La Campana de la Verdad (Power of Five 7) 13. Lera
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13. Lera

LERA

— T yelor. —El control que River tiene de su voz es una habilidad envidiable—. ¿Qué puedo hacer por usted?

—El maestro Han me ha enviado a buscar a Leralynn, señor. —Tye se mete las manos en los bolsillos, evitando mi mirada a propósito—. ¿Le digo que Lera no está disponible?

Mi mente recupera la sobriedad ante el doble golpe del nombre de Han y la fría mirada de Tye, duros recordatorios del mundo que hay más allá de este despacho…

, más allá de River. A pesar de nuestros apresurados intentos de adecentarnos, el olor de nuestro acoplamiento flota en el ambiente, demasiado denso como para que un fae no lo perciba; en especial Tye.

Sopeso si merece la pena decir algo al respecto, pero al final me limito a enderezarme la túnica.

Le hago a River la reverencia formal de una cadete que se despide del despacho del subdirector, y me siento medio aliviada y medio decepcionada cuando el fae asiente para despedirme y se dirige a su escritorio sin dirigirnos ni una sola mirada.

Tye me sujeta la puerta para que salga. Se me encoge el estómago al poner un pie en el rellano y encarar las escaleras. Todavía noto los miembros como si fueran fideos a medio cocer, y la idea de bajar me resulta tan atractiva como lidiar con Tye ahora mismo. O con Han.

—Parece que te han dado un buen revolcón —dice Tye con sorna.

Con el pie a medio camino de un escalón, doy una sacudida tan violenta que pierdo el equilibrio y tengo que dar saltitos como una idiota para recuperarlo.

Clavo la mirada en Tye, pero las duras facciones de su hermoso rostro no revelan nada.

Agarro la barandilla con tanta fuerza que se me quedan los nudillos blancos y se me hinchan las aletas de la nariz. —¿Es una constatación o una amenaza?

—¿No podría ser ambas cosas? —Tye ladea la cabeza con un aire inquietantemente parecido al de un tigre examinando a su presa—. Podría delatarte.

Un calor me sube por dentro, se me acelera la sangre.

Abro la boca para maldecir al cabrón, pero me obligo a mantener la compostura antes de empeorar la situación.

Tye tiene todas las razones del mundo para odiarme ahora mismo; al menos, todas las razones en su versión del mundo.

—Si tu misión era demostrarme lo amenazante que se siente un puesto en el equipo, te aseguro que ya lo has conseguido varias veces en el último ciclo solar.

Las manos de Tye se mueven en sus bolsillos y él sigue bajando las escaleras a un ritmo que me obliga a trotar para no quedarme atrás mientras evito mirarle los músculos lisos y esculpidos.

De espaldas a mí, el parecido con mi antiguo compañero de quinta, risueño y felino, es demasiado doloroso de soportar.

—La diferencia es que Proeza ha definido cada paso de mi vida, pasada y futura.

Para ti, es solo otra cuerda que retorcer a tu antojo.

Le agarro a Tye la parte superior del brazo en cuanto pasamos el siguiente rellano; la sensación de sus músculos tensos bajo mis dedos es atrozmente familiar.

Su camiseta blanca sin mangas está húmeda, y su aroma a pino y cítricos se mezcla con el de la lluvia, que también le cuelga del pelo en finas gotas.

Por una vez, se ha dejado la chaqueta roja del uniforme en alguna parte, y tan cerca, aunque solo sea por un momento, el calor de su cuerpo me roza la piel.

—Si por mi antojo te refieres a mantener la Academia a salvo, entonces sí.

Tye resopla y se vuelve hacia mí, con una impasibilidad en sus ojos esmeralda que me hiela la sangre. —Ya me siento más segura.

Mi mano libre se cierra en un puño y respiro hondo para calmar mi sangre hirviente. Hay una cosa que no he hecho para reparar este vacío entre nosotros, y nos la debo a los dos. Un último esfuerzo desesperado que debería haber sido el primero. —Tye, lo siento.

—No, no lo sientes. —Sus ojos esmeralda relampaguean—. Y por si nadie te lo ha dicho nunca, eres una mentirosa terrible, Lera.

—Siento haberte hecho daño. —Ahí está toda la verdad; aunque, con lo cruel que está siendo Tye, puede que no lo sea por mucho más tiempo.

A Tye se le hinchan las aletas de la nariz y un destello de dolor cruza sus ojos antes de que el hielo se apodere de sus iris.

—No fui más que un daño colateral en tus planes.

—Echa la cabeza hacia atrás, dedicando unos instantes a respirar antes de volver a mirarme, con la voz serena de nuevo—.

Si el subdirector decidió llevar su conversación sobre el rendimiento de usted a los territorios del sur, está claro que se hizo con consentimiento mutuo.

Así que no se preocupe, Leralynn… No voy a echar a River a los lobos. Ese es su estilo, no el mío.

Mis dientes rechinan. —Gracias.

—No te molestes. Lo hago por River. —Tye se libera de mi agarre con una sacudida del brazo y sigue bajando los escalones—. En cuanto a ti, ¿quieres estar en el equipo de Proeza? Pues bienvenida. Ahora te toca descubrir lo que eso significa en el mundo de Han.

Recorriendo el resto de los escalones en un rápido silencio, Tye y yo salimos del torreón para encontrarnos con lo que ahora se ha convertido en una cortina de lluvia torrencial, con el cielo de un gris tan oscuro que bien podría ser de noche.

El agua me empapa el uniforme y el pelo al instante, lo que al menos tiene la ventaja de quitarme de encima el olor de River.

El patio está vacío, salvo por unos cuantos sirvientes que se apresuran, desafiando a la lluvia para completar sus tareas.

Y Han. Esperando bajo el cobijo del andamiaje del estadio, está de pie con los brazos cruzados, sus ojos clavados en mí con la evaluación de un carnicero.

—Lo que hizo en la clase de Briar fue inaceptable —dice Han a modo de saludo. Se me revuelven las tripas, como siempre que lo veo. La maldad que emana de él—. Sobre todo a solo tres días de la ceremonia de apertura.

Mi pulso late al compás de la lluvia torrencial, mis músculos contraídos hormiguean de energía. —Señor…

El revés de Han me golpea en la cara con una crueldad despreocupada, y yo retrocedo tambaleándome, limpiándome un hilo de sangre que ahora serpentea desde la comisura de mi boca.

A través de la cortina de lluvia, diviso a Tye a unos pasos de distancia, de pie y sin inmutarse, con las manos aún en los bolsillos mientras su camisa blanca empapada se amolda a su pecho y a su abdomen definido.

—¿Quiere seguir en el equipo? —Han da una patada al suelo, lanzando trozos de tierra fangosa por el aire que salpican mi uniforme—. Pues suplíquelo. De rodillas.

Por un instante, creo que está bromeando, pero una sola mirada a sus duros ojos gris azulado me dice que el hombre no bromea en absoluto.

No por venganza o furia ciega, sino por puro cálculo, como si yo fuera un perro al que pretende restregarle el hocico en el estropicio que ha hecho en la alfombra.

Se me encoge el estómago, mi orgullo choca con mi misión.

Sin embargo, antes de que pueda decidirme, Tye me agarra por la espalda de la camisa y me obliga a arrodillarme con una fuerza de hierro, sin parar hasta que mis rodillas y luego mi cara se hunden en el barro.

Sus labios me rozan la oreja mientras la arena me entra en la boca y los ojos.

—Hazlo —exige Tye—. Suplica o ríndete. Elige, Leralynn.

Algo dentro de mí se quiebra, y la sensación de la mano de Tye en mi espalda se vuelve de repente más despreciable que la presencia de Han.

He compartido mi ser con este cabrón —mi cuerpo y mi alma— y ahora él está machacando ambos en el barro como si yo fuera un bicho bajo su zapato.

No me merezco esto. Nadie se lo merece. Y quizá esa sea la cuestión, el punto final de la frase.

Tye y yo hemos terminado. Desde este momento y para siempre.

Todo dentro de mí se contrae, y hago un gran esfuerzo para no girarme y estamparle el puño en la mandíbula. Pero el cabrón no vale la pena. Necesito seguir en el equipo de Proeza por razones que no tienen nada que ver con él. Y ahora, ya nunca las tendrán.

—Por favor, maestro Han. —Levanto la cara del barro solo lo justo para asegurarme de que mis palabras se oigan, gritando a través de la lluvia torrencial—. Perdone mi impertinencia en los exámenes de prueba de antes y permítame quedarme.

Mi corazón martillea mientras las botas de Han se acercan a mi cara, con Tye todavía agarrándome la camisa.

—Bésalas. —Han me pone la puntera sucia bajo la nariz, haciendo trizas mi dignidad un poco más con cada respiración.

Por un momento, mis dedos se aferran al barro, deseando darle la vuelta y tirarlo de espaldas, pero los controlo y presiono mis labios contra el cuero sucio.

Han resopla. —Animales. Todos iguales en el fondo. —Da un paso atrás y se endereza la túnica empapada por la lluvia—. Suficiente. Tyelor, ponla a correr dos horas por las gradas del estadio para fomentar un cambio de actitud, y consideraremos el asunto zanjado.

Tye me suelta en cuanto Han se aleja, y me pongo en pie en un instante; un puñado de tierra que había cogido en la palma de mi mano vuela directo a la nariz de Tye. El barro apelmazado aterriza con un chap pegajoso, cubriéndole las pecas y uno de sus afilados pómulos.

—Espero que hayas disfrutado del espectáculo. —Mi voz es tan fría que apenas la reconozco—. Sería una pena haber desaprovechado la oportunidad.

—De nada. —Tye se balancea sobre los talones; la lluvia torrencial ya le está limpiando la cara.

A pesar del intento de indiferencia, tiene la mandíbula tensa y los músculos le vibran a lo largo del rostro.

Baja la voz, y me pregunto si él también lo ha sentido, ese momento en el que el puente entre nosotros se ha agrietado y ha caído en un frío abismo—.

Si te hubieras ido de la lengua, la tarde habría sido mucho más dolorosa.

—Anotado. —Indico con la barbilla las gradas del estadio—. Has oído a nuestro maestro. Adelante.

—Maldita sea, chica. —Acortando la distancia, Tye me agarra del brazo, enseñando los dientes—. Podías haberte marchado. Nadie te obliga a quedarte en el equipo, pero si eliges hacerlo, juegas según las reglas de Han. Créeme, tienes suerte de que te lo haya recordado yo y no él.

—Ah, ¿así que por eso me has restregado la cara en el barro? ¿Para protegerme del fiero entrenador de Proeza? Debería estar dándote las gracias de rodillas, sin duda.

—Lera…

Me suelto del brazo con un tirón justo cuando un rayo resquebraja el oscuro cielo, perfilando la torre saliente del torreón con un detalle espeluznante. —Primero: no me toques. Segundo: no he venido aquí a hablar.

—No seas idiota, Lera. Apenas has bajado los escalones secos del torreón. Si corres por estos, te vas a romper el cuello. —Tye niega con la cabeza, el pelo rojo empapado le vuela alrededor—. Solo espera aquí. Si a Han le importara lo suficiente, se habría quedado.

Dándole la espalda al fae, subo de un salto al primero de la fila imposiblemente larga de bancos, dejando que la fría lluvia me mantenga anclada.

No quiero los favores de Tye. Ni sus palabras.

Ni nada que ver con él. Mis botas mojadas golpean los escalones de madera, y la superficie resbaladiza acapara toda mi concentración.

Por encima de mi cabeza, el trueno aplaude como si me instara a moverme más rápido.

—Leralynn. —Corriendo a mi lado con una facilidad desmoralizante, Tye grita por encima de la lluvia—. Para antes de que te hagas daño.

Corro más alto, el repiqueteo de mis botas contra la madera mojada resonando en mis huesos. Más rápido. Dentro de mí, las hebras de magia se agitan en sus grilletes, y algún que otro latigazo de poder que se escapa lanza chispas que sisean y mueren con la lluvia.

La siguiente vez que cae un rayo, recorta la silueta de la esbelta figura de Tye intentando agarrarme en el nivel superior de las gradas de madera del estadio.

—¡Vete al infierno! —Me aparto bruscamente antes de que la mano de Tye pueda alcanzarme, pero mi bota pisa un trozo de madera resbaladiza.

Se me corta la respiración. Se me dobla la rodilla, y el peso de mi cuerpo me arrastra hacia mi hombro derecho…

, solo que ahí no hay más que aire. Con un grito ahogado, caigo desde lo alto de las gradas del estadio hasta el suelo.

—¡Tiga! —El grito de Tye me sigue en la caída, y su última sílaba resuena justo cuando mi espalda aterriza en el suelo mojado, con los brazos golpeando el suelo por instinto para disipar parte de la fuerza.

El golpe ensordecedor recorre todo mi cuerpo, y el mundo se vuelve borroso a través de la punzante lluvia y la conmoción.

Por un momento, lo único que puedo hacer es boquear en busca de aire.

Mientras mis pulmones se llenan lentamente, evalúo los daños.

Entre la tierra blanda, mi cuerpo inmortal y un golpe de buena suerte, estoy más aturdida que herida.

Mientras parpadeo para recuperar la consciencia, veo a Tye saltar desde lo alto de las gradas para aterrizar a mi lado en cuclillas, con sus ojos esmeralda febriles de un terror que mi mente embotada no comparte.

—No —susurra Tye, con las manos en mis hombros—. Otra vez no. Por favor.

—Quítate de encima. —Lo aparto de un empujón, observando a lo lejos que su ágil cuerpo cede con facilidad bajo mi fuerza; el fae cae de rodillas en un charco. Le tiemblan los hombros, su respiración es tan irregular y rápida como los torrentes de agua que le bajan por las mejillas.

En otro mundo, le preguntaría cómo está. En este, me levanto lentamente y me alejo con paso pesado sin mirar atrás.