16. Lera
LERA
M ientras los últimos granos de arena del gran reloj marcan el final de mi tiempo de preparación, irguiendo los hombros, me dirijo al centro de la plataforma y me vuelvo para saludar al público con una reverencia.
El estadio ha enmudecido, salvo por el silbido del viento entre las gradas y un murmullo de conversaciones.
Las gradas medio vacías de repente parecen abarrotadas por el escrutinio que emanan.
Los cadetes —los doscientos— se agolpan en los bancos superiores, con tizas y pizarras en sus regazos, listos para practicar con la demostración.
En la primera fila, Katita está sentada con recato junto a su padre, y Tye, repantigado con sus largas piernas estiradas, al otro lado de la princesa.
Detrás de ellos, también se ha congregado la mayor parte del resto del equipo de Prowess, donde un espacio separa el mar de uniformes rojos y dorados de un grupo de atletas del reino de Fothom vestidos con sedas azules más arriba.
Incluso aquí, el enjambre de sirvientes es omnipresente, corriendo entre los bancos para rellenar las copas de vino antes de desaparecer de nuevo por las salidas lejanas; el jefe de sirvientes que vi antes los reprende a su paso.
Como antes, se me encoge el estómago al ver ese pelo oscuro y fibroso y ese cuerpo imponente, aunque mi mente lógica sabe que es imposible que el hombre que una vez me atormentó esté aquí en la Academia.
Entonces, el sirviente se gira, la luz incide en la cicatriz que le cruza la cara y el corazón se me para en seco.
Zake.
Se me acelera la respiración. Mis pies dan un paso instintivo para alejarme del estrado mientras mis manos aferran mi pizarra.
Varias imágenes pasan fugazmente ante mis ojos.
Un establo. El olor a heno, a vino y a sudor denso.
El fuuu de un cinturón al cortar el aire.
No. Jadeando desesperadamente, me concentro en el aquí y el ahora.
En el suelo de madera bajo mis pies y en la bandera de la Academia que ondea sobre la fortaleza. Tengo que estar aquí. Tengo que pensar.
A través de la bruma del torrente de sangre y la bilis que me sube por la garganta, me centro en los hechos.
Zake me conoce de antes de la Academia, de antes de ponerme el amuleto al cuello.
Lo que significa que la magia del amuleto no funcionará con él.
Una sola mirada, un giro de la cabeza de Zake hacia el escenario, y me reconocerá al instante.
Y entonces el cabrón podrá azuzar a toda una turba contra mí. Dado que Zake cree que le robé su oportunidad de alcanzar la inmortalidad, lo haría por puro despecho.
Tan rápido como puedo, retrocedo y salgo del estrado, volviendo a la sombra de la zona de preparación.
—Lady Leralynn —dice River con un tono que sugiere que no es la primera vez que me llama—. Es hora de que presente su respuesta.
«¿Miedo escénico?», gesticula Tye hacia mí desde la primera fila. Su sonrisa mordaz se desvanece cuando me le quedo mirando con los ojos como platos.
Estrellas, los hombres. Zake solo se cruzó brevemente con ellos hace un año, cuando la magia del quinteto llamó a River, Tye, Shade y Coal a cruzar el bosque de Mystwood para recogerme. ¿Cuánto recordará de ellos?
—Lady Leralynn, su respuesta, por favor. —River alza la voz, con un matiz de preocupación tras la frustración.
River. Zake debe de haber visto ya a River.
El hecho de que no haya armado un escándalo debe de significar que Zake no lo ha reconocido a simple vista, permitiendo que la magia del amuleto teja su velo.
No es de extrañar, dado que Coal y Tye desempeñaron los papeles más destacados en el encuentro inicial.
Aun así, ¿cambiaría el recuerdo de Zake si nos viera a River y a mí juntos, y la combinación despertara su memoria?
El miedo me recorre, por mí, por el reino mortal, por mis hombres, cuyas mentes veladas Zake podría hacer pedazos si dijera las palabras adecuadas.
El sonido de los gritos agónicos de Shade y Coal cuando intenté decirles la verdad resuena en mi mente una y otra vez.
Una verdad que Zake puede soltarles por accidente, incluso si no se le ocurre azuzar contra nosotros a una turba que odia a los fae antes de que nos demos cuenta.
Estrellas. Mis pensamientos se atropellan, buscando opciones desesperadamente. Pero no hay ninguna. Si subo a ese escenario, Zake me encontrará. Me verá. Me delatará. Y entonces…
No podré defender a los mortales de la horca. Y, siendo sincera, no puedo permitir que haga daño a mis hombres, al diablo con el mundo mortal.
—Cadete. Ahora —espeta la voz de River a modo de advertencia, pero no tengo tiempo ni para gesticular una disculpa.
Llevándome las manos a la cara como si contuviera la bilis, doy la espalda a los espectadores y corro hacia la salida más cercana, con las risitas que resuenan desde las gradas susurrándome en los talones.
Me importa bien poco. Necesito alejarme del estadio.
Perderle de vista antes de que la mirada de Zake se pose en mi rostro.