La Campana de la Verdad (Power of Five 7) 27. Lera #2
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27. Lera #2

Las fosas nasales de River se ensanchan mientras me hace girar.

Entre la luz del sol que se filtra por unas rendijas estratégicamente situadas en la pared —esas feas y utilitarias cosas son demasiado pequeñas para llamarlas ventanas— y mi vista inmortal, la ira en los ojos grises de River es clara como el agua.

—¿Por qué, Leralynn? —escupe las palabras, su voz profunda resonando contra las paredes curvas de piedra, su cuerpo irguiéndose para causar el máximo efecto.

Cielos, River está usando de verdad su altura para intimidarme, para obligarme a retroceder un paso, aunque no hay a dónde ir.

Su ancho pecho se agita, su hermoso rostro afilado por la furia.

Un hombre completamente diferente al que vi esta mañana; el que dijo que me amaba incluso mientras me apartaba de su vida.

—¿Por qué, qué? Eres tú el que me ha metido aquí a la fuerza, así que a lo mejor me dices tú por qué —siseo en respuesta, la indignación elevando mi sangre a un calor que hierve a fuego lento—.

No puedo con esto ahora, no puedo estar en el mismo espacio que el hombre cuya sola presencia me desgarra el alma, haciéndome incapaz de pensar.

Y especialmente no puedo estar aquí mientras gente inocente se asfixia, con la piel ampollada por quemaduras porque no pude mantener mi magia a raya durante diez malditos segundos después de recuperarla.

Necesito estar ahí fuera ayudando, haciendo algo para corregir esto.

—Niego con la cabeza, mirando a River—. Mejor aún, no me digas nada.

Tú y yo hemos terminado, ¿recuerdas? Así que no te interpongas en mi camino.

—Sé lo que es —espeta River, un destello de dolor cruzando sus ojos grises—. Deje de mentir.

Un estruendo llega desde arriba, desviando la atención de River hacia los escalones antes de que pueda decir nada. Unas pisadas retumban en las paredes, un coro de voces que se eleva en un creciente murmullo.

—¿Qué está pasando?

—Fuego.

—Terremoto.

—Los isleños están atacando. Os advertí que esto era una trampa…

—¡Mi brazo! ¡Que alguien me ayude! ¡Mi brazo!

—Veo que por fin han conseguido abrir el Gran Salón. —los dientes de River brillan una vez en la penumbra, y luego me adelanta y sube las escaleras con la zancada de un hombre que sabe exactamente a dónde se dirige—. Necesito ver cómo están. Quédese aquí.

Ignorándolo, me doy la vuelta y empujo la puerta.

No se mueve, la cerradura echada resuena con sorna. River me ha encerrado. Aprieto la mandíbula, y un instinto asesino se apodera de mí mientras subo las escaleras tras él, los ruidos ahogados haciéndose más fuertes con cada escalón sinuoso.

Al tomar el último giro de la escalera de caracol, espero entrar en una habitación llena de gente, solo para descubrirme en una sencilla antecámara de paredes blancas, con el suelo de piedra desgastado por años de botas de sirvientes y derrames.

A diferencia del rellano de abajo, la habitación cargada es lo suficientemente espaciosa para que una docena de personas quepan cómodamente.

Una estantería lo suficientemente grande como para contener media docena de bandejas está empotrada en la pared junto a una única puerta, y el espacio a su lado luce una serie de estrechas rendijas a la altura de los ojos de un hombre promedio.

Al ver a River agacharse para mirar por una, me doy cuenta de que las mirillas estaban destinadas precisamente a eso: un mayordomo examinando discretamente las necesidades de sus señores al otro lado, enviando alimentos y bebidas según lo requiera la situación.

Apartándose de su puesto de observación, River me fulmina con la mirada. —Le dije que se quedara abajo.

Ignorando al hombre, apoyo la mano en la piedra y miro por la rendija más baja.

El entresuelo que da al Gran Salón de abajo se extiende ante mí, el gran espacio justo al lado de donde River y yo bailamos una vez alberga ahora mesas y sillas adicionales para complementar los asientos.

La antecámara de los sirvientes parece estar varios escalones por encima del suelo del entresuelo para ofrecer la mejor vista posible, del mismo modo que la acústica transmite los sonidos de la gran cámara lo mejor que puede.

Claramente, River ha elegido este lugar en particular por una razón.

Gracias a la ingeniosa posición de las mirillas, veo a la gente entrar a raudales en el propio salón en turbas inconscientes de miembros de la realeza e invitados, cadetes y sirvientes.

La mayoría están cubiertos de sudor manchado de ceniza, algunos con sangre.

La mayoría de los niños lloran, aunque los que no lo hacen me preocupan más, su silencio ausente y de ojos desorbitados es una clara señal de conmoción.

Hago un movimiento hacia la puerta, desesperada por estar ahí fuera ayudando, pero la mano de acero de River se cierra sobre mi brazo. —Ni se le ocurra —murmura, con los ojos todavía en la multitud.

Me safo de su agarre con un repentino arrebato de furia. —¿Quieres decirme qué diablos te pasa?

—¿Cree que soy yo quien le debe una explicación? —apartándose de sus observaciones del Gran Salón, River se yergue en toda su formidable altura y me clava la mirada.

Se me tensa la espalda, y el escozor del latigazo verbal despierta mi propia ira. —Acabas de arrastrarme por toda la Academia y me has encerrado aquí. De todos los momentos para permitirte cambios de humor, River…

—La he arrastrado por la Academia desde un incendio, Leralynn.

—River se yergue sobre mí, su voz sombría.

Con los hombros anchos y la mirada penetrante fija en mi rostro, el hombre parece en todo un guerrero letal.

Junto a su poderoso muslo, su mano se abre y se cierra como si la energía y la tensión que recorren sus duros músculos necesitaran alguna forma de escapar.

Es un testimonio del dominio que el hombre tiene de sí mismo que toda la fortaleza no esté temblando ahora, su cuerpo controlando su magia con el mismo instinto del que yo todavía carezco—.

Un incendio que usted ha provocado. Con magia.

¿Cuánto tiempo lleva siendo miembro de la Guardia Nocturna, Lady Leralynn de Osprey?