La caída 1 de julio de 2025 737 p. m.
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1 de julio de 2025 737 p. m.

Para cuando llegan a comisaría, Berta Maestre está cansada de esperar.

Con el propósito de facilitar la conversación, ha sido ella la que se ha trasladado a la comisaría más cercana al instituto.

Lleva el día entero recogiendo testimonios, pero no conoce las instalaciones, carece de un lugar en el que seguir trabajando más allá de la sala en la que tienen lugar las declaraciones y no tiene ni amigos ni conocidos entre los policías que teclean, charlan en el pasillo o se mueven entre los despachos cargados de documentos.

Con la tarde avanzada y sin noticias de Andrea que expliquen su retraso, se siente cada vez más irritada y daría cualquier cosa por un pitillo.

Hace casi tres años que dejó de fumar y no pasa un solo día sin que piense en llevarse un cigarrillo rubio a los labios.

Casi cuarenta minutos de retraso son demasiados minutos.

Andrea no ha llamado ni ha enviado ningún mensaje, tampoco sus padres.

Es imperdonable. Piensa que quizás la chica, asesorada por un abogado, se ha acobardado, ha cambiado de opinión y se acoge a su derecho a no declarar.

Pero si es así, debería haberlo comunicado.

Comprueba el móvil por enésima vez; no hay llamadas ni mensajes.

Recupera el bolso y se dispone a marcharse.

Ya volverá a intentarlo. Está harta y malhumorada y tiene la sensación de que lleva horas sin avanzar en un caso que, a falta de nuevas apreciaciones, no tardarán en dar por cerrado bajo el dictamen de muerte accidental.

Sin embargo, la actitud de Andrea, su incomparecencia, le resulta sospechosa.

Al desembocar en el vestíbulo, advierte la presencia de los chicos junto al mostrador de la entrada.

Andrea está sentada en una silla con la cabeza baja y las manos en el regazo.

Ignora que han esperado sentados en el banco sombreado de una plaza cercana a la parada de metro para que Andrea reuniera fuerzas y pudiera volver a caminar.

No sabrá nunca que la han sacado casi a rastras de la estación de metro y que no han podido volver a entrar hasta que la pastilla que combate la ansiedad ha hecho su efecto.

Tampoco le dirán que ambos han pasado mucho miedo con la chica exánime a la que han sostenido hasta que ha podido ponerse en pie, ni que han estado a punto de pedir ayuda a los servicios de emergencias.

Martí acaba de facilitar el nombre de la policía a una agente cuando Berta se aproxima.

La reconoce. Remonta las gafas nariz arriba con un dedo antes de tenderle la mano en un gesto de madurez que la sorprende.

Sin la piel enrojecida y la fragilidad que comporta la semidesnudez, Martí no parece el mismo chico cohibido y dubitativo con el que habló hace unos días.

—Lo siento —se disculpa—. Hemos tardado porque Andrea no se encuentra bien. Tiene algo que explicarle.

Por el rostro descompuesto de la chica, la policía comprende que ha sufrido un desfallecimiento.

Tiene la mirada extraviada y los rasgos confusos, como difuminados, en un rostro ajado.

La juventud parece haber desaparecido transitoriamente de un semblante encantador.

Se sienta junto a ella y los chicos la imitan.

—Si no estás bien, lo dejamos para mañana —sugiere. El aspecto de la chica es desesperanzador.

Sin mirarla, Andrea niega con un gesto.

—Quiero acabar con todo esto —susurra como si le hablara a su regazo.

—¿Quieres que llamemos a tus padres? Eres mayor de edad, pero si quieres que uno de ellos esté presente…

Sigue negando sin levantar la mirada.

Martí toma la iniciativa y sostiene la tarjeta ante los ojos de la policía, que no tarda en comprender.

—Acaba de encontrarla. Estábamos con ella en la parada del metro y ha buscado la tarjeta para entrar. Y junto a la tarjeta del metro, estaba la tarjeta de la habitación del hotel. La había guardado entre el teléfono y la funda, y lo había olvidado. No lo recordaba. Yo también lo hago. Es una…

—Lo sé. Sé que mucha gente guarda ahí la tarjeta de metro para tenerla siempre a mano, sobre todo los jóvenes. Lo he visto.

—Aquella noche habían bebido. No le mintió. No pudo recordar lo que había hecho con ella —añade Joel, que reclama algo de protagonismo. Al fin y al cabo, Martí ni tan siquiera se despertó cuando Andrea llamó a la puerta aquella noche—. La buscó, pero no la encontró. Olvidó dónde la había guardado.

—Lo entiendo —dice, y dirigiéndose a Andrea, la policía pregunta—: ¿Pasamos a un despacho?

La chica se retira el cabello de la cara, arrastra las últimas lágrimas con el canto de la mano y se pone de pie muy despacio dispuesta a seguirla.

Sus movimientos son lentos, parecen los de una octogenaria.

No confía en que sus miembros respondan.

Martí y Joel siguen sus pasos por miedo a que le fallen las piernas o a que pierda el conocimiento en mitad de un corredor.

No se separan. La policía se gira hacia ellos:

—Tenéis que quedaros aquí. No podéis pasar, pero quizá necesite ayuda para volver a casa —sugiere.

—¿No pueden venir conmigo? Quiero que ellos también lo escuchen.

—No. No funciona así. Si quieres, después podemos…

—Te esperaremos. No nos moveremos de aquí. Ya hablaremos —asegura Martí, que habla por ambos; nunca antes lo había hecho.

Entran en una sala no muy grande iluminada por un fluorescente que parpadea.

Solo una mesa las separa. Andrea cierra los ojos como si la cruda luz que oscila la incomodara.

Apenas consigue sostener la cabeza, que se balancea levemente sobre sus hombros.

Ha perdido el control sobre su cuerpo y se esfuerza por mantener la postura erguida.

Toda ella parece a punto de volver a derrumbarse.

—Bien. Por lo que me acaban de explicar tus amigos, esa noche no recordabas que habías guardado la tarjeta de la habitación en el móvil.

La chica sigue con los ojos cerrados. Asiente.

—¿Hay alguna cosa más que quieras decirme?

—Sí —susurra. Ha abierto los ojos y la mira mientras se sujeta las manos sobre la mesa. Tiembla—. Hay algo más, pero…

—Pero no es fácil, lo comprendo… —Berta la anima así a seguir. Daría lo que no está escrito por encender un pitillo.