1 de julio de 2025 750 p. m.
La chica se muerde el labio inferior y balancea la cabeza adelante y atrás como para tomar impulso. Cuando hable, no habrá vuelta atrás y es incapaz de prever las consecuencias. El bronceado casi ha desaparecido y a la luz temblorosa del fluorescente Andrea presenta una palidez espectral.
Berta Maestre no la apremia. Comprende que necesita tiempo y que precisa reunir el coraje necesario.
A la vista está que a la chica que se sienta al otro lado de la mesa no le resulta fácil.
La policía aguarda mientras ojea muy despacio el cuaderno en el que anota sus observaciones.
No precisa comprobar nada, pero prefiere distraer la mirada y apartarla del rostro desbaratado de Andrea.
—Aquella noche…, cuando… —titubea. Se interrumpe.
La policía trata de no demostrar su impaciencia. Aunque no está permitido, sigue echando en falta aquellos días, muchos años atrás, cuando ella era una joven agente que vestía uniforme, en los que se podía tomar declaración a un testigo sosteniendo un pitillo entre los dedos.
—Tranquila. Tenemos tiempo —asegura.
—Habíamos bebido mucho, pero Míriam parecía estar bien. Cuando salimos al balcón, pasó una pierna por encima de la barandilla y después la otra. Se sujetaba y sonreía. Me aseguró que no había peligro. «Todo bien», me dijo. Lo recuerdo. «Todo bien».
Berta Maestre no abre la boca. No duda. No pregunta. No hay mejor manera de incitar a la confidencia que mantenerse en silencio. A la gente el silencio le incomoda.
—Cuando alargó la mano para llegar a nuestro balcón, me di cuenta de que su móvil salía del bolsillo del pantalón y estaba a punto de caérsele.
Berta recuerda el exiguo pantalón corto que vestía la chica muerta.
—Si no recuerdo mal, mientras se sujetaba por la parte exterior, Míriam alargó la mano derecha hacia vuestro balcón… —Repetir lo dicho por la testigo es su manera de incitarla a proseguir.
—Sí, estaba a punto de tocarlo con los dedos. Estaba muy cerca. Yo diría que podía tocarlo.
—Y entonces…
Andrea baja la mirada.
—No pensé en lo que podía pasar. Se lo aseguro. Cuando se inclinó un poco más hacia la derecha para aproximarse y sujetarse a la barandilla, vi el móvil que se le caía. No sé cómo, con el movimiento se había salido del bolsillo. Y se caía —repite.
Andrea mira de nuevo sus manos, como si en ellas pudiera hallar el valor que necesita para seguir hablando. La policía sostiene un silencio incómodo. Sabe que no debe presionarla, que le conviene aguardar. Está a punto de desvelar lo que sucedió.
—Y entonces grité. Ni lo pensé. Grité. Solo fueron dos palabras: «¡El móvil!». Era demasiado tarde. No podía hacer nada. Se caía. Y sin embargo, fui… ¡Fui tan estúpida! Grité. Yo no quería… No pensé que Míriam podría… —No puede seguir hablando.
La pausa es larga como la carretera al infierno.
Antes de volver a hablar, Andrea se endereza y mira a la policía a los ojos.
—Míriam se asustó y reaccionó como lo habría hecho yo. No pudo evitarlo. Creo que yo lo habría hecho igual, habría intentado sujetarlo, pero yo no me habría caído.
Berta cree comprender. Afila la mirada. La chica no baja la suya. Ha decidido no ocultar nada.
—Míriam se llevó la mano al bolsillo, pero todavía no había llegado a sujetarse a nuestro balcón. Y fue entonces cuando…
—¿Míriam era zurda?
Andrea asiente y esconde el rostro entre las manos.
—Yo no podía imaginar… Grité. No pensé que eso podía… Le juró que nunca quise que cayera. Ni lo pensé. Sé que no es excusa, pero estaba borracha. Si no hubiera bebido, quizás no habría gritado, quizás lo habría pensado mejor. Quizás. No lo sé. Ya no podré saberlo. Solo sé que grite.
—De acuerdo, lo comprendo. Estoy segura de que tú no querías que pasara lo que pasó. —Y es cierto, está convencida de ello.
—Si no hubiera estado borracha, tal vez Míriam habría valorado el riesgo y no habría tratado de sujetar el móvil —aventura con un hilo de voz.
Berta sabe que la chica no miente y que su aflicción es verdadera.
Puede entender su dolor. También ella tiene motivos para sentirse culpable.
Hace mucho tiempo, antes de tomar la decisión de hacerse policía, también ella cometió un error con consecuencias fatales.
Todavía ahora el sentimiento se cuela en su mente de vez en cuando.
¿Culpable de haber cometido un error? Berta no cree que lo que Andrea hizo pueda calificarse de error.
El grito de Andrea fue una alerta, el resultado de un automatismo.
No siempre podemos controlar nuestros impulsos.
Sus terribles consecuencias, el fruto trágico de la fatalidad.
No conoce un término mejor. Fatalidad. Solo una chica zurda y ebria habría separado la mano izquierda de la barandilla.
Aquella noche, justo en ese momento, Míriam reunía ambas condiciones.
Lo que Andrea acaba de declarar se ajusta a lo que la policía observó cuando se acercó al cadáver.
El móvil estaba algo alejado del cuerpo y completamente roto, hecho añicos.
Había caído justo antes de que Míriam tratara de retenerlo y se había estrellado contra el suelo de la terraza.
También encaja con lo declarado por Joel, que oyó gritar a Andrea sin acertar a comprender de qué se trataba.
No miente.
En el silencio de la sala solo pueden oírse los sollozos de la adolescente que oculta la cabeza entre sus brazos. Algo más allá, en el pasillo que separa los diferentes despachos, los pasos de los policías y la risa poderosa de uno de los agentes que celebra un comentario.
Berta suspira. Compadece a la pobre chica.
Sabe que le costará superar lo ocurrido y que quizás no lo logre nunca.
Por eso decide no hablarle de las fotografías que han podido rescatar del móvil de Míriam, en las que Andrea, con los ojos vidriosos por el alcohol, aparece besando a Sven justo donde mueren las olas.
El chico alemán rodea su cintura con unos brazos interminables.
Se aclara la voz antes de hablar, es una forma de ganar tiempo.
—Creo que, si todo cuadra, no deberás preocuparte por las consecuencias. En tus actos no hubo mala intención. Gritaste. No lo pensaste. El caso se cerrará como una muerte accidental. Es lo que es.
—No creo que su familia lo vea igual. Piensan que soy un monstruo. Y en muchas partes andan diciendo que quizás la empujé, que como estábamos solas pude haber… Dicen que estoy mintiendo, que… Le juró que no hice nada, solo grité. No debería haberlo hecho, lo sé, pero en aquel momento…
La ataja. No puede dejar que siga dudando de sí misma y de cuantos la rodean.
—Recibirán el informe. Explicaré lo que ocurrió.
La distancia y el estado en el que se encontraba el móvil concuerdan con lo que acabas de decirme.
También lo que declaró Joel en su momento.
Yo diría que no habrá acusación. Casi estoy en condiciones de asegurártelo —añade, aunque sabe que no debería hacerlo—.
Puedes estar tranquila. Repito que todo lo que sabemos hasta ahora confirma lo que dices.
Además lo haremos público. No debes preocuparte.
Andrea la mira. Desconfía. Es tan intenso el dolor y tan penetrante la culpa, que no se atreve a pensar en el futuro. No puede.
—Las sospechas acabarán por desaparecer, siempre es así. Aparece otro asunto y se vuelcan en él. Has de tener paciencia, es cuestión de tiempo —afirma la policía, aunque sabe que no será fácil, que acaba de formular una verdad a medias.
Berta intuye que la chica necesita un abrazo, que su dolor lo pide a gritos, pero no puede ser ella la que se acerque a Andrea y la retenga entre sus brazos. Espera que lo haga alguno de los amigos que la acompañan, tal vez el chico de las gafas. Su temple la ha impresionado.
—Cuestión de tiempo —repite Andrea mientras se pone en pie entre lágrimas.
Tiembla y le fallan las piernas. Se sujeta a la mesa para no caer.