7. Lera
LERA
P ara mi sorpresa, un tercio de los cadetes de Salto Grande acepta la oferta de Sage de repetir el curso.
Casi todos pertenecen a las familias nobles menores, a las que poco les preocupa que la retirada dé una mala imagen de su reino.
Todos los cadetes de sangre real se quedan, algunos más nerviosos que otros.
Cuando entro en el aula de matemáticas del maestro Briar la tarde siguiente, la academia ya parece mermada.
Por un momento, siento envidia de todos esos alumnos que se dirigen a sus acogedores castillos en sus elegantes carruajes tirados por caballos. A solo tres días del comienzo de las Pruebas de Habilidad —y de los exámenes orales—, la tensión entre estos muros nunca ha sido tan alta.
—Sentaos rápido, por favor —dice Briar desde la parte delantera de lo que había sido un aula polvorienta hasta que la inspiración de alguien explotó sobre ella anoche.
Las hileras ordenadas de pupitres han desaparecido, reemplazadas por bancos de madera dispuestos en semicírculo alrededor de una tarima elevada, con una gran pizarra apoyada en ella como si fuera la joya de la corona.
Las pesadas cortinas de la sala están corridas estratégicamente para asegurar que la luz de la tarde caiga en el centro del espacio mientras mantiene la zona de los bancos en la sombra.
Al igual que en el resto de la academia, las banderas que representan a los diez reinos están colocadas a lo largo de la pared del fondo, añadiendo manchas de colores dispares a una sala que, de otro modo, estaría revestida de pesados paneles de madera.
Una miniarena sin la arena ni el material de atletismo.
Sin el habitual pupitre tras el que esconderme, intento hacerme con un sitio en la última fila de bancos y me siento detrás de la espalda más ancha que encuentro, que resulta ser la de Tye.
Dejo los libros en el banco junto a mí para guardarle el sitio a Arisha y respiro hondo, preparándome para una hora de mi asignatura más difícil.
Pero en lugar de ralentizarse, el corazón se me para por completo.
El leve murmullo de las conversaciones y el aire saturado de perfume casi hacen que no me percate de un familiar aroma a bosque.
River.
En respuesta a la reverencia de Briar, el hombre junta las manos a la espalda y se aparta a un lado, tan discretamente como puede conseguirlo un guerrero de su tamaño. Aunque seguro que ha sentido mi mirada sobre él, no da ninguna señal de haberme visto entre la multitud. Pues muy bien.
Arisha se desliza, algo sofocada, en el asiento que le he guardado y, por primera vez, observo su soso uniforme gris con envidia. Cualquier cosa sería mejor que este rígido atuendo. —¿No deberías estar sentada delante con…, con ellos? —susurra, mirando significativamente mi uniforme de las Pruebas.
Maldigo, al darme cuenta tanto de mi error como del asiento vacío que me han dejado justo en el centro del banco del equipo para las Pruebas.
A nuestro alrededor, varias personas han llegado claramente a la misma conclusión y ahora me observan con una mezcla de interés y regocijo.
Me muerdo el labio. ¿Moverme o quedarme?
¿Moverme o quedarme? Al ver que cada vez más ojos se vuelven hacia mí, me levanto con cuidado…
y, de repente, soy la única que está de pie, aparte del maestro Briar y del propio River.
Me siento rápidamente. Genial.
—Si ha terminado de elegir asiento, lady Leralynn, ¿puedo empezar la clase?
—pregunta Briar, añadiendo más leña al fuego que ya inunda mis mejillas.
Cuando su mirada por fin me libera, me dejo caer en el asiento con alivio, que se desvanece rápidamente con sus siguientes palabras—.
Hoy realizaremos un simulacro de examen para que todo el mundo se familiarice con los procedimientos…
modificados de este año. El día del examen, entraréis en la arena, cuya disposición imita ahora esta sala.
Cuando se os llame por vuestro nombre, os acercaréis al instructor en la mesa lateral, elegiréis una de las papeletas boca abajo y se la entregaréis.
La pregunta de la papeleta, que puede ser de cualquier materia de estudio, es la que responderéis en el examen.
—Una pregunta. Una respuesta. Sin recuperaciones.
—La voz de River resuena con facilidad mientras avanza, arrastrando un silencio absoluto como un manto tras de sí.
Con su fina chaqueta de lana y sus pantalones ajustados por dentro de unas botas negras relucientes, parece un comandante en toda regla.
Sus ojos me recorren con indiferencia, como si yo fuera una alumna más.
Y quizá, después de lo de ayer, lo soy. Para cuando se detiene junto a Briar, los únicos sonidos que quedan son los ocasionales crujidos de protesta de los bancos.
Briar, que se ha quedado tan pálido como el resto de nosotros ante la aproximación de River, se aclara la garganta.
—Afortunadamente, hoy me consta de buena tinta que todas las preguntas son de matemáticas.
—Algunos de los alumnos ríen nerviosamente, pero tengo la garganta demasiado seca como para apreciar su mal intento de hacer humor.
Estos exámenes ridículos no son más que una exhibición para un público poderoso, diseñados para generar el máximo drama y el mínimo aburrimiento.
Sacando una pila de papeletas, el profesor las extiende sobre una pequeña mesa auxiliar a su lado. —Muy bien. Un voluntario, por favor.
A mi lado, Arisha se yergue, con un aspecto parecido al del lobo de Sombra cuando ve un filete demasiado cerca del borde de una mesa.
Briar le sonríe. —Lady…
—Lady Leralynn —dice River, interrumpiendo a Briar a media frase, con los ojos tan implacables como el acero pulido—. Parece que planeaba cambiarse de sitio cuando he entrado. Más le vale que se acerque hasta aquí.
No. No, no, NO.
Por un segundo, estoy segura de que he imaginado las palabras de River, de que él no me haría esto a propósito.
Pero entonces la realidad del silencio y de los ojos observándome se filtra, y noto las extremidades pesadas como el plomo mientras me pongo en pie.
Maldito. El corazón, que se me había parado por un momento, se lanza ahora al galope. River es un maldito bastardo.
Camino hacia la tarima como si subiera al cadalso y cojo uno de los idénticos trozos de pergamino que hay boca abajo sobre una mesita.
Con el corazón desbocado, saco el que está más lejos de mí y siento que el poco aire que me queda en el pecho se escapa por completo cuando se lo entrego a Briar para que lo lea en voz alta.
Dadas las siguientes medidas, calcule el punto aceptable más lejano para colocar una catapulta fuera de la muralla del castillo para asegurar que la carga la sobrepase.
Apenas puedo oír al maestro por encima de los latidos de mi corazón, olvidando los números en el momento en que los lee.
Cuando Briar me entrega el trozo de papel, lo miro con un pavor que me revuelve las tripas, deseando que las palabras se reordenen en algo diferente.
No lo hacen. Tampoco la fórmula que sé que existe se digna a aparecer en mi mente.
River y yo ya hemos resuelto problemas similares, pero que me parta un rayo si recuerdo por dónde empezar.
Los bancos crujen mientras los cadetes se remueven en sus asientos, y el aire de la sala pasa de estar cargado de tensión a lleno de confusión y curiosidad. Al parecer, se supone que ahora debo hacer algo. Escribir. Calcular.
—Si yo estuviera en ese castillo, ahora mismo me sentiría bastante seguro —le murmura Tye a Katita, con la voz lo suficientemente alta para asegurarse de que lo oigo.
El calor me inunda las mejillas y se extiende por mi cuerpo mientras el resto de la clase se ríe de las palabras de Tye, y River lo permite.
—¿Lady Leralynn? —insiste Briar—. Dispone de una pequeña pizarra y tiza que puede usar para los cálculos preliminares, si lo desea.
Me estiro la túnica, reuniendo la poca dignidad que me queda en la voz. —No será necesario, señor, pues no sé la respuesta. Sin embargo, me aseguraré de estudiar más a fondo en los próximos días.