17. Tye
TYE
¿ M iedo escénico? , le articuló Tye en silencio a Lera mientras ella permanecía de pie, aferrada a su tique del examen.
Sus grandes ojos marrones y su aroma a ansiedad le producían una sombría satisfacción.
Unos instantes más y la muchacha se vendría abajo por la presión.
Y entonces desaparecería de la Academia de Tye. Del equipo de Tye. Del alma de Tye.
Tenía que desaparecer, porque Tye se había despertado bañado en un sudor frío cada noche desde que vio a Lera caer de las gradas. Desde que perdió su última oportunidad con la muchacha.
Leralynn no es Tiga. Leralynn no es Tiga.
Las palabras que Tye llevaba repitiéndose una y otra vez seguían sin servir de nada para aflojar la banda que le oprimía el pecho. El dolor desgarrador que le atravesaba cada vez que su mirada se desviaba hacia la muchacha seguía tan vivo como siempre. Lo cual era cósmicamente injusto.
Al menos Lera se negaba a dirigirle la palabra ahora, tras el encuentro nocturno con la ira de Han.
Tye negó con la cabeza; esa sí que era una razón estúpida para enfadarse, lo que demostraba lo poco que entendía la muchacha sobre el atletismo de competición.
¿Qué se había esperado exactamente de aquel día con Han?
El hombre era un cabrón, pero un cabrón que afinaba el rendimiento del Equipo de Destreza con la precisión de un bisturí.
Entrenar con Han era un pacto: aguantabas su crueldad a cambio de una ventaja competitiva, o no lo hacías.
Todos en el equipo lo entendían. Salvo Leralynn. Y ese era su problema, no el de él.
Entonces, ¿por qué sentía Tye que había cometido el mayor error de su vida al dejar que se marchara?
—La pécora se está poniendo en ridículo —le ronroneó Katita a Tye al oído, observando los movimientos espasmódicos de Lera con el interés de un gato casero que sigue a un roedor extraviado.
—No la llames así. —La ira en la voz de Tye hizo que su acento se marcara más, pero la intención de sus palabras fue lo bastante clara como para que Katita cerrara la boca de golpe con el ceño fruncido.
Tye se negó a mirarla, a responder a la confusión que se dibujaba en su rostro fríamente hermoso.
Porque tampoco podía explicárselo a sí mismo.
Lera no importaba. O, para ser más exactos, Lera tenía que dejar de importar. Y rápido.
Incluso mientras Tye esperaba para saborear el fracaso de Lera, no podía apartar la vista de ella.
No podía evitar observar todos y cada uno de sus movimientos.
El nerviosismo con el que había escogido su tique había dado paso a un alivio que hizo que Tye gruñera con descontento…
, hasta que la ansiedad regresó y el mundo recuperó el equilibrio.
Lera merecía la humillación y el fracaso que se avecinaban por traicionar su confianza, por meterse a la fuerza en un equipo hacia el que no sentía ninguna lealtad. Ella…
Un escalofrío recorrió la espalda de Tye cuando la brisa que transportaba el aroma de la chica se volvió de repente pesada, cargada de un pavor ausente apenas unos instantes antes.
En el escenario frente a él, Lera retrocedía con los ojos como platos y el corazón latiéndole tan deprisa que Tye podía ver el pulso en el costado de su cuello.
Girándose, siguió la mirada de Lera hacia una de las salidas del estadio, donde un hombre corpulento y con bigote hablaba con un par de sirvientas.
Pelo castaño y duro, una cicatriz que le recorría el rostro y una crueldad familiar en la postura de sus hombros.
Aun sin ser capaz de reconocerlo, Tye supo que quería matarlo.
No, primero herirlo, y luego matarlo. Porque… Un leve ardor en el pecho y el cuello interrumpió sus pensamientos. Tye era un cadete y un competidor en las Pruebas de Destreza. No estaba allí para empezar peleas con extraños.
Ese hombre le hizo daño a Tiga. Aquel ridículo pensamiento se abrió paso a través del ardor, llenando el ser de Tye con un instinto protector que le hizo querer hacer pedazos el mundo.
Salvo que la idea era absurda. ¿Cómo podía pensar Tye que aquel cabrón le había hecho daño a Tiga si no sabía en absoluto quién era el hombre?
El hombre cambió ligeramente el peso de su cuerpo, y el miedo de Lera se transformó en un terror primario que golpeó el pecho de Tye.
Lera se estaba apartando del estrado, encogida, tapándose la cara con las manos como si intentara contener el desayuno. Solo que no era eso. Estaba huyendo para salvar su vida.
—¿Adónde vas? —La mano de Katita se cerró en la muñeca de Tye, con una mirada que mezclaba irritación y auténtica preocupación. Lo que hizo que Tye se diera cuenta de que estaba de pie, con las manos convertidas en puños.
Katita le hizo un mohín. La princesa era guapa, pero su belleza no le decía nada a Tye. Nunca lo había hecho. Igual que su contacto no significaba nada ahora.
—Siéntate —siseó Katita, apretándole más fuerte—. El programa está cambiando. Pueden decir tu nombre en cualquier momento, Tye, y si no estás aquí, anularán tus puntuaciones.
Tye se soltó la mano de un tirón; el intercambio con la princesa le había costado perder de vista tanto al hombre como a Lera. Por primera vez en su vida, no le importaban lo más mínimo las Pruebas de Destreza.