La Campana de la Verdad (Power of Five 7) 24. River
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24. River

RIVER

A River se le hizo un nudo en el estómago cuando se dio la vuelta para caminar en dirección contraria a Leralynn, bajo la mirada de los retratos del pasillo, que observaban con morbosa satisfacción.

Sí , parecían decir los ceños fruncidos de las pinturas, te enamoraste y te acostaste con una alumna; ese dolor que ahora te llena el alma es el justo castigo que te mereces.

Los retratos no se equivocaban, pero eso no hacía que alejarse de Lera doliera menos.

Al encontrar una ventana abierta, River apoyó las manos en el alféizar y respiró desesperadamente.

Tenía el pecho oprimido y le escocían los ojos bajo el sol brillante.

Ahora que se había detenido, era incapaz de moverse, con las manos aferradas a la vieja madera con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.

Por mucho que lo intentaba, su mente se negaba a pensar en otra cosa que no fuera la risa musical de Lera, la forma en que se enrollaba la trenza cobriza en el dedo cuando pensaba, lo perfectamente que encajaba en sus brazos cuando apretaba su suave cuerpo contra el suyo.

Pero River no podía estar con ella. Las mentiras de Lera no le dejaban otra opción.

Si ella seguía sin confiar en él para contarle la verdad después de todo lo que había hecho, entonces eso era todo.

El fin. Tenía que serlo. Y ahora que lo pensaba, cuando le había dicho que la amaba, ella nunca le correspondió con las mismas palabras.

River se apartó de la ventana y se enderezó la chaqueta justo a tiempo para saludar cortésmente a un par de guardias que pasaban.

El subdirector no podía permitirse el lujo de estar de mal humor, por mucho que le doliera el corazón.

La Academia merecía algo mejor de su líder.

Debía aparentar el cargo, lo sintiera o no.

River se dio cuenta de que había llegado a la mazmorra solo cuando ya estaba comprobando el registro para ver dónde había dejado Coal al agresor de Lera.

Aplastó la página, y su respiración volvió a acelerarse.

Estaba allí para comprobar si ese tal Zake se había despertado.

Si tenía más información sobre el presunto ataque inminente.

Asegurarse de primera mano de que el cabrón que había atacado a Leralynn estaba pagando su merecido no tenía nada que ver con las acciones de River. Nada en absoluto.

Al abrir la pesada puerta del nivel más bajo, River inhaló el hediondo olor a orina y miedo que se mezclaba con la piedra mohosa. Sus pasos resonaron sordamente contra los empinados escalones de piedra mientras descendía, preparándose para lo que fuera que estuviera a punto de oír.

—la montaña. —La voz del prisionero, que provenía de su celda al doblar la esquina, estaba cargada de pánico y se elevaba hasta convertirse en un quejido antes de reducirse a un farfulleo—. Están en una montaña, eso es todo lo que sé. Owalin me vendó los ojos. Fae. Malditos fae.

—¿Hablando solo, Zake? —preguntó River.

—No. —Al salir de la sombra, Coal miró a River de arriba abajo con unos impasibles ojos azules, probablemente evaluando si River pretendía darle problemas o no—.

Me habla a mí. Si es que se puede llamar «hablar» a estas divagaciones de loco.

Tenemos un nombre, pero poco más. A Zake le han dado pocos detalles del ataque en sí.

—Quizá porque no va a haber ninguno —dijo River con una ceja arqueada, aunque su corazón le martilleaba las costillas. A diferencia del propio River, Coal había estado allí cuando Lera fue atacada, y eso hacía que River quisiera darle las gracias al hombre y pegarle un puñetazo a partes iguales.

—Si de verdad crees eso, eres más marioneta de Sage de lo que pensaba.

River se tragó una respuesta mordaz y se volvió hacia la celda de Zake para evitar el rostro irritantemente plácido de Coal. —Los rumores de que el prisionero estaba inconsciente parecen haberse resuelto —dijo—. ¿Hay algo más sobre lo que Leralynn te está haciendo mentir?

—River, te presento al prisionero Zake. Zake, este es el subdirector River —dijo Coal, ignorando alegremente la pregunta de River sin que se le moviera ni un músculo de la cara—.

No creo que os hayan presentado. —Señalando la puerta con la barbilla, Coal rodeó hábilmente a River—.

Voy a ver si localizo esa oscura guarida de la montaña. Con permiso.

Por un segundo, River solo pudo quedarse mirando la espalda de Coal, mientras lo que el hombre no había dicho resonaba en su cabeza como una especie de tambor desquiciado.

Sí, Leralynn no solo le había estado mintiendo a River… Coal había estado al corriente. Una punzada de dolor le atenazó el estómago antes de poder reprimirla.

No importa. A quién elegía Lera para confiar sus secretos no era asunto suyo. Ya no.

Volviéndose de nuevo hacia el prisionero, River observó su aspecto.

Sus ásperos rizos castaños estaban pegados a la cabeza por la sangre y el sudor.

Con el deslucido uniforme de un sirviente principal, sin dientes y con un ojo cerrado por la hinchazón, Zake usaba, sin embargo, los barrotes de metal para mantenerse tan erguido como su cuerpo le permitía.

Un hombre claramente acostumbrado a mandar y a ser obedecido.

Cuando el ojo sano de Zake se centró en River, su espalda se enderezó aún más, y una chispa de confianza lo recorrió.

—¡Comandante River! ¡Por fin! —Por un momento, River pensó que el hombre le resultaba familiar, aunque no sabía de qué—. Por favor, perdone el disfraz. Le haré saber que no solo soy el señor y amo de la mayor hacienda a este lado de Mystwood, sino el líder del movimiento de la inquisición fae que…

—Usted agredió a lady Leralynn. —La voz de River era demasiado tranquila—. ¿Hay algún motivo por el que no debería castrarlo aquí mismo?

—¿ Lady Leralynn? —escupió Zake en el suelo—. ¿Es esa su última sarta de mentiras? Le aseguro que Leralynn no es más dama que yo.

La mano de River tembló a su costado antes de que pudiera evitarlo.

—Y lo que es más importante, tengo información que necesita. Que puede tener. —Los dedos cuidados, pero ahora sucios, de Zake jugaban nerviosamente con los barrotes—. Conozco los planes de los fae. Todos ellos. Pero requiero…

—Maese Zake… —River levantó una mano, silenciando el balbuceo—. ¿Tiene usted pruebas de un solo fae cerca de la Academia? No deducciones o teorías, sino hechos fehacientes.

—Por la luz de las estrellas, ¿qué quiere decir? Estaba hablando con uno hace menos de dos minutos. —Zake señaló la puerta por la que Coal había salido momentos antes, su voz se alzó hasta llenar la mazmorra—. ¿No vio sus orejas? ¿Y las de Leralynn? Esa zorra es una puta mentirosa que…

River detuvo su propio puñetazo un instante antes de que pudiera hacerle añicos los restos de nariz y cordura que le quedaban a Zake, y en su lugar estampó los nudillos contra los barrotes de metal.

Quizá otro día podría haber cribado pacientemente entre los giros de lucidez y locura del prisionero. Pero no hoy. No ahora.

Era difícil creer que Coal hubiera escuchado o creído algo de lo que decía aquel hombre estúpido.

Pero, por otro lado, dos días atrás, River nunca se habría imaginado capaz de sabotear los exámenes de la Academia para permitir que una alumna hiciera trampas.

A propósito de eso, dos días atrás, Tye habría destripado a Leralynn con gusto, y ahí estaba hoy, pidiéndole matrimonio.

Un comportamiento extraño era una anomalía.

Dos podían ser una coincidencia. ¿Pero tres?

¿Era posible que Leralynn tuviera ese tipo de influencia sobre la mente de los hombres? ¿O acaso había magia de por medio?

River se alejó de los barrotes y se dirigió a la puerta.

—¡Comandante! —gritó Zake a la espalda de River—. Espere.

River no se dio la vuelta.

Encontró al capitán de la guardia de la Academia en cuanto salió de la mazmorra. —Dé órdenes de que no se podrá llevar ninguna prenda que oculte el rostro o la cabeza dentro de la Academia o del estadio de Proezas —ordenó—. No me importa la moda, quiero que todo el mundo sea visible.

—Sí, señor. —El capitán obedeció rápidamente, dándose la vuelta para transmitir la orden de River—. ¿Algo más?

River se pasó una mano por el pelo. —Reorganicen todos los turnos de la guardia. Al azar. No quiero previsibilidad alguna sobre qué hombre está dónde y cuándo. Los sirvientes también.

Los ojos del capitán se abrieron de par en par en señal de protesta, pero River se marchó antes de que pudiera cuestionarse la extraña orden.

A solo unas horas de las ceremonias de apertura, no escatimaría esfuerzos para garantizar la seguridad de los invitados y alumnos, por mucho que incomodara a los guardias.

Esta disposición reduciría la eficiencia, pero si había más impostores como el prisionero, cualquier plan o rutina en la que pudieran confiar se vería alterada. Algo era algo.

También fue la última decisión proactiva que River pudo tomar, pues la mañana se sumió en el caos natural de las últimas llegadas de la realeza.

Un cuarto de hora después de salir de la fortaleza, River estaba demasiado ocupado para pensar, y mucho menos para planificar.

No, no se podía hacer una excepción para permitir que el rey Yulti alojara a su docena de concubinas viajeras en suites separadas en la fortaleza.

Sí, la misma guardia de honor de soldados veteranos tenía que recibir y escoltar a todos los miembros de la realeza por el recinto, incluso si dichos miembros intentaban prescindir de la seguridad adicional.

No, lady Gertrude no podía llevar su atuendo de serpiente si le cubría la cara y las orejas, por muy afortunada que fuera la serpiente.