La caída 1 de julio de 2025 635 p. m.
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1 de julio de 2025 635 p. m.

Alcanzan la calle arrimados al muro y esquivando los coches que pretenden aparcar en el primer sótano del edificio.

La pendiente fatiga a Andrea, que se detiene, se inclina y respira profundamente con las manos en las rodillas y los ojos cerrados.

Martí y Joel esperan a su lado, interponen sus cuerpos para que no la reconozcan los ocupantes de los vehículos que entran al aparcamiento.

Acabados los abrazos, las lágrimas y las encajadas de manos, Santiago García y su hijo abandonan el tanatorio. Salen del aparcamiento por la rampa cercana y lo hacen en silencio. La pesadilla no acaba, el dolor no se desvanece, tampoco la rabia.

Andrea se incorpora, sigue respirando con dificultad.

Necesita dejar atrás el aparcamiento cuanto antes.

Son muchos los que han asistido a la ceremonia y la reconocen.

La miran mientras ascienden hasta llegar a la calle.

Trata de seguir rampa arriba. Falta muy poco, apenas unos metros, cuando se tensa y se lleva de nuevo la mano al pecho.

Ha reconocido el coche plateado del padre de Míriam y en su interior advierte sus ojos en llamas y sus manos agarrotadas en torno al volante. Gime.

Martí comprende lo que ocurre. También ha identificado a Xavier, que ha cerrado los ojos para escapar a la pesadilla.

Andrea sigue paralizada a pocos pasos de la acera; con la palma de la mano a la altura del esternón trata de sentir la entrada del aire en su cuerpo, de confiar en que sus órganos respondan.

Santiago los mira al pasar junto a ellos como si pudiera atravesarlos, fulminarlos.

Sigue desconfiando de ella y, por extensión, de sus acompañantes.

De alguna extraña manera sospecha que no ha dicho toda la verdad.

Tiene la seguridad de que Míriam nunca habría tratado de llegar de un balcón a otro arriesgando su vida.

Santiago García daría lo que no tiene por obligarla a hablar, por conocer lo que ocurrió. Todo.

Andrea no soporta sus pupilas como arpones. Sin retirar la mano de su pecho se endereza y aprieta el paso.

Santiago acelera bruscamente al acceder a la calzada, conduce deprisa a pesar de que Lourdes, sedada por la medicación, no los espera.

No espera nada ni a nadie. El dolor y la cólera del hombre que no volverá a abrazar a su hija traspasan la cabina del coche y salpican la calle.

Deja atrás a los chicos con los que su hija compartió toda su escolarización, sus amigos.

Xavier, a su lado, retira las lágrimas, aprieta los párpados y aguanta la respiración.

Siente miedo de los días venideros. Imagina, y no se equivoca, un dolor inacabable, una aflicción sin tregua.

Sin Míriam a su lado, junto a un padre desconsolado y una madre desolada, no sabe si podrá soportarlo.

Pilar ha solicitado un taxi que acaba de llegar.

Obliga a Rebeca a entrar en el vehículo, que huele a ambientador de pino.

La profesora arruga la nariz. Le desagrada.

La chica se ha dejado caer en el asiento trasero.

No se resiste. No le quedan fuerzas. Sabe que se dirigen a su casa, que la profesora la dejará junto a su madre y que lo hará con la mejor intención.

También sabe que, tratando de ayudarla, se sucederán las preguntas, las propuestas absurdas y las —todavía más absurdas— recomendaciones para levantar el ánimo.

Su casa es el último lugar al que querría llegar.

«El camino del infierno está empedrado de buenas intenciones», leyó una vez.

Y es una verdad irrebatible. Tampoco ignora que Mercedes la obligará, quieras o no, a acompañarla al restaurante para que no se quede sola; quizás incluso la presione para que se vista de negro y eche una mano en la disposición de las mesas.

Dirá que lo hace por su bien, para que no dé tantas vueltas a la cabeza, para que se distraiga. Y de nuevo la intención será buena.

Rebeca no podrá llorar a solas a la amiga muerta, tampoco podrá sonreír mientras coloca vasos y cubiertos tratando de retener las lágrimas.

Ni lo intentará. No quiere llegar a ninguna parte, no hay lugar en el mundo en el que desee estar.

No le importaría seguir en el taxi durante horas.

Pilar lo ignora, pero Rebeca preferiría no bajar nunca más del coche de un desconocido que apenas las ha mirado y que apesta a ambientador de pino.

Sobre la acera Martí, situado a su derecha, y Joel que camina a su izquierda, entorpecen la identificación de Andrea, que avanza con la mirada en el pavimento y contando interiormente hasta siete para ordenar su respiración.

Inspirar, espirar. Inspirar, espirar. Sus dos acompañantes pueden percibir el susurro del aire al entrar y salir de sus pulmones.

No tardan en perder de vista el tanatorio y con él a la bandada de periodistas que, acabado el acto y desaparecidos sus protagonistas, se dispersan en todas las direcciones como una colonia de hormigas.

Martí no quiere ni pensar en las observaciones malintencionadas que salpicarán sus textos, comentarios capciosos que se verán reforzados por la actitud huidiza de Andrea.

Tampoco en las imágenes de Santiago negándose a estrechar la mano de la amiga de su hija.

Sabe que no tardarán en saltar de un extremo a otro dando pie a las peores elucubraciones.

Quizás ya circulen por las redes sociales.

Espera que no sea así, pero no le extrañaría.

Y, aunque empieza a pensar que Andrea no ha explicado todo lo que sabe, por nada del mundo quisiera estar en su piel.

Se encaminan hacia la parada de metro. Avanzan en silencio. Solo dos estaciones los separan de la comisaría en la que Berta Maestre aguarda.

—Te acompañamos —anuncia Martí y habla también por su amigo, que, por una vez ha aceptado el papel de actor secundario. No espera réplicas ni deja espacio para negativas. No las hay—. No puedes ir sola.

Andrea no se opone.

Joel asiente.

La chica no solo no se niega, sino que le agradece su desvelo con una sonrisa y apretando su mano como si quisiera retenerla.

Joel sofoca un silbido de admiración. Ya habrá tiempo.

Martí, que ha abandonado la invisibilidad, no se atreve a mirar a su amigo por miedo a leer la estupefacción en sus ojos o a advertir una sonrisa de complicidad en sus labios.

Cruzan la calle que los separa de la estación de metro. Con el atardecer son muchos los que pretenden llegar a casa y bajan o suben las escaleras que conducen al andén. Un gentío apresurado.

Se detienen junto al torno de entrada. Martí y Joel buscan la tarjeta que les facilitará el acceso.

Durante unos segundos Andrea permanece desorientada, confusa, como si no supiera qué es lo que debe hacer.

Hace más de una semana que no coge el metro y son muchas las cosas que han cambiado.

Ella ha cambiado. Sacude la cabeza y sonríe.

Acaba de recordar que necesita una tarjeta y el lugar en el que acostumbra a guardarla.

Reacciona y abre el bolso, pequeño y negro, que cuelga en bandolera junto a su cadera, el mismo que utilizó para acudir a la discoteca.

Saca el teléfono móvil y desprende la funda anaranjada que lo protege.

Como muchos de sus compañeros siempre guarda en el móvil la T-Jove para no olvidarla en casa.

Nunca se dejaría el móvil. Al hacerlo dos rectángulos de plástico caen al suelo junto a sus pies. El ruido es muy leve.

Andrea trata de agacharse, pero no finaliza el movimiento. Se detiene con una mano en el aire y retrocede inesperadamente, como si al aproximarse pudiera activar el mecanismo de un explosivo de gran alcance. Con un grito cae hacia atrás y se desploma en el vestíbulo de la estación.

Joel, que ha permanecido a su lado, la sujeta en el último momento y acompaña su cuerpo hasta el suelo para que no se golpee.

Instantes después, perplejos y muy asustados, tratan de reanimarla.

Sin dejar de asegurarle que todo va bien y que todo se arreglará, Martí se inclina para apoderarse de las tarjetas de plástico.

Una de ellas es la T-Jove, que facilita el acceso al servicio público.

En la otra, una tarjeta completamente blanca, solo figura un número que alguien trazó con rotulador permanente.

Es lo que parece, solo una tarjeta de plástico, pero significa mucho más.

Antes de sostenerla entre los dedos reconoce de qué se trata y a punto está de dejarla caer de nuevo.

Comprende y se lleva una mano a los labios.

También Joel, que sigue sosteniendo a Andrea, ha recordado.

—¡Joder! ¡Qué putada!

Es la tarjeta magnética que permitía el acceso a las habitaciones del hotel. La misma que Andrea no logró encontrar de madrugada a pesar de estar segura de haberla cogido antes de salir camino de la playa.