10. River
RIVER
E l clin, clin, clin de los botones de Lera contra los muros de piedra de su despacho enviaba pequeñas descargas que le llegaban a River hasta la polla.
Santas estrellas, cómo la deseaba; el corazón le latía con fuerza por la mezcla tóxica de deseo y desconcierto.
Se trataba de una cadete retorciéndose de expectación bajo sus manos.
Y, sin embargo, Leralynn era mucho más que eso.
Su chaqueta destrozada cayó al suelo con un satisfactorio «plof»; el ancho cinturón de tela la siguió, y a continuación, la camisa y el vendaje del pecho.
Liberados de sus ataduras, los preciosos pechos de la chica se soltaron de inmediato, con sus pezones rosados y fruncidos suplicando ser tocados.
Conteniendo el aliento, River trazó con el pulgar el contorno de cada yema tentadora, maravillado, saboreando la sensación de la delicada piel erizándose bajo su caricia.
Había soñado con este momento innumerables veces, había recorrido mentalmente esas curvas que sabía que no eran suyas, pero el sueño palidecía en comparación con la realidad.
Ahora que estaba aquí, sabía que ningún plan preconcebido podría hacerle justicia a Leralynn.
Lera inspiró suavemente; el placer que le producía su caricia hizo que la polla de River palpitara con tanta fuerza que su visión se oscureció por un momento. Respiró hondo para calmarse, pero el aroma a lilas y a excitación que le llenó los pulmones tuvo el efecto contrario.
Enganchando las piernas alrededor de sus caderas, Leralynn lo atrajo hacia ella, contemplando el bulto palpitante de sus pantalones con la misma atención absorta que él acababa de prestarle a sus pechos.
Cuando ella alzó la cara, la visión de sus labios carnosos y entreabiertos y sus penetrantes ojos de color chocolate le encogió a River el corazón en un puño.
Diana. Era Diana y, sin embargo, no lo era.
Las manos de la chica estaban ahora en sus hombros, quitándole la chaqueta de un tirón por los brazos y rasgándole la camisa con casi tan poco respeto como el que él había mostrado por la suya.
Cuando su pecho quedó finalmente al descubierto, ella apoyó las palmas de las manos sobre él con posesividad, y luego las deslizó por su abdomen hasta el cinturón con lo que él habría jurado que fue un ronroneo y una mirada lo bastante ardiente como para derretir el acero.
A River se le paró el corazón.
Barriendo bruscamente con el brazo la superficie de su escritorio, arrojó al suelo los documentos, las plumas y todo lo que le había parecido importante esa misma mañana.
A la irrelevancia. Agarrando a Lera por la cintura, le dio la vuelta y la tumbó boca abajo sobre la superficie de madera, con las piernas colgando por el borde incluso antes de que los últimos tinteros que rodaban dejaran de chocar entre sí.
Con una mano bajo sus caderas, River le abrió la bragueta de un solo tirón, sintiendo el eco de su pulso en la polla mientras le bajaba los pantalones y la ropa interior por su redondo trasero hasta las rodillas.
Unas gotas de humedad ya colgaban como adornos de los ensortijados rizos cobrizos de Lera y una cantidad aún más brillante de lubricante embadurnaba el interior de sus muslos.
River frotó la humedad con avidez, inhalando la necesidad de ella mientras se fundía con la suya.
Sus pequeños gemidos de deseo casi lo hicieron correrse allí mismo.
Estrellas, el olor de la chica era el correcto.
Fresco, vibrante y el encaje perfecto para un vacío irregular en su alma. Una pieza que faltaba.
En lo más profundo de River, algo extraño despertó con un rugido.
Sus sentidos se avivaron ante cada sonido y cada imagen, hasta el leve crepitar de los ásperos rizos de Lera al rozarse entre sí mientras ella apretaba las nalgas en un gesto instintivo de protección.
Los sonidos húmedos de su sexo palpitante prácticamente gemían suplicando una caricia.
Pero River deseaba mucho más que simplemente estar dentro de Leralynn.
Quería conquistarla. Penetrarla tan completa e íntimamente, llevarla a tales cotas de placer abrumador que ninguno de los dos olvidara jamás este momento.
Quería hacerla gritar de éxtasis, hasta que supiera —no solo en su mente, sino en su alma— la respuesta al desafío que ella le había planteado.
Con el corazón y la respiración acelerados, revolvió los dedos entre sus pliegues resbaladizos sin previo aviso, haciendo que la chica gimiera con fuerza —gracias a las estrellas por los gruesos muros de piedra—, y luego le hundió un dedo tan dentro que pensó que ella se apartaría por la presión.
Pero solo se apretó con más fuerza contra él.
Un nuevo hilo de excitación goteó sobre el escritorio, bajo ella.
Sí, Lera estaba más que lista para él, lo cual era oportuno, porque necesitaba estar dentro de ella ya.
—Voy a tomarte, Leralynn —las palabras de River sonaron graves y crudas—. Voy a tomarte tal y como eres. Y a mostrarte quién soy yo también.
El trasero de Lera onduló bajo su mano como respuesta, su respiración entrecortada, frenética de necesidad.
Abriéndose la bragueta de un tirón, River colocó la cabeza goteante de su polla en la entrada de Lera. Había tenido la intención de ir despacio, de entrar con una presión suave para que la chica se adaptara, pero el gruñido frustrado de Lera puso fin a ese plan.
Agarrándole las caderas, se enfundó por completo en el canal de Lera de una sola embestida.