La Campana de la Verdad (Power of Five 7) 8. River
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8. River

RIVER

T ras haberle ordenado a Leralynn que lo esperara en su estudio, River sabía que le resultaría difícil soportar el resto del simulacro de examen.

Pero la opresión en el pecho que lo dejaba sin aliento lo pilló igualmente desprevenido.

Quería, necesitaba, ir tras ella. Explicarle que no estaba siendo un cabrón solo por el placer de serlo, sino para hacerle entender el peligro del fuego con el que jugaba.

Se clavó las uñas en la piel de la muñeca que se sujetaba a la espalda, con los hombros tan tensos que empezaban a dolerle.

Los simulacros de examen seguían en marcha y le estaba costando hasta la última gota de su fuerza de voluntad aparentar que escuchaba a los demás estudiantes cuando, en realidad, sus palabras se mezclaban en un zumbido en su mente.

Demonios, si uno de ellos se pusiera a bailar una jiga en mitad de su respuesta, River probablemente ni siquiera lo tendría en cuenta en ese momento; aunque, por suerte, su reputación bastaba para mantener a raya a los cadetes.

Al menos, a los cadetes que no eran Lera.

Cuando terminó la clase, después de que otros tres cadetes hubieran decidido repetir el año en lugar de arriesgarse a la expulsión, River le hizo a Briar una reverencia ominosamente ambivalente y se excusó para dirigirse a su estudio.

No había revelado nada sobre si estaba satisfecho con el rendimiento de la clase, por la sencilla razón de que mal podía tener una opinión después de no haber prestado la más mínima atención.

Al otro lado de las ventanas que River dejaba atrás a cada giro de la escalera de caracol, la Academia estaba irreconocible.

Además de la monstruosa arena que dominaba el patio y las banderas de todos los colores que colgaban de postes, árboles y cuerdas aparejadas, los terrenos bullían con los rostros desconocidos del personal contratado para apoyar tanto la competición como a la realeza que estaba a punto de llegar.

Doncellas y marmitones, guardias y cocineros, carpinteros y costureras.

.. Era una invasión. Una que convertía a la Academia en un objetivo para cualquier oscuridad que estuviera operando en Great Falls.

Y una de la que River quería que Leralynn no formara parte.

La joven se parecía tanto a Diana que se le secaba la boca.

No solo por sus grandes ojos color chocolate que lo veían todo, sus caderas hechas para encajar con su cuerpo, sus exuberantes y pesados pechos que se endurecían impertinentes con un ligero escalofrío.

.., sino por la feroz pasión y valentía y el hilo de seda de vulnerabilidad oculta que despertaban todos sus instintos protectores.

Sus sesiones de estudio se habían ido convirtiendo en un suplicio para él, una hora cada día en el filo de la navaja entre el placer y el dolor, que dejaba a River con un profundo anhelo durante horas.

Llevaba dos meses controlando su cuerpo cerca de ella.

A duras penas. Pero su alma no era tan obediente y el peligro inminente de las Pruebas solo lo empeoraba.

El corazón de River dio un vuelco con la irracional sensación de que la historia se repetía.

La mañana en que Diana sufrió la caída que acabó con su vida, él se había percatado de la inusual agitación de su caballo y sabía que la pasión de Diana por la monta excedía su habilidad. Pero no había impedido que su esposa se subiera a aquella silla. Lo habría odiado por ello. Pero seguiría viva.

River no se permitiría ser el mismo cobarde con Leralynn.

Al subir el último tramo de escaleras, encontró a la joven sentada en el banco de fuera de su despacho, como se les indicaba a los alumnos descarriados.

Mala señal que no hubiera entrado sin más, como solía hacer.

La luz del sol que se filtraba por la ventana incidía en su pelo castaño rojizo, haciéndolo brillar con la misma vida descarada que irradiaba su piel cremosa.

La sangre acudió a la polla de River, espoleando pensamientos que no tenían cabida alguna en la conversación que estaba a punto de tener.

—Leralynn.

—Señor. —Al ponerse de pie, Lera se llevó las manos a la espalda; su voz no transmitía más que una fría e hiriente distancia.

Muy bien. Podían jugar a lo que ella quisiera, siempre y cuando al final estuviera haciendo las maletas.

Tras abrir la puerta de su estudio, River se hizo a un lado para dejar pasar a Lera.

La joven dio apenas cinco pasos antes de detenerse.

Esperando instrucciones. Sin emoción. Sin contacto.

Nada. Al menos no tenía miedo de que la golpeara, pensó River.

Habían avanzado lo suficiente como para que confiara en que no lo haría.

Pero entonces la miró a los ojos y se dio cuenta de que lo que veía no era confianza, sino un muro. Un muro frío y brutal. Y por mucho que quisiera protegerla, no creía poder soportar aquello.

—Leralynn. —Plantándose ante ella, River alargó la mano para rozarle la mejilla con el pulgar antes de que sus mejores instintos pudieran detenerlo.

Era suave como la seda y le envió una oleada de calor por el brazo.

Ansiaba restablecer la conexión, resquebrajar el muro de dolor para que pudieran hablar.

—No me toque.

Las palabras golpearon a River en el pecho y retiró la mano al instante, aunque le provocó un nudo en la garganta. Se llevó las manos a la espalda para evitar más tentaciones y le dedicó a Lera un pequeño asentimiento de reconocimiento.

—Sí, le he tendido una trampa —dijo con voz firme mientras la miraba a los ojos—.

Pero era la única manera de que el mensaje calara, Lera.

Esta vez, ha abandonado el estrado del examen cubierta solo de humillación.

Si estos exámenes hubieran sido reales, habría sido su fin en la Academia.

Sin recurso. Nada. Ni siquiera yo podría traerla de vuelta.

Ninguna respuesta. Solo una silenciosa mirada color chocolate.

—¿Me entiende? —exigió River.

—Perfectamente. —Lera enarcó una ceja—. ¿Puedo irme?

Tras dirigirse a su escritorio, River sacó el acuerdo de baja y la tinta y los dispuso para Lera.

—No voy a darme de baja.

—Regresará en otoño. —Alargó la mano hacia la pluma.

—He dicho que no. No voy a darme de baja. Señor.

River se quedó mirando la pluma que tenía en la mano, intentando sin éxito encontrarle sentido a las palabras de Lera. Cuando la pluma se partió bajo la presión que no sabía que estaba ejerciendo, sintió que algo dentro de él también se quebraba.

—¿Qué espera exactamente que ocurra en los exámenes?

—exigió, alzando la voz a su pesar. Deseaba tomar a Lera en sus brazos y sacudirla para que entrara en razón.

No podía pasar por esto otra vez, ver un desastre inminente y no hacer nada para detenerlo.

No podía perder a Leralynn sin luchar—. Esa era una pregunta de examen real, Lera.

Y ha suspendido. ¿Qué demonios cree que cambiará en los próximos días?

Un músculo se tensó en la mandíbula de Lera y, por un momento, algo más que frío hierro brilló en aquella hermosa mirada. Arrepentimiento. Dolor. Anhelo atemperado por la determinación.

Agachándose, recogió las dos mitades de la pluma y las dejó sobre el escritorio de River.

—Imagino que dentro de unos días, haré el examen y suspenderé, tras lo cual, seré expulsada de la Academia para siempre —dijo con una ecuanimidad que le provocó un escalofrío a River.

Lera no mentía. Estaba... estaba tramando algo.

Algo que a River se le había pasado por alto por completo.

Entrecerró los ojos. Se estaba equivocando de lleno, ¿verdad?

El corazón se le aceleró y su mente se apresuró a descartar la realidad que había imaginado en favor de la que existía en la mente demasiado valiente de Lera. Y aquello lo aterrorizaba.

—¿Necesita algo más de mí en este momento, señor?

—preguntó Lera, haciendo una pausa que duró una fracción de segundo, un lapso insuficiente para que River encontrara las palabras.

Sin embargo, cuando ella empezó a caminar hacia la puerta abierta, River se le adelantó y, usando sin pudor su mayor zancada y alcance, cerró el panel de madera antes de que la joven saliera de su vida para siempre.

—Una explicación —dijo en voz baja. No una exigencia, esta vez no. Una petición—. Por favor.

Un músculo se contrajo en la mandíbula de Lera; el dolor y la ira que había mantenido a raya afloraron en su rostro.

—Si se hubiera molestado en escuchar algo de lo que le he dicho desde que llegué aquí, no estaría preguntando eso.

—Negó con la cabeza, con la respiración agitada—.

Me ha humillado hoy, River. Confié en usted y convirtió mi confianza en un maldito látigo.

Así que se acabó. Seguiremos sus reglas. Durante unos tres días más, al menos.

River mantuvo la mano en la puerta, con el corazón martilleándole en el pecho.

—Así que, si no tiene ningún motivo para retenerme aquí, señor, déjeme marchar.

La cadete tenía razón. No tenía ningún motivo para retenerla.

Ni como subdirector de la Academia. Ni como nada.

Excepto que, de alguna manera, esos detalles habían dejado de importar.

En lo más profundo de su corazón, un miedo doloroso y furioso que había empezado a rugir minutos antes se le estaba filtrando ahora en la sangre.

Si Lera cruzaba ese umbral, no volvería.

Y una parte primitiva e indómita de River no permitiría que eso ocurriera, no sin una guerra de mil demonios.

—No. —El torrente de sangre era ensordecedor en sus oídos—. Va a darme la oportunidad de arreglar esto.

Lera tiró del pomo de la puerta, pero el pesado panel de madera permaneció cerrado bajo el peso de River.

—Déjeme marchar. —Girándose, le dio un empujón en el pecho, y la pequeña palma de su mano golpeó contra él con una futilidad que habría resultado cómica en cualquier otro momento—. Quiero...

Un gruñido que no tenía nada de humano retumbó en los pulmones de River.

Sujetando las muñecas de Lera en mitad de su siguiente embestida, la giró y tiró de ella hacia su pecho, dejándola con los brazos atrapados cruzados sobre el torso.

—No me importa lo que quiera. Lo que va a hacer es hablar. Cueste lo que cueste.