La Campana de la Verdad (Power of Five 7) 12. Lera
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12. Lera

LERA

T iemblami cuerpo acurrucado contra su pecho húmedo, con la cabeza pesada y apoyada en el hueco perfecto y musculoso de su hombro.

No es que pudiese ponerme de pie ahora mismo aunque quisiera.

Tengo la boca seca, la piel perlada de sudor y un mar de agotamiento y satisfacción en mi interior.

Con las potentes secuelas del acoplamiento recorriéndome, estoy más relajada de lo que recuerdo haber estado desde que puse un pie en Great Falls.

Como si el firme dominio que River ha ejercido sobre mi cuerpo hubiera colocado una pieza que faltaba en el puzle y, ahora, los fragmentos dispersos de mi alma encajaran por fin en su sitio.

Su mano grande y callosa me acaricia el pelo y la espalda, con un ritmo que recuerda al ploc, ploc, ploc de las gotas de lluvia al golpear la ventana.

―¿Cuándo ha empezado a llover? ―murmullo.

River se ríe. ―Entre tu primer y tu segundo orgasmo.

A pesar de que acabamos de hacerlo, se me encienden las mejillas y hundo más la cara en el hombro de River, sintiendo su piel como un cálido terciopelo contra la mía.

―Estás preciosa cuando llegas al clímax, Leralynn ―me dice contra el pelo, mientras su mano tranquilizadora sigue acariciándome la piel―. Podría escuchar ese sonido todo el día.

Yo también podría. Por desgracia, no tenemos tanto tiempo. En algún lugar de esta habitación están los restos de mi ropa y de mis problemas; y tengo que encontrar ambas cosas más pronto que tarde. Haciendo acopio de fuerzas, intento recomponerme.

River me aprieta el culo con fuerza. ―Estate quieta, no te vayas a caer ―ordena, tomando las riendas de un modo que me provoca tantas ganas de darle un puñetazo como de volver a montarlo para empezar de nuevo.

Con un beso casto en la coronilla, River se levanta conmigo en brazos y me deposita de nuevo en su sillón.

El cuero está frío contra mi piel desnuda y el mullido cojín acoge mi cuerpo acurrucado.

Caminando por la habitación, River recoge mi ropa mientras sus músculos se mueven maravillosamente bajo su piel desnuda.

No puedo evitar observarlo: su pelo oscuro, adorablemente alborotado; sus ojos grises, velados por una deliciosa saciedad que nunca había visto en el subdirector de Great Falls.

Cómo es posible que ese hombre aún tenga energía para moverse de un lado a otro cuando yo apenas puedo levantar la cabeza es todo un misterio.

River se detiene para servir un vaso de agua de una jarra fría antes de volver a ponerse en cuclillas a mi lado. ―Bebe.

El líquido frío produce un contraste tan brusco con mi cuerpo ardiente que los ojos se me abren de golpe como los de un muñeco.

Una comisura de los labios de River se contrae. ―Por cierto, creo que lo he entendido.

―¿Algo en particular o el mundo en general? Porque ahora mismo no estoy segura de recordar gran cosa sobre el mundo en general.

―Sé por qué te has unido al equipo de Destreza. ―La sonrisa de River se desvanece―. Por qué no quieres aceptar la oferta de marcharte de la Academia durante el verano.

Mis manos se cierran alrededor del vaso de agua, cuyo frío se ha vuelto de repente desesperadamente necesario para enfocar mi mente embotada.

No es justo que River saque el tema ahora, pero no puedo hacer que se desdiga.

Tampoco puedo deshacer la realidad que me presiona por todos lados.

Me incorporo en el asiento, clavo la mirada en sus penetrantes ojos grises y espero a que continúe mientras el repiqueteo de la lluvia contra el cristal se intensifica.

―Te has metido en medio de todos y cada uno de los peligros que han acechado a esta Academia desde que pusiste un pie aquí, Leralynn.

Una costumbre que he intentado quitarte a base de hablar, de darte trabajo y de castigarte, sin éxito hasta la fecha.

Siendo así, imaginar que de repente te has enmendado y has decidido dejarme a mí la preocupación por las pruebas de Destreza ha sido una auténtica locura desde el principio.

―River traga saliva. Tiene el rostro, su querido rostro, tan tenso que ojalá pudiera relajárselo con los dedos.

―River…

Niega con la cabeza. ―Te prometí aceptarte tal como eres, Lera. Y para eso, parece que debo reconocer lo que eres.

Siento una opresión en el pecho. ―¿Y qué soy?

―Una protectora. ―River inspira hondo y su reluciente pecho y sus hombros se ensanchan―.

No te quedarás de brazos cruzados dejando que otros defiendan la Academia porque, en el fondo, no puedes.

Va en contra de tu naturaleza. No te estás metiendo en medio de la competición de Destreza porque te haya entrado un súbito interés por el espectáculo, y no te niegas a repetir el curso porque te preocupen las consecuencias del retraso.

No. Todo lo que haces está pensado para llevarte al epicentro del infierno que crees más probable que se desate.

Se me corta la respiración. Cada una de las palabras de River da en el blanco. Protectora . No se me escapa la ironía de la palabra elegida, pero tampoco la propia naturaleza de River.

Ahora que ese hombre entiende lo que estoy haciendo, ¿qué hará al respecto?

Mis dedos se aferran al vaso de agua, que apuro rápidamente mientras mi mente busca a toda prisa un punto de apoyo. Me estoy tragando el último sorbo, todavía decidiendo qué responder, cuando oigo unos pasos ágiles que suben por la escalera, fuera del despacho de River.

Abro los ojos como platos. Él también.

Me pongo a toda prisa la camisa que River me entrega, desecho la casaca, ahora sin botones, y libro una batalla contra la faja de mi pecho mientras River patea los utensilios de escritura que tiró al suelo para meterlos detrás de su escritorio.

Las tintas que sobrevivieron a la caída anterior ahora se abren en señal de protesta ante este nuevo insulto, extendiéndose en charcos oscuros por el suelo.

Justo después de las agudas palabras de River, la visión de él maldiciendo mientras intenta a la vez abrocharse la bragueta y esquivar los charcos de tinta que se extienden es casi suficiente para que me dé un ataque de risa.

―Leralynn ―sisea River mi nombre en una advertencia silenciosa.

Parpadeo, mirándolo. Noto su feroz mirada gris. Y me doblo en una risa espasmódica y demencial que se niega a calmarse por mucho que me tape la boca con las manos.