4. Lera
LERA
V uelvo a mi habitación y me encuentro a Coal enfurruñado contra una pared y al lobo de Shade espatarrado en mi cama con la barriga y las cuatro patas gigantescas en el aire.
—Si esto es una fiesta de despedida por mis pruebas de Destreza de mañana, espero que uno de vosotros haya traído tarta.
—Tiro los libros sobre la cama, haciendo que Shade estornude con indignación, y adopto una postura relajada para el beneficio de mis varones.
En realidad, tengo el estómago hecho un nudo desde que les anuncié mi intención a Katita y a Tye.
La ira en los ojos esmeralda del varón todavía me provoca escalofríos.
Shade gime al percibir la tensión en la habitación, pero se detiene en seco ante una mirada mía.
Coal permanece en silencio.
—Es nuestra única oportunidad de tener a alguien infiltrado entre la realeza.
De vigilar a los objetivos de alto valor —le digo a las ajustadas ballenas de mi vestido, haciendo un pobre intento de desatarlas con elegancia.
El vestido cae al suelo a mis pies en un triste montón azul—.
Es nuestra mejor opción de posicionamiento, y sería una locura no aprovecharla.
— Finalmente me vuelvo hacia Coal. Sus ojos azules están velados en una buena imitación de un nubarrón—.
¿Crees que no puedo aguantar una semana del entrenamiento de Han?
La mirada de Coal se desvía hacia Shade, quien —maldito sea— se escabulle por la puerta abierta en lugar de quedarse a defenderme.
Antes de que pueda decir nada, el guerrero me coge por la cintura, me acorrala contra la pared y se cierne sobre mí, con un brazo desnudo y fibroso apoyado a cada lado de mi cara.
El calor de su cuerpo caldea el aire entre nosotros y su aroma masculino inunda el espacio.
—Sabes perfectamente lo que me preocupa, mortal.
—Su voz es grave. Peligrosa—. Y no es el entrenamiento de Han.
¿Quieres que te demuestre cuál es el problema?
El corazón me da un vuelco y levanto la vista para recuperar la compostura fuera del intenso escrutinio de Coal.
Durante los dos últimos meses, el varón ha insistido en recrear la escena del establo de Zake, como si la determinación pudiera hacer que mi cuerpo se descongelara a voluntad.
Volviendo a centrar mi atención en su rostro, recorro sus facciones duras, surcadas por una preocupación que intenta ocultar con autoría.
Cuadro los hombros lo mejor que puedo, con el corazón ahora desbocado.
—Tú también tienes pesadillas, Coal. Y no te he visto quedarte al margen en una batalla por miedo a que algo te pueda afectar.
Sus ojos chispean y se inclina más cerca.
—Llevo varios siglos viviendo con mis demonios, Leralynn.
No confundamos las cosas. Y lo que es más importante, mis recuerdos traumáticos me impulsan a luchar por mi vida.
Los tuyos te dejan paralizada como a un conejo esperando el sacrificio.
Esa es la diferencia. Hasta que no lo tengas bajo control…
Le pongo una mano en el pecho a Coal, sintiendo su corazón latir bajo el duro músculo.
—Si espero a que todo sea perfecto, puede que ya no quede un mundo mortal que salvar.
—Le deslizo ambas manos por el abdomen, observando cómo se le dilatan las pupilas mientras le engancho el bajo de la camisa y se las vuelvo a subir.
Músculo a músculo, su abdomen perfectamente esculpido queda al descubierto, luego su pecho, y sus pezones se endurecen con el aire fresco.
Se quita la camisa automáticamente, antes incluso de tener la oportunidad de darse cuenta de que lo estoy distrayendo—.
En cuanto a mis demonios —continúo en voz baja—, creo que no me equivoco al predecir que cuando la Guardia Nocturna ataque, intentarán matarme, no azotarme.
Así que si de verdad quieres ser de ayuda esta noche…
Coal gruñe suavemente y me hace girar, empujándome sobre la cama con la fuerza suficiente para que traquetee contra la pared. El muy cabrón me ha pillado.
Se mueve sobre mí como un depredador, olfateándome el cuello como un animal que marca a su pareja. —Esto no ha terminado —me dice al oído.
—Lo que tú digas, teniente —digo con picardía, subiéndome la combinación hasta la cintura. He ganado este asalto, y él lo sabe. Ya ha ido demasiado lejos como para echarse atrás.
Enseña los dientes y restriega sus caderas contra las mías con tal fuerza que no puedo evitar gemir… y entonces desaparece.
Levanto la vista con una protesta furiosa en los labios solo para encontrarlo de pie en medio de la habitación, desabrochándose la bragueta con tanto cuidado que quiero aullar de frustración. Levanta la vista, con un brillo perverso en los ojos. —No eres la única con métodos de persuasión, mortal.
—Voy a matarte —digo sin aliento.
—Puedes intentarlo —dice él.
Entonces vuelve a estar sobre mí, penetrándome tan hondo y certero que tengo que morderle el hombro para no gritar.
La docena de cadetes del equipo de Destreza de Han están corriendo arriba y abajo por las relucientes gradas de la arena cuando entro con paso decidido, con las palmas ligeramente sudorosas contra los muslos.
Dentro hace aún más calor de lo que imaginaba, y es todavía más intimidante.
El sol en lo alto se refleja de forma cegadora en el largo óvalo de arena y el equipamiento metálico de competición.
Las gradas se alzan hasta una altura de vértigo.
Veo una barra horizontal alta, parecida a la que Tye usaba para entrenar en Lunos, y el corazón se me encoge de dolor.
Aquí huele a sudor seco, con un matiz cobrizo a sangre que me revuelve el estómago.
Es evidente que fue una locura pensar que esto era una buena idea.
Y tampoco veo otra opción.
A diferencia de los cadetes de Destreza, que ahora visten exclusivamente los colores de la Academia incluso para el entrenamiento físico, mis grises de entrenamiento resultan deslucidos entre las banderas que ondean y la pintura brillante de la arena.
El rostro apuesto y oscuro de Han es indescifrable cuando me ve, y me hace una seña con un dedo para que me acerque. Su pelo y sus cejas brillan como el ónice bajo el sol opresivo, haciendo que sus ojos de color gris azulado sean aún más llamativos.
Mientras me acerco, tragando saliva contra el hedor a maldad que emana del varón como un olor corporal, él señala un punto en la arena, y luego me da la espalda para observar a sus atletas.
Son rápidos y de músculos fibrosos, endurecidos tras semanas de entrenamiento.
Siguen sin ser rivales para los fae, pero posiblemente son lo más parecido que los humanos pueden llegar a ser.
—Puckler, estás subiendo las escaleras, no arrastrándote por ellas. Empieza de nuevo. Tyelor, otra piedra.
Siguiendo la mirada de Han, veo a Tye con una mochila de piedras de peso atada a la espalda.
A la orden de Han, el varón trota hasta un montón de piezas adicionales y añade una mezcla de piedras y arena a su mochila.
Su pelo pelirrojo está empapado de sudor, con manchas oscuras que saturan la camisa de su uniforme.
Su rostro es duro, sus ojos inquietantemente carentes de emoción.
Me golpea de nuevo lo extraño que es ver a Tye como un extraño, detrás de un muro tan alto que apenas puedo ver a mi amigo, y mucho menos a mi juguetón y apasionado compañero.
Peor aún, mi cuerpo sí lo reconoce, anhelándolo como un perro anhela una golosina, traicionándome cada vez que poso los ojos en su desordenado pelo rojo y sus movimientos felinos.
—Tyelor tendrá que esforzarse más para compensar el tiempo que su idiotez le costó —dice Han en voz baja, casi con indiferencia, sin dejar de observar a sus pupilos—. ¿Hay alguna razón por la que esté usted violando mis arenas esta mañana?
Me aclaro la garganta. Han sabe por qué estoy aquí. Todo el mundo lo sabe. El mismísimo aire de la arena zumba en protesta por mi aparición. Poniendo las manos a la espalda, le hago una media reverencia al varón. —Querría hacer la prueba para el puesto de esgrima, señor.
Han emite un sonido evasivo con la garganta, y luego camina en círculo a mi alrededor como si examinara a una potra para comprarla.
—Tenía la clara impresión de que usted no era una defensora de nuestro equipo ni de nuestro deporte —dice, deteniéndose de nuevo frente a mí—.
Su intento de que mi mejor atleta fuera expulsado de la competición fue una prueba bastante clara de sus intenciones.
—Cometí un error a pesar de mis buenas intenciones —le digo a Han, aunque las palabras van dirigidas a Tye—. No había considerado del todo las probables consecuencias de mis actos, y pido disculpas por las molestias.
Aún añadiendo peso a su saco de correr, Tye no da ninguna señal de haberme oído.
—¿Hay alguna razón por la que deba importarme lo que pretendía por encima de lo que hizo ?
Sin esperar respuesta, Han se aleja de mí, gritándoles a tres cadetes sobre su forma de correr antes de ordenarles a todos que se pongan en posición de hacer flexiones como castigo por el tiempo lento de alguien.
La atención que presta a los estudiantes me recuerda a regañadientes a Coal, aunque las similitudes entre ambos terminan ahí.
Todo el entrenamiento de Coal se basa en la supervivencia; el de Han se inspira en la victoria; no en el triunfo del atleta, ya que parece que los cadetes que trabajan en la arena son tan prescindibles para él como los galgos de carreras, sino en la suya propia.
Lo cual, en este momento, juega a mi favor.
Tras unos largos segundos, desisto de seguirle el juego y me acerco a Han. —Me quiere en el equipo porque soy mejor que Katita —digo, sin intentar mantener la voz baja ni respetuosa—. Y usted quiere ganar. Es así de simple.
Han gira la cabeza, con un brillo divertido centelleando en sus ojos. —Eso es verdad —concede, y luego alza la voz—. Formen un círculo.
Los cuerpos sudorosos que forman un círculo a nuestro alrededor vibran con amenaza, cada rostro diciéndome exactamente lo que sienten por mi presencia.
Me pregunto si les sorprende el desafío o si llevan mucho tiempo esperando este momento.
Las miradas se dirigen a Katita, que se toma su tiempo para beber de un cubo de agua antes de avanzar como si fuera la dueña de la arena.
Sin molestarse en detenerse en el círculo exterior con los demás, la princesa va directamente hacia Han. —¿Es hora de sacar la basura, señor?
Han levanta una ceja. —Eso depende de si puedes hacerlo.
Los ojos de Katita se clavan en mí. —Con mucho gusto.
—¿Y si no la queremos en el equipo, señor? —la clara voz de Tye resuena en la arena—. A mí, personalmente, me importa poco lo que pueda hacer con una espada. El daño que puede hacer con la boca es más que suficiente.
Los murmullos de acuerdo que recorren el círculo no duelen ni de lejos tanto como el veneno en la voz de Tye. Aprieto la mandíbula, con la barbilla levantada en alto desafío mientras intento fingir que nada de eso importa.
La boca de Han se tuerce en una sonrisa desagradable.
—Tyelor. Sí, usted sabría de primera mano el daño que puede hacer con la boca, ¿verdad?
—Sus fosas nasales se ensanchan y ladea la cabeza, su sonrisa se acentúa.
Casi como si hubiera olido a los varones en mí, lo cual es imposible—.
Por suerte, si mantiene la polla en los pantalones, eso se puede minimizar.
La cara de Tye enrojece, y la mirada llena de odio que me dirige es tan dolorosa que tengo que clavarme los dedos en las palmas de las manos para mantener el rostro impasible.
Mis labios quieren temblar, mis ojos llenarse de lágrimas, pero cualquiera de las dos cosas acabaría con mi tiempo aquí en una fracción de segundo.
La sonrisa se desvanece de los labios de Han.
—Si alguien más aquí tiene la impresión de que su opinión importa, puede unirse a Tyelor en una carrera extra de quince kilómetros esta tarde.
—El ruido cesa, y de repente los únicos sonidos son las respiraciones pesadas de los cadetes que esperan.
Han chasquea los dedos a Rik, ordenándole que traiga un par de espadas de práctica mientras se dirige a Katita y a mí—.
El asalto durará tres minutos. Reglas estándar de Destreza: no se permite el contacto con la cabeza; solo se otorgarán puntos por golpes que conecten con la fuerza suficiente como para haber causado un daño significativo si las hojas estuvieran afiladas, o por cortes en zonas vitales.
—Han traza una línea sobre mi pulso a ambos lados de mi cuello.
Sus dedos están fríos—. Empiecen espalda con espalda. ¿Alguna pregunta?
La última pregunta va dirigida a mí, ya que Katita se sabe las reglas de Destreza al dedillo.
Yo también me las sé, pues Coal se pasó una buena media hora maldiciéndolas antes de aceptarlas.
«¿Por qué demonios te entrenarías para evitar los golpes en la cabeza?
» , todavía puedo oírlo gruñir con indignación mientras arrojaba las reglas a las llamas.
«¿Es que nos estamos entrenando para el caso común de un oponente sin cabeza? ».
—No, señor —le digo a Han, yendo a coger la espada de práctica que Rik me tiende. El chico la retira en el último momento y la tira a mis pies, limpiándose la mano en los pantalones cuando me agacho a recogerla.
—A sus puestos —ordena Han.
A pesar de saber que esta parte iba a llegar, darle la espalda a Katita es lo último que quiero hacer.
Obligando a mis extremidades a moverse, me giro en el centro de la arena y siento la cálida espalda de la princesa presionar contra la mía un momento después.
Su delicado perfume de rosas ocultaría los agudos olores a sudor y adrenalina para cualquiera, pero no para mí.
La chica está nerviosa. Cuando levanto la vista, me encuentro con el rostro bellamente afilado de Tye a dos pasos de distancia, sus ojos esmeralda convertidos en hielo.
—Yo no me acercaría accidentalmente demasiado al círculo. Solo es un consejo amistoso —dice él. Los cadetes a ambos lados de él se ríen, y luego se detienen tan de repente que estoy segura de que Han hizo una seña que no puedo ver.
Un instante después, la voz del instructor vuelve a sonar. —Empiecen.