con una perfección etérea; la piel, suave como el satén, casi nacarada.
El pelo de la muchacha se había soltado de la trenza y le caía en cascada sobre los hombros desnudos en mechones de un espeso castaño rojizo en los que los dedos de River anhelaban hundirse.
El vestido palabra de honor de Leralynn se había deslizado durante el forcejeo, dejando ver la parte superior de sus exuberantes pechos asomando por encima de la seda roja.
Y luego había algo más, un destello de poder que River más que ver, sintió. Al igual que sintió un poder dentro de sí mismo que despertaba en respuesta. Despertando su cuerpo a sensaciones más plenas. A la fuerza. A la necesidad.
River inhaló de nuevo; el aroma a lilas de la muchacha hizo que la sangre de sus venas rompiera a hervir.
Sobre todo cuando notó que ella también lo estaba absorbiendo a él, con la mirada tan intensa sobre sus facciones que, a pesar de lo que acababa de hacer, supo que no se daba por vencida con él. —¿Por qué no me odias? —exigió.
—Porque te quiero —susurró Leralynn.
El corazón de River retumbó como un trueno y el mareo amenazó con nublarle la vista. Ver esas palabras cruzar sus perfectos labios de fae era una tortura surrealista que le endureció cada músculo del cuerpo.
Las aletas de su nariz se dilataron delicadamente, como si pudiera oler la gota de humedad que River sabía que había en la punta de su polla congestionada, la cual —maldita fuera— parecía tener voluntad propia.
Ella entreabrió los labios y el aroma de su propia excitación recíproca se intensificó, aun cuando River la mantenía sujeta contra la pared.
Lo que solo hizo que su miembro palpitara con más fuerza, ahogando el dolor de su costado.
—River… —La voz musical de Leralynn sonó ronca y le rodeó el cuello con las manos.
—Silencio. —La orden salió en un gruñido que reflejaba el caos que la chica estaba desatando en su interior.
Iba a matarla por haber vuelto esa hoja contra sí misma.
Iba a empaquetarla y a arrojarla a algún lugar donde no pudiera hacer daño a nadie, y menos a sí misma. Iba a… Iba a besarla, maldita sea.
River apretó su boca contra la de Leralynn, cuyos labios se abrieron con avidez para dejarlo entrar. Estaba cálida, las puntas de sus colmillos alargados eran afilados piquitos que enviaban descargas de sensación desde la lengua de River hasta su miembro tenso, embriagándole los sentidos.
La lengua de River se deslizó entre sus labios, suavemente al principio, luego más profundo.
Más duro. Saqueando la boca que Leralynn le entregaba libremente mientras su mente por fin se aquietaba, suspendido este momento entre ellos más allá del tiempo.
Como si el tirón de una magia innegable hubiera tomado su alma como rehén.
Apartó la cabeza para tomar aire, mirando a Lera a la cara mientras la sujetaba contra la pared.
Tenía los labios rosados e hinchados, la piel sonrojada.
Sin el collar, sus ojos marrones eran aún más profundos y embriagadores, amenazando con ahogarlo por completo.
Todo su cuerpo temblaba de anhelo; el embriagador sabor de ella había desencadenado un nuevo nivel de deseo que hizo que sus caderas se presionaran hacia delante por voluntad propia, rozándose contra su monte de Venus.
Cuando Lera gimió suavemente, a River le costó todo su esfuerzo no aullar de deseo. Sí, más. Quería —necesitaba— más. Y, a juzgar por los ojos dilatados de la chica y el fuerte agarre de sus hombros, ella también.
Las uñas de Lera se clavaron en la casaca de River y él avanzó con brusquedad, alzando las piernas de la chica alrededor de sus caderas, a pesar de que su herida lanzó un grito de protesta.
El dolor lo hizo vacilar un instante antes de que su polla se impusiera a su sentido común; el cuerpo de Leralynn se sentía demasiado perfecto alrededor del suyo como para cambiar nada.
Sí, con los muslos de ella rodeándolo, a River no podía importarle menos cuánto le dolía la herida.
No le importaban los fuegos, ni los fae, ni el fin del mundo.
Y cuando deslizó la mano por debajo de su vestido y descubrió su combinación empapada de la misma espesa excitación que recorría su propio cuerpo, ya no hubo más pensamientos que dedicar a nada.
Apartando el dobladillo de la combinación de Lera, River pasó la mano entre sus pliegues húmedos, mientras las caderas de ella se apretaban contra su mano en una orden desesperada.
Cuando sus dedos alcanzaron el ápice, el pequeño botón ya hinchado y listo, sintió el gruñido retumbar en su pecho.
Mostrando los dientes, pasó la yema del dedo por el sensible punto, la carne tan lisa e hinchada que hizo que el pequeño cuerpo de Leralynn se estremeciera bajo su contacto.
—Cielos. —El jadeo desesperado de Lera fue sádicamente delicioso, resonando en el interior de River mientras se desabrochaba los botones con brusquedad.
Colocando la cabeza de su dura polla en la entrada de ella, River se enfundó en su interior de una sola estocada.
La chica gimió, apretando las piernas alrededor de sus caderas como un tornillo de banco.
Con una mano bajo el sedoso trasero de Lera, River se detuvo un instante para que la chica se adaptara a la intrusión, trazando el capuchón de su hinchado ápice con la mano libre.
—Más —gruñó Lera, su estrecho canal aferrándose a River, magnificando el palpitar de su miembro hasta que resonó por todo su cuerpo.
Se mordió el labio, respirando en pequeños jadeos mientras se movía bruscamente contra él, sus ojos marrones brillando al intentar deslizarse a lo largo de la polla de River.
Intentando hacer que empezara a bombear.
River enseñó los dientes, haciéndola esperar un latido más solo para tomar las riendas del control. Luego empezó a embestir, las estocadas profundas y poderosas, su miembro marcando su propio ritmo.
Lera enterró el rostro en el hombro de River, ahogando sus gemidos mientras él la penetraba, empujándola hacia el orgasmo que podía oler que se acercaba.
Una de sus manos se enredó bruscamente en su pelo, haciéndole jadear y bombear con más fuerza.
La excitación goteaba de su sexo lleno, pringándole las manos.
Su cuerpo temblaba, fuerte y vulnerable con él dentro de ella, donde podía sentir cada una de sus respuestas.
El placer en cada estocada, la frustración al retirarse, tentando su botón solo por un momento antes de empalarla de nuevo.
Sí, ya no había escondite para Leralynn. Ya no. Y River iba a dejárselo claro a ambos antes de que terminaran. Iba a dominar su cuerpo y su alma, dándoles a ambos el ajuste de cuentas que necesitaban.