14. Zake
ZAKE
D e pie junto a la ventana de un pasillo para la servidumbre en la fortaleza de la Academia de Great Falls, Zake —convertido en un invisible capataz de sirvientes que inspeccionaba el patético trabajo de sus subordinados— observaba la arena a través de la cortina de lluvia.
Las estrellas tenían, de veras, un sentido del humor retorcido.
Cada moneda de oro de la fortuna que había caído en su palma durante el último año tenía una capa de mugre en la otra cara, mientras que los charcos de estiércol que había pisado escondían joyas bajo la superficie.
La situación actual era un ejemplo perfecto.
Jamás en su vida Zake —el hombre destinado al beso de la inmortalidad, el señor de la única finca que osaba hacer de centinela en los confines de Mystwood— se había imaginado vistiendo los harapos de la servidumbre que ahora cubrían su musculoso cuerpo.
Y, sin embargo, aquel puesto encubierto resultó rebosar del único poder que igualaba todos los campos de batalla: la información.
Y Zake había recopilado más en la última hora que Owalin en todo el año anterior.
Primero, la zorra que había embaucado a Zake durante años, abusando de su bondad y generosidad para arrebatarle su derecho de nacimiento delante de sus narices, estaba aquí.
Haciendo alarde de su — suya — inmortalidad mientras correteaba de un lado a otro como una de las estúpidas bestezuelas de carreras de Han.
Segundo, y quizás aún más interesante, nadie aparte de Zake parecía ser consciente de ello.
Incluso el propio Han parecía creer que tanto Leralynn como el pelirrojo ahora mismo de rodillas en el barro, nada menos, eran humanos.
Incluso sin verle las orejas puntiagudas y su belleza etérea, Zake recordaba bien la cara del cabrón de cuando él y sus amigos aparecieron en su finca y lo desvalijaron.
Dado cómo había ido aquel día, Zake recordaba a los amigos con menos claridad, pero no importaba. Aquello ya era lo bastante interesante.
Al principio, Zake se había planteado ir a ver a Owalin para descubrir cuánto valdría para el líder de la Guardia Nocturna la revelación de la incompetencia de Han.
Pero esa era una jugada de aficionado, algo que haría un subordinado que lamiera las botas de los inmortales.
Leralynn y el hombre a su lado poseían algún tipo de magia que velaba los ojos y las mentes de todos menos los suyos, y Zake averiguaría el cómo y el porqué antes de negociar con tal información y demostrar a Owalin que Zake era, como poco, un igual.
Pero eso vendría después. Antes de que Owalin o cualquier otro le pusieran las zarpas encima a Leralynn, Zake necesitaba tener una conversación privada con la joven a la que le había abierto su hogar y su corazón antes de que ella se lo hiciera trizas.
Tendrían unas palabras para ajustar cuentas.
De perdón, quizás, si se arrepentía de verdad y aceptaba el castigo merecido. Y entonces, se lo contaría todo.
El conocimiento era poder. Para cuando la Guardia Nocturna estuviera lista para caer sobre los escurridizos ratones de la Academia, solo Zake tendría todas las llaves.
Inclinando la cabeza, observó a Leralynn dar traspiés bajo la lluvia unos instantes más antes de apartarse con una risita. Había maldecido a las estrellas tantas veces por la traición de la muchacha y, sin embargo, ahí estaba esa misma traición, portadora de regalos.
Zake se relamió, saboreando el momento, ya cercano, en que tendría a la zorra a solas.