La Campana de la Verdad (Power of Five 7) 26. River
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26. River

RIVER

U na música lejana y aplausos penetraron la bruma de River cuando abrió los ojos.

Por un momento, no supo dónde estaba. Todo lo que veía eran hojas verdes y cambiantes silueteadas por una luz brillante.

Los rayos de sol se colaban por los huecos repentinos, obligándolo a llevarse una mano a la cara para protegerse los ojos.

Un error.

Un dolor punzante en el costado del pecho retumbó sordamente en su cráneo, haciéndolo jadear en busca de aire.

Parpadeó, inspiró el aire del bosque y casi se ahogó con el súbito abanico de sensaciones; su olfato —siempre sensible— ahora era capaz de distinguir hasta las lombrices de la tierra húmeda en la que vivían.

Estaba vivo. No solo estaba vivo, sino que se sentía tan vibrante como solo se había sentido en compañía de Leralynn, lo cual era irónico en todos los sentidos. Especialmente el hecho de que su sangre siguiera manando hacia la tierra, lenta pero imparable.

River se incorporó y se rasgó la camisa para contemplar la puñalada que, con toda probabilidad, debería haber matado a un hombre.

Aún podía sentir el cuchillo hundiéndose en su carne y golpeando una costilla; por suerte, la hoja se había desviado hacia un músculo grueso.

Aun sin haberle tocado ningún órgano vital, en aquellos últimos instantes de consciencia, River había estado seguro de que la herida era mortal.

Obviamente, se había equivocado. Un error fruto de la sorpresa y el dolor.

Frotándose un escozor punzante en el esternón, River se quitó la casaca, mientras el dolor del costado lo obligaba a apretar los dientes.

A lo lejos sonaron más aplausos, suficientes para hacerle pensar que la exhibición de apertura de la Prueba de Destreza había comenzado.

Llevaba un buen rato inconsciente, entonces.

Dos horas como mínimo. Dos horas desde que el fae llamado Owalin lo había dado por muerto.

Tras arrancar la camisa, River rasgó la tela en un juego de tiras largas y se vendó la herida, tensando las vendas todo lo que pudo.

El mundo parpadeaba en los bordes de su visión, con punzadas de dolor recorriéndole la piel.

Pero se movía, respiraba, pensaba. Tenía que ser suficiente.

Poniéndose en pie, volvió a enfundarse en la casaca, tomándose su tiempo para abrocharse todos los botones.

Seguía siendo un comandante, y la seguridad de la Academia era su obligación.

Eso significaba que todos, desde la guardia hasta la realeza, necesitaban verlo con vida y fuerte. Al mando.

¿Al mando de qué?

Los recuerdos de River fluctuaron; el ataque se repetía una vez más ante sus ojos. Owalin era sin duda un fae y parecía que había al menos otro inmortal con él. Hablaban de un cambio de planes.

Planes … Eso solo podía significar una cosa.

Un ataque a la Academia, justo como Leralynn y Coal habían advertido que la Guardia Nocturna intentaría.

El cabrón del calabozo había afirmado lo mismo.

Solo que también había afirmado otras cosas.

Incluido que Leralynn no era quien decía ser. Ni una dama. Ni siquiera humana.

Fae. Zake afirmaba que Leralynn era fae, igual que Owalin. Lo cual era absurdo. Tenía que serlo. De lo contrario, significaría que Leralynn le había estado mintiendo a River con cada aliento desde el principio. Que nada entre ellos había sido real jamás.

No, por supuesto que Leralynn era humana.

River habría descubierto semejantes mentiras.

Leralynn era simplemente una mujer valiente, amable y hermosa que le hablaba al alma, pero que no oía a la suya propia responderle.

Ella no era Diana, y era injusto para ambos continuar una farsa basada en una ilusión.

River tenía que dejar de comportarse como un colegial que se lamenta por una mujer cuando era probable que unos inmortales asaltaran la Academia en cualquier momento.

Tenía que llegar al estadio, repartir a los miembros de la realeza por toda la Academia, asignar un destacamento extra de guardias a cada familia.

No solo a la realeza, tenía que conseguir que Leralynn…

que todo el mundo se dispersara mientras sus guardias revisaban a todas y cada una de las personas. Mientras River interrogaba a Han.

Sage protestaría por la interrupción de sus preciadas ceremonias de apertura, y no pasaba nada. River no permitiría que la codicia del director se interpusiera en la vida de la gente, sin importar lo que aquel cabrón de alto rango le hiciera después.

Apoyándose en los árboles, River apretó la mandíbula y comenzó a caminar hacia el estadio tan rápido como pudo, descubriendo que su cuerpo era más cooperativo de lo que tenía derecho a esperar.

Por encima del zumbido constante de dolor, sus músculos vibraban con una energía poderosa que no podía explicar, salvo por la sensación de que, de alguna manera, provenía de la tierra.

Y que anhelaba a la única persona en la que River de verdad necesitaba dejar de pensar.

Al salir de la linde del bosque, River entrecerró los ojos bajo el brillante sol del mediodía, se recompuso y echó a correr con rigidez a través de los ondulantes terrenos verdes hacia los edificios de piedra de la Academia…

y la vasta monstruosidad de madera que se alzaba sobre ellos.

El dolor lo atormentaba a cada paso, pero lo relegó a un pequeño rincón de su mente, rezando a todas las estrellas para que Owalin esperara a ejecutar su plan hasta que River pudiera advertir a los guardias.

Hasta que pudieran urdir alguna especie de plan.

Entró en el estadio, cegado momentáneamente por el sol que se reflejaba en la arena blanca, y rápidamente buscó cualquier señal de problemas.

Todo parecía ir bien; más que bien. Sage debía de estar que no cabía en sí de gozo.

La multitud gritaba y aplaudía, con todos los rostros iluminados de alegría, mientras Tyelor giraba alrededor de la barra horizontal.

El atleta, nada tímido, había logrado prender fuego a los lazos de seda que ondeaban a su paso; las llamas lo seguían por el aire mientras…

Mientras Leralynn se abría paso sin piedad hacia el escenario, pisando y pasando por encima de la gente como si no importaran nada, con una mueca de ferocidad en el rostro.

Una oleada de confusión invadió a River. El poder que había estado pulsando en su interior desde que despertó estalló en llamas justo cuando Lera extendió las manos y… prendió fuego a todo el estadio.