15. Lera
LERA
¡ T a ra ta taaa, ta taaa, ta tataa!
La estimulante llamada de la trompeta brotó de las puertas de la Academia, convocando a un grupo de sirvientes de librea que corrieron a recibir otra llegada real: un carruaje azul lapislázuli con detalles dorados tirado por seis caballos de un blanco impoluto.
Otro objetivo de gran valor a disposición de la Guardia Nocturna.
Con las ceremonias de inauguración de las Pruebas de Destreza programadas oficialmente para mañana por la tarde, el día de hoy está dedicado a los saludos y la logística para la realeza.
Para los cadetes, hoy es el comienzo de los exámenes.
Arisha y yo nos unimos al río de estudiantes que se dirigen del desayuno directamente a la arena, todos en silencio o murmurando en voz baja en lugar del habitual parloteo ruidoso.
Aunque cada cadete se presenta a una sola pregunta elegida al azar, el gran número de alumnos garantiza que la empresa se alargará durante días, una atracción secundaria para que los visitantes disfruten entre las competiciones atléticas.
Si bien es una mera opción para nuestros invitados reales, la asistencia a la primera sesión de exámenes de esta mañana es obligatoria para todos los alumnos.
Los que saben que no se enfrentan hoy a los exámenes están visiblemente aliviados, algunos incluso llevan libros y apuntes bajo el brazo para poder estudiar a hurtadillas durante las pruebas.
Gracias a River, estoy casi al final de la lista, aunque, a pesar de la insistencia de Arisha, esta mañana no me he molestado en comer nada.
Aun con cada momento libre entre las sesiones de entrenamiento de Han dedicado a una intensa tutoría bajo la atenta mirada de Arisha o de River, mis posibilidades de aprobar los exámenes son, en el mejor de los casos, de una entre dos.
¡Ta ra ta taaa, ta taaa, ta tataa! ¡Ta ra ta taaa, ta taaa, ta tataa!
Aparto a Arisha del camino de un joven con aspecto apurado que se apresura con una cesta de toallas húmedas y botellas de vino frío para recibir a sus altezas reales del reino que sea que esté llegando ahora en una nube de polvo y relinchos.
Algunos miembros de la realeza, ya instalados en sus habitaciones y tras haberse cambiado la ropa de viaje, se han unido ahora a la multitud del patio, deambulando en coloridos grupos o entrando en la arena para el entretenimiento de la mañana.
Sus atuendos representan todos los rincones del reino, desde vestidos de seda de una sencillez deslumbrante y tiaras enjoyadas hasta túnicas elaboradamente bordadas con tocados a juego.
Una hermosa noble de piel olivácea lleva lo que parece una serpiente de verdad enroscada al cuello, a la que acaricia y arrulla con cariño.
Tres enormes plumas de pavo real sobresalen de su moño, ondeando agradablemente con la brisa veraniega.
Casi nos arrolla otro grupo de sirvientes que se dirige hacia el torreón llevando copas, fruta y mensajes de saludo personal del director.
A lo lejos, un hombre de pelo oscuro y tieso parece estar gritando a otro grupo de sirvientes nuevos y, aunque no puedo distinguir la cara del que grita, la forma en que el personal parece encogerse me dice lo suficiente sobre su personalidad.
Cuando el hombre que grita se mete los pulgares en el cinturón de una forma que me recuerda demasiado a Zake, le doy la espalda al grupo.
La mezcla de nervios, entrenamiento y espera no le ha sentado nada bien a mis pesadillas, y ahora veo la imagen de ese hombre incluso cuando estoy despierta.
Basta ya, le ordeno a mi mente. Además de que no hay ninguna razón para que Zake ponga un pie en Great Falls, el hombre que he visto llevaba uniforme de sirviente, no casaca de señor.
Ya hay suficientes amenazas reales como para añadir otras imaginarias.
—¿Estás bien? —pregunta Arisha. Sus posibilidades de ser examinada esta mañana son altas, salvo cualquier imprevisto, pero a diferencia de los otros estudiantes, parece tranquila y serena, incluso emocionada. Aunque sé que intenta ocultarlo por mi bien.
Sacudiéndome la ilusión, me froto la cara y esbozo una sonrisa antes de que Arisha pueda preocuparse. —¿De verdad necesitamos a toda esta gente cada vez que se abren las puertas? Se podría pensar que sería más eficaz guiar a los invitados hasta el vino que perseguirlos con las botellas.
—Protocolo. —Arisha se remueve inquieta en su bonito vestido de lino azul claro de manga corta, que ahora mismo envidio.
El uniforme rojo y dorado del equipo de Destreza es insoportablemente caluroso; el cuello alto y el grueso fajín alrededor de la cintura no ayudan en nada a proteger del sol abrasador.
El único que posiblemente lo esté pasando peor es Coal, que se niega a renunciar a su característico negro solo para adaptarse al clima.
Reprimo un ceño fruncido antes de que se dibuje en mi cara. Coal, que ha estado haciendo patrullas nocturnas, ha informado de lo mismo que hemos visto desde hace dos meses: el bosque está en calma. Demasiado en calma.
—Mira allí —dice Arisha, señalando con la barbilla hacia un pequeño grupo reunido a la sombra del imponente muro de la arena.
Al girarme, mi mirada se posa en una espalda musculosa que me resulta familiar y que atrae la atención de todas las mujeres —y de varios hombres— del recinto de la Academia.
Con su rebelde pelo rojizo brillando bajo el sol, Tye está de pie junto a Katita y un hombre mayor que —como me informa el retrato de cada aula de la Academia— no es otro que Su Majestad, el rey Zenith de Ckridel.
No es que necesite el retrato para saberlo: su espeso pelo blanco está perfectamente peinado bajo una discreta corona de oro, y sus ojos turquesa y sus rasgos patricios son una versión más robusta y masculina de los de Katita.
Un equipo de cinco guardias se mantiene a una distancia respetuosa, su aguda atención peinando cada brizna de hierba en las proximidades de su protegido.
Gesticulando en el aire, el rey Zenith parece estar contándole a Tye una historia animada.
El alto joven se inclina para escuchar, solo para echarse hacia atrás con una sonora carcajada un momento después, mientras el rey le da palmadas en el hombro, claramente un poco deslumbrado por la belleza de Tye, como le ocurre a la mayoría de la gente cuando lo conoce.
La sonrisa de Tye se desvanece, sin embargo, cuando el rey señala detrás de él, haciéndome señas con la mano… a mí.
Esbozando una sonrisa educada que espero que comunique cualquier cosa menos mi deseo de estar en cualquier otro lugar, me acerco al grupo.
—Ah, y aquí tenemos otro uniforme dorado y rojo que aún no he tenido el placer de conocer. —El rey Zenith sonríe acogedoramente mientras me acerco—. ¿Y quién es usted, querida?
—Leralynn de Osprey, padre —responde Katita por mí antes de que tenga la oportunidad de completar mi reverencia—.
Quien no llevará ese uniforme mucho más tiempo si sigue aquí fuera.
—La voz de la princesa, dulce como el azúcar, baja de tono como si me estuviera contando un secreto—.
¿No ha visto el nuevo horario de exámenes?
Está en el primer grupo. De hecho…, iremos todos con usted para darle apoyo moral.
Siento un vuelco en el estómago. Enviando los modales a paseo, le doy la espalda al mismísimo rey y corro hacia el tablón con la lista de los exámenes.
Efectivamente, allí está mi nombre, justo al principio de la lista, donde no estaba hace tan solo una hora. El cambio está escrito con la propia letra de River. ¿Qué demonios ha pasado?
El corazón me martillea. Se suponía que tenía dos días hasta enfrentarme a los exámenes; tres si las cosas se alargaban más de lo esperado.
Todo lo cual me habría dado una oportunidad de proteger la Academia antes de que me expulsaran de ella.
Ahora… El pánico me impide pensar con claridad.
Busco a Arisha con la mirada, solo para ver su espalda desapareciendo en la arena, ocupando su sitio en las gradas, como se supone que debe hacer.
La campana de lo alto del torreón da la hora.
—¿No va a entrar? —pregunta Katita con inocencia, mientras su padre, Tye y los guardaespaldas del rey se cierran a mi alrededor—. Llegar tarde es un suspenso automático.
Con la boca seca, camino hacia una de las varias entradas de la arena sin despedirme del grupo y me dirijo al estrado instalado en el centro.
La arena cruje bajo mis pies, el sol brilla sobre ella en ondas.
Cadetes y grupos de visitantes parlanchines cubren los bancos en manchas de color y conversaciones que se van acallando lentamente, mirándome con leve interés.
A lo lejos, otra familiar llamada de trompeta anuncia una nueva llegada a las puertas.
Sí, después de meses de trabajo, estoy a punto de ser expulsada de la Academia sin que nadie se dé cuenta.
Una atracción secundaria para entretener a los que han llegado antes de tiempo.
Para asegurarse de que estoy fuera del equipo de Destreza antes incluso de que empiecen las ceremonias de inauguración.
Subo los escalones hacia la plataforma en el centro de la arena con las piernas temblorosas, una neblina surrealista sobre mis ojos.
—Lady Leralynn, llega usted tarde. —La voz de River me llega hueca desde el estrado, como si sonara a través de un túnel.
Al levantar la vista, me encuentro al joven de pie junto a una gran pizarra igual a la que practicamos en la sala del maestro Briar.
Su rostro es sombrío, sus ojos grises, de un acero indescifrable mientras señala la mesa cargada de preguntas que tienen el poder de acabar conmigo—.
Por aquí, por favor. Seleccione su pregunta y empecemos el examen.
Todavía nos quedan más de doscientos alumnos por escuchar.
De alguna manera, me abro paso hacia River, mi mirada suplicándole una explicación que no encuentro. Hago todo lo posible para que no me tiemblen las manos mientras me acerco a coger mi pregunta.
El papel cruje bajo mis dedos, la tinta baila ante mí mientras contemplo la cuidada caligrafía que describe la pregunta. Matemáticas. Algo sobre suministros de panadería que bien podría estar en otro idioma por lo mucho que lo entiendo. Sería mejor que me rindiera ahora.
Quitándome el papel de las manos, River se aclara la garganta y anuncia el problema al público que observa. Hay una catapulta, les dice. Una muralla. Un cálculo requerido.
La mismísima pregunta que saqué en la clase de Briar, con los números ligeramente cambiados. La pregunta que River resolvió conmigo con un detalle insoportable después del desastroso examen de práctica.
Y una que no tiene nada que ver con las palabras escritas en el trozo de papel que he sacado.
Levanto la mirada, recorriendo desde el pecho de River hasta su barbilla cincelada y sus ojos penetrantes, y de alguna manera, sin que él diga una palabra, lo entiendo.
Sin la capacidad de retrasar la hora de mi examen, ha tomado una ruta diferente para ayudarme a continuar con mi misión.
Una que puede que nos expulse a ambos de la Academia, pero todavía no.
No cuando semejantes trapos sucios empañarían la reputación de Great Falls.
La gratitud y el alivio que me invaden son casi suficientes para hacerme perder el equilibrio.
Tomándome el tiempo asignado, hago anotaciones en la hoja que me ofrecen, asegurándome de que mis cálculos parezcan fluidos cuando me acerque a la gran pizarra y muestre mi trabajo a los ojos depredadores que observan desde las gradas.
Ojos que, por una vez, están a punto de ver a una chica competente caminando con paso firme por el escenario.