La Campana de la Verdad (Power of Five 7) 5. Lera
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5. Lera

LERA

M e lanzo a una voltereta frontal por encima del hombro en el instante en que la orden de Han restalla en el aire, y me distancio de Katita antes incluso de ponerme en pie.

La princesa, que en su lugar ha girado sobre sí misma, parpadea una vez para hacerse a mi presencia.

Al encontrarme a dos pasos de distancia, enseña los dientes y arremete, y su andanada, cargada de furia, me obliga a ponerme a la defensiva de forma inesperada.

Sea lo que sea que Han haya estado haciendo con ella durante los últimos meses está dando sus frutos, pues los ya de por sí nítidos golpes de la princesa están ahora llenos de una fuerza salvaje.

Por el duro brillo de sus ojos azules y el rictus severo de sus bonitos labios rosados, estoy segura de que Katita no tendría reparos en matarme sin más, fuera o no un entrenamiento.

Respiro hondo y me centro en el ahora del combate, dejando que el resto del mundo se desvanezca.

El sol abrasador sobre mis hombros, el halcón que patrulla el cielo en círculos, la arena movediza bajo mis pies.

Nada de eso importa. Ni siquiera la oleada de amenaza que proviene de Tye.

O eso me digo. Este combate no trata sobre Katita, ni Tye, ni las pruebas.

Trata sobre mantener a salvo el mundo mortal.

Zas. Zas. Zas. El ritmo de nuestras espadas de madera de práctica llena el aire con un sonido familiar mientras dejo que los golpes de Katita sigan llegando, aunque ahora es por decisión mía.

Estudio la nueva potencia y velocidad de los golpes de la princesa, exploro los pequeños cambios en su estilo.

Elaboro un plan antes de hacer mi movimiento. Y entonces, lo hago.

Con la respiración acompasada, busco la abertura en el flanco izquierdo que la princesa deja siempre que para los golpes con demasiada rapidez y me trago una sonrisa.

Mis músculos se tensan, mis ojos fijos en los hombros de Katita sin mirar nunca a mi verdadero objetivo.

La hoja en mi mano se lanza en una finta mortal, mi espada se desvía hacia la sien derecha de Katita antes de que⁠—

La bota de la chica me golpea en el pecho con tal fuerza que se me corta la respiración, y los cadetes que observan vitorean con una malicia hiriente mientras yo trastabillo hacia atrás como un marinero borracho, sin apenas molestarme en ocultar mi confusión.

Podría haberle partido el cráneo a Katita…

cualquier ser con instinto de supervivencia habría intentado bloquear el ataque, apartarse de él o…

Cielos, soy idiota. Recuperando el equilibrio y la compostura al mismo tiempo, vuelvo a maldecirme.

Katita ni siquiera se había planteado la idea de que mi ataque pudiera ser real porque las reglas de Destreza prohíben el contacto con la cabeza.

Con razón Coal estaba furioso con esa idea. Unos meses metiéndote esa tontería en la cabeza, y podrían ocurrir cosas graves en la batalla.

—Me encantan tus nuevos instintos —le murmuro a Katita. La respiración agitada de la princesa llena el aire entre nosotras; mechones de su fino pelo rubio están ahora pegados a sus mejillas y a su frente—. Ignorar cosas pesadas que intentan machacarte el cráneo.

—¿Qué haces aquí? —Las aletas de su nariz se ensanchan, su corazón late tan deprisa que lo veo vibrar en su cuello. Quiere —necesita— ganar este asalto con la desesperación de un semental que arrolla todo a su paso para llegar a una yegua en celo. Febril y ciego—. Nadie en este equipo te soporta.

La creo. Y poco me importa. Por desgracia para Katita, no busco ganar las pruebas de Destreza. Busco ganar para todo el mundo mortal. Perder no es una opción.

Enganchando mi pie tras su tobillo, hago caer a la chica hacia atrás. Sus ojos se abren con indignación al aterrizar con fuerza en la arena.

—¿Nadie le ha dicho a la memo que solo los golpes con la espada puntúan? —grita Puckler.

Ignorando al de la realeza, sigo a Katita hasta el suelo, hincándole la rodilla justo debajo de la caja torácica con tanta fuerza que no puede respirar.

Agarrando la parte superior de su túnica con una mano y la tela junto a su muslo con la otra, tiro de ambas prendas, doblando el cuerpo de la chica como un arco sobre mi rodilla.

Gritos de indignación recorren las filas de los cadetes que observan, pero poco me importa.

Ya veo la lucha perdida en la cara de Katita.

Pasa un latido, su rostro se oscurece. Dos, y sus ojos cambian de la furia al pánico y al dolor.

Tres. La espada se le cae de la mano, todo su ser se centra ahora en nada más que en quitarse mi peso de encima.

En respirar. Un insecto intentando escapar del sol abrasador.

Cojo la espada caída de Katita y deslizo el filo de la hoja contra su cuello, matándola una y otra vez. —Nadie te ha dicho que muerta, bajo cualquier regla, sigue siendo muerta? —le digo—. Ríndete.

—No.

Encogiéndome de hombros, le pongo la espada justo sobre la tráquea y presiono. La madera amenaza el tierno cartílago de su garganta. Los ojos de la chica se desorbitan y sus manos se aferran a la arena mientras sus piernas patalean inútilmente.

—Puedo seguir así mucho más tiempo del que le gustaría, alteza —le digo con frialdad.

—Vete. Al. In⁠—

—Abandone. —La voz de Han resuena en la arena un instante antes de que su mano se cierre en mi nuca, arrojándome de Katita y de bruces contra el suelo.

Escupo arena de la boca y me levanto a tiempo de ver a Han levantar a Katita por la parte delantera de su camisa.

Los ojos de la chica están vidriosos por las lágrimas contenidas.

—No me he rendido, señor. —Su voz suena débil.

Desesperada—. No estábamos de pie, así que los golpes de Lera no cuentan para los puntos. Por favor. Mi padre va a venir y…

—Y no voy a avergonzar a la Academia dejando que vea la basura que acaba de llamar pelea —termina Han por ella.

Su voz es de hielo, pero su aspecto es pulcro y tranquilo: ni una gota de sudor en la frente, ni un solo pelo negro fuera de lugar—.

Si no es capaz de reconocer la muerte cuando le está presionando la garganta, es demasiado corta de luces para el puesto.

Diez vueltas a la Academia, y cuando vuelva arrastrándose, le dejaré quedarse como suplente.

—Lanzando a Katita sobre la arena como había hecho conmigo, Han me mira a los ojos.

Sus frías profundidades gris azuladas me provocan un escalofrío espeluznante, y tengo que esforzarme por no apartar la mirada.

—Que le quede claro, Osprey. Ha ganado el puesto de Katita en virtud de vuestra mutua estupidez. Una cadete fue demasiado idiota para recordar las reglas y la otra demasiado tonta para tener en cuenta la realidad.

Me levanto, sacudiéndome la arena y, tras meditarlo un instante, decido mantener la boca cerrada.

Han resopla. —Ya tiene lo que quería. Si lo mantiene —o si sobrevive a ello— depende enteramente de usted.

Tres horas después, descubro que Han no bromeaba sobre si mi supervivencia estaba en entredicho.

Mientras el resto del equipo rota por puestos que varían entre la preparación física general y las técnicas específicas de cada prueba, yo paso el tiempo en sesiones de combate sin parar con quienquiera que se quede desparejado.

La disposición, que al principio parece cómodamente familiar, se convierte en algo completamente distinto cuando Han da instrucciones a los cadetes para que me provoquen para romper las reglas y luego me castiga cada vez que lo hago.

Un método —como todo lo que hace— diseñado para ganar eventos atléticos y perder batallas.

Al final del entrenamiento, Han nos dice a todos que nos aseemos y nos cambiemos a uniformes limpios para la comida del mediodía, que ahora me doy cuenta de que tomaré con este grupo de víboras en lugar de con Arisha.

A pesar de que ese era el plan desde el principio, no puedo evitar sentir un incómodo nudo en el estómago ante la idea de sentarme con un grupo que no desea otra cosa que verme fracasar estrepitosamente.

Como me he entretenido volviendo a atarme los cordones perfectamente intactos para darme un respiro, soy la última en abandonar la arena, justo cuando la campana de la torre del torreón empieza a dar la hora.

O eso creía. Tye sale de la sombra de la salida lateral baja cuando me acerco, bloqueando la puerta con un brazo musculoso.

Su olor a pino y cítricos está cubierto de una amarga ira.

Por un momento, la pura proximidad del varón, su pecho desnudo brillando de sudor mientras se agita con respiraciones profundas, engaña a mi mente con la esperanza.

Entonces mi mirada se eleva hasta los ojos verde hielo de Tye, y toda esa esperanza se marchita como una uva seca al sol.

Doy un paso atrás, me cruzo de brazos sobre el pecho y espero a que diga lo que sea que planea lanzarme.

Estoy demasiado cansada para luchar. Solo espero estar demasiado cansada para sentir también.

Tye avanza hacia mí con la amenaza de un tigre al acecho, sus poderosas extremidades abriéndose paso por la arena.

—¿A qué juego estás jugando, Osprey? —Su acento cadencioso se ha acentuado, sus hombros se ensanchan, ocupando espacio y aire mientras se cierne sobre mí—.

Primero, intentas que me echen del equipo y ahora, al no conseguirlo, vas a por Katita. ¿Cuál es tu objetivo?

Proteger el mundo mortal mientras tú estás ocupado dando vueltas en una barra.

—¿Y bien? —Tye se acerca más ahora con un empujón amenazador, tan cerca que puedo ver cada peca de su rostro finamente esculpido, la pequeña cicatriz en su labio que he besado demasiadas veces para contarlas. Las motas plateadas en sus ojos que deslumbran cuando usa su magia.

La correa que no me había dado cuenta de que sujetaba mi ira se rompe con un chasquido rotundo.

Mis dientes rechinan tan fuerte que chirrían, mi corazón late con fuerza contra mis costillas mientras todo el calor de mi cuerpo me sube a la cara.

Odié hacerle daño a Tye. De verdad que sí.

Pero incluso sabiendo que sus comentarios mordaces nacen de la traición y el dolor que cree sentir, ya he tenido suficiente.

—¿Qué respuesta podría darte que te resultara satisfactoria?

—inquiero, negándome a dar un paso atrás como sé que el varón intenta que haga.

Aunque al principio consideré decirle la verdad —que estoy aquí para poder responder si la Guardia Nocturna ataca—, ya no confío en que Tye no use mis propias palabras en mi contra.

O que no se las transmita a Han. Un gruñido sube desde mi pecho, las aletas de mi nariz se ensanchan con un aliento caliente—. Estoy aquí porque quiero competir.

—¿Desde cuándo te importan las pruebas de Destreza?

Miro al sol para calcular la hora. —Desde hace unas tres —no, tres horas y media—. Ahora apártate de mi camino.

Tye me empuja. La inesperada malicia en el gesto me lanza hacia atrás y caigo sin gracia sobre la arena.

Jadeo, las pequeñas nubes de arena que se levantan a mi alrededor se me pegan al uniforme empapado en sudor.

—No eres bienvenida aquí, Osprey. —Me mira desde arriba, negando con la cabeza.

Luego baja la voz—. O te largas por tu cuenta, o lo harán por ti de una forma que te prometo que no te gustará nada.

Sin esperar respuesta, me da la espalda y sale de la arena. Sus talones levantan granos de arena. Al ver a Katita esperándolo en la entrada y el asentimiento que intercambian, sé que la advertencia era tanto de ella como de Tye.

A pesar del escudo de ira que envuelve mi corazón, se me hace un nudo en la garganta. Ninguno de los duros golpes con los que Coal me ha derribado se compara con ser descartada por alguien que todavía posee un trozo de mi alma.