La Campana de la Verdad (Power of Five 7) 22. Lera
38%

22. Lera

LERA

C oal tiene razón: la conversación con River no se produce en mis términos. De hecho, hasta llamarla conversación con River resulta ser una exageración.

De pie y con los brazos cruzados sobre el pecho, sigo con la mirada el ir y venir de Sage por la mullida alfombra de su nuevo despacho mientras River, Coal y Tye escuchan en un tenso silencio.

Después de convocarnos a toda prisa, Sage y River nos han hecho esperar tanto tiempo que ahora el estómago de Tye ruge lo bastante fuerte como para oírse desde el otro lado del patio.

Casi envidio su hambre; aunque River todavía no ha dicho nada, una sola mirada de sus ojos inexpresivos, grises como la tormenta, me hace un nudo en el estómago que apenas tolera el aire, y mucho menos la comida.

—Esa afirmación suya, lady Leralynn, de que la atacaron después de que abandonara el ruedo de examen…

Resulta bastante conveniente, si me permite hablar con franqueza —las cadenas de oro del director Sage tintinean entre sí mientras camina, con su calva brillando bajo la pálida luz de la mañana.

River permanece en silencio en un segundo plano, impecable con su chaqueta roja, el pelo oscuro bien peinado, imponentemente atractivo…

y del todo indescifrable—. Un intento de desviar la atención de todos de sus acciones hacia las de otra persona.

—El ataque de Zake no me resultó nada conveniente, señor —le digo a Sage, mientras el vestido rojo me roza los tobillos al cambiar de peso.

Tengo la cara acalorada y me aprieto los brazos con las manos—.

Poco me importa en qué mentiras quiera Sage retorcer mis palabras, pero el pesante silencio de River es harina de otro costal.

Sin la intervención de Coal y Tye, podría no estar aquí de pie.

Ante esto, la mandíbula de River se tensa peligrosamente, la primera señal de que es algo más que un subdirector que observa cómo interrogan a una alumna.

Sin moverse ni un centímetro, de repente ha robado todo el aire de la habitación.

Su ancha espalda y sus hombros casi vibran de tensión.

Y de furia. Por lo que está oyendo. Por cómo se está enterando.

Siento que se me hace un nudo en la garganta y me obligo a concentrarme en la habitación que me rodea para no perder el control de mis emociones con River, Coal y Tye observándome.

He aguantado todo este tiempo, sorteando la Academia y a un enemigo invisible por mi cuenta, y me condenaría si ahora perdiera las riendas.

El despacho de Sage, que antaño se encontraba en lo alto de la torre del homenaje, ahora se extiende por toda una suite de la primera planta.

Con amplios y cómodos escalones, confortables sillones de cuero y vinos finos, quesos y bollos rebosantes de sus bandejas, el espacio está configurado como una sala de recepción.

Al igual que en el ruedo, las banderas de cada uno de los diez reinos decoran las paredes revestidas de madera, mientras que un gran candelabro de hierro —una réplica en miniatura del que domina el Gran Salón— cuelga del alto techo imitando la luz de las estrellas.

Una sala destinada a agasajar a reyes; el más poderoso de los cuales se encuentra actualmente al lado de Sage. Irónicamente, Sage ignora este hecho tanto como el propio rey.

Apoyado en la pared, Coal gira la cara hacia el director con un único y limpio movimiento que, de algún modo, logra parecer letal.

—Dado que yo mismo detuve al atacante y lo interrogué, diría que la afirmación de Leralynn es válida.

Ignorando a Coal, Sage abre las palmas de las manos hacia mí en una pobre imitación de un director preocupado.

—Lady Leralynn, ¿es posible que simplemente se topara con un sirviente que malinterpretó sus intenciones?

Lamentablemente, no es la primera vez que la encuentro en medio de un embrollo creativo y, por su bien, quiero instarla a que deje atrás los vuelos de la fantasía antes de que acabe metida en un fuego del que ya no pueda escapar.

—No hubo ningún malentendido —le digo a Sage, y mi mirada se desvía hacia River con la esperanza de encontrar algo nuevo en las marcadas facciones de su rostro.

Pero él está mirando por la ventana, aparentando ante todo el mundo observar a dos sirvientes que barren el patio—.

Un hombre llamado Zake me atacó ayer. Luchamos. Yo gané.

—¿Por qué no acudió a mí con esto ayer, lady Leralynn?

—pregunta River de repente, dirigiéndose a mí directamente por primera vez esta mañana.

La fuerza de su mirada gris y su voz profunda hacen que se me acelere el corazón—.

Sin duda, algo tan grave debería habérseme comunicado antes.

Por no mencionar cualquier posible explicación para la inaceptable elección de comportamiento que tuvo en los exámenes —sus palabras resuenan con justa autoridad, pero sus ojos cuentan una historia diferente—.

He destrozado mi propio código moral por usted, y me lo ha tirado a la cara.

—Yo… —me interrumpo, con ganas de gritar de frustración. Por fin tengo la atención de River, y estoy tan perdida como ayer, sin saber qué decir. Cualquier cosa que le diga que pudiera creer solo activará su amuleto, y cualquier media verdad no hará más que avivar sus llamas.

—Con el debido respeto a todos —interrumpe Coal con una voz que es de todo menos respetuosa—, pero ¿a quién diablos le importa?

Leralynn está ilesa y el atacante está detenido.

Ahora mismo, el mayor problema es el ataque que este tal Zake dice que se está planeando para las ceremonias de clausura de las Pruebas de Destreza.

¿Podemos preocuparnos menos por quién dijo qué y cómo, y más por cómo evacuar a la realeza de diez reinos de los terrenos de la Academia?

—¿Está usted loco? —Sage se vuelve de Coal a River—.

¿Está loco? —sin esperar respuesta, Sage se gira de nuevo hacia Coal, amaga con dar un paso hacia él y luego, sabiamente, se lo piensa mejor—.

No tenemos ninguna razón para creer a este prisionero.

E incluso si dijera la verdad, lo que es altamente improbable, la fortaleza de la Academia es infinitamente más segura que un camino abierto —Sage se alisa la túnica, dominándose y bajando su chillón tono de voz—.

A decir verdad, no tenemos más que una cadena de dimes y diretes varias veces alejada de la fuente original.

—El director tiene razón —dice River, sin apartar la mirada de mí. Aunque dichas en voz baja, las palabras del varón conllevan más poder que toda la gesticulación de Sage—. Traiga al prisionero aquí, Coal. Le preguntaremos nosotros mismos.

Se me va el color de la cara. Aunque Zake no recuerde a River —y, por tanto, no lo vea como un fae—, sin duda le dirá a River lo que soy. Eso no puede pasar, no hasta que River recupere sus recuerdos. De lo contrario, nunca perdonará mi mentira.

Trago saliva, sin saber dónde mirar.

La mirada demasiado perspicaz de River me atraviesa.

—¿Habría algún problema con que escucháramos la versión del señor Zake, lady Leralynn?

—El señor Zake está inconsciente —dice Coal. La oleada de alivio que me recorre casi hace que me caiga. El guerrero rubio se encoge de hombros con inmortal indiferencia, su rostro perfecto e inexpresivo—. Puede que me haya excedido en mi interrogatorio. Mis disculpas por las molestias.

—Ya veo —la mandíbula de River se tensa; su fría mirada gris recorre a Coal antes de volver a mí—.

En ese caso, creo que no hay nada más que discutir, lady Leralynn —me ofrece una pequeña y demasiado formal reverencia—.

Dada su renuncia al examen de ayer, ya no es alumna de la Academia.

Por favor, póngase en camino esta misma mañana.

—Sí —los ojillos de Sage se iluminan como velas y sus excitadas palabras se aferran a las de River antes de que yo pueda procesarlas del todo—.

¡El comandante River tiene toda la razón!

Lady Leralynn, por razones de seguridad, debemos limitar los invitados de la Academia únicamente a los estudiantes oficiales, los competidores y sus familias.

Le agradezco su comprensión y su patrocinio.

Una escolta de guardias supervisará su partida de inmediato.