24 de julio de 2025 405 p. m.
Ha pasado por el restaurante siguiendo las instrucciones de Rebeca, que no podrá salir hasta que acabe el servicio de comidas.
Espera junto a la barra a que acabe su turno.
Solo dos mesas junto al ventanal siguen ocupadas, dos grupos de comensales que alargan la sobremesa apurando el café y la paciencia del personal.
Charlan y ríen como si dispusieran de todo el tiempo del mundo.
Se diría que no tienen el menor propósito de abandonar la temperatura controlada del local para abrasarse sobre la acera.
—Solo será un momento —le asegura Andrea cuando Rebeca pasa con una bandeja repleta de vasos y platos sucios camino de la cocina.
—Está bien, pero no tengo nada que decirte. —Rebeca no oculta ni su tristeza ni su desagrado.
Regresa segundos después para volver a desaparecer por una de las puertas a la que solo accede el personal. Se desprende del delantal, pero no del uniforme negro con el que sirve las mesas. El negro se acomoda bien a su estado de ánimo.
Mercedes, que se ocupa de la caja registradora, ha reconocido a Andrea, le sonríe.
Sabe que tras la muerte de Míriam su hija está más sola y más triste que nunca, que ha desaparecido la ilusión por asistir a clases en la universidad y que no pone un pie en la calle si no es porque la obligan a salir de casa para ayudar en el restaurante.
Le alegra saber que Andrea ha venido a esperarla y que pasarán juntas un rato.
Quizás consigan intimar. Cruzaría los dedos si pudiera ignorar al cliente que le tiende un billete para abonar la cuenta.
Rebeca, de negro de los pies a la cabeza por imposición del negocio familiar, es la viva imagen del duelo. Se diría que guarda luto. Su rostro entristecido, su postura algo encorvada al caminar y las manos siempre en los bolsillos del pantalón acentúan una aflicción tan real como su pérdida.
—Necesito hacerte un par de preguntas. Solo será un minuto —se disculpa Andrea cuando echan a andar.
Se nota que no se alegra de verla. El tiempo no bastará para que desaparezcan su mirada hostil ni la sospecha sobre lo que pasó aquella noche en el balcón.
La policía tenía buena intención, pero se equivocaba al fiar la normalidad al tiempo transcurrido.
Nada volverá a ser como era antes. Rebeca no aceptará la explicación de los hechos. Las heridas no cicatrizarán.
Entorna los ojos y se encoge de hombros. Con un gesto de su barbilla, y sin sacar las manos de los bolsillos, señala una cafetería cercana. Sentarse en un banco en una plaza desierta bajo un sol que funde las piedras no entra en sus planes inmediatos. Ni en los de nadie.
—Pagas tú —añade sin sombra de amabilidad.
Ha añadido rencor al dolor más agudo.
El propietario saluda a Rebeca y ella le devuelve una mueca que recuerda a una sonrisa.
Se dirige a la mesa más alejada de la entrada y más próxima a un aparato de aire acondicionado clamorosamente insuficiente para aliviar la elevada temperatura del local.
Ha estado allí muchas veces, siempre a solas o con Míriam, siempre en la mesa más retirada.
Allí han hecho planes, han criticado y se han reído juntas de todo bicho viviente.
Cómplices, casi hermanas. La una para la otra, siempre juntas. Siempre.
—Un té —ordena.
—Un café con hielo —pide Andrea al chico que se ha acercado con aire indolente y que considera necesario apuntar palabra por palabra para no olvidar lo que acaban de pedir. Lo hace muy despacio y con mala cara.
—Es un inútil. Si no fuera porque es el hijo del propietario… —comenta Rebeca, que sigue con la mirada los pasos del joven hasta la barra. Todo en ella resulta amargo y supura animosidad y deseos de venganza.
Durante unos instantes, el silencio levanta entre ambas un muro insalvable. El resentimiento de Rebeca es tan evidente que no resulta fácil iniciar una conversación.
—Tú dirás. ¿Qué es lo que quieres saber? ¿En qué puedo ayudarte? ¿Necesitas una amiga? —inquiere mirándola a los ojos por primera vez.
El corazón de Andrea se acelera haciendo que se sienta frágil. ¡Maldita sea! Respira hondo un par de veces, se arma de valor y se aclara la voz antes de hablar.
Rebeca se adelanta. Es buena observadora.
—¿Todavía tienes ataques?
—Solo de vez en cuando.
—¿Y a qué se deben? —pregunta con una sonrisa que a Andrea se le antoja cruel.
No responde. Respira con esfuerzo evidente. No hay ni rastro de empatía en la sonrisa de su interlocutora.
—He pensado que deberíamos hablar. El otro día me dijiste que Míriam se había enamorado de alguien, de un chico del instituto. No me dijiste de quién y yo no pregunté. No pensé que… —Inhala profundamente. Necesita aire—. Me gustaría saber de quién se trataba.
—Creo que ya lo sabes. —Y en sus ojos afilados Andrea advierte una oscura satisfacción.
Su mirada es un témpano y sus palabras hirientes son cuchillas. Cortan.
—Lo sabes, ¿verdad?
No se equivoca. Lo sospecha. Lo sabe.
No puede creerlo.
De nuevo se hace el silencio cuando el camarero negligente se acerca a la mesa que ocupan.
Observa que tiene las uñas sucias y que se ha hecho tatuar una araña en el dorso de la mano.
Casi sin inclinarse, deposita la taza de café sobre la mesa.
En el vaso que la acompaña, un único cubito de hielo.
El té se derrama en parte sobre el plato al abandonarlo abruptamente junto al café.
—¡Eh, Spiderman! Prefiero sacarina.
Cuando se aleja, Rebeca susurra:
—Será imbécil. Llevo años viniendo aquí. Y nunca tomo azúcar. Nunca.
A Andrea la mano le tiembla al verter el café sobre el hielo. No acierta a seguir hablando y fija la mirada en el vaso durante unos segundos. No la retira cuando finalmente pronuncia:
—Se había enamorado de Edu… —Y sus palabras suenan a sentencia.
—¡Premio!
—¿Por eso quiso compartir habitación conmigo?
—Tienes una mente privilegiada —comenta Rebeca con todo el sarcasmo que es capaz de reunir—. ¿Pensabas que quería tenerte como amiga? —inquiere, y en sus palabras Andrea advierte la satisfacción que proporciona cierta forma refinada de sadismo.
Se lleva el té a los labios y retira la taza con una mueca de disgusto.
—Puaaajjj.
Aparta la taza y prosigue:
—Quería saberlo todo sobre él, buscaba información.
Acercarse a ti era la forma más directa de conocerlo.
Sabía que le hablarías de él, que le explicarías mil cosas.
Todo lo que quería era hacerte hablar. Por eso te preguntó si querías compartir habitación.
Imaginaba que dirías que sí. Desde que salías con Edu no tenías muchas amigas…
—Y al encarnizarse parece olvidar que a ella ya no le queda ninguna.
—¿Tú lo sabías?
—Yo lo sabía todo. —Su voz es despiadada.
Andrea se pone en pie de repente. Necesita pensar. Mil cosas le pasan por la cabeza y a cual peor.
—Voy al lavabo. Por favor, no te vayas.
—Aquí estaré —promete, y acompaña sus palabras de una carcajada breve como el tajo de un hacha.
En sus ojos Andrea advierte un brillo siniestro, patético. Comprende que para Rebeca ha llegado la hora del desquite.
Sortea un carrito de la compra que pertenece a una mujer que protesta con gesto agrio mientras introduce monedas en una tragaperras junto al lavabo. Cierra la puerta, abre el grifo de la pila que media entre el excusado de hombres y el de mujeres e ingiere un tranquilizante. Lo necesita.
Sentada y con la cabeza entre las manos, trata de ordenar sus pensamientos y espera el efecto pacifi- cador del fármaco antes de volver a enfrentarse a la implacable Rebeca.
En la puerta del retrete, trazadas a navaja, las porquerías habituales.
Insultos poco imaginativos, torpes dibujos obscenos, el teléfono de un par de chicas que alguien con pocos escrúpulos asegura que son fáciles y la oferta de un hombre que promete el mejor sexo junto a la de otro que truca motocicletas a buen precio.
Nada nuevo.
Retira la mirada y trata de asimilar que Míriam había intentado utilizarla.
No advirtió nada. En ningún momento. Interpretó como un interés real las preguntas sobre su relación, sobre el temperamento de Edu, sobre sus gustos y sobre sus planes de futuro.
Recuerda que quiso saber si en algún momento le había sido infiel.
También recuerda haberle respondido que Edu no la perdonaría nunca.
Antes de salir golpea la pared con el puño hasta hacerse daño. ¿Cómo pudo ser tan estúpida?
Regresa a la mesa en la que Rebeca no ha vuelto a probar el té y sigue fiscalizando con la mirada los movimientos del camarero descuidado de la araña tatuada. Parece entretenida en el fastidio ajeno.
—¿También sabías que quedaría en la playa con el chico alemán y que me pediría que no la dejase ir sola?
¿Sabías que me pediría que la acompañase?
¿Que montaría un encuentro de parejas y que me haría beber como no había bebido nunca?
—pregunta atropelladamente mientras con ambas manos rodea el vaso ligeramente frío para experimentar alguna sensación más allá de la pura rabia.
Rebeca asiente.
—¿Y te pareció bien?
Quizás su interlocutora, la bella Andrea, la que lo tenía todo, sea más espabilada de lo que parece, piensa. La mujer de la tragaperras abandona la cafetería tirando del carrito y maldiciendo su suerte.
—«Persigue tu sueño», dicen. Ella también lo hace. —Y con un gesto se refiere a la mujer que se retira derrotada y sin un euro—. Todos lo hacemos. Míriam también. Estaba decidida a hacer lo que fuera necesario para apartarte de él. Me lo explicó paso por paso. Sé lo que decías de él. Todo.
Andrea aprieta los puños. Siente la ira superponerse a la angustia. Tiene miedo. Tiembla.
—Y tú no te hagas la víctima, conmigo no —continúa Rebeca—. No eres ninguna víctima. Sabías lo que hacías. Pudiste haberte negado, pero no lo hiciste. Te morreaste con un guiri y si te he visto…
Se interrumpe, da un respingo. El chico de la araña en la mano ha dejado caer un vaso junto a la barra. Ambas se han sobresaltado.
—¡Joder!
Andrea ha cerrado los ojos. Tarda en volver a abrirlos, como si así pudiera distanciarse, volatilizarse, ignorar las palabras de Rebeca, que se le clavan en las tripas.
—Repito, por si no lo has entendido: sabías lo que hacías. Nadie te obligaba. Míriam lo había previsto, imaginó que no te negarías. Y no se equivocaba. Había pensado en todo. En todo. Era muy lista. Tú, no tanto. También era muy ambiciosa. Imparable. Pero a estas alturas eso ya lo sabes.
Una idea se escapa de su mente como una pastilla de jabón entre los dedos. Apenas es la sombra de una sospecha. La atrapa. Piensa, recuerda. Regresa a la orilla del mar y a la noche en la que todo cambió.
—¿También sabías que insistiría en hacerme fotos con Sven? ¿Que nos animaría a besarnos, a…? —pregunta.
Rebeca la mira. No se molesta en contestar.
Andrea sujeta de nuevo el vaso, apenas puede advertir el hielo en su interior. No insiste. También conoce esa respuesta.
—No puedo creerlo. No puedo…
—Yo lo sabía todo. Ya te lo he dicho. Todo.
Desde el primer momento. Menos que eras tan tonta como para gritar por un puto móvil.
Eso ni se me pasó por la cabeza. Incluso los mejores planes fallan por un imprevisto.
—Rebeca escupe veneno, soledad y miseria.
Miseria moral—. Lo sabía todo. No olvides que yo era su mejor amiga.
—¿Qué pensaba hacer con ellas? —Las lágrimas le quiebran la voz.
—¿Con las fotos? Puedes imaginártelo —responde, y separa las manos con las palmas hacia el techo—. Es evidente.
—¿Pensaba enseñárselas a Edu?
—No necesariamente. Bastaba con colgarlas todas en su Instagram como si celebrara haber pasado la mejor noche de su vida. Una noche loca. Una noche inolvidable. «Jonas, Jonas, Jonas. La mejor noche de mi vida. No te olvidaré jamás. Amores de verano»… Esas payasadas que le gustan a la gente.
Andrea respira cada vez con más dificultad. Se diría que acaba de recibir un puñetazo en el pecho.
—Iba a hacer lo que habría hecho yo, lo que habrías hecho tú, lo que habría hecho cualquiera.
—No hables por mí. No soy como tú. —Y al hablar se pone en pie.
Le tiemblan las rodillas y durante unos instantes se sujeta al respaldo de la silla. Su corazón bombea embravecido. Todo su cuerpo es una gran caja de resonancia.
—Eso es lo que crees. Lo que quieres creer.
Cuando Andrea se aleja tras haber abonado la cuenta en la barra, Rebeca grita:
—¡Podías haberte negado!