La Campana de la Verdad (Power of Five 7) 28. Lera
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28. Lera

LERA

M iro a River con estupefacción. El hielo que se desliza por mi piel se transforma en un calor punzante.

Tengo la boca seca, el corazón me golpea las costillas, resonando por la pequeña cámara.

—¿Has perdido el juicio? —pronuncio cada palabra como si le hablara a alguien tardo de entendederas—.

Yo soy la que te ha estado diciendo sin parar que tienes un problema con la Guardia Nocturna.

¿Por qué iba a trabajar con la misma gente a la que he estado intentando detener abiertamente?

Un gruñido grave se escapa de los labios de River. —Te vi. Justo antes de que el estadio se incendiara.

—¿Haciendo qué? —alzo la voz, ahogando el clamor del Gran Salón de abajo.

—Haciendo magia —los dedos de River se flexionan a su lado, su voz nunca se eleva por encima de un murmullo peligroso—. Estabas enfadada. Extendiste las manos. Y provocaste el incendio.

—¡Estaba intentando evitar que Han asesinara a Tye a sangre fría!

—se me abren las fosas nasales, aspirando el almizcle de la antecámara con cada respiración—.

Quizá si le hubieras prestado atención a ese capullo en lugar de ir trotando por ahí haciéndole el trabajo a Sage, podrías haber atajado ese pequeño problema antes de que ocurriera.

He tocado un punto sensible. River se inclina sobre mí, sus dientes relucen mientras habla. —¿Entonces no niegas haber provocado el incendio?

Me pongo de puntillas, obligándolo a echarse hacia atrás, ocupando el aire entre nosotros con la misma eficacia que él. —Fue un accidente, no por orden de la Guardia Nocturna.

El fae retrocede, su rostro más pálido que hace un momento. El repentino silencio en la habitación es tan fuerte como un trueno. —Así que Zake me dijo la verdad. Eres fae.

River no había creído la afirmación de Coal y había ido a hablar con el propio Zake.

Exhalo en un bufido agudo, mis pensamientos se debaten entre la gratitud de que ninguna de las palabras de Zake activara el amuleto de River y la molestia por los detalles en los que el pomposo capullo inmortal decidió centrarse.

—¿Cómo hablas con Zake y te vas pensando que yo soy la fae por la que debes preocuparte?

¿O es que el inminente ataque de la Guardia Nocturna no salió en la puta conversación?

River gira la muñeca, deslizando un cuchillo de la manga a la palma de la mano. —Muéstrame tu verdadero ser, fae —escupe la última palabra como si fuera un insulto.

—¿Me estás sacando un cuchillo? —empujo a River en el pecho y me sorprendo tanto como él cuando tropieza hacia atrás hasta la pared que tiene detrás.

La sangre ruge con fuerza en mis oídos, toda la antecámara se siente tan caliente como un horno ardiente—.

¿De verdad crees, con una pizca de lógica, que estoy trabajando con la Guardia Nocturna?

—Creo que trabajas para tus propios fines, y siempre lo has hecho —gruñe River y se aparta de la pared para recuperar su postura de lucha en espiral. No puedo creer que hayamos llegado a esto, enfrentándonos como dos enemigos en un campo de batalla—. He dicho que me dejes verte.

Antes de tener tiempo de pensarlo dos veces, me llevo la mano a la nuca y abro el broche.

La temida reliquia cae al suelo de piedra con un agudo ting , y un peso se levanta de mis sentidos al instante.

A pesar de todo —el fuego, River, Zake—, mi cuerpo no puede evitar hacer una pausa para saborear sus primeras bocanadas sin el amuleto y sin las protecciones del mundo mortal.

El poder vibra en mis venas. En lo más profundo de mi ser, mi vínculo de apareamiento liberado pulsa junto con mi corazón, un vínculo que el velo de River no le permitirá sentir.

El que no querría, aunque se lo ofrecieran. —¿Contento? —pregunto.

River no responde.

De pie, congelado por primera vez desde que lo conozco, el fae simplemente me mira, su hermoso rostro al descubierto.

Su mirada se bebe mi cara, mis orejas y mi cuerpo con una reverencia normalmente reservada solo para las estrellas.

La primera bocanada de aire que inspira hace que su pecho se expanda contra su abrigo; su aroma limpio domina todos los demás en el espacio, aún más embriagador ahora sin mi amuleto.

Llevándose los dedos a los labios, River exhala lentamente, y el asombro que coloreaba su rostro hace solo unos momentos se derrite en algo diferente. Arrepentimiento.

—¿River? —le tiendo una mano.

—No —sus ojos se cierran como persianas y retrocede rápidamente, cambiando el agarre del cuchillo en su mano libre—. No me toques.

Me estremezco, dejando caer mi mano a un lado.

Un dolor que se retuerce en lo más profundo de mi alma se arrastra por mi cuerpo ahora sensible, magnificando cada pequeña forma en que el rechazo de River se clava en mi carne.

Mi barbilla se desplaza para señalar el arma que empuña. —¿Quieres matarme? —pregunto.

—¿Querer? Por las estrellas, no —los planos fuertes y lisos del rostro del fae están tan tensos que puedo ver los pequeños músculos crispándose a lo largo de su mandíbula y el brillo de plata acumulándose en sus párpados inferiores.

Traga saliva, su nuez sube y baja—. Pero tienes el poder y la voluntad de prenderle fuego a un estadio lleno de gente inocente, Leralynn —dice River en voz baja—.

Y cada historia que te inventas es una mentira.

He intentado todo lo que he podido, pero ya no hay más oportunidades.

No puedo correr más riesgos con la vida de tanta gente en juego.

Las lágrimas que asomaban a los ojos de River se derraman silenciosamente sobre su rostro cincelado, haciendo que me duela la garganta por mis propias lágrimas. Entonces sus palabras —y el cuchillo que aún sostiene en su mano— calan en mí, dejándome demasiado conmocionada para moverme.

—Debo detenerte —dice River.

El corazón me late con fuerza, el dolor se extiende por mi pecho y mis extremidades, dejándome sin aire.

Porque… porque quizá River tenga razón. Soy peligrosa.

No por malevolencia, sino por pura e incompetencia total.

Desde el momento en que rompí aquella tablilla rúnica que hizo que los faes absorbieran los amuletos del velo, hasta mis continuos fracasos para conseguir algún progreso en la protección de las salas o incluso en convencer a Sage de que detuviera las pruebas, hasta ahora, incendiando el estadio…

todo he sido yo. Soy el denominador común.

Echo un vistazo a la pared que nos separa del Gran Salón, donde ahora resuenan con más fuerza las voces asustadas de padres e hijos buscándose, gimiendo de miedo y dolor.

Yo también he hecho todo eso. Perdí el control de la magia a pesar de saber que había vuelto, todo mientras River contiene su propio poder por instinto.

Incluso Tye, que estaba en medio de una acrobacia cuando las protecciones fallaron, mantuvo sus llamas moviéndose con la precisión de los cortes de un bisturí.

River da otro paso hacia mí y, a pesar de su voz suave y sus mejillas húmedas, cada músculo de su cuerpo vibra de tensión. El guerrero que lleva dentro sabe que el instinto de una presa de luchar por su vida puede despertar en cualquier instante, por muy dócil que parezca.

Excepto que no tengo ninguna intención de luchar.

No porque no pueda —unas pocas palabras bien elegidas al amuleto de River lo harían aullar de un dolor tan grande que se volvería el cuchillo contra sí mismo antes de deslizarlo por mi garganta—, sino porque tal victoria dolería más que la derrota.

Porque no importa lo que haga mi compañero, no soporto volver la magia del amuleto contra él. No puedo herir a mi compañero.

Mis ojos se abren de par en par. No puedo herir a mi compañero.

Y creo que River tampoco puede hacerme daño a mí.

El férreo control de la magia del velo sobre los recuerdos de mis faes ha sobrevivido a todo lo que ha encontrado, excepto a una cosa: la creencia del fae de que mi vida corre peligro.

La memoria de Coal regresó cuando intentó defenderme del qoru nacido de pesadillas que creía real.

Tye solo superó la magia del amuleto cuando luchaba por llegar hasta mí en medio del ataque de Zake.

Incluso la efímera claridad que tuvo Shade en el bosque llegó justo después de que me apuñalaran; su magia —y su memoria— afloraron para protegerme.

La emoción despierta mi cuerpo, la magia eriza mi sangre mientras mis pensamientos encajan los hechos. Si lo único más fuerte que la magia del amuleto es el impulso de mi compañero por protegerme, entonces dicho compañero tiene que creer primero que mi vida está en peligro.

Tragando saliva, levanto la barbilla, exponiendo mi cuello. —Tienes razón, River. Tienes que quitarme la vida. Ahora.

Las cejas oscuras del fae se fruncen, su mirada gris recorre mi cuerpo como si esperara encontrar bolas de magia ardiente flotando sobre mis manos. —¿ Quieres que te mate?

—Necesito que lo intentes. Suena a buscarle tres pies al gato, lo sé, pero… —me trago una maldición cuando el ceño de River se frunce con suspicacia y se aleja de mí. Tu vida en peligro , me recuerdo a mí misma, y confía en el vínculo.

—Tenías razón —digo, intentando endurecer la voz, para facilitarle el ataque—. Soy peligrosa. Le prendí fuego al estadio. Te he estado mintiendo desde el día en que pisé los terrenos de la Academia.

Ninguna respuesta.

—Trabajo para la Guardia Nocturna —digo de repente—. Tenías razón. Trabajo para la Guardia Nocturna. No puedes arriesgarte conmigo.

River niega con la cabeza, la confusión revolotea en su mirada. —Estoy bastante seguro de que ahora sí que mientes.

Aprieto los dientes. Bien. —He usado magia para manipular tu mente. ¿De qué otro modo explicas lo poco que te importa que me acueste contigo, con Coal, con Shade y con Tye a la vez? Acabar conmigo es la única decisión responsable. Lo sabes.

—¿Acabar contigo? —da un paso adelante, con los ojos muy abiertos—. ¿Estás loca?

—Tú has sido quien ha dicho que tenías que detenerme —le recuerdo.

Levanta los brazos. —Iba a arrestarte y a meterte en el calabozo, no a descuartizarte. ¿Quién te crees que soy?

—Me encantaría decírtelo, créeme —mascullo, mis pensamientos corriendo a toda velocidad por mi error de cálculo. River no está intentando quitarme la vida; está intentando quitarme la libertad, y eso no servirá de nada.

—¿Sabes qué? Olvídalo. Lo haremos de otra manera —meto la mano por la abertura de mi andrajoso vestido rojo hasta la hoja que llevo atada al muslo y saco el acero.

No es el cuchillo arrojadizo equilibrado que Han me quitó cuando luchó contra Coal, sino una hoja bastante decente sustraída de la armería con la ayuda de Tye. Afilada. Letal.

La mirada de River se agudiza, y el fae se pone al instante en cuclillas para luchar, con las manos en alto a la defensiva. Sería casi cómico, este poderoso guerrero inmortal considerándome una amenaza, si la situación no fuera tan desesperada.

—No es necesario —le aseguro, forzando el aire en mis pulmones repentinamente apretados.

Girando el cuchillo hacia mi pecho, ruego a las estrellas que me ayuden a evitar seccionar algo demasiado importante cuando haga lo que debo.

River necesita creer que estoy a punto de morir, pero preferiría mantenerme lo más lejos posible de la muerte real.

—¿Leralynn? —dice River, con una nota de pánico que hace que mi nombre suene entrecortado.

Las lecciones de Coal resuenan en mi cabeza con una voz demasiado tranquila para los hechos mortales que se imparten sobre los órganos vitales. Se me encoge el estómago, empujando la bilis hacia mi garganta.

—Leralynn —ahora la voz de River adquiere una nota de mando, como si no hubiera sido él quien me había sacado un arma hace solo unos momentos—. ¿Qué estás haciendo?

—Confiar en ti —sin esperar al final de mi propia frase, hundo el cuchillo hacia mis costillas.