24 de julio de 2025 728 a. m.
Ni la temperatura, que ha descendido unos grados durante la madrugada, ni la ventana abierta para dejar pasar el aire le han permitido descansar.
Ha sido una noche tórrida, infernal. Una de muchas.
Ha pasado las horas bañada en sudor y saltando de una pesadilla a la siguiente como en un videojuego diabólico.
No ha retenido las imágenes. No sabe qué es lo que pasaba en sus disparatados sueños, solo que se ha despertado angustiada y con el corazón castigando las costillas cuando ha oído a Rosa cerrar la puerta del lavabo para ducharse. Siempre es la primera en levantarse.
Recuerda una sensación extraña, desasosegante, la memoria enrarecida de unas palabras casi olvidadas en mitad de una conversación mantenida días atrás.
Una afirmación de Rebeca a la que en su momento no dio ninguna importancia y que se ha fijado en sus meninges durante el discurrir absurdo de un sueño endiablado.
No logra dejar de pensar en las palabras de la mejor amiga de Míriam.
«Se había enamorado. Es lo que decía. Que por primera vez estaba enamorada».
Rebeca no llegó a explicarle de quién. Ella tampoco preguntó. No sintió curiosidad. No importaba. Y sin embargo… Con el despertar han regresado sus palabras y con ellas una sensación cada vez más inquietante. Durante las muchas horas que pasaron juntas, Míriam nunca dijo nada. No le habló de nadie.
«Cuestión de tiempo», había afirmado la policía.
Ignora de cuánto tiempo hablaba Berta al asegurar que las sospechas se desvanecerían, que la culpabilidad, justificada o no, llegaría a desaparecer.
En todo caso, más de tres semanas no han sido suficientes.
No solo su nombre y el de Míriam siguen presentes en muchos medios, tampoco ella ha conseguido dejar de pensar.
Sigue dando mil vueltas a lo acontecido.
No se ha tranquilizado, no ha recuperado su vida y no le parece posible hacerlo a corto plazo.
Ha sido Rosa la que ha formalizado en su nombre la preinscripción en la Facultad de Derecho y la que ha escogido horario y asignaturas.
No pierde la esperanza de que en septiembre Andrea haya conseguido sobreponerse a lo sucedido.
Apenas sale para no descubrir entre sus vecinos miradas de recelo.
Sigue soñando que se despeña en un abismo sin fondo y en ocasiones puede ver a Míriam que sonríe y le tiende la mano para arrastrarla en su caída.
No ha dejado de temer la posibilidad de encontrar a Santiago García por la calle y continúa creyendo ver a un periodista en cada esquina y, en cada portal, un móvil tratando de capturar su imagen.
Tampoco ha vuelto a saber nada de Edu. Joel y sobre todo Martí, que a diario le envía mensajes de aliento, la llaman de vez en cuando.
No se han ido de vacaciones. Solo en su compañía acepta salir un rato a la cafetería cercana.
Se sienta dando la espalda a la puerta para evitar comentarios y para no advertir miradas insidiosas.
De tarde en tarde, la ansiedad se desboca y necesita un tranquilizante.
«Por primera vez estaba enamorada».
No deja de pensar en ello. Míriam no le había hecho ninguna confidencia durante la estancia del grupo en la costa. Y no faltaron las ocasiones. Le sorprende y le intriga que no le hablara del chico en el que se había fijado. Resulta extraño que, animada por el alcohol, no se refiriera nunca a él.