3. Tye
TYE
— N o puede unirse al equipo de Destreza a menos de una semana de las Pruebas.
—La voz indignada de Katita fue mermando la densidad de los pensamientos de Tye.
Ya estaban cerca de los dormitorios de los cadetes, aunque no recordaba haber llegado hasta allí, con la mente todavía absorta en la provocación de Lera.
Ella en el equipo de Destreza. Aquellas curvas exuberantes que había reclamado como suyas y aquellos ojos insondables en los que se había perdido, ahora no eran más que crueles recordatorios de su traición. Delante de sus narices, todos los malditos días.
—¿A que sí? —repitió Katita, cargando la pregunta de énfasis mientras intentaba coger a Tye del codo.
Desde que Lera lo había saboteado al denunciarlo ante Shade, Katita había aprovechado la oportunidad para acercarse a él sin disimulo.
Se le arrimaba a la hora de comer y se ponía con él en clase posándole una mano sedosa en el brazo.
Tye dejaba que la princesa jugueteara a flirtear por la sencilla razón de que el padre de Katita era el rey de Ckridel y movía todos los hilos del futuro de Tye —por no mencionar que aquello enfurecía a Lera—, pero tenía que admitir que tanta atención empezaba a irritarle.
Tye se apartó del alcance de la princesa. —Claro que puede —dijo por encima del hombro, apenas capaz de ocultar su irritación—. Se le da bien la puñetera espada y no tardaría mucho en aprenderse unas cuantas reglas más.
—Seguro que el maestro Han no permitiría algo así.
—A Han solo le importa ganar, Kat. Hazme un favor y gana el maldito desafío, porque tener que compartir la arena con una zorra traicionera es más de lo que puedo soportar ahora mismo.
—Sin esperar la respuesta de Katita, Tye se coló en el dormitorio y salió por la primera ventana que encontró.
Tras trepar rápidamente hasta el tejado, se acomodó sobre la piedra calentada por el sol que se había convertido en su refugio predilecto en los últimos meses.
Con la espalda apoyada en una de las dos chimeneas, afianzó los codos sobre las rodillas flexionadas e intentó concentrarse en los coloridos estandartes que ondeaban y habían transformado la Academia de Great Falls en un escenario.
Su escenario. La culminación de todo aquello por lo que había trabajado toda su vida, que alcanzaba su cénit.
Un parapeto desde el que la mujer de la que se había enamorado estúpidamente había intentado despeñarlo.
Cielos, cómo dolía todavía la traición de Lera.
Y todo por culpa del propio Tye. Sabía que el entrenamiento de Destreza y las mujeres no eran compatibles; lo sabía mejor que nadie.
Y, sin embargo, a pesar de su buen juicio, a pesar del recuerdo demasiado vívido de a qué lo había conducido su último intento de combinar ambas cosas, Tye había vuelto a bajar la guardia.
Cierto es que Lera ofrecía una tentación abrumadora.
A pesar de que se conocían desde hacía poco, su risa musical, su valentía y lo que Tye había creído que era un corazón profundamente bondadoso habían comenzado a llenar el vacío que la muerte de Tiga había dejado en su alma.
El embriagador aroma a lilas de Leralynn avivaba los colores y los sonidos del mundo, susurrando promesas de grandes aventuras —de vida — justo más allá de su vista.
Sí, todo era tan tentador que Tye se lo había tragado como un cerdo estúpido, sin darse cuenta de que las sobras adicionales solo garantizaban una matanza más rápida.
Y resultó que Leralynn de Osprey descuartizaba como la que más.
Los dedos de Tye se cerraron en un puño tembloroso mientras la mañana de su traición se desplegaba con amargura en su memoria.
Había sido mucho antes del amanecer, y Tye acababa de meterse en el baño.
Desde que empezó a entrenar con Han, se había acostumbrado a bañarse en privado; su cuerpo estaba al límite de su resistencia y sabía que no debía confiar en que los de fuera entendieran que tenía que ser así, que había que pagar el precio que exigía su entrenamiento.
Cuando oyó que la puerta de los baños se abría con un susurro y el aroma a lilas de la chica entraba con el aire cálido y húmedo, Tye supo al instante que debía marcharse.
Pero no lo hizo. De entre todas las personas del mundo, estaba ciegamente seguro de que podía confiar en Lera: confiarle sus secretos, sus sueños, su dolor.
Todo. Así que había dejado que lo viera, le había revelado el coste de sus músculos cincelados y sus saltos que desafiaban la gravedad, de lo que costaba salir a garras de la nada en la que había nacido.
Había esperado la comprensión de Lera. Había albergado la esperanza secreta de que pudiera haber una persona —solo una— contra la que pudiera apoyar la frente durante unos instantes de tregua. En lugar de eso, Lera convirtió su secreto en un arma para usarla contra él.
Ese mismo día, denunció a Tye ante los sanadores, y ni siquiera por una equivocada preocupación por su bienestar, sino porque era un medio para conseguir un fin. Se le había metido en la cabeza que las Pruebas de Destreza eran un juego frívolo y que tenían que acabar.
Solo gracias a la interferencia de Han y Sage, Shade accedió a que Tye volviera a entrenar al cabo de diez días en lugar de tres semanas, pero incluso esa ausencia había perjudicado las posibilidades de Tye.
No, no posibilidades: posibilidad . Tye solo tenía una oportunidad.
Sin esta victoria, volvería a la pobreza para finales del verano, sin nada más que el recuerdo de la muerte de Tiga y su fracaso para hacerle compañía.
Todo porque había confiado en Lera. Nunca más. Solo había una razón por la que Lera querría entrar en el equipo de Destreza, y era para destruirlo. Así que Tye necesitaba destruirla a ella primero.